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España: revolución, reforma, reacción

Estos tiempos coinciden en España con la llegada al trono de Carlos IV, quien es coronado con la reina María Luisa en 1788 cuando la crisis francesa entra en su etapa decisiva y los Estados Generales convocados señalan los prolegómenos de la revolución.

- Carlos IV: cambio de estilo y de sistema

Mientras reinó su padre, Carlos III, la Ilustración se tradujo en la afirmación de la monarquía. Con Carlos IV cambian los hombres y las circunstancias. No en vano el predecesor desconfiaba de la firmeza y capacidad dirigente del príncipe de Asturias.

Al principio no se advirtió que el cambio traería consigo la modificación de un estilo y de un sistema de gobierno. Floridablanca continuó en su cargo, pero cayó en 1792 procesado y recluido en prisión. Lo sucede por unos meses Aranda. Su discutida política exterior es suficiente para caer en el desfavor real, primero, y del cargo luego.

Pero también el contexto internacional haría más difícil el Gobierno de este rey. España vivía asediada por las doctrinas revolucionarias y demasiado cerca del teatro de los acontecimientos como para evitar todo contacto. La ideología de la revolución francesa se propaga.

Algunas medidas desesperadas, y en muchos casos con dudosa convicción, se adoptan para evitar el contagio. Los libros de Rousseau se prohibieron y, no obstante, la prohibición tuvo efecto publicitario. Samaniego lo revela en sus sátiras a Iriarte: “Tus obras, Tomás, no son / ni buscadas ni leídas / ni tendrán estimación, / aunque sean prohibidas / por la Santa Inquisición”(1).

(1) Señalado por Carlos Corona. “Revolución y Reacción en el Reinado de Carlos IV” (1957), Madrid. Ed. Rialp. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

Hay tensión entre la tradición, las constantes históricas españolas y las nuevas ideas. Reverdecen la ortodoxia y el antimaquiavelismo frente a la heterodoxia y el maquiavelismo atribuidos a la revolución de los franceses y su antimonarquismo.

Pero la ideología revolucionaria y los grandes temas de la época, como el del contrato social, llegan a todos los sectores decisivos de la pirámide política y social española.

Si la Ilustración transformó la monarquía tradicional en una monarquía reformadora y, en una etapa posterior, los críticos dirigían sus dardos contra el despotismo ministerial y contra los favoritos y no contra el monarca, en esta etapa de Carlos IV se avizoran nuevas estructuras para la constitución española.

Con este rey comienza la crítica contra el régimen y se perfila la crisis de legitimidad que disimulará más tarde, durante buen tiempo, la Restauración. La influencia revolucionaria, las nuevas ideas, la inestabilidad política que denuncian los cambios frecuentes de los ministros, la situación económica de la monarquía, las guerras, la pérdida relativa de prestigio del clero y de la nobleza, hacen decir a León de Arroyal: “Si vale la pena hablar de verdad, en el día no tenemos constitución, es decir, no conocemos regla segura de gobierno ...”.

- La propaganda ideológica

La propaganda ideológica atravesaba los expedientes de los inquisidores. En el ambiente de la Corte el esnobismo, el espíritu de contradicción, la frivolidad cortesana, alguna vez la convicción llevaba -sobre todo a las mujeres de la aristocracia- a alardear de ideas filorrevolucionarias.

Cuando Belgrano relata en su autobiografía que se contagió de las ideas de la revolución francesa por su relación con las clases cultas españolas y en sus estudios de Salamanca, se refiere a dicho ambiente. Alguna conspiración frustrada, como la del Cerrillo de San Blas fraguada por Picornell, quería “proclamar una república española y convocar una Junta Suprema Legislativa y Ejecutiva al estilo francés”.

Los elementos de clase media -gente letrada, jóvenes abogados, profesores de ciencias, pretendientes y estudiantes, según revela en sus escritos el mismo Godoy- son los más permeables a las nuevas ideas. Por ellas disertan contra el Gobierno absoluto y contra el despotismo del favorito.

La sociedad en que esto acontecía era, al decir de Alfred Sauvy, “demográficamente primitiva”, con fecundidad y mortalidad elevadas y, por lo tanto, con equilibrio natural provocado por guerras, hambre y enfermedades.

“La vida media no alcanzaba a treinta años. Un niño de cada cinco moría antes del primer año; un hombre de cada dos moría niño”(2).

(2) J. Vicens Vives, J. Nadal, R. Ortega en “Historia Social y Económica de España y América (burguesía, industrialización, obrerismo)” (1964), tomo V, p. 8, Barcelona. Ed. Vicens Vives. El Censo de 1797 dice 10.541.000 habitantes. Para 1857, España llegará a tener quince millones. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

Años felices seguidos por lustros desgraciados; períodos normales por años de guerra. A fines del siglo XVIII y principios del XIX España tenía cerca de once millones de habitantes. Las estructuras sociales manifiestan algunos cambios.

