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Los últimos años de los jesuitas entre los guaraníes (1761-1768)

- El final de una Misión

Los últimos años de esta gran misión se desarrollaron entre 1761, cuando se anuló el Tratado de Límites, y 1768, al decretarse la expulsión de la Compañía de Jesús. Fue una etapa envuelta en la incertidumbre sobre el destino ulterior de las misiones y el acentuado secularismo de la política eclesiástica de la monarquía.

El proceso vivido por la Provincia Jesuítica del Paraguay y, particularmente, en las misiones de guaraníes, puede ser seguido en diferentes planos de desarrollo simultáneo que abarcan la realidad misional, el conflicto de límites con Portugal y el proceso de expulsión de los jesuitas, con la consiguiente secularización de las doctrinas.

En el ámbito misional se aborda la gradual restauración de la vida comunal y, sobre todo, la reocupación de los siete pueblos orientales por los guaraníes transmigrados en 1756. Los datos demográficos indican, por una parte, las dimensiones de ese retorno y de la totalidad de la población guaraní del distrito, así como el impacto sufrido en los traslados como en la epidemia de viruela que azotó entonces a las misiones.

Se advierten los esfuerzos por mantener en buen orden la Administración pastoral y la economía, pese a la carencia de personal suficiente para ello.

Un rasgo significativo de esta etapa es el nuevo rumbo impreso a las misiones de la Provincia, privilegiando las “misiones vivas” a los infieles y limitándose a conservar las doctrinas ya logradas de sus neófitos.

Al mismo tiempo, un serio conflicto bélico se desarrolla por entonces en la frontera oriental entre España y Portugal. La gestión del gobernador Pedro de Cevallos, reivindicando la obra de los jesuitas en las misiones, opera en coincidencia con su política de defender esas posesiones territoriales de España en Río Grande.

En ese marco se desarrolló la guerra de 1762-1763, a la cual siguió la paz armada ínterin se postergaba la definición de la traza fronteriza. Una vez más, en esas acciones, las milicias guaraníes volvieron a prestar sus servicios como auxiliares del ejército español.

A estos hechos se suman en Europa los cambios que, en el plano de las ideas y de política eclesiástica, se estaban gestando en las monarquías católicas.

La corriente secularizante, unida al creciente descrédito en que se hallaba la Compañía de Jesús, es fomentada por la proliferación de libros, panfletos y difamaciones, gran parte de los cuales están inspirados en el supuesto “imperio” de los jesuitas en el Paraguay.

Por razones semejantes y motivaciones políticas, ese proceso de secularización incluyó, desde 1759, a Portugal y las misiones jesuíticas de Marañón y Gran Pará, y, desde 1764, a Francia y sus misiones. España no tardaría en seguir ese camino y, en 1767, el rey Carlos III dispuso la expulsión de la Compañía de Jesús de todo el reino.

Esta medida se ejecutó en las misiones de guaraníes en 1768. El examen de los motivos aducidos, el estado de las misiones en ese momento y la construcción de la historia misional por los jesuitas expulsos, reivindicando su labor en el Paraguay, es el epílogo de ese proceso y el fin de aquella gran empresa.

- El retorno de los pueblos del Uruguay

El fracaso y posterior anulación del Tratado de Límites, formalizado a principios de 1761, dio lugar a que las doctrinas transmigradas del Uruguay volvieran a sus lugares de origen. Esta disposición había sido anticipada al gobernador Pedro de Cevallos por los ministros, ordenándole, a tenor de la real cédula del 19 de Septiembre de 1760, que

“ponga V. E. inmediatamente en ejecución lo que a su parte toca, siendo el primer paso posesionar a los indios en sus respectivos pueblos, casas, haciendas, ganados y cuánto existiere de su pertenencia, con toda la extensión de terreno que anteriormente poseían (y) que se recojan todos los que se hallan dispersos y acudan a su antiguo domicilio”(1).

