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La cuestión ideológica

La doctrina política que opera en Mayo de 1810 surge del texto de la comunicación de la Junta de Buenos Aires, remitida el 28 de Mayo a los embajadores de España y Gran Bretaña en Río de Janeiro, al virrey del Perú y a los presidentes de Chile y de Cusco:

“La Junta Central Suprema, instalada por sufragio de los Estados de Europa (se refiere a los reinos peninsulares) y reconocida por los de América, fue disuelta en un modo tumultuario, subrogándose por la misma -sin legítimo poder, sin sufragio de estos pueblos- la Junta de Regencia que, por ningún título, podía exigir el homenaje que se debe al señor don Fernando VII.
“No se le oculta cuánto la incertidumbre del Gobierno Supremo podía influir en la división y causar una apatía que rindiese estos Estados a la discreción del primero que fuera, o del interior aspirase a la usurpación de los derechos del rey.
“Por eso (el pueblo de Buenos Aires) recurrió al medio de reclamar los títulos que asisten a los pueblos para representar la soberanía, cuando el Jefe Supremo del Estado, cual es el rey, se halla impedido y no proveyó a la regencia del Reino...”(1).

(1) Citado por Demetrio Ramos, “Formación de las ideas políticas que operan en el Movimiento de Mayo de Buenos Aires en 1810”. // “Revista de Estudios Políticos”. // Ed. del Instituto, Madrid, Nro. 134 (1964), p. 197. // “Historia de los Argentinos”, de Carlos Alberto Floria y Césa A. García Belsunce.

Como señala Demetrio Ramos, dicha declaración expone implícitamente la doctrina de la participación de los reinos y provincias de América en la soberanía, de acuerdo con la idea de la plurimonarquía.

También contiene la doctrina de la ilegitimidad en el origen de la Junta de Sevilla -que citó Castelli- junto a la de la reversión de la soberanía al pueblo. Y, asimismo, la doctrina de la necesidad de velar por la seguridad propia a la cual echó mano Paso.

Pero apenas insinúa la profunda crisis que había puesto en cuestión la autoridad de los gobernantes locales que procedieron a la instalación de la Primera Junta porteña y del régimen político en el que ellos habían mandado.

- Neojuntismo y pacto histórico

Aparentemente, el proceso revolucionario estaba en los momentos críticos en los que se litiga por la forma futura de convivencia sin que haya impuesto un solo grupo el signo definitivo del cambio.

La forma de gobierno elegida -la Junta- es de fácil rastreo en el ejemplo español de 1808 y en el neojuntismo peninsular del año 1810.

La tesis de Castelli responde también a la idea de un pacto histórico que no se afincaba en las formas jerárquico-medievales de señor a vasallo, sino “en un movimiento posterior que tiende a la limitación de las decisiones reales” por los pueblos, y que puede hallarse incluso en las Leyes de las Siete Partidas.

La opinión pública de Buenos Aires no fue sorprendida, pues, con soluciones insólitas.

- El 25 de Mayo

Por eso, la constitución del Gobierno criollo se precipitó, quebrando argumentos y resistencias.

Hacia el mediodía del 25, Cisneros había hecho efectiva su renuncia a la presidencia luego de la maniobra que intentó salvar la continuidad del régimen. La petición de una nueva Junta es ratificada por escrito de grupos revolucionarios.

Julián de Leyva intenta un último recurso: es día lluvioso y hora de la siesta. Sólo unos pocos recalcitrantes quedan en la plaza. El síndico pretende entonces que la petición formulada por los revolucionarios carece de apoyo popular.

La respuesta es terminante: si el Cabildo quiere saber lo que opina el pueblo, que llame a reunión y, si no se hace, se mandará tocar generala y abrir los cuarteles, y entonces la ciudad sufrirá lo que se había querido evitar.

El Cabildo debe claudicar definitivamente. Acepta la formación de la nueva Junta y casi inmediatamente se realiza la ceremonia de juramento, donde el nuevo Gobierno se compromete a conservar esta parte de América para Fernando VII y sus legítimos sucesores.

La nueva Junta es aclamada por el pueblo, que ahora llena nuevamente la plaza, pese a la intensa lluvia. Ha quedado constituido el primer Gobierno patrio: un Gobierno criollo.

Repiques de campanas, salvas de artillería, vivas y gritos saludan el acontecimiento. Prisionero en su casa, Martín de Alzaga vería con agrado la caída del virrey y con alarma la presidencia del criollo Saavedra, y el vuelo autónomo de su partidario, Mariano Moreno.

- Las fuentes de la ideología

¿Cuáles fueron las fuentes ideológicas de los revolucionarios por la independencia? La cuestión suscita aún polémicas sin cuento(2).

