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Expulsión de los jesuitas

En Febrero de 1767 se dictó en Madrid la Real Pragmática de expulsión de la Compañía de todos los dominios del rey católico, orden que llegó a Buenos Aires unos meses después, haciéndola cumplir el gobernador Francisco de Paula Bucareli y Ursúa con un despliegue de fuerza y sigilo que revelan -a la par que la prevención contra los jesuitas- el temor a su reacción y presunto poder.

En las ciudades la Orden se cumplió a través de medidas de tipo policial que provocaron sorpresa en la población. En los pueblos misioneros se llamó a los Alcaldes a conferenciar con el gobernador para sepa­rarlos de los misioneros y, tras halagos y negociaciones, se logró evitar que los indios se alzaran en defensa de los Padres.

Los jesuitas fueron finalmente embarcados para Europa, con rigor pero sin violencia. Las misiones quedaron privadas de dirección y las medidas de reemplazo fueron un fracaso. En poco más de una generación sólo ruinas desiertas quedaban del mal llamado Imperio Jesuítico.

- Expulsión de los jesuitas

La expulsión de los jesuitas fue dispuesta por Carlos III el 27 de Febrero de 1767. De este acontecimiento ha escrito con razón Ramiro de Maeztu que fue el “hecho central y decisivo del siglo XVIII”(1).

(1) Ramiro de Maeztu. “Defensa de la Hispanidad” (1934). Edición de Madrid. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

Encargóse de la ejecución del Real Decreto -con poderes omnímodos- el conde de Aranda, a la sazón Presidente del Consejo de Castilla, “aragonés intratable y bilioso”, admirador de Voltaire, los enciclopedistas y “demás pseudofilósofos de su época”(2).

(2) A. Morel-Fatio. “Études sur l’Espagne” (1906). Edición Champion, París. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

Con tal fin, el rey promulgó una Pragmática el 2 de Abril de dicho año, que pasó a formar la Ley 3ra., Título I, Libro XVIII, de la Novísima Recopilación. Con anterioridad, el 1 de Marzo, el Decreto de Extrañamiento y Ocupación de Bienes Temporales había sido comunicado a quienes serían sus ejecutores subalternos y, el 27 de Marzo, al Consejo de Indias(3).

(3) Padre Pablo Hernández S. J. “El Extrañamiento de los Jesuitas del Río de la Plata y de las Misiones del Paraguay por Decreto de Carlos III” (1918). Edición de Madrid. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

Empero, la decisión real obedecía a una larga preparación de intrigas diplomáticas y cortesanas y tumultos populares, que no he de repetir por sobrado conocidos.

Fue por ese motivo que a Pedro de Cevallos se lo reemplazó en el Gobierno del Río de la Plata con Francisco de Paula Bucareli y Ursúa, sujeto que se había distinguido por su animadversión a la Compañía de Jesús, dándose la extraña coincidencia de que era entonces obispo de Buenos Aires Manuel Antonio de la Torre, prelado cuya antipatía hacia aquélla era también notoria y se manifestó en varias ocasiones.

El 7 de Junio recibió Bucareli y Ursúa la Orden de proceder -dentro de la jurisdicción de su mando- al cumplimiento del Real Decreto y además el encargo de hacer llegar análogas comunicaciones al gobernador de Chile, al presidente de la Audiencia de Charcas y al virrey del Perú, como así también a los gobernadores del Tucumán y Paraguay.

Debían todos obrar con riguroso secreto, sin que nadie tuviera conocimiento de lo que se haría hasta la fecha que se indicara. Fijó la fecha del 21 de Julio para ejecutar su designio, pero la llegada a Buenos Aires del chambequín “Aventurero”, con noticias de España, le obligó a anticiparla dieciocho días.

En efecto, a las 23:00 del 2 de Julio, que fue la misma en que recibió los pliegos que había traído el mencionado barco, llamó a sus confidentes y les descubrió lo que hasta entonces tenía reservado, es decir, que todos los Padres jesuitas habían de ser sorprendidos y deportados fuera de los Estados del rey de España, y que eso se había de ejecutar aquella noche.

Realizaron la “hazaña” el Secretario del gobernador, Juan de Berlanga, y el Sargento Mayor Francisco González quienes, al frente de una compañía de granaderos se trasladaron al Colegio de San Ignacio donde sorprendieron a treinta y seis religiosos, los que acataron sin protesta alguna la intimación que se les hizo en nombre del rey y, de igual manera, se condujeron los ocho religiosos del Colegio de Belem (hoy San Telmo).

