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Estado en que quedaron las misiones al finalizar la gestión de los jesuitas

Concluida la separación de los jesuitas y puestos en funciones los nuevos administradores, cabe preguntarse en qué condiciones materiales se hallaban los pueblos.

En términos generales, todo muestra un cuadro de normalidad; la población se hallaba tranquila, las rutinas laborales se cumplían y los inventarios levantados en la ocasión muestran que se disponía de recursos suficientes para el desenvolvimiento de los pueblos.

A partir de los Registros de Población y de esos detallados Inventarios, es posible trazar un cuadro sintético del estado general de las misiones, como cierre del largo período de gestión cumplido por los jesuitas.

La población era aún muy numerosa, aunque en el trienio 1763-1765 la mortalidad fue muy elevada, como consecuencia de una extendida epidemia de viruela que castigó a casi todos los pueblos.

En cuanto al caudal de bienes, los Inventarios incluyen una gran cantidad de rubros, tales como: el estado edilicio de los pueblos, el equipamiento de sus iglesias y lo almacenado en los depósitos y talleres, el menaje y mobiliario de las residencias, libros, instrumentos musicales, armas, relojes y demás objetos.

En el ámbito rural se precisa el número de estancias de cada uno de los pueblos, la cantidad de cabezas de ganado, los cultivos permanentes y las chacras, montes frutales, etc.

Si bien el estilo de estos Inventarios no es del todo similar, es posible trazar un cuadro general que muestre las existencias del conjunto de los pueblos. Por una parte, todos ellos disponían de una o varias estancias, con ganado manso o alzado.

La dimensión total de esas existencias era la siguiente: vacunos: 698.353; bueyes de labor: 44.183; ovejas: 240.027; caballos: 28.204; yeguas: 45.646; mulas: 15.234; yeguas muleras: 16.083; y burros: 8.063.

En cuanto a la agricultura, todos los pueblos poseían uno o varios yerbales plantados en sus proximidades. También contaban con algodonales y, en menor medida, cañaverales. En varios casos se anotan con prolijidad cuadros de hortalizas, cereales y montes de frutales.

En cuanto al Registro sobre el Equipamiento Urbano, la información es desigual. En algunos casos consta el número de telares y la cantidad de lienzo guardado en almacenes, así como las herramientas con que contaban herreros, carpinteros, ladrilleros, etc. En los pueblos costeros del Paraná se dá noticia del número de canoas y embarcaciones con que contaban.

En algunos casos, los Inventarios dan cuenta del número de armas y enseres domésticos, muebles y relojes. En cuanto a los Libros de cada pueblo, el detalle es más completo y su número sorprendentemente elevado, pues suma varios millares.

Una biblioteca muy bien dotada se hallaba en Candelaria, sede de los Padres Superiores. Contaba con 3.471 volúmenes que correspondían a varias disciplinas. La dotación promedio de las bibliotecas de cada pueblo oscilaba entre 150 y 300 volúmenes.

A partir de estos datos generales es posible creer que los jesuitas habían dejado sus misiones en orden y sosiego. La población guaraní se recuperaba de las penurias de los años pasados y restablecía sus índices de natalidad y del número de miembros por cada familia. Sus viviendas no ofrecen reparos y parecen estar en buenas condiciones.

En cuanto a ganados y cultivos, las dimensiones y variedad, al igual que la provisión de los almacenes, parecen evidenciar que no había penuria de alimentos ni falta de ropa. Los instrumentos de la orquesta y los vestidos de los danzantes se encuentran en orden. El menaje y el mobiliario de las residencias responden a la sencillez que se esperaba de los curas y coadjutores.

Sólo las iglesias resplandecían con sus imágenes, dorados y colgaduras, la cantidad de vasos sagrados y la multitud de vestiduras litúrgicas que indican la prioridad, tal vez excesiva, que se observaba en las misiones para las ceremonias del culto.

Aunque otros datos son sumarios y apenas indican cantidades de objetos materiales, todo hace pensar que la vida comunal de los pueblos de las misiones ofrecía en ese momento un nivel de desarrollo urbano y de abastecimiento superior en más de un sentido, que poseían varias de las ciudades comarcanas.