(2) Las posiciones no dependen -en este asunto- de las tendencias ideológicas de los autores, cuando estos procuran el análisis histórico objetivo. En otros casos, las simpatías de la derecha o de la izquierda conducen a interpretaciones sin apoyo suficiente en los hechos históricos verificados. De todos modos, conviene tener presente que la polémica ideológica ha convertido la historia de la Argentina en un wéstern con buenos y malos que luchan entre sí, asignando a cada personaje uno u otro papel según la posición ideológica del autor. (Véase, “Argentina 1930-1960”. // Ed. Sur, Buenos Aires (1961), capítulo “Historia y Sociología”, por Carlos Alberto Floria). Para Jorge Abelardo Ramos (“Revolución y Contrarrevolución en la Argentina”, 2da. Ed. La Reja, Buenos Aires, 1961) los levantamientos americanos fueron “la prolongación en el Nuevo Mundo de la conmoción nacional en la vieja España”, en lo que coincide con escritores de filiación nacionalista e historiadores “hispanistas” como Vicente Sierra y Roberto H. Marfany. Y no está lejos de la interpretación del historiador uruguayo Eugenio Petit Muñoz (“Orígenes olvidados del régimen representativo en América” - II Congreso de Historia de América, tomo II, pp. 443-447, 1938).
En una línea similar -pero más matizada- Francisco E. Trusso (“El Derecho de la Revolución en la Emancipación Americana”) y Demetrio Ramos, en el ensayo “Formación de las ideas políticas que operan en el Movimiento de Mayo de Buenos Aires en 1810”. // “Revista de Estudios Políticos”. // Ed. del Instituto, Madrid, Nro. 134 (1964). No es ajena a dicha posición interpretativa la que atribuye a Francisco Suárez y su doctrina de la soberanía la mayor influencia en Mayo (véase especialmente Guillermo Furlong S. J. en “Nacimiento y Desarrollo de la Filosofía en el Río de la Plata. (1536-1810)”, Buenos Aires (1947), quien matiza su tesis compartiendo la nuestra en “La Revolución de Mayo”, Ed. Club de Lectores, Buenos Aires (1960), especialmente pp. 105-111). Es importante leer -asimismo- Tulio Halperín Donghi: “Tradición Política Española e Ideología Revolucionaria de Mayo”, Buenos Aires (1961), Ed. Eudeba.
En el lado opuesto están las interpretaciones que consideran que la Revolución de Mayo “empalma con los grandes movimientos liberadores del siglo XVIII”, posición que representa y resume Beatriz Bosch, en “Trascendencia Revolucionaria del Cabildo Abierto del 22 de Mayo”, Ed. Univ. Nac. del Litoral, Santa Fe (1960). En la misma línea, especialmente Ricardo Caillet-Bois, Carlos Sánchez Viamonte y Narciso Binayán, en: “La América Española y la Revolución Francesa”, en el “Boletín de la Academia Nacional de la Historia”, Vol. XIII, Buenos Aires (1940), pp. 207 y sigts.; en la “Historia Institucional Argentina”, FCE México; y en “La Doctrina de Mayo”, estudio preliminar de Binayán para “El Ideario de Mayo”, Ed. Kapelusz, Buenos Aires (1960), respectivamente. En situación intermedia, el lúcido ensayo de Ricardo Zorraquín Becú: “La Doctrina Jurídica de la Revolución de Mayo”, entre otros trabajos del autor, en “Revista del Instituto de Historia del Derecho Ricardo Levene”, número II, Buenos Aires (1960), donde expone que el término soberanía usado en Mayo de 1810 no fue empleado en el sentido del pensamiento suareciano ni en el de Santo Tomás, sino que procede más bien del jusnaturalismo iniciado por Hugo Grocio. El parecido entre ambas fuentes indujo a error a muchos intérpretes. Si bien no es posible atribuir filiaciones ideológicas exclusivas, Zorraquín entiende que aquella palabra conduce a autores modernos y no a la fuente suareciana ni al vocabulario escolástico. // Citado en “Historia de los Argentinos”, de Carlos Alberto Floria y Césa A. García Belsunce.

Paralela al tema de la calificación política de los sucesos de 1810, es la que más litigios interpretativos ha estimulado.

Para algunos historiadores, las fuentes ideológicas de la Revolución de Mayo no deben buscarse fuera de la tradición filosófica ni de la experiencia española. Para otros, se encuentran en las ideas revolucionarias de los Estados Unidos y Francia. Interpretaciones intermedias rastrean las fuentes ideológicas en autores modernos utilizados también por los españoles.

Se explica mejor la compleja trama de ideas y de creencias influyentes en el movimiento de Mayo de 1810 en el Río de la Plata, aplicando lo que la lógica moderna llama el “principio de complementariedad”, según el cual la realidad se nos muestra siempre en función de un sistema o conjunto(3).

(3) “Teoría del Saber Histórico” de José A. Maravall, en “Revista de Occidente”, Madrid (1958), p. 58. // Citado en “Historia de los Argentinos”, de Carlos Alberto Floria y Césa A. García Belsunce.

Así se explican problemas que sólo en apariencia son contradictorios. ¿Por qué el feudalismo puede aparecer como un proceso de descomposición y también como un medio para sostener la unidad? ¿Por qué el reformismo borbónico no llegó a encarnarse en la vida española y sin embargo tuvo real fuerza unitiva?

Y en el caso en estudio, ¿por qué puede aceptarse la influencia simultánea del jesuita Suárez y del ginebrino Rousseau, si las teorías usadas estaban más cerca de aquél y de Grocio, que de éste?

El litigio de los intérpretes respecto de los orígenes e influencias ideológicas sobre los hombres que encabezaron el movimiento independentista no se resuelve mediante respuestas unilaterales.

Es exacto que las doctrinas que se utilizaron para separar la estructura de poder rioplatense de la metrópoli estaban más cerca de Suárez y de Grocio que de Rousseau, pero debido a los cambios operados en el pensamiento del siglo XVIII, en los que Rousseau tuvo parte intelectual decisiva, fue que Suárez y Grocio se actualizaron.

Es cierto que las revoluciones norteamericana y francesa tuvieron influencia mediata, pero fue a raíz de la revolución española que la apetencia de los cambios políticos y, sobre todo, la posibilidad de su concreción, estimularon las expectativas de los criollos y los decidieron a actuar.

No hay duda que los liberalismos transpirenaicos e inglés arrasaron con su presencia demoledora ciertas tradiciones ideológicas, y las defensas que los burócratas quisieron oponerles, pero se suele soslayar el hecho de que hubo un liberalismo español, de características propias, no precisamente ateo ni antimonárquico, que actuaba y servía de tamiz, pero también de portada a las doctrinas que a la postre servirían a la Revolución independentista en el Plata.

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