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Paraguay no reconoce la supremacía de Buenos Aires

En 1810, las colonias americanas iniciaron un complejo proceso de disolución del gran conjunto multicomunitario que era el Imperio español. De los distintos movimientos de independencia, el de Paraguay -en comparación con los del resto de los territorios americanos- fue un caso precoz de ruptura de vínculos con la metrópoli, España, y con la submetrópoli, Buenos Aires.

Un aspecto significativo es que el vínculo se rompió no sólo precozmente, sino también abruptamente, fractura que se precipitó en la medida en que los acontecimientos de la Península se conocieron y su repercusión política desencadenó el proceso independentista: la doble abdicación -el 6 de Mayo de 1808- de Fernando VII y de su padre, Carlos IV, a favor de Napoleón, en la localidad de Bayona; la ocupación del territorio español por el ejército francés; y la sustitución de la autoridad del rey prisionero por una Junta Suprema Central de Gobierno del reino de España y de las Indias.

Ante esta situación, las opciones que se abrieron eran, bien la insurrección, bien la lealtad al depuesto monarca o a la autoridad que pretendía sustituirlo.

Paraguay fue una de las colonias que, inicialmente, optaron por permanecer leales a la Corona. En concomitancia con esta postura, una vez iniciado en Buenos Aires el movimiento de Mayo de 1810, Asunción no  respondió a la convocatoria de la Primera Junta porteña.

Esta misma Junta fue la que, después de enviar emisarios con el objeto de informar sobre los acontecimientos, puso en marcha un plan para aislar al Paraguay, provincia que no reconoció la supremacía que Buenos Aires pretendía imponerle.

La aceleración de los acontecimientos provocó, inmediatamente, interrupciones en el comercio entre Asunción y Buenos Aires, situación que se profundizó con el Congreso del 24 de Julio de 1810, cuando Paraguay manifestó fidelidad al Consejo de Regencia, por ser el “representante legítimo de Fernando VII”, y declaró que se guardase “armonía correspondiente y fraternal amistad con la Junta Provisional de Buenos Aires, suspendiendo todo reconocimiento de su superioridad en ella”.

Con la metrópoli invadida y sus autoridades buscando legitimarse y sostener en el poder, en las ciudades americanas adquirieron importancia vital los derechos del libre comercio, acoplados a los cuestiones de competencias en la distribución de cargos entre criollos y peninsulares, que se habrían acentuado en los tiempos del reformismo borbónico.

El mencionado Congreso también resolvió la creación de una Junta de Guerra con el objetivo de organizar la defensa provincial, al mismo tiempo que reivindicó los derechos americanos en consonancia con la fidelidad al rey.

Al revivirse antiguas competencias con Buenos Aires se acrecentó la hostilidad, por lo que los dirigentes paraguayos -de momento- prefirieron continuar dependiendo de España, lo que indica que los acontecimientos ocurridos en esa provincia -a partir de 1810- no pueden desprenderse de lo que estaba sucediendo en Buenos Aires ni en la Península.

Esto permite observar uno de los rasgos paradójicos de la independencia paraguaya: comenzó con la defensa del depuesto monarca Fernando VII y concluyó con la proclamación de la República y del principio de la soberanía popular, término que sólo se comprende acabadamente si se tienen en cuenta los usos del lenguaje propios de la época.

Desde un comienzo, el movimiento independentista con el que despegó la construcción del Estado-Nación paraguayo contó con una amplia adhesión popular, que se extendió fuera de los ámbitos urbanos.

Juan Rodolfo Rengger y Marcel Longchamp, médicos suizos que permanecieron seis años en el Paraguay, expresaron su opinión acerca de esta participación, en la que la mayoría apenas sabía “lo que era independencia nacional, libertad civil o política” siendo la campaña -particularmente- “el teatro de las violencias”, en la que se permitía todo si se invocaba al patriotismo y “las pasiones podían impúnemente satisfacerse bajo esta égida”.

Aparte de la efervescencia política -que puede confundirse con violencia- se rescata sobre todo el sentido de pertenencia, de “patria”, que se manifestó apenas iniciado el proceso independentista, que mostraba una superación del sentido territorial que tenía, para ir convirtiéndose en un sentimiento asociado a la moral y a la defensa de intereses superiores.

Los focos conspirativos e insurreccionales se potenciaron desde la marcha del general Manuel Belgrano. Si bien aislados, se habían propagado, sobre todo entre los civiles más instruidos y acriollados, en medio de los cuales predominaba una fuerte inclinación antiespañolista y -en la mayoría de ellos- una enraizada simpatía porteñista.