La noche era apropiada, porque hubo una fuerte tormenta de granizo, viento y agua(4).

(4) Padre Pablo Hernández S. J., “El Extrañamiento de los Jesuitas del Río de la Plata y de las Misiones del Paraguay por Decreto de Carlos III” (1918). Edición de Madrid; y “Exposición del Gobernador don Francisco de Paula Bucarelli y Ursúa al Conde de Aranda sobre la Expulsión de los Padres Jesuitas y Estado de la Provincia”, en “Revista de Buenos Aires”, tomo VIII. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

“Apenas amanecido el 3 de Julio publicó Bucareli y Ursúa un Bando en el que daba cuenta a la población del hecho del extrañamiento por Real Decreto e intimaba, so pena de muerte, nadie comunicase con los jesuitas en forma alguna ni censurase el Decreto ni las disposiciones que se tomaron para darle cumplimiento”(5).

(5) Padre Pablo Hernández S. J., “El Extrañamiento de los Jesuitas del Río de la Plata y de las Misiones del Paraguay por Decreto de Carlos III” (1918). Edición de Madrid. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

Muchos debieron ser el dolor y el temor que la insólita e injusta medida causaron en el vecindario de la Ciudad de Buenos Aires, sobre todo por la forma en que se trató a todos aquéllos que demostraron su adhesión a la benemérita comunidad.

El Padre Hernández, en su erudita obra, relata las arbitrariedades y vejaciones de que fueron objeto respetables vecinos como el Oficial Real, Pedro Medrano, el teniente coronel graduado José Nieto y los acaudalados comerciantes Miguel García de Tagle, Manuel Warnes e Isidro José Balbastro(6).

(6) Padre Pablo Hernández S. J., “El Extrañamiento de los Jesuitas del Río de la Plata y de las Misiones del Paraguay por Decreto de Carlos III” (1918). Edición de Madrid. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

Consumado el atropello en Buenos Aires con la ocupación de todos los bienes de los jesuitas, se procedió de la misma manera en Montevideo, el 6 de Julio; el 12 del mismo mes en Córdoba y, el 13, en Santa Fe; el 21, en Corrientes; el 30, en Asunción del Paraguay; el 3 y el 7 de Agosto en Salta y Tucumán, respectivamente; y, posteriormente, en Santiago del Estero, Catamarca, La Rioja y Tarija.

Todos los jesuitas fueron puestos presos y conducidos a Buenos Aires donde se los embarcó para España. También se trajeron a esta ciudad y se les dio aquel destino a los de Mendoza, San Juan y San Luis.

Verificóse -asimismo- idéntico procedimiento contra los jesuitas en las quince reducciones del Chaco y en las diez que tenían en Chiquitos, sin tropiezo alguno, en el curso del referido año 1767, de suerte que para los primeros meses del año 1768 ya estaba terminada la expulsión de todo el territorio que comprendía la famosa Provincia religiosa de los jesuitas del Paraguay, excepto en la comarca donde asentaban las misiones de los guaraníes situados a orillas de los ríos Paraná y Uruguay.

Fue en Julio de 1768 cuando el gobernador Bucareli y Ursúa se decidió a ejecutar las reales disposiciones en las doctrinas de guaraníes y, para ello, tomó una serie innumerable de precauciones que resultaron ser completamente innecesarias pues, durante el año que había transcurrido desde la llegada de los pliegos de España, los jesuitas prepararon los ánimos de los indios para que recibiesen y acatasen con sumisión y reverencia el decreto del rey.

- Martínez de Ibarra instruye canónicamente a los nuevos Curas de las reducciones

Pasó en persona Bucareli y Ursúa a las reducciones, con un número regular de soldados, empezando su obra por Yapeyú, el 16 de Julio de 1768. El 22 de Agosto ya estaba terminada, en viaje a Buenos Aires los Padres jesuitas y reemplazados éstos en las Doctrinas por los nuevos Curas, quienes fueron canónicamente instruidos por el doctor Antonio de la Trinidad Martínez de Ibarra.

Este sacerdote era enemigo acérrimo de la Compañía, de manera que no pudo elegirse ninguno más a propósito ni que llenara con más gusto la antipática misión que se le confiara.

- Expulsión de los jesuitas en Corrientes

La expulsión se realizó en Corrientes, también de manera sorpresiva; en la noche del 21 de Julio se reunió Juan Manuel de Lavardén con el Cabildo en pleno, los oficiales de milicias y soldados, saliendo todos juntos, formando dos filas de gente armada, hacia el Colegio de la Compañía donde se hizo alto, frente a la portería del mismo.