Esta descripción se hallaba lejos de la visión mezquina con que el fiscal había pintado al rey, las penosas condiciones en que se desarrollaba la vida de los indios guaraníes bajo la Administración de los jesuitas.

- Las misiones: una última mirada desde el destierro

Si bien las misiones dejaron de ser atendidas por los Padres de la Compañía de Jesús y quedaron colocadas bajo una Administración secular, no por eso los desterrados olvidaron aquella empresa memorable. Parte de ellos dedicó su tiempo y su saber a recordar y escribir sus experiencias y su propia visión sobre aquellas misiones.

Durante su exilio, los jesuitas de la Provincia del Paraguay vivieron en Italia, divididos en una veintena de comunidades, repartidas en otras tantas casas. La mayoría de ellas estaba en Faenza, otras en Ravena y Brisighella.

Hasta la publicación del Breve “Dominus ac Redemptor”, del Papa Clemente XIV, en 1773, que extinguió la Compañía, el Padre Domingo Muriel fue el Provincial de todos ellos. Los jesuitas provenientes de la misma Provincia, que eran extranjeros, regresaron a sus países de origen.

Todos se mantuvieron ocupados, en las limitadas condiciones que regían para su estado. Después de 1773, los jesuitas quedaron reducidos al estado de clérigos seculares.

Ya para entonces algunos habían escrito o publicado escritos, en los cuales relataban sus experiencias misionales y sobre los pueblos que habían conocido. Según sus respectivas inclinaciones, sus escritos se referían a la historia, la naturaleza, las lenguas aprendidas e, incluso, al diseño de mapas o dibujos descriptivos de aquel mundo americano.

Los nombres de Martín Dobrizhoffer, José Jolís, Joaquín Camaño, José Sánchez Labrador o Florian Paucke, entre otros, son representativos de esa actividad de la antigua Provincia paraguaya. No corresponde en este caso abordar esa literatura, que por otra parte ha sido hoy editada y estudiada ampliamente, pero sí es pertinente recordar a varios de aquellos desterrados que se dedicaron exclusivamente a las misiones de guaraníes.

Ya fuera por un propósito de reivindicar una labor vilipendiada en su época, o por el recuerdo de tiempos mejores, o por el deseo de corregir errores y mistificaciones que corrían impresas en varias lenguas, algunos de aquellos expulsos se aplicaron a estos empeños.

Estos escritos, por otra parte, demuestran el fervor que conservaban, aún en la vejez, hacia aquellos pueblos donde habían entregado la mayor parte de sus vidas.

El Padre José Manuel Peramás (1732-1793) fue una figura destacada en aquella Provincia, por su talento, su versación en lengua latina y su docencia universitaria en Córdoba. En su desempeño como misionero pasó una temporada entre los guaraníes de San Ignacio Miní, experiencia que le sería muy útil en su posterior evocación de las misiones.

Durante su destierro, en Faenza, redactó y editó varias obras. Además de su Diario del Destierro, ya mencionado, se ocupó de escribir varias obras de carácter biográfico que fueron publicadas en 1791 y 1793.

En la segunda de dichas obras incluyó como introducción un singular estudio que tituló "De Administratione Guaranitica comparate ad Rempublicam Platonis Commentarius". Dicho estudio fue traducido al castellano con el título de "La República de Platón y los Guaraníes", y publicado por Guillermo Furlong, en Buenos Aires, en 1946.

Esta obra, sin duda original, plantea -por vía de comparación-, con textos de Platón, que las misiones de guaraníes respondían en su organización a los cánones de toda sociedad humana capaz de vivir conforme a costumbres y leyes apropiadas.

En su descripción de los guaraníes advierte que los años, sus costumbres y comportamiento eran equivalentes a los de cualquier sociedad civilizada de su tiempo. Como corolario, agrega:

“en resumen, de numerosas turbas de bárbaros feroces y cueles antropófagos, vemos hoy constituida una república mucho mejor, por sus costumbres y bienestar, que aquéllas cuyo imagen y cuyos miembros había conocido Platón”(1).

