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GOBIERNO CRIOLLO EN EL RIO DE LA PLATA

El paso de Buenos Aires de su rango de cabeza de Gobernación al de cabeza de Virreinato significará una centralización política y una ordenación jerárquica que tendrá gran trascendencia en la vida de los pueblos integrantes de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Desde la creación del Virreinato (1776), Buenos Aires -por primera vez- se elevará del nivel local para convertirse en la cabeza de todo un Virreinato, al mismo tiempo que alcanzará el rango de puerto más importante y de ciudad más populosa del mismo.

Y en la medida en que Buenos Aires crezca -y con ella la admiración y el orgullo de sus ciudadanos, que dará origen al porteñismo- crecerán los celos y las prevenciones de las otras ciudades frente a la nueva capital.

Las modificaciones introducidas en la estructura económica americana por los españoles y sus relaciones con la metrópoli: régimen de libre comercio -y sus posteriores ampliaciones-, Aduanas, Intendencias, Consulado, etc., provocarán una reactivación de la vida comercial en el Río de la Plata (enfocado en Buenos Aires) de notable vigor y persistencia que superará incluso los inconvenientes de situaciones políticas internacionales adversas. Esta expansión constituirá un verdadero “boom” económico para la ciudad-puerto.

Todo este proceso económico respondió a una orientación doctrinaria concebida en Europa y, por lo tanto, pensada en función de Europa, concretamente, de España. De allí que no tuviese en cuenta el desarrollo de las industrias americanas, que se percibían entonces como competitivas de las españolas y, por lo tanto, inconvenientes.

Se buscó fomentar la industria española peninsular; por lo tanto, todo centro manufacturero americano restaba clientela a la industria metropolitana. La idea de una América -o una parte de América- autoabastecida o industrializada no existía entonces, más aún, era contraria a las concepciones económicas de la época.

La consecuencia de todo esto fue un gran desarrollo del comercio y de la producción de materias primas, así como una ampliación de los consumos interiores como resultado del aumento de población y de riqueza, y una decadencia de las incipientes industrias que no pudieron competir con la producción europea.

Pero este “boom” económico favorable al Puerto de Buenos Aires fue sustancialmente comercial, con excelentes resultados financieros, acompañado de un colapso de la naciente industria el resto del país. Signo claro de la expansión comercial producida es la cifra de buques entrados a dicho Puerto: durante el quinquenio 1772-76 habían entrado 35; en la década del 90 exceden de sesenta por año; permitido el comercio con buques de naciones neutrales -en 1797- se registra en 1802 una entrada de 188 buques. Entre 1791 y 1802 las Rentas reales de la Aduana de Buenos Aires se incrementan dos veces y media...

- El porteñismo

En esta ciudad enriquecida comercial y financieramente es donde se registrará la revolución; luego, ella -Buenos Aires- buscará que la estructura implantada por los europeos se mantenga y por ende, su clase política deberá usufructuar la revolución y aprovecharla hasta en sus últimas consecuencias para así suceder -en todos sus derechos- al rey.

Los demás “pueblos” deberán contentarse con dar su aquiescencia; para el burgués porteño con el reconocimiento de ese “derecho”, ya algo habían ganado; ¡que quedaran con ese saldo. Que en el fondo era inofensivo y que contribuía fuertemente a dar olor de democracia a los derechos sucesorios que acaparaba el municipio privilegiado!

Que este pensamiento fuera subconsciente o deliberado no es posible decirlo en justicia pero, en todo caso, era el real y efectivo de su clase dirigente integrado por personalidades como la del doctor Mariano Moreno por ejemplo.

¿Pero de dónde nacía este concepto -que no era privativo de Moreno- quien sólo era un representante de un estado de ánimo colectivo?

Porque es necesario investigar -hasta dónde sea posible- la causa íntima del “porteñismo”, tan contrario en apariencia a la lógica y al sentimiento de igualdad y de modestia aldeana que debía ser más bien la característica de una ciudad como Buenos Aires que, aunque virreinal, no tenía ni la organización social altamente jerarquizada, ni la suntuosidad de las otras de su categoría política en los dominios del rey de Castilla, y además era de origen tan humilde.

Buenos Aires, ciudad-capital del Virreinato, no era como Lima o México, la ciudad madre de donde salieran corrientes fundadoras de las otras de su jurisdicción. En esta función la habían antecedido Asunción -que la precedió en rango político- y Santa Fe, sin contar las de origen chileno y peruano.

Tampoco fue poblada por gente de calidad; nunca tuvo aristocracia auténtica, madre de los orgullos indomables y tercos, como la tuvieron Lima y México; la poca que hubo -y fue sin influencia en los acontecimientos políticos- era la descendiente de algunos segundones venidos como funcionarios o la proveniente de los oficiales de las tropas peninsulares.

La clase superior en que se reclutaba el Cabildo porteño estaba formada por comerciantes enriquecidos de muy humilde origen, y muchos de los orgullosos apellidos de ortografía exótica provenían de desertores de los barcos -mitad contrabandistas, mitad piratas- que ayudaban a la exportación clandestina de los frutos del país, marineros del inframundo de los puertos del Atlántico o del Mediterráneo.

