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CRISIS DE LA LEGITIMIDAD DINASTICA

Dos recuerdos obsesionaban a los hombres de principios del siglo XIX: la Revolución Francesa y el Imperio napoleónico. Desde 1789 -en Francia- y desde 1792 en Europa, la revolución y la guerra habían sacudido los cimientos del Antiguo Régimen. Veinticinco años de desórdenes y de guerras fueron bastantes para que los hombres buscasen restaurar el poder y hacer la paz. La sombra de Thomas Hobbes cubría, otra vez, a Europa(1).

(1) Material extraido de la obra de Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

Esta sería la Europa de la Restauración, de los reconstructores que parten de la reacción monárquica, del Congreso de Viena y de las transacciones preventivas. Pero esa Europa que comienza en 1815 sólo se explica por los años de lucha, de revolución, de conflictos que asedian a los pueblos y comprometen a los dirigentes.

Las doctrinas, las tendencias y las líneas de fuerza intelectuales e ideológicas, que eran como la estructura de esos tiempos de pendencia, no producen el mismo resultado en todas partes, porque hechos e ideas producen efectos diferentes según sea la situación que les sirve de contorno o que atraviesan.

Los acontecimientos del Río de la Plata no fueron ajenos a los sucesos de Europa y América que afectaron a todas las generaciones que eran contemporáneas hacia 1810 y que habían recibido la experiencia vivida -por la trasmisión oral, por el recuerdo o por el proselitismo ideológico-, las resonancias positivas o negativas de los factores internacionales de la época. Además del propio contorno sudamericano puede decirse que hubo entonces tres grandes situaciones del panorama internacional que de alguna manera gravitaron en la situación rioplatense:

* la emancipación norteamericana y su influencia doctrinal;
* las tesis del liberalismo revolucionario desde la “Gran Revolución” -con sus secuelas concretas, que los acontecimientos del 95 sobre todo habían marcado en muchas mentalidades-; y
* el litigio en la propia España, de donde procedieron muchas de las influencias revolucionarias -renovadoras o innovadoras- de acuerdo con las tendencias que se disputaban el destino de la Península.

Los acontecimientos eran la manifestación compleja de un fenómeno más profundo: la crisis de la legitimidad dinástica. La legitimidad tradicional, que reposaba en la costumbre, en las creencias y en los valores sociales de los pueblos europeos, caía con el Antiguo Régimen.

Por un tiempo nuevas fórmulas y doctrinas ingeniosas lograrían soslayar el significado profundo de la crisis del Ochocientos. Según las situaciones, el tiempo de la restauración fue más o menos prolongado pero, pocos ignoraban -al final del proceso- que todo un mundo de tradiciones y de credos políticos y sociales había quedado atrás.

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