El pliego con la Orden de Bucareli había sido abierto ese día, por la mañana. Los capitanes León Martínez de Ibarra y Antonio Luis Poyson, “hombres ágiles, advertidos y promptos”, fueron encargados de llevar la tropa, pero ni ellos ni ésta sabían para qué se les convocaba.

La reunión fue en casa de Juan de Almirón, en su sala, no permitiendo salir a los que entraban en ella, a cuyo efecto se colocaron dos guardias en la puerta. Así se juntaron hasta ochenta.

Llegados al Colegio, les abrió la puerta del mismo un negro esclavo, lo que les permitió introducirse sin ser sentidos, poniéndose soldados en los corredores. Lavardén, con el Cabildo y el escribano, fueron al dormitorio del Padre Rector, que estaba tranquilo, en cama, ajeno a lo que pasaba.

Se le hizo vestir y luego se le leyó el decreto del gobernador. Lavardén informaba así el 25 de Julio:

“Esto ni las demás particularidades no se pusieron en la primera diligencia, porque no dejaba yo de estar aturdido, sin embargo de haberlo querido tomar con frescura, pues no se omitió nada sustancial de la ynstrucción”.

Para asegurar las personas de los jesuitas se puso guardias de soldados, a las órdenes de Francisco Solano Cabral y Juan de Almirón. Señalaba en su Informe que los jesuitas no tenían una biblioteca común en el Colegio, sino que individuales para cada religioso.

Se les entregó su ropa de uso, breviarios, utensilios y algunas imágenes, porque el día del embarque “clamaron por la desnudez en que iban”, por lo que les hizo dar una docena de camisas de lienzo de lino que se entregaron al Padre Rector.

Un solo jesuita claudicó: el Padre Juan Antonio García, que dijo querer tomar “la sotana de San Pedro”. Nombró depositario de todos los bienes a Juan García de Cossio. Este renunció su vara de Alcalde para atender sus nuevas obligaciones.

La expulsión y la forma en que se llevó a cabo llenó de tristeza e indignación al vecindario. No ha faltado algún autor liberal y apasionado que inventó que el episodio ingrato y bajo, “llenó de júbilo a los correntinos”. Basta para desmentirlo lo que Labardén escribía a Bucareli y Ursúa, el 2 de Agosto de 1767, en que explicaba que procedió a la prisión de los jesuitas en cumplimiento de su deber ante la comunicación recibida, y agrega “reflexionando estas cosas, quisiera no aver nacido”, y el 22 decía, “al irse los jesuitas, se quedaron los niños sin tener quién les enseñase”.

Fue tal la consternación del vecindario que en los días subsiguientes al 21 de Julio -según estimación de León Martínez de Ibarra y Poyson- ejecutores materiales del atropello, manifestaron que “la noticia de lo sucedido ha hecho que la gente se esconda. Nadie anda en las calles”(7).

(7) Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colonia, Temporalidades, Legajo 1, Expediente Nro. 1; y Sección Gobierno, Legajo Corrientes II. La designación del doctor Martínez de Ibarra se hizo el 27 de Abril de 1768. Funes dice: “Bucareli encomendó a sujetos cuya aversión a este Cuerpo le aseguraba la puntualidad”, refiriéndose a los ejecutivos de la medida, en “Ensayo de la Historia Civil del Paraguay, Buenos Aires y el Tucumán” (1817), tomo III, capítulo VIII. Edición de Buenos Aires. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

De Buenos Aires, los jesuitas fueron remitidos a España, amontonados como bestias en pocos y malos barcos de transporte, sufriendo en todo momento increíbles penalidades, hambre, calor sofocante, miserias y desamparo(8).

(8) Marcelino Menéndez y Pelayo. “Historia de los Heterodoxos Españoles”, tomo VI, capítulo II. // Carlos Pereyra. “Historia de la América Española”, tomo III, tercera Parte, capítulo X. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

Aparte del enorme perjuicio que a la educación de los habitantes de estas Provincias causó la expulsión de los jesuitas, pues los dejó sin dirección moral, cabe señalar los efectos que ella produjo en los indios misioneros(9).

(9) Carlos Pereyra. “Historia de la América Española”, tomo III, tercera Parte, capítulo X. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

- Nueva división política y administrativa de las misiones

Bucareli y Ursúa dividió el territorio de las antiguas misiones de guaraníes en dos Gobernaciones: una de ellas comprendía los veinte pueblos situados al occidente y al oriente del Paraná; y, la otra, las diez que quedaban sobre el Uruguay.