Tampoco era una ciudad cultural; la aventajaban no sólo Chuquisaca, sino también Córdoba. Todo lo que sus historiadores dicen de sus colegios más o menos carolinos no bastan para desmentir los hechos. No hablamos de los estudios universitarios, sino de los menores: el virrey Santiago de Liniers mandó sus hijos a las escuelas cordobesas.

Pero Buenos Aires, capital del virreinato, ciudad de Audiencia, tenía formada -a la fecha de 1810- una clase funcionaril numerosa y gente de toga en cantidad, y tenía, sobre todo, una burguesía muy, muy rica: era dueña del único Puerto de ultramar, y todos los frutos del país iban a morir a manos de sus “acopiadores”.

Estos tres factores -verdaderos poderes de dominación- injertados en una franca incultura, tenían que producir un gran sentimiento de vanidoso orgullo al compararse con los habitantes de los otros “pueblos”, tan ígnaros como ellos, pero mucho más pobres y, por tal, modestos.

- Fatalidad geográfica regional

Al comparar la suerte histórica de países como Estados Unidos o Brasil -por citar sólo ejemplos- con la de las Provincias Unidas del Río de la Plata pueden observarse procesos muy distintos, casi opuestos.

Los primeros tuvieron un crecimiento territorial asombroso, como el avance de una mancha de aceite. En América del Norte, de 13 colonias originales -recostadas sobre el Atlántico- sumaron 50, hasta llegar y aún sobrepasar, la costa del Pacífico. Con Brasil pasó algo similar.

Sin embargo, las Provincias Unidas del Río de la Plata -al momento de producirse la separación de los Reinos de Indias- tenían en su haber vigente -como estructura política- el Virreinato del Río de la Plata integrado -como es sabido- por ocho Intendencias y cuatro Gobiernos militares.

La Argentina, por múltiples razones, es la legítima heredera de ese Virreinato.

Y nota distintiva de la historia nacional será el progresivo desmembramiento o desintegración del original Virreinato, y su consecuente disminución territorial, a tal punto que hoy la Argentina sólo tiene 2.800.000 km2 aproximadamente, de una entidad territorial originaria cuya superficie ha sido estimada en algo más de 5.000.000 km2, proceso de desmembramiento que aún continúa.

Sólo basta hablar de Malvinas, o de las islas que fueron disputadas con Chile a fines del siglo XX, o de una suerte de dominio imaginario sobre una porción de la Antártida que no es tal, ya que por Convención las naciones más poderosas del mundo han optado por no permitir el ejercicio de soberanía en el continente blanco.

¿Qué había pasado?

Inmediatamente después de los sucesos de Mayo de 1810 en Buenos Aires, subsistieron las estructuras administrativas vigentes en el virreinato, pero pronto surgirán deseos de autonomía por parte de algunas ciudades del Interior, descontentas con el giro político y económico de los acontecimientos de entonces provocados por el empecinado centralismo porteño.

Así se alejó Paraguay (separada desde 1811, pero que en 1813 todavía discutía sobre la eventualidad de integrar una confederación); se fue la Provincia Oriental del Río de la Plata (actual Uruguay), que llevó consigo el único puerto que competía con el bonaerense; se perdieron las Misiones Orientales definitivamente; y las provincias del Alto Perú (actual Bolivia), cuyo prócer Simón Bolívar dudaba -hasta último momento- si correspondía la separación de esas provincias de sus hermanas del Sur.

Por ello el país se denominaba Provincias Unidas del Río de la Plata.

¿Fueron intelectualmente más capaces Washington, Adams, Jefferson o Jackson, que Moreno, Rivadavia, Ferré o San Martín? Evidentemente no. Quizás infuenciaron factores externos, como fueron los tiempos de nacimiento de ambas naciones: una en 1776, es decir, en vísperas de la guerra civil europea desatada después de la Revolución Francesa; la otra, en 1810, en vísperas de cien años de paz del Viejo Mundo y, por ende, liberado éste de actuar económica y militarmente fuera de él.

No hay dudas que la causa del brutal desmembramiento y, por transición, del empequeñecimiento espiritual y material de la Nación, fue la desunión, originada en un fatalismo geográfico regional que dio origen al puerto único de Buenos Aires, y que la convertirá en la hermana mezquina y ególatra que supo ser.

En Norteamérica, los Estados -que eran iguales en derechos al proclamarse independientes- se “sentían” iguales también en otros aspectos de la vida colectiva. Por eso ninguno pretendió una primacía especial, ninguna primogenitura; por eso pudieron hacer en paz y con toda sensatez primero su confederación y después su federación.

Virginia, Maryland, Georgia, Pennsilvania, etc., tenían salida para sus productos por varios puertos independientes. Comerciaban por Boston, Nueva York, Filadelfia, Baltimore, etc., sin contar los puertos menores. En todas partes se formaron burguesías ricas que no dependían sino muy correlativamente unas de otras.

La igualdad, sobre todo en el aspecto económico, es propicia a la fraternidad; aquí Buenos Aires, puerto único -al expulsar todo territorio que podía hacerle competencia-  no podía ser fraternal, porque era la sola rica, y porque era rica era vanidosa y poseída de un sentimiento despectivo para con sus parientes pobres: los otros pueblos del Virreinato.

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