Desde 1775 la periferia arrebató a la capital y a los órganos monopolistas del Estado el papel predominante en la economía española. Se inicia en Barcelona, Valencia, Málaga, Cádiz, Santander, Bilbao, la formación de un nuevo tipo de burguesía, surgida del comercio y de la vida industrial.

No hubo, sin embargo, una revolución burguesa diociochesca al estilo europeo, porque España tenía una burguesía elemental y la sociedad española es, en realidad, una abstracción voluntaria pues, en rigor, hay varias sociedades imbricadas que reaccionan de manera desigual al choque del industrialismo.

Las “nuevas ideas” que recibió Belgrano entraron en una nobleza reducida pero bastante más influyente en el caso español que en otros países. No figuraba en los censos, pero tenía vigencia en la realidad. Y esto acontecerá todavía en todo el siglo XIX y parte del XX, lo que explica apreciables diferencias con el resto del continente europeo.

- Influencia de los sectores sociales

En España la nobleza mantiene influencia tanto por sus riquezas -sobre todo agrarias- como por la gravitación de su imagen en las demás clases sociales. Las corrientes democráticas que abolieron pruebas de sangre para el ingreso a las fuerzas militares y pugnaron por la igualdad civil y la unidad de los fueros, actuaron en España a partir de 1811, llegaron a imponer la Constitución de 1812 y fueron batidas por el partido de Fernando VII.

Este haría bandera de la Restauración y con ello conquistaría la adhesión de los nobles, ávidos de revancha y reacción, agredidos por los demócratas y los innovadores.

El clero era rico y numeroso a principios del Ochocientos. Superaba los doscientos mil eclesiásticos, que mantenían cierta influencia intelectual y padecerían luego la guerra de la independencia frente a Napoleón, al punto que su situación sería, al cabo, deplorable.

No sólo se advertirá la ruptura de parte de la población con las Ordenes religiosas -el idilio entre la Iglesia y el pueblo español parece terminado hacia 1835- sino la penetración de las nuevas ideas y su consecuencia: renuncia a votos religiosos, crisis de creencias.

Las clases medias a las que se refiere Godoy en sus escritos, cuando alude a la penetración de la ideología revolucionaria, eran distintas de la nueva burguesía industrial y de la alta clase media próxima a la aristocracia. Compuesta por intelectuales, burócratas y militares, esas clases medias no eran muy numerosas pero tenían influencia.

Los intelectuales -sobre todo los médicos y los abogados- eran progresistas, liberales y dinámicos en las ideas políticas. El ejército, entendido como “la articulación institucional formada por los generales, los jefes y oficiales de las fuerzas armadas”, según Vicens Vives, era uno de los grupos sociales más importantes de la vida española y, rota toda tradición de poder y obediencia en el seno de la sociedad española a raíz de las guerras de la independencia, fue árbitro de los conflictos en una sociedad en violenta reestructuración.

El Censo de 1803 mostraba que eran aún los jornaleros y los labradores -2.893.713 y 2.721.691- la mayoría absoluta de la población activa. Los artesanos sumaban 812.967, los fabricantes 119.250 y los comerciantes algo más de cien mil. Los abogados eran poco menos de doscientos mil -como el clero- y los empleados civiles y militares casi trescientos cincuenta mil. La nobleza reunía aún 144.000 miembros.

- La economía

La economía acompaña con sus datos los cambios operados en el régimen. A principios del 800, el Estado funcionaba de acuerdo con principios mercantilistas. Los Aranceles Reales de 1785 así lo demostraban.

Pero los que Carlos IV establece en 1802 revelan el tránsito del mercantilismo al proteccionismo tipo siglo XIX. No es desdeñable esta serie de datos: el aumento del proteccionismo se hace inevitable luego de 1815, tanto para remediar la catastrófica guerra de la independencia como para neutralizar los perjudiciales efectos de la separación de las colonias americanas.

El comercio exterior se contrajo -y eso duró por lo menos cuarenta años- y a la depresión económica siguió el anacrónico reinado de Fernando VII.

A la guerra siguió la reacción. En pocos años España se vio afectada por el proceso político que el Ochocientos anuncia -la pérdida de las posesiones americanas, la difusión del maquinismo, la organización industrial moderna- y por una “subversión del espíritu”, en términos de Vicens Vives: el romanticismo de una generación renovadora e innovadora que vio caer en su juventud al Antiguo Régimen y que cubrió casi rodos los cuadros de la minoría intelectual, burocrática y militar

La generación romántica culminó en 1854 pero, según se advierte, la subversión del espíritu aconteció en un período decisivo para los americanos de ultramar.

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