Entre los conspiradores figuraron el Administrador del táva de Yaguarón, Juan Manuel Granze, declarado porteñista y suegro de Pedro Somellera, uno de los líderes de la conspiración; también en Villa Real de la Concepción, Pedro N. Domeque, el presbítero J. F. Samaniego y el doctor Manuel Báez, se manifestaron a favor de Buenos Aires, mientras que en San Pedro de Ycuamandyyú lo hizo José María Aguirre.

Para enfrentar al ejército invasor enviado por la Junta de Buenos Aires, se organizó una fuerza militar que todavía tenía mucho de als formaciones milicianas vigentes durante la colonia. La victoria frente a los porteños tuvo como consecuencia que los capitanes-estancieros que lideraron el ejército paraguayo, entraran activamente en la vida política y constituyeran uno de los pilares de los acontecimientos que sobrevendrían.

Después de la derrota del general Manuel Belgrano, el teniente coronel Fulgencio Yegros, desde Itapúa, y el general Vicente A. Cavañas, desde la Cordillera, imbuidos de proyectos separatistas y revolucionarios, prepararon una marcha hacia la Capital. Las circunstancias políticas precipitaron los hechos y obligaron a los integrantes del ejército victorioso a actuar rápidamente en Mayo de 1811.

En el transcurso de esos sucesos se habían producido distintas reacciones, siendo una de ellas -la más extrema- la proveniente del núcleo más acaudalado de los españoles, cuando corrió la falsa noticia de la derrota de las fuerzas provinciales frente a Belgrano, avalada por la apresurada huida del campo de operaciones del último gobernador-intendente Bernardo de Velasco y Huidobro.

Prestamente estos españoles huyeron -con sus familias y caudales- en diecisiete embarcaciones hacia Montevideo, ciudad-puerto que se mantenía como baluarte realista.

Un grupo de oficiales patricios, acompañados de cuerpos de soldados, instalaron -el 16 de Mayo de 1811- una Junta de Gobierno de tres miembros, tras la aceptación del gobernador Velasco y Huidobro de las condiciones impuestas por los revolucionarios.

Además de éste, integraron la Junta, José Gaspar Rodríguez de Francia y Juan Valeriano Zeballos, este último español -como el gobernador- quien, muy poco tiempo después, el 9 de Junio de 1811, fue destituido.

Esta Junta de Gobierno -ya reducida a dos miembros- finalizó su mandato al iniciarse el primer Congreso Nacional, convocado para el 17 de Junio de 1811. Los militares actuantes proclamaron que, con este cambio de Gobierno, se evitaba que la provincia fuera entregada a “una potencia extranjera”.

Los sucesos reseñados corresponden a la primera fase política del proceso, período que transcurrió entre Mayo de 1810 y Junio de 1811, y que estuvo centrado en los cambios que se produjeron localmente y que se desencadenaron en concordancia con los sucesos porteños.

Esta fase finalizó cuando la Junta relevó del poder a Velasco y Huidobro y proclamó formalmente la independencia, no sólo respecto de Buenos Aires, sino de todo país extranjero, haciéndose eco de la teoría del pactum translation.

La Junta aludía en sus Proclamas a los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución Francesa, dando cuenta de la difusión que estos principios habían tenido en tierras americanas.

En esta etapa inicial, la Junta de Gobierno fue uno de los fundamentos institucionales de la independencia paraguaya, movimiento juntista que tuvo su parangón con los que se dieron en la Península y en otros futuros Estados americanos.

Esta primera institución de Gobierno independiente concentró las funciones que antes incumbieron a cabildos, audiencias, virreyes y gobernadores, y su accionar dio lugar, paulatinamente, a nuevas estructuras estatales.

Durante este contradictorio proceso, se sucedieron las pugnas entre las distintas facciones, lo que dio como resultado vacilaciones y retrasos frente a la declaración formal de la Independencia, a la definición de la forma de gobierno y a la defensa de los logros que se iban obteniendo.

Los notables no españolistas, el sector prominente de la sociedad, pretendieron erigirse en gestores del movimiento. Por su parte, la gente de oficio y la peonada del trajín de Asunción también se movilizaron, haciendo escuchar su voz en los espacios que se abrían para la discusión: iglesias, tabernas, pulperías, etc., en todo sitio donde pudieran reunirse.