(1) José M. Peramás -1946-. “La República de Platón y los Guaraníes”, parágrafo 305, Buenos Aires. Ed. Emecé. // Citado por Ernesto J. A. Maeder. “Misiones del Paraguay (construcción jesuítica de una sociedad cristiano-guaraní. 1610-1768)” (2013), Instituto de Investigaciones Geohistóricas, Conicet, Resistencia. Ed. ConTexto.

Pero la intención de Peramás no se limita a la comparación con el modelo ofrecido por La República o Las Leyes, sino que va más allá, pues a lo largo de todo el texto analiza y rebate, cuando corresponde, ideas y libros de filósofos de su época, como también nociones erróneas de impugnadores como Ibáñez de Achávarri, y, además, descarta con realismo la utopía de una sociedad de rangos igualitarios y comunidad de bienes que pudiera tomar como modelo a las misiones de guaraníes.

Dos de los 27 capítulos, así como el “Apóstrofe” final a los filósofos liberales, están dedicados exclusivamente a estos comentarios críticos. El libro incluye el conocido grabado de la planta urbana de Candelaria y los datos de población de los 32 pueblos de las misiones en 1767.

Otros jesuitas lo hicieron más sencillamente, para satisfacer la curiosidad de sus protectores por aquella sociedad guaraní. Entre ellos, el Padre Ladislao Orosz, que a pedido de la emperatriz María Teresa de Austria redactó una Memoria sobre la provincia del Paraguay, en 1768; o el Padre Francisco Javier Miranda, que redactó un Memorial con reflexiones, titulado Sinopsis o Ensayo sobre los daños que en lo espiritual y en lo temporal se han seguido del destierro de los jesuitas de la provincia del Paraguay, escrito entre 1778 y 1792, y aún el Padre Domingo Muriel, de vasta erudición, creyó necesario anotar y ampliar la "Histoire du Paraguay. (1756-1757)", del Padre Francisco Javier de Charlevoix, completando el relato con lo acontecido en aquella Provincia desde 1747 hasta 1767. Esta última obra se editó en latín, en Venecia, en 1779.

Pero, sin duda, quien más continuó trabajando en el tema fue el Padre José Cardiel (1704-1782), incansable y celoso de la buena memoria que merecían las misiones. También residía en Faenza, tenía ya sus años y padecía el frío y las limitaciones de su vivienda y de su salud. Pese a ello, acometió varias obras.

La más conocida es su "Breve Relación de las Misiones", que en 1771 remitió a au antiguo maestro, Pedro Calatayud, texto en el cual rememora y actualiza su carta anterior, de 1747, remitida al mismo destinatario.

Por aquellos años trabajó también una refutación al libro de Ibáñez Echávarri, que tituló "Deshácense los encantamientos del Reino del Paraguay", concebido como un diálogo entre el propio Ibáñez y su ficticio contradictor que, en animada conversación, corrige las afirmaciones de aquél.

También es suya otra monografía sobre "Costumbres de los Guaraníes". Ambos textos fueron publicados por Muriel, en 1779, como documentos complementarios de su "Historia del Paraguay" ya citada.

Pero no paró aquí su celo. Bajo el nombre supuesto de José Darceli, acróstico de Cardiel, escribió, en 1780, un "Compendio de la Historia del Paraguay", en 21 capítulos. En ese escrito explica distintos aspectos de la estructura y costumbres del Paraguay, las misiones, los sucesos de la demarcación de límites para, finalmente, volver sobre las cuestiones pasadas con el obispo Cárdenas y Antequera.

El último capítulo está referido a las encomiendas de servicio personal y los daños que acarreó su aplicación.

Cardiel falleció en 1782; Peramás, en 1793; y Muriel en 1795. Otros jesuitas les antecedieron en la partida y alguno, como Miranda, los sobrevivió hasta 1811. Con ellos se fue apagando el recuerdo y las vivencias de aquellos misioneros. Sus escritos quedaron en parte inéditos o perdidos, o eventualmente publicados en libros de limitada circulación, y no influyeron mayormente en la opinión que se había formado sobre las misiones en aquella época.

Su recuperación fue tardía pero, en definitiva, eficaz, ya que permitió conocer mejor y de buena fuente el pasado misional y, sobre todo, el fervor con que había sido concebida aquella gran obra de las misiones entre los guaraníes.

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