Designó para el Gobierno de la primera a Juan Francisco de la Riva Herrera y, para el de la segunda, a Francisco Bruno de Zavala(10).

(10) Hijo natural del gobernador Bruno de Zavala. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

Para la organización política y administrativa dióles, el 23 de Agosto de 1768, una “Instrucción” bien extensa, a la que agregó una “Adición”, el 15 de Enero de 1770.

Por Decreto del 26 de Diciembre de 1769, de Bucareli y Ursúa, se reunió el Gobierno en una sola mano, dividiéndose las misiones en cuatro Departamentos, que fueron:

1.- Candelaria, que comprendía el pueblo de este nombre y los de Santa Ana, Nuestra Señora de Loreto, San Ignacio Mini, Corpus Christi, Jesús, Santísima Trinidad, Ytapuá, San Cosme y San Damián, Santiago Apóstol y Santa Rosa;
2.- Yapeyú, con este pueblo y los de La Cruz, San Francisco de Borja y Santo Tomé;
3.- San Miguel, con este pueblo y los de San Juan Bautista, Santo Angel, San Lorenzo, Mártir, San Nicolás y San Luis;
4.- Concepción, formado por este pueblo y los de San José, San Francisco Xavier, San Carlos y Apóstóles.

Señalóse el de Candelaria para residencia del gobernador y se puso un Teniente de Gobernador al frente de cada uno de los otros, siendo los que primero desempeñaron ese cargo Francisco Pérez de Saravia, en el de Yapeyú; Gaspar de la Plaza, en el de San Miguel; y José Barbosa, en el de Concepción.

El 1 de Junio de 1770 Bucareli y Ursúa completó su sistema con una “Ordenanza para arreglar el Comercio de los Españoles con los Indios Tapés y Guaraníes del Paraná y Uruguay”.

El Padre Hernández S. J., en su notable y conocida obra, ha hecho un examen minucioso del régimen que aquel gobernador implantara y de sus funestos resultados.

Por los tres mencionados Decretos reglamentarios, que en conjunto recibieron el nombre genérico de “Ordenanzas” y fueron aprobadas el 27 de Abril de 1778 por el rey, se señalaban un Administrador General -con residencia en Buenos Aires- y un Administrador para cada pueblo, el que debía cuidar de los intereses temporales de los indios, con prohibición de que en éstos intervinieran los párrocos.

Las atribuciones principales de esos Administradores eran la guarda de una de las llaves del almacén donde se encerraban y conservaban los efectos del Común del pueblo, los cuales sólo se podían extraer con su Acuerdo, el del Cabildo y el del Mayordomo.

Además, les correspondía repartir los trabajos comunes y esto, de conformidad con el parecer del Corregidor y del Mayordomo. Establecióse para el conocimiento y práctica de la Santa Fe, que se había de procurar en los indios, dos sacerdotes para cada pueblo y, asimismo, reglamentábase la forma cómo se impartiría la enseñanza a los niños, para la que se prescribía como obligatorio el uso del idioma castellano.

Por una serie de disposiciones se reglamentaban también los honores a que eran acreedores los caciques y cabildantes; la vestimenta y calzado de los indios; manera de cultivar las tierras; cuidado de la ganadería y medios que se debían arbitrar para procurar su aumento; forma de realizar el comercio; protección de la libertad de los indios; sínodos para los curas y sus compañeros; exención de tributos a los caciques; etc.

En el orden político las “Ordenanzas” respetaban la existencia de los Cabildos indígenas. Estos estaban constituidos de la siguiente manera: un Corregidor, un Teniente de Corregidor, dos Alcaldes Ordinarios -de primero y de segundo voto-, un Alcalde de la Hermandad, un Alférez Real, cuatro Regidores, un Alguacil Mayor y un Secretario.

Todos estos funcionarios se renovaban anualmente por elección, excepción hecha de los dos primeros, que eran nombrados por el gobernador de Buenos Aires a propuesta del gobernador de las misiones o de los respectivos Tenientes, según el Departamento a que correspondiese el pueblo donde aquéllos desempeñaban sus funciones. Las atribuciones de estos Cabildos eran análogas a las que tenían los de las poblaciones de españoles.

En tiempo de los jesuitas, el Corregidor era nombrado por el gobernador de Buenos Aires, a propuesta del misionero. Todos los cabildantes llevaban vara, como insignia de su oficio, y tenían por ella una extraordinaria afición(11). Los caciques subsistieron, así como los súbditos o “mboja”, dentro de la nueva organización.

