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LA POLITICA Y LA REVOLUCION

Mientras los primeros campamentos de los Ejércitos de la patria encendían sus fuegos hacia el Perú, en el Norte y en el Oriente del Virreinato, en la capital del Plata se abre el período evolutivo de las formas políticas.

Conforme a la Circular de la Junta Provisoria de Mayo las ciudades cabeza de Partido procedieron a la elección de sus diputados que fueron congregándose en Buenos Aires y presentando sus credenciales.

Fuese su destino el de integrar un Congreso que debía proveer de Junta General para el Gobierno del virreinato, o el de incorporarse a la Junta Provisoria -como lo anunció la Circular del 27 de Mayo- es lo cierto que esos diputados no podían permanecer indefinidamente a la expectativa mientras las autoridades de la primera hora continuaban una gestión que no tenía el aplauso unánime.

- La Junta y su equilibrio interno

Detengámonos ahora un instante a observar la situación de la flamante Junta: pese a su heterogeneidad había llevado una gestión armónica sin choques ni rozamientos. Entre sus miembros había cuatro hombres que, por su formación, carácter o ideología, tenían capacidad de dirigentes y por lo tanto eran políticamente importantes: Cornelio Saavedra, Juan José Castelli, Mariano Moreno y Manuel Belgrano.

El deseo de la Junta de asegurar la expansión política de la revolución, de la cual las expediciones militares no eran sino instrumentos subordinados, la impulsó a designar para la conducción de ellas a dos miembros notables: Castelli y Belgrano. La desaparición de estos dos hombres del seno de las deliberaciones diarias del Gobierno favoreció -si no condujo a ella- la ruptura de su equilibrio.

Exaltado Castelli y moderado Belgrano tenían, sin embargo, una trayectoria anterior con muchos puntos comunes. Amigos y colegas de profesión y tareas, sin formar en modo alguno un frente común, constituían una opinión poderosa en la Junta y eran voceros del antiguo “partido de la independencia” donde se agrupaban los intelectuales criollos.

Su partida a teatros lejanos dejó a la Junta polarizada en torno de su presidente Saavedra y su secretario Moreno. Azcuénaga, Paso, Larrea y Matheu hicieron causa común con Mariano Moreno, antiguo “juntista”.

- Oposición entre Saavedra y Moreno

Constituida la Junta y a poco de iniciada su labor no tardaron en aparecer serias divergencias entre dos figuras de destacada actuación en el movimiento: Mariano Moreno y Cornelio Saavedra.

En el mes de Noviembre de 1810 ya se presentaban definidas las dos facciones en pugna cuyo antagonismo residía especialmente en el modo de resolver los problemas de gobierno.

Saavedra era un hombre maduro, disciplinado y jerárquico, que acostumbraba a elaborar con suma prudencia las decisiones; su temperamento reposado le hacía rechazar toda innovación extrema, tanto en el orden político como social.

Por su parte, Moreno era un joven abogado de escasa experiencia política pero capaz, apasionado y fogoso. Se inclinaba a resolver con rapidez los problemas más difíciles y utilizaba la pluma con gran destreza para apoyar sus argumentos.

Los saavedristas se resistían a cambiar profundamente las instituciones y no compartían las nuevas teorías liberales. La generalidad respondía a esta tendencia conservadora, que contaba con la adhesión de las tropas y una mayoría popular de blancos proletarios y gente de color -negros, mestizos, etc.-, “que no discrimina -dice Emilio Ravignani- pero que sirve a los fines políticos de quienes la manejan”.

También la gente del Interior o provincianos adherían a estos principios moderados.

El grupo continuador de Moreno -los morenistas- lo formaban los hombres ilustrados, partidarios de las nuevas ideas, quienes bregaban por un Gobierno democrático y republicano.

Este partido había nacido en Buenos Aires y pretendía imponer en el Interior las teorías que entonces circulaban por Europa. Sus integrantes eran revolucionarios exaltados y debido a que no contaban con el apoyo de las provincias se inclinaron a los procedimientos enérgicos, en defensa de un acentuado porteñismo.

Saavedra conservaba el prestigio de su investidura presidencial, su poder militar y su popularidad en vastos sectores de la población. La discusión de los tópicos de gobierno reavivó una vieja enemistad que databa de los días del enfrentamiento Alzaga-Liniers y que subrayaba una radical diferencia de temperamentos.

Criterios distintos en cuanto a la política a seguir definieron la divergencia: Saavedra era partidario de una política moderada, como lo expresa en una carta a Chiclana: “... me llena de complacencia al ver el acierto de tus providencias y el sistema de suavidad que has adoptado; él hará progresar nuestro sistema y de contrarios hará amigos; él hará conocer que el terror sino la justicia y la razón son los agentes de nuestros conatos”(1).

(1) Carta del 27 de Octubre de 1810. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

Moreno, en cambio, era partidario de una política violenta que se impusiera al enemigo y a los indecisos por el temor.