(1) Pablo Pastells y Francisco Mateos. “Historia de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay (Argentina, Paraguay, Uruguay, Perú, Bolivia y Brasil)”, en 8 tomos y 9 volúmenes. Según los documentos del Archivo General de Indias (1912-1949), Sevilla, España, VIII, 2da. Parte, 710-712).// Citado por Ernesto J. A. Maeder. “Misiones del Paraguay (construcción jesuítica de una sociedad cristiano-guaraní. 1610-1768)” (2013), Instituto de Investigaciones Geohistóricas, Conicet, Resistencia. Ed. ConTexto.

Esta medida fue oficialmente trasmitida a los jesuitas en Enero de 1761, aunque las honras fúnebres que se tributaron al fallecido rey Fernando VI, junto con la proclamación de Carlos III, celebradas en San Borja, entre el 4 y el 15 de Septiembre de 1760, anticiparan un nuevo clima de confianza junto a la esperanza de que las misiones volvieran a su antiguo quicio.

Para esos festejos se convocó a indios músicos y danzantes de varios pueblos, que lucieron sus habilidades ante la tropa de Cevallos.

A su vez, el gobernador informó a sus superiores que había dispuesto el retorno de los indios de los siete pueblos y el regreso de las tropas. También hizo presente que negociaba con los portugueses la devolución de los guaraníes que mantenían, desde años anteriores, en el Jacuy, Río Pardo y Viamao. En consecuencia, los jesuitas acordaron con los caciques y Cabildos el retorno a sus respectivos pueblos.

Pero el retorno de los huéspedes a sus lugares de origen se dilató varios años, como lo registra la prolija documentación estadística de los jesuitas. La reubicación de los guaraníes requería reparar el abandono en que habían quedado los pueblos y eventuales deterioros causados por la ocupación militar, el restablecimiento de los campos y la reposición de ganado para las devastadas estancias orientales. Las cifras demuestran el ritmo con que se llevó a cabo la repoblación de los siete pueblos.

Distribución de la población de los siete pueblos

En 1762

Pueblos San Angel San Juan San Miguel San Lorenzo San Luis
San Nicolás San Borja Total
En otros pueblos 3.390 3.135 763 280 3.390 60 421 11.084
En sus pueblos 869 882 3.275 1.502 869 4.369 2.293 14.018
Total 4.259 4.017 4.038 1.782 4.259 4.429 2.714 25.102

En 1764

En otros pueblos 1.802 524 47 24 1.194 135 3.746  
En sus pueblos 1.310 360 2.679 1.149 2.381 3.925 2.738 14.542
Total 3.112 884 2.726 1.173 3.575 3.925 2.893 18.288
 

Como puede observarse, la restitución de los guaraníes a sus pueblos de origen fue lenta, aunque ya se hallaba prácticamente concluida en San Nicolás, y muy adelantada en San Borja, San Lorenzo y San Miguel. De todos modos, la población total de este grupo de pueblos disminuyó a lo largo de estos últimos años en 6.814 habitantes.

Ello estuvo afectado por la baja natalidad y una mortalidad elevada, agravada en 1764 por una gran epidemia de viruela que, si bien afectó a todas las misiones, causó 1.970 víctimas entre los guaraníes de seis de los siete pueblos.

Como es de imaginar esta situación de emergencia debió complicar no sólo el desenvolvimiento de los pueblos emigrados, sino también el de todo el distrito.

Si se examinan las cifras totales de población de los 30 pueblos en los últimos años, se advierte un cierto estancamiento e, incluso, significativas pérdidas de población causadas por una epidemia de viruela y otras dificultades.

Población total de misiones de guaraníes entre 1760 y 1767

Año Almas Familias T/B T/D C/N A/F
1760 95.384 22.169 4,3
1761 102.694 22.586 4,5
1762 102.988 22.683 51,2 47,1 4,1 5,6
1763 98.879 21.950 49,8 62,3 -12,5 6,1
1764 90.545 19.251 55,4 147,5 -92,1 6,6
1765  85.266   19.249 45,4   93,0 -47,6  6,3 
1766  87.026  20.151  50,0  46,3  4,7  6,1 
1767 88.796          


T/B: tasa de bautismos y T/D: tasa de defunciones, por mil.
C/N: crecimiento natural, por cien; A/F: almas por familia.