(11) José Torre Revello. “Don Juan de San Martín (nuevos documentos para su biografía)”, en el “Boletín del Instituto de Investigaciones Históricas” de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires, tomo XVIII. // Padre Pablo Hernández S. J. “Organización Social de las Doctrinas Guaraníes de la Compañía de Jesús”, tomo I. // Francisco Javier Bravo. “Colección de documentos relativos a la expulsión de los jesuitas”. // González de Doblas. “Memoria Histórica, Geográfica, Política y Económica sobre la Provincia de Misiones de indios guaraníes”, en “Colección de Obras y Documentos relativos a la Historia Antigua y Moderna del Río de la Plata”, de Pedro de Angelis, tomo III. Dice Doblas: “Los Alcaldes llevan sus varas y los Regidores sus bastones, que rara vez los sueltan de las manos”. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

- Denuncian falta de capacidad de vecinos de Corrientes para administrar las misiones

Bucareli y Ursúa designó para los cargos de Administradores -con preferencia- a vecinos de Corrientes, pero su poca diligencia y su falta de capacidad determinó su reemplazo con europeos de Buenos Aires.

“Pulperos quebrados todos sin ninga. noticia ni intteliza. de aquellas faenas, sin dar fianza que asegurasen su conducta, y asegurasen la Responsabilidad del Manejo que se les entregaba, luego se llenavan de una presumpcion y bana saviduria, que les hacía despreciar las instrucciones y reglas que seles daban, estto con ottros vicios”(12).

(12) Julio César González. “Informe de don Francisco Bruno de Zavala”, publicado en el “Boletín del Instituto de Investigaciones Históricas” de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires, tomo XXV. Su fecha: 22 de Agosto de 1784. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

- La Administración laica de las misiones es desastrosa

El resultado del Gobierno laico de las antiguas reducciones fue desastroso. En Representación hecha al gobernador Juan José de Vértiz y Salcedo, el 25 de Septiembre de 1773, por el Protector de Naturales Juan Gregorio de Zamudio(13), éste denunciaba que no era posible obtener reintegrase al Real Erario el Administrador de los treinta pueblos de indios guaraníes y tapés, Julián de Gregorio Espinosa, las sumas en que resultó alcanzado en su rendición de cuentas, y señalaba la decadencia de las misiones como consecuencia de la pésima gestión de los funcionarios encargados de su Administración.

(13) Natural de Buenos Aires, nieto del gobernador del Tucumán, Juan de Zamudio -Caballero de la Orden de Santiago-, y de doña Inés de Salazar. De indiscutida probidad, Juan Gregorio de Zamudio ejercía su ministerio con inteligencia y dedicación. Ver: José Antonio Pillado. “Buenos Aires Colonial”, capítulo: “Pasquines y Anónimos”. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

Zamudio daba un detalle de las sumas que faltaban en las cuentas de Espinosa. Los descubiertos eran: 1.665 pesos en San Borja; 4.657 pesos en San José; 4.014 pesos en Corpus; 4.821 pesos en Apóstoles; 1.872 pesos en Yapeyú; 2.343 pesos en Santa María; 1.100 pesos en Candelaria; 3.121 pesos en Trinidad; 3.339 pesos en San Ignacio Mini; 5.836 pesos en Loreto; 5.511 pesos en Santiago; 4.103 pesos en Santa Rosa; 1.555 pesos en San Cosme; 1.879 pesos en San Miguel; 1.009 pesos en Santo Tomé; 3.469 pesos en San Carlos; 6.382 pesos en Ytapuá; 1.655 pesos en la Concepción; 7.914 pesos en San Nicolás; 3.886 pesos en Mártires; 714 pesos en Jesús; 6.990 pesos en La Cruz; 5.565 pesos en Santa Ana; 6.893 pesos en San Luis; 3.242 pesos en Santa María la Mayor; 5.466 pesos en San Xavier; 2.301 pesos en San Juan; 280 pesos en San Lorenzo; 296 pesos en San Ignacio Guazú. Unicamente en Santo Angel las cuentas fueron correctas.

Separado de su cargo, Espinosa fue reemplazado por Juan Angel de Lazcano. El nuevo Administrador General tuvo dificultades serias con el gobernador de las misiones, que lo era entonces Francisco Bruno de Zavala, a quien atribuyó ser el causante de la decadencia de los pueblos afirmando -en Memorial presentado al mencionado Vértiz y Salcedo, siendo ya virrey- que no se había “procurado a los indios el cultivo de sus campos, y promobido las respectibas manufacturas” por lo que “se han reducido a una total pérdida, siendo lo más sensible el que bien acomodados aquellos naturales a estar en inacción se les han aumentado los vicios, e introducídose el desorden”.