El control político de los Partidos de la campaña -exceptuando, posiblemente, los Cabildos de Villarrica, Curuguaty y Pilar- se basó en el autoritarismo de jefes militares, jueces de paz y curas-párrocos que respondían al Gobierno central, y que tenían ideas muy apegadas a las formas tradicionales, muchos de ellos identificando la independencia con el “nuevo Gobierno” y la libertad sintetizada en “obediencia, fraternidad y unión”.

A partir de esos sucesos, el ejército -otro pilar del proceso de emancipación- si bien tuvo en Paraguay una corta actuación, que se dio cuando repelió la invasión porteña, pasó a ocupar un primer plano en la palestra política, lo que terminaría desembocando en reacomodamientos y desequilibrios entre civiles y militares.

La habilidad política de un letrado, el doctor Francia, y de su facción política, permitió que progresivamente fuera acomodando el baluarte militar e imprimirle determinadas características a su organización y composición, transformándolo en uno de los puntales de la dictadura y de los Gobiernos que le siguieron.

La segunda fase política comenzó después del golpe de Estado que dio la Junta de Gobierno, reemplazando al gobernador Velasco y Huidobro quien -por su precipitada retirada del campo de batalla ante el invasor y otras no muy felices actuaciones durante su Gobierno- había perdido credibilidad política.

Esta fase adquirió un cariz revolucionario y de enfrentamientos facciosos y se extendió hasta el Congreso de Octubre de 1814, momento en el que se estableció la Dictadura Suprema del doctor Francia.

Uno de los hechos relevantes de esta etapa fue la realización del Congreso del 17 de Junio de 1811, que envió a declarados partidarios de la revolución como comisionados al Interior. Sin embargo, muchos de ellos -aunque fervorosos en su adhesión- no tenían una comprensión acabada de las cuestiones que debían plantearse alrededor de los principios políticos que se debatían y que fracturaban el campo político.

Este Congreso ya no era un cabildo abierto, que debía manejarse con las pautas del Gobierno colonial, sino que se componía de los principales individuos de las diferentes corporaciones y de los diputados de villas y poblaciones, ascendiendo al número de trescientos cincuenta.

En los debates sobresalió Mariano Antonio Molas, vocero de los patriotas, que se erigió en el “tribuno” de esa Asamblea, propugnó la constitución de la Primera Junta, lanzó la idea de la confederación y sostuvo que “cualquier americano de nacimiento pudiere ocupar cargos públicos en el Paraguay”, siendo su voto compartido por la casi unanimidad de los representantes.

El 23 de Junio de 1811, una vez terminado este Congreso Nacional, se constituyó una Junta Superior Gubernativa de cinco miembros, que conformó el primer Gobierno compuesto exclusivamente por paraguayos. Estaba integrado por Fulgencio Yegros, como presidente; Gaspar Rodríguez de Francia, Pedro Juan Caballero y el presbítero Juan Francisco Xavier Bogarín, como vocales; y Fernando de la Mora, como vocal secretario.

El fracaso de la revolución realista de Septiembre de 1811, la misión de Manuel Belgrano y Vicente A. Echevarría enviada por Buenos Aires y la remoción del vocal fray Juan Francisco Xavier Bogarín -con quien el doctor Francia sostenía serias discrepancias políticas- posibilitaron que éste, quien se había retirado de la Junta, se reintegrara, aunque por muy corto tiempo, puesto que al agudizarse las contradicciones entre los distintos grupos políticos, se apartó por segunda vez, el 15 de Diciembre de ese año, lo que provocó otra crisis política.

Su alejamiento del poder se prolongó -en esta oportunidad- durante casi un año, hasta el 16 de Noviembre de 1812, en el cual Gaspar Rodríguez de Francia pidió la reunión de un nuevo Congreso para resolver el problema de la constitución de la Junta.

Finalmente, su reincorporación se concretó con una serie de condiciones: separación del asesor Gregorio de la Cerda; entrega del mando de un batallón y del manejo de la mitad de las armas y municiones de la provincia; y convocatoria a un Congreso General con el fin de declarar la independencia de forma definitiva.

Resultó ser un golpe maestro, pues el ejército le respondía y el caudillismo -entendido como el fenómeno en que bandas armadas y facciones, que no responden a ninguna institución, luchan por el poder- fue sofrenado, lo que desbrozó rápidamente el camino para que asumiera el control del poder.

Un hecho que cabe rescatar en este proceso, y que da las pautas del comportamiento y definición posicional del futuro dictador, tuvo lugar en Agosto de 1811, con el estallido de la primera crisis, en la que se vieron las diferencias entre los integrantes del Gobierno.

Francia, sin contar todavía con suficiente base política que lo apoyara y sin control sobre los cuerpos militares, optó por retirarse.

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