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Revolución por la independencia

Lo que aconteció en Mayo de 1810 fue el comienzo cierto de una revolución por la independencia política, proceso que se consolidará años más tarde. Se trataba de un cambio político revolucionario del tipo de los que caracterizan los procesos de descolonización.

El proceso había comenzado antes de 1810, a través de causas externas e internas que estimularon cambios en las formas de gobierno -el “juntismo”- y que revelaron la crisis total del sistema político español, así como la ilegitimidad del régimen que sucedió a la monarquía borbónica.

En el año 1810 no sólo sucedió un cambio político cuando la estructura de poder virreinal fue ocupada por los hombres de Buenos Aires, sino un cambio social expresado por el acceso al poder de los criollos, constituyentes de un Gobierno “patrio”, el de la tierra de los “padres”, que no era la española, sino la americana.

Se consolidó el cambio económico -esbozado anteriormente- a través de medidas que luego se harían sistema, cambio que significaba asimismo una modificación sustancial en la relación con Europa: en lugar de España, Inglaterra. Y un cambio militar por la participación decisiva, abierta y constante del poder militar en la estructura del nuevo Estado.

La revolución por la independencia no estaba en todas las cabezas, sino en la de algunos iniciados, cuando se produjo el cambio de gobierno del año 1810. Pero si el proceso culminó en una revolución de aquel tipo, fue porque un grupo de hombres poseía tendencias e ideales nuevos, una mentalidad distinta y objetivos diversos -de los españoles europeos- sobre los problemas de la comunidad política.

Mariano Moreno vio con notable lucidez el sentido y el rumbo de los sucesos, cuando poco después del acceso de los criollos al poder escribió que se había disuelto el pacto político que unía a las colonias rioplatenses con la Corona española, y no el pacto social de los colonos entre sí.

“La disolución de la Junta Central restituyó a los pueblos la plenitud de los poderes, que nadie sino ellos podían ejercer, desde que el cautiverio del rey dejó acéfalo al reino y sueltos los vínculos que los constituían, centro y cabeza del cuerpo social.
“En esta disposición, no sólo cada pueblo reasumió la autoridad que de consuno habían conferido al monarca, sino que cada hombre debió considerarse en el estado anterior al pacto social de que derivan las obligaciones que ligan al rey con sus vasallos ...”(1).

(1) Moreno, Mariano, “Selección de Escritos”, Buenos Aires (1961), pp. 243-244. Véase también Mariano Grondona, “La Argentina en el Tiempo y en el Mundo”, Ed. Primera Plana, Buenos Aires (1968), especialmente pp. 47-57, cuya tesis compartimos en lo esencial aunque con los matices que se desprenden de comparar su interpretación y nuestro texto. Para Grondona “la Argentina surgió a la historia como un Estado, como una organización político-militar, huérfana del respaldo y de la consistencia de una nación”. Interesa también comparar estas interpretaciones con la de Rodolfo Puiggrós, desde su concepción ideológica: “Historia Crítica de los Partidos Políticos Argentinos”, Ed. Argumentos, Buenos Aires (1956), especialmente pp. 17-20. No ha perdido frescura el análisis de Bartolomé Mitre, especialmente en el capítulo XLI de la “Historia de Belgrano” y sus referencias a la Revolución y la guerra social. // Citado en “Historia de los Argentinos”, de Carlos Alberto Floria y Césa A. García Belsunce.

Lo que parecía una contienda por el poder -y que para algunos grupos no era sino eso- significaba para los revolucionarios el desenlace de una lucha por determinados principios o ideologías.

Objetivamente, es cierto que la Argentina comenzó siendo un Estado separado de su ex metrópoli, entendido aquél como estructura de poder conquistada por los criollos pero, al mismo tiempo, para los revolucionarios se trataba del nacimiento de una Nación en el sentido de un proyecto de futuro en el que la comunidad rioplatense y su zona de influencia habría de vivir por su propia cuenta, independiente de España.

Era el comienzo de otro drama, el que pondría frente a frente a la ciudad revolucionaria con el Interior que, si bien habría de aceptar la disolución del pacto político colonial, rechazaría la pretensión de Buenos Aires de transformarse en única cabeza dominante del nuevo Estado Nacional.

De ahí que, terminada la discusión en torno de la legitimidad del sistema político español, continuó un litigio profundo y trascendente: el de la legitimidad de Buenos Aires como centro único de poder de la nueva estructura estatal.

Conquistado el poder, la guerra civil sería el largo intermedio dramático hacia nuevas formas de convivencia política. Tiempos de lucha y de pendencia(2).

(2) Un apasionante paralelo con el proceso revolucionario norteamericano surge de los siguientes conceptos del libro de Robert A. Dahl, “Pluralist Democracy in tbe United States: Conflict and Consent”, Ed. Rand McNalIy, Chicago (1967), pp. 27-34. Según Dahl, se discute si los fundadores de los Estados Unidos actuaron en la Convención Constitucional como cuerpo revolucionario o conservador. En ambos puntos de vista hay algo de verdad. La historia de la humanidad nunca había presenciado -hasta 1787- un caso de república representativa en una gran región, que además fuera exitoso y permanente. La democracia -aunque poco común- no era nueva. Pero una democracia representativa en un vasto dominio, en un Estado-continente, era sí una empresa nueva y revolucionaria. No era lo mismo establecer un Gobierno republicano en pequeña escala- que en un vasto dominio territorial. El problema surgió cuando hubo que determinar la cantidad de gente que debía votar en las elecciones coloniales. El segundo problema -relacionado con aquél- trataba sobre la necesidad de un fuerte Gobierno central. La controversia de la Convención se redujo, al fin, a cuatro cuestiones fundamentales: a) si la nueva República sería esencialmente democrática o aristocrática; b) si tendría que existir un Gobierno Nacional fuerte o una confederación; c) cuál sería el poder relativo de los pequeños y grandes Estados en la nueva República; y d) hasta qué punto deberían comprometerse opinando sobre estas cuestiones para llegar a un acuerdo. Desacuerdos que no acabaron cuando se completó la Constitución. Podría decirse que hasta el presente continúan en los Estados Unidos las diferencias de criterio en torno de lo expresado en la Convención. Apenas es preciso señalar que los problemas tienen curiosa pero sugestiva analogía con los que enfrentaron los argentinos enseguida de conquistar el poder colonial y separarse de España. Casi todos ellos se ventilarían en el Congreso de Tucumán. Algunos son todavía objeto de polémica o motivo de reiteradas crisis políticas. // Citado en “Historia de los Argentinos”, de Carlos Alberto Floria y Césa A. García Belsunce.

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