Como puede apreciarse, en esta etapa y dentro de un cuadro general de mortalidad elevada, el crecimiento natural resultó negativo. A su vez, la reubicación de los pueblos requería que éstos se pusieran en condiciones, luego de haber sido usados como cuarteles, con los restos de población que quedaron en ellos sin mudarse.

En San Nicolás se lamentaba la pérdida de los algodonales, el yerbal quemado y las casas de los indios necesitadas de reparación. En Santo Angel también deploraban la pérdida del yerbal, la viña seca y la falta de hacienda, al igual que San Luis. Y de San Lorenzo se lamentaba que además de ser “tan pobre y destruido, se perdió casi todo cuánto tenía”.

- La situación interna en las misiones

Al margen del problema de la repatriación de los emigrados, la situación interna de las doctrinas ofrecía algunas dificultades.

En 1761 se había designado Provincial al Padre Juan J. Andreu, un mallorquín de 64 años, veterano misionero de los indios del Chaco salteño-tucumano, en cuya evangelización había trabajado por más de veinticuatro años. Su capacidad y entrega, sin duda, influyeron en su designación, que al decir de sus contemporáneos sorprendió por lo inusual, ya que Andreu carecía de experiencia en cuestiones de gobierno.

En su gestión, el nuevo Provincial puso el mayor empeño en el fomento de las misiones vivas, de acuerdo con los fines del Instituto y como respuesta a quienes objetaban a los jesuitas su conformidad con la mera atención de sus curatos de neófitos guaraníes.

Este propósito de Andreu, políticamente acertado y de realización necesaria para movilizar a la Provincia cuestionada, tropezó con la incomprensión interna de algunos de sus súbditos y con las limitaciones de personal para cubrir tanto las misiones nuevas como el mantenimiento de las doctrinas ya consolidadas.

Desde 1761 abundan los reclamos de los curas de las misiones por la falta de compañero, el gran número de ancianos y la falta de condiciones de más de uno para atender eficazmente la atención pastoral y la Administración económica de los pueblos.

Tanto el Visitador Nicolás Contucci como el Cura de San Carlos, Padre Salvador Quintana, describen así el problema:

“Apenas hay de quien echar como para curas, porque unos no sirven para ello y otros no están ya para ello. / El segundo expresa / Si el oficio de cura fuese no más que administrar los sacramentos a los indios, los más de los sujetos podrían servir. Pero lo más dificultoso es hallar para lo temporal curas aptos / por la gran cantidad de almas y necesidad de alimentos / De otra suerte, todo se pierde y los indios se van”(2).

(2) Bruno Cayetano -1986-. “Historia de la Iglesia en la Argentina”, VI, 42-48, Buenos Aires.// Citado por Ernesto J. A. Maeder. “Misiones del Paraguay (construcción jeusítica de una sociedad cristiano-guaraní. 1610-1768)” (2013), Instituto de Investigaciones Geohistóricas, Conicet, Resistencia. Ed. ConTexto.

Estos reclamos parecen haber sido superados en parte, al menos en lo que a edad se refiere, al considerar la nómina de curas a fines de 1767. Había allí 68 sacerdotes y 9 hermanos coadjutores para los treinta pueblos. La distribución de edades indica que aquéllos con más de sesenta años eran 24 (y de ellos 10 septuagenarios).

Con más de cincuenta había otros 22, mientras que entre los más jóvenes se contaban 22 de más de cuarenta, 6 de más de treinta y 3 de más de 20 años.

Y respecto de su origen, la mayoría de los Curas seguían siendo españoles (40) y alemanes (14), seguidos por italianos (5), sardos (4), húngaros (2), y un francés. Entre los once americanos, se contaban tres paraguayos, un chileno y siete argentinos: tres santafesinos, dos salteños, un correntino y un riojano. Apenas el 15 % del total, frente a un 85 % de europeos.