A su vez, Zavala, en carta a Vértiz y Salcedo del 30 de Noviembre de 1778, expresaba los motivos que tenía para haber dejado las misiones y no volver a su Gobierno, acusando a Lazcano de que manejaba a su antojo los pueblos y que éstos estaban en completa decadencia, adeudándose a él seis años de sueldos.

De las pruebas acumuladas resultó acreditado que el proceder del gobernador había sido siempre correcto, no así el de Lazcano, que fue condenado con costas, por sentencia del virrey de Buenos Aires dictada el 12 de Marzo de 1785, por haberse comprobado su desacertada gestión y haber resultado también alcanzado en su rendición de cuentas.

El 20 de Octubre de 1773, el sueldo asignado a los Curas doctrineros por Bucareli y Ursúa, debido a la escasez de recursos, fue forzoso reducir a doscientos pesos cada uno, según Resolución de la Junta de la Real Hacienda de Buenos Aires(14).

(14) Archivo General de Indias, Sevilla, Audiencia de Buenos Aires, años 1561 a 1819, Estante 611, Cajón 7, Legajo 7. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

Así, las antiguas y florecientes misiones de los Padres jesuitas fueron empobreciéndose rápidamente. La desorganización gubernamental -en su Informe de 1784, Zavala confesaba que hacía siete años que no iba a ellas- y la impudicia administrativa(15), desacreditaron a los funcionarios españoles y produjeron, como lógica reacción, holgazanería e indisciplina entre los indios, que alguna vez se tradujo en franca rebelión, como aconteció en 1778 en Yapeyú, siendo Teniente de Gobernador Juan de San Martín, soldado austero y valeroso que logró con energía imponer su autoridad(16).

(15) “Memoria del Gobernador del Río de la Plata Don Francisco de Bucareli y Ursúa, a su Sucesor Don Juan José de Vértiz”, en “Revista de la Biblioteca Pública de Buenos Aires”, tomo II. En Mayo de 1801, el marqués de Avilés, en la “Memoria” que dejara a su sucesor en el virreinato, Joaquín del Pino y Rosas, afirmaba que no se consiguió nunca de los Administradores de las misiones que presentaran “formales cuentas de la inversión de los productos de aquella feraz Provincia” y que muchos de los Tenientes de Gobernador se “metieron en el mismo reprobado comercio” de aquéllos, “cuidando casi todos los de ambas clases, solamente de enriquecerse con la sangre de los indios” (ver, en la misma “Revista”, tomo III). Queda así rectificado lo que escribiera sobre la conducta de los Administradores laicos de Misiones, en mi libro “Litigios de Antaño”: “Amicus plato, sed magis árnica veritae”.
(16) Raúl de Labougle, “Litigios de Antaño” (1941), capítulo: “La Sublevación de Yapeyú en 1778”, Buenos Aires. Ed. Coni. // Todo citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

En el año 1790, el Cabildo de Corrientes elevó al virrey Nicolás de Arredondo una Representación, solicitando la creación de una Provincia, separada de las restantes del virreinato, y formada por dicha ciudad, su jurisdicción y los pueblos de las misiones.

Argüían los correntinos que con ello se aseguraba la defensa de la frontera con Portugal, pues no consideraban a los indios “capaces de defender los límites de nro. soverano sin nra. ayuda”, y que, además, a Corrientes se debía la subsistencia de los pueblos referidos.

Con ese motivo, el Cabildo emitió un juicio severo y despectivo sobre los guaraníes:

“Jamás han sido reputados ni pueden ser tenidos pa. otro ministerio qe. el de Peones y sirvientes de nras. Tropas por la desidia gral. de estos, y su ninguna onrra”(17).

(17) Raúl de Labougle. “Litigios de Antaño” (1941), Apéndice, Buenos Aires. Ed. Coni. // Todo citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

Empero, nada pudo ya contener la decadencia de las misiones e inútiles serían los esfuerzos que para ello hicieran gobernadores como Santiago de Liniers o Gonzalo de Doblas. Y en 1817, las hordas brasileñas de Juan de Chagas acabarían con ellas, dejando montones de ruinas y adelantando los dominios de Portugal en forma considerable y definitiva.

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