Al mismo Chiclana le escribía por esos días: “Potosí es el pueblo más delicado del Virreinato y es preciso usar en él un tono más duro que el que ha usado en Salta ... perezca Indalecio y no le valgan las antiguas relaciones con el buen patriota Alcaraz; la patria lo exige y esto basta para que lo ejecute su mejor hijo, Chiclana”(2).

(2) Carta del 20 de Noviembre de 1810. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

La diferencia es neta y se marcará progresivamente, al punto de hacer decir a Saavedra una vez que Moreno hubo dejado el Gobierno: “... las máximas de Robespierre que quisieron emitir son en el día detestables” -y anotaba-: “Ya te dije que el tiempo del terrorismo ha cesado”(3).

(3) Saavedra a Chiclana, 11 de Febrero de 1811. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

Al promediar el año 1810 la influencia de Moreno -sin ser absoluta- era decisiva. Es la época del atribuido plan terrorista de aquél sobre el que tantas discusiones se han sucedido hasta hoy sobre su autenticidad, sin que pueda decirse una palabra definitiva.

Pero sea el plan auténtico o no, se exagere de él o sea trasunto de verdad, lo cierto es que corresponde en buena medida al espíritu que animó numerosas disposiciones de la Junta.

Esta había decidido segar la oposición allí donde empezase asomar. Los sucesos de Córdoba y Montevideo, la amenaza norteña y la retracción paraguaya hicieron olvidar los propósitos conciliatorios iniciales. La oposición a los españoles europeos se hizo visible y el Gobierno perdió toda moderación al respecto.

Las Instrucciones dadas a Castelli y Belgrano son ilustrativas de este estado de espíritu. Ordenaba al primero investigar la conducta de todos los jueces y vecinos, deponiendo y remitiendo a la capital a aquéllos que se hayan manifestado opositores a la Junta; disponía que Nieto, Goyeneche, Sanz y el obispo de La Paz y todo hombre enemigo principal fuesen “arcabuceados en cualquier lugar donde sean habidos”, y que toda la Administración de los pueblos fuese puesta en manos “patricias y seguras”.

Diez días después, las Instrucciones dadas a Belgrano revelan el crescendo de la violencia: si hubiese resistencia deberían morir el obispo, el gobernador, su sobrino y los principales causantes de aquélla; todo europeo encontrado con armas en los ejércitos opositores debía ser arcabuceado aunque fuese prisionero de guerra, y se ordenaba el destierro en masa de los europeos.

En ese momento es cuando las opiniones de la Junta se uniforman en favor de la independencia de España. Los más leales funcionarios españoles vieron confirmadas sus previsiones de los últimos días de Mayo.

El portugués Possidonio de Costa escribe en Agosto que “esto se llama independencia” y en Septiembre, Saavedra se cartea con el general francés Carlos Francisco Dumouriez para invitarlo a concurrir a la formación del ejército.

Es el momento en que Lord Strangford advierte a la Junta sobre lo peligroso que sería toda declaración de “independencia prematura”, pues forzaría a Gran Bretaña a acudir en auxilio de su aliado español. La advertencia de Strangford -informado por múltiples conductos de la realidad rioplatense- no era vana.

- El banquete en el Cuartel de Patricios

Un incidente acentuó el malestar entre ambos bandos. El 5 de Diciembre de 1810, en un banquete celebrado en el cuartel de Patricios(4), un oficial -probablemente embriagado- se excedió en sus elogios al brindar por Saavedra.

(4) La reunión se efectuó en la noche del 5 de Diciembre de 1810, con motivo de la victoria obtenida por las fuerzas patriotas en Suipacha y en homenaje a Cornelio Saavedra. La concurrencia fue numerosa y sólo se permitió el libre acceso al que vestía uniforme militar, o bien a los civiles sindicados como “saavedristas”. Moreno trató de asistir sin demostrar su identidad, y el centinela -que no lo reconoció­, le negó la entrada en el recinto. En el transcurso de la reunión, el capitán Atanasio Duarte -excitado por la bebida- colocó sobre la frente de la esposa de Saavedra una corona de azúcar y dirigiéndose al último gritó: “Viva el Emperador de América”. // “Historia Argentina”, de José Cosmelli Ibáñez. // Editorial Troquel, Buenos Aires.

Enterado del episodio, Moreno redactó el “decreto de supresión de los honores” que constaba de dieciséis artículos. Dejaba sin efecto lo dispuesto en el Reglamento del 28 de Mayo, que otorgaba al presidente de la Junta honores semejantes a los virreyes.

El documento redactado por el secretario disponía la absoluta igualdad entre todos los miembros del organismo “sin más diferencia que el orden de los asientos”.

Le estaba prohibido al presidente -o a su esposa- recibir honores individuales y sólo se permitían homenajes a la Junta en pleno.

Por el brindis pronunciado condenaba a muerte al capitán Duarte, pero debido a su estado de embriaguez se le conmutaba la pena por el destierro perpetuo, “porque ningún hijo de Buenos