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La emancipación norteamericana

El 4 de Julio de 1776 los Estados Unidos de América declararon su independencia y poco más de diez años después -1787- tuvieron su Constitución. Formaban una tensa pero concreta comunidad humana de tres millones de seres(1).

(1) Material de la obra de Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

Las pretensiones centralizadoras de la Corona británica se fueron incrementando con el correr del tiempo y aunque teóricamente el Parlamento representaba los intereses de la totalidad del Imperio -incluyendo las colonias- éstas interpretaban que lo hacía mucho mejor con los grandes comerciantes de Inglaterra. Para estos, en efecto, el Parlamento era verdaderamente representativo. Para las colonias lo era cada vez menos.

- Una federación monárquica

El clamor por representación apenas era escuchado en Inglaterra, cuya teoría parlamentaria era que el Parlamento no representaba a individuos o áreas geográficas sino a los intereses de la Nación toda y del Imperio. Pero los americanos veían a éste como una suerte de federación de comunidades, cada una con su cuerpo legislativo, unidas por la común lealtad al rey. No era ésta la visión de los ingleses.

Se puede decir que el sistema norteamericano y el inglés constituían experiencias únicas pero, al mismo tiempo, planteaban cuestiones y problemas que preocupaban a hombres de distintas latitudes por ser problemas y cuestiones casi universales, de alguna manera presentes en la vida del hombre en comunidad. Como se advierte, el proceso independentista norteamericano es único pero también común en ciertos rasgos importantes con el de las colonias rioplatenses.

El proceso en sí mismo iba acompañado por una doctrina -de resistencia a las leyes e instituciones tiránicas- que se fundamentaba especialmente en la Biblia y en los escritos del notable liberal John Locke. Quizás pueda decirse que el inglés Locke tuvo, respecto de la revolución norteamericana, una relación análoga a la de Karl Marx con la revolución comunista rusa.

Tal vez tampoco Locke (1632-1704) se hubiera sentido muy cómodo al conocer el uso que los norteamericanos daban a sus doctrinas de “Two Treateses of Government”. Pero los norteamericanos no lo usarían en vano. En los años 60 y 70 les parecía claro que los gobernantes británicos habían violado la Ley Natural y la Palabra de Dios y, de acuerdo con Locke, si un Gobierno persiste en exceder sus limitados poderes los hombres quedan dispensados de su obligación de obedecerle. Podían llegar a un nuevo Pacto y establecer un nuevo Gobierno. Y a eso iban.

- De la autonomía a la revolución

En la revolución americana, en efecto, una guerra por la autonomía de parte de las colonias unidas tornóse paulatinamente en una guerra por la independencia de parte de los Estados Unidos.

Durante el primer año de la guerra los norteamericanos luchaban todavía por su personalidad “dentro” del Imperio británico, no por la independencia pero, poco a poco, las actitudes irían cambiando en parte porque la guerra se iba haciendo sangrienta y cruel -quizás una de las más sanguinarias del siglo- en parte también porque el proceso hirió gravemente el afecto de los norteamericanos por la Nación madre, que no vaciló en usar indios salvajes, esclavos negros y mercenarios extranjeros contra los colonos.

Y, por último, la independencia se hizo no sólo un sentimiento sino una necesidad cuando el Gobierno británico emitió la “Prohibitory Act” que cerraba las colonias al comercio internacional y no hacía otra concesión que ofrecer el perdón a los rebeldes.

- El arsenal mítico de la revolución americana

Los acontecimientos de América del Norte se transformaron en una suerte de mito soreliano, con suficiente difusión como para representar un factor internacional de primera importancia en la vida y en las relaciones internacionales de fines del siglo XVIII y buena parte del siguiente.

Poco después que la lucha había comenzado los norteamericanos tenían ya un comité secreto, encabezado por Benjamín Franklin, con la misión de ponerse en contacto con los “amigos” en Gran Bretaña y más significativamente con los de “otras partes del mundo”. De todos esos amigos exteriores el más prometedor era Francia, aún resentida por su derrota de 1763 a manos de los ingleses.

La comunicación franco-norteamericana se hizo más frecuente mientras la hostilidad hacia los ingleses imperiales reunía en una Liga de neutrales a Rusia, Dinamarca y Suecia. El humor internacional había cambiado para Gran Bretaña y presionaba en favor de la negociación lo que contribuyó a la victoria de los norteamericanos luego de la decisiva batalla de Yorktown.

Mientras el pueblo norteamericano celebraba el embarco de las últimas fuerzas inglesas de ocupación en Nueva York y George Washington entraba triunfalmente en la ciudad, se avizoraban tiempos difíciles, fricciones graves con España y con Francia y aún, de nuevo, con Gran Bretaña.

El triunfo de la revolución americana impuso a los Estados Unidos como un modelo institucional y político digno de ser observado y, en buena medida, imitado. Francia recibió en triunfo a Franklin. Voltaire y aquél se abrazaron en la Academia de Ciencias mientras una multitud aplaudía. Las logias masónicas les rindieron homenaje. El proselitismo de la revolución americana tenía, pues, sus símbolos.

El “modelo” norteamericano sirvió a quienes aspiraban a justificar el nacimiento de Estados nuevos y a renegar, al cabo, de la legitimidad monárquica. Promovió la admiración por el sistema inglés, de poderes separados y limitados frente a los derechos del ciudadano, que los norteamericanos decían, no sin razón, interpretar con fidelidad.

Señaló la importancia funcional de un poder central fuerte, capaz de conducir unidos a los Estados entre apremios económicos y políticos. Expuso, en una Constitución escrita, la línea argumental del pensamiento de Locke y dio fuerza a los Tribunales de justicia para que pudieran aplicar sus prescripciones en lugar de dejar desguarnecido al ciudadano. Mostró un panorama de ideas pragmáticas junto a las liberales, que contenía desde la democracia centralizada de un Hamilton hasta la liberal de un Jefferson y se brindó como ejemplo de marcialidad y de fuerza de un grupo de pueblos que, en la lucha, lograron cohesión y confianza suficientes como para sobrevivir, primero, e independizarse después.

No son desdeñables, por cierto, los datos históricos que la revolución norteamericana aporta para la comprensión de los sucesos rioplatenses.

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