Ello explica que la Provincia dependiera de nuevas remesas de jesuitas venidos desde España para mantener y expandir las misiones.

En 1755 había llegado la última tanda. En 1761 se había dado licencia para la partida de otro contingente, que saldría de España en dos grupos separados en 1763 y 1764. A esa necesidad, sin duda imperiosa, alude el Padre Andreu en su carta al rey, de Octubre de 1763, señalando lo que hacia la Compafiía en la Provincia con el apoyo real en

“la conversión de infieles y en la conservación de los neófitos (...) para conservar lo adquirido y proseguir la conquista que en estas últimos tiempos se ha emprendido / Y remarcando bien los diferentes objetivos de su gestión, concluye afirmando con optimismo / que breve tiempo admirará el orbe enarboladas las universales banderas del Evangelio y de Su Majestad, en los espaciosos campos del Gran Chaco y dilatadas márgenes del río Paraguay y Pilcomayo”(3).

(3) Pablo Pastells y Francisco Mateos. “Historia de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay (Argentina, Paraguay, Uruguay, Perú, Bolivia y Brasil)”, en 8 tomos y 9 volúmenes. Según los documentos del Archivo General de Indias (1912-1949), VIII, 2da. Parte, 956-958, Sevilla, España. // Citado por Ernesto J. A. Maeder. “Misiones del Paraguay (construcción jesuítica de una sociedad cristiano-guaraní. 1610-1768)” (2013), Instituto de Investigaciones Geohistóricas, Conicet, Resistencia. Ed. ConTexto.

Esas misiones vivas requerían personal bien formado y dispuesto. Se sobreentendía que las mismas se hallaban en pleno desarrollo y que se ampliaban a medida que se entraba en contacto con nuevos grupos de aborígenes. Para entonces, las mismas se hallaban concentradas en los Chiquitos y en el Gran Chaco.

Las primeras reunían ya 10 pueblos, que incluían a los chiquitos propiamente dichos, y a un conjunto de otras parcialidades de diferentes etnias, lenguas y culturas, asimiladas a estas doctrinas.

Desde allí partían con frecuencia expediciones, en procura de atraer nuevos grupos a esas misiones. En 1761 totalizaban 20.880 personas, cifra que, en 1766, había aumentado a 23.788.

A su vez, el otro gran frente misional se hallaba en el Gran Chaco, entonces en pleno proceso misional. Sobre la frontera paraguaya había tres misiones, en la actual Santa Fe otras cuatro, siete en las lindes de Santiago, Tucumán y Salta y una más entre los chiriguanos en el área de Charcas. Todas ellas totalizaban, según el cómputo del Padre José Jolís, entre 6.000 y 7.000 habitantes, aunque sus dimensiones no siempre eran constantes.

Los 77 misioneros que atendían las misiones de guaraníes, más la veintena larga de los Curas de Chiquitos y los 31 del Gran Chaco, constituían el total del personal misionero, consistente en unas 130 personas.

Si la Provincia contaba, en 1763, con 259 sacerdotes, el grupo misionero ocupaba poco más del 50 % de este personal. El resto se hallaba distribuido en los once Colegios, noviciado, universidad, procuradurías y otros servicios pastorales. A pesar de las dificultades, las misiones volvían a ocupar un lugar sobresaliente en la actividad de la Provincia.

Pero al margen de la necesidad de personal, los pueblos requerían una constante atención para su mantenimiento, y si bien se habían restablecido los cultivos, aumentado los planteles de ganado y la producción artesanal destinada al consumo interno como al intercambio, la situación económica distaba de ser floreciente.

Un Informe económico de las misiones, del Padre José Cardiel, firmado en Concepción, el 2 de Mayo de 1766, corrobora esta situación. De acuerdo a la política de fomento de las misiones entre infieles, se le requiere saber si los recursos económicos de las misiones de guaraníes se hallaban en condiciones de contribuir con limosnas a esos emprendimientos.

La respuesta de Cardiel es, en principio, afirmativa. Por una parte, señala que los guaraníes pueden dar de lo que excede a sus necesidades en yerba, lienzo y tabaco, pero no en ganado, apenas suficiente para sus necesidades, y como alternativa propone suplirlo con lo que los Padres curas puedan contribuir de su parte, con el excedente de los bienes que se hallan en sus aposentos, cocina, almacenes y sacristía, bienes consistentes en relojes, candeleros, menaje, vajilla, muebles, tijeras, objetos litúrgicos y vestiduras para el servicio del culto, de que hay sobrada cantidad en cada uno de los pueblos y de cuya venta puede hacerse un caudal respetable y destinarlo a ese fin. Y comenta

“porque viendo esto, algunos externos en las visitas, inferirán de aquí las riquezas que no hay en los pueblos, y en resulta de estos informes podrán venir de la Corte cargas que no puede soportar la pobreza del indio (...) su pronóstico lo estamos experimentando, pues el señor obispo presente / Antonio de la Torre / hizo inventario de todo lo perteneciente a los templos con un cuidado y esmero muy especial, notando la tela, el valor de cada pieza. Bien entendimos lo que era. Ahora escriben que ha informado a la Corte para que, prescindiendo del convenio hecho por vía de diezmo, se paguen los diezmos por entero, y se supone que habrá alegado riquezas de los indios y por prueba de su alegato habrá enviado el inventario”(4).

(4) Biblioteca Nacional de Río de Janeiro // Manuscritos da Coleçao de Angelis, 1951, 1969, en 7 volúmenes, VII, 46. // Citado por Ernesto J. A. Maeder. “Misiones del Paraguay (construcción jesuítica de una sociedad cristiano-guaraní. 1610-1768)” (2013), Instituto de Investigaciones Geohistóricas, Conicet, Resistencia. Ed. ConTexto.

En su prudente apreciación, Cardiel acompañó su Informe con un detallado análisis de las existencias agropecuarias; señaló la caída del precio de la yerba, uno de los principales bienes de intercambio de las misiones, al parecer reemplazado en varias ciudades por el consumo del chocolate; insistió en la necesidad de permutar lienzo por ganado con los vecinos de Corrientes, para dotar a las estancias y aumentar el consumo de carne en los pueblos, limitados por falta de vacunos.

Sin perjuicio de estas limitaciones, otros hechos ponen de manifiesto que el ánimo no había decaído y que subsistía la confianza en alcanzar mejores tiempos. En algunos pueblos, por iniciativa de sus curas, hubo progresos edilicios de cierta magnitud.

Entre ellos, ha de contarse: el nuevo emplazamiento de Santos Cosme y Damián, en 1760, ahora localizado en la margen derecha del río Paraná; el despliegue constructivo de las iglesias de Trinidad y de Jesús, edificadas en piedra; y el hallazgo de una cantera de cal que permitió el cierre de la bóveda de la primera por el Padre Daneri.

En 1760 se puso fin al pleito entre los pueblos de Trinidad y Jesús por la posesión de la cantera de Itaendy y, en 1766, se finiquitó el pleito por la posesión de los yerbales de Jesús, cuestionados por los curas franciscanos de Yutí y Caazapá, asunto que fue acompañado de varios mapas.

Otras iglesias, como la de San Miguel o San Ignacio Miní, también lucían fachadas majestuosas. Según el registro del Padre Jaime Oliver, cura de San Carlos, algunos templos, como los de Santa María La Mayor o Apóstoles, merecían elogios por su grandiosidad, mientras que otros, en razón de incendios anteriores, aún no habían reedificado su iglesia y atendían los oficios “de prestado”.

A su vez, en pueblos como los de Nuestra Señora de Fe o Yapeyú, las iglesias eran “inferiores a las de otros pueblos”.

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