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Las tesis del liberalismo revolucionario y Francia

La primera descarga en el puente de Concord, Massachusetts, daría varias veces la vuelta al mundo. Jefferson había previsto que “la enfermedad de la libertad es contagiosa” y dio en el blanco(1).

(1) Arnold J. Toynbee. “Los Estados Unidos y la Revolución Mundial” (1963), Buenos Aires. Ed. Emecé. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

En realidad, una doble corriente convergía hacia las soluciones revolucionarias desde ambos lados del Atlántico. Desde 1770 las influencias de los revolucionarios norteamericanos y de los escritores franceses se combinaban para crear una atmósfera de resistencia, de rebelión y de sacudimientos políticos, económicos y sociales.

La influencia doctrinal del liberalismo revolucionario norteamericano se añade a las manifestaciones del “modelo” institucional. Este se evidencia vigorosamente en la Declaración francesa de Derechos y las garantías reconocidas al individuo -en 1789- pertenecen a la más pura tradición estadounidense.

Una verdadera revolución social estaba en marcha y en el caso norteamericano había hecho eclosión. Las ondas llegarán con fuerza a Europa donde la influencia de la independencia de las colonias inglesas encuentra tres vías de acceso intelectual, admirablemente dispuestas en Francia: Brissot, Condorcet y Mme. Roland.

- La revolución americana en Europa

Ellos ayudan a admirar la Declaración de 1776 y a considerarla, junto con las Instituciones norteamericanas, obras maestras dignas de imitación. En el “Elogio” de Franklin, Condorcet escribe que en la mayoría de los Estados americanos una Declaración de Derechos asigna a los poderes de la sociedad los límites que la naturaleza y la justicia les imponen.

Francia “debería dar el primer ejemplo al Viejo Mundo”. La pintura de Condorcet era demasiado optimista, pero denuncia la penetración de la imagen revolucionaria americana en Francia y demuestra la huella de esa influencia.

Brissot elogia la libertad religiosa tal como los Estados Unidos. Por motivos procedentes de su origen migratorio la habían establecido de hecho y aquél clama por la libertad de prensa como la única barrera contra la tiranía. Los tres franceses son partidarios de la igualdad de todos ante la Ley, de la universalidad de sufragio sin prerrogativas hereditarias o cívicas.

La representación de la nación debe reposar sobre la población, no en la fortuna o la propiedad. El pueblo no puede sujetarse sino a la Ley que consiente. La Declaración de la Independencia norteamericana tiene, para estos franceses y muchos más, vigencia original y explosiva: igualdad, derechos naturales e inalienables, legitimidad de la insurrección cuando los derechos son violados.

Expresaba el espíritu americano, tenía el tono de las circunstancias y cristalizaba el sentimiento común. Cuando Jefferson, años después, traduce a Destutt de Tracy, documentará el puente intelectual establecido entre representantes distintos de las tesis del liberalismo revolucionario en sus diferentes versiones nacionales. Sobre ellas se tiende, asimismo, el pensamiento de la Ilustración(2).

(2) Arnold J. Toynbee. “Los Estados Unidos y la Revolución Mundial” (1963). Sobre Mably, Raynal y el Pensamiento Ilustrado, véase Libro III, capítulo VII, Buenos Aires. Ed. Emecé. // Asimismo consultar Félix Ponteil. “La pensée politíque depuis Montesquieu” (1960), París. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

Tanto la revolución americana como la “gran revolución” de 1789 suscitaron un prodigioso movimiento del pensamiento y del proselitismo político, pero en la retina de las generaciones posteriores al 89 -o situadas en parajes distantes y con distintas costumbres y mentalidad, como los rioplatenses- la imagen revolucionaria era difusa o indeseable.

No sería extraño pues, que Francia -al menos la Francia de la revolución- fuera anatema para los representantes del Antiguo Régimen o para los creyentes en los valores tradicionales que los revolucionarios galos habían puesto en cuestión y, “misionera de la libertad” para muchos filósofos e ideólogos.

Pese a todo llamaba la atención la formidable generosidad revolucionaria de hombres que se sentían llamados a servir como guías de sus contemporáneos. La Declaración francesa de Derechos del Hombre y del Ciudadano transparenta esa intención. Se trata de echar luz sobre los derechos esenciales de los hombres viviendo en sociedad y sobre los principios fundamentales de todo gobierno.

Los ciudadanos -todos- deben disfrutar de sus derechos merced a una Constitución libre, sabia y sólida. Los proyectos se fundan en los derechos naturales y en el Contrato Social. Hay rastros del pensamiento de Montesquieu, de Rousseau, de los enciclopedistas. La Declaración votada el 26 de Agosto de 1789 en Francia contiene la doctrina individualista de la revolución y funda la democracia liberal.

En realidad, habíase fundado también una suerte de mística universal: la mística del individuo. Pero, ¿es ésa la imagen de la revolución que circulará por el mundo entre generaciones distantes en el tiempo y en el espacio? La respuesta a esta cuestión es importante para entender el tipo de influencia condicionada que se dará en ambientes y situaciones diferentes.

- La democracia antiliberal

La revolución se hará luego nacionalista y la idea de “salud pública” predominará. Para muchos será el fin de la inspiración jurídica y racionalista de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

Triunfará más bien la mística ardiente de los derechos y de los deberes de la colectividad nacional emanada del Contrato Social. La Constitución francesa de 1793 no será al cabo democrática, sino antiliberal, antiparlamentaria, expresión de un Estado sin límites por obra de la voluntad general.

Entre 1789 y 1793, en efecto, el camino recorrido es considerable. La seducción de los primeros tiempos es a veces neutralizada y, seguramente enervada por las prevenciones que suscita la ideología del 93. ¿Qué trecho del camino, qué imagen de la “gran revolución” es el que recibirán con más nitidez hombres de otros lugares, años después?

Si el proceso se aprecia a través de la sociedad religiosa, quizás aparezcan más claros los condicionamientos -no la ausencia- de la influencia francesa en otros grupos humanos y situaciones históricas.

La antigua y gloriosa Iglesia galicana, que hacia 1750 parecía un edificio inatacable e inconmovible, sería bruscamente agrietada y asaltada a raíz de la revolución. Pocos sospechaban que la dramática reunión de los Estados Generales para hacer frente a una situación financiera crítica, terminaría por discutir hasta las ideas religiosas de los franceses y, con el Terror, llevaría a cabo una empresa deliberada de descristianización.

Cuando en 1778 se encontraron en la “Loge des Neuf Soeurs” de París, el “patriarca de la irreligión” -Voltaire- y el “patriarca de la democracia” -Franklin- no sospechaban que catorce años más tarde comenzaría un violento temporal anticatólico que arrastraría en sangrienta persecución tanto al clero refractario como al propio clero francés partidario de la Constitución.

El tiempo probaría la vitalidad del catolicismo francés, pero la república nació bajo el signo anticlerical. Lacordaire vio claro en su tiempo cómo la revolución había cambiado al mundo y, sobre todo, “cambiado en el mundo la situación de la Iglesia”(3).

(3) A. Latreille y R. Rémond. “Histoire du Catholicisme en France” (1966), París. Ed. Sppes. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

Esto explicará, años más tarde, los condicionamientos a la receptividad de la “gran revolución” en otros tiempos y otras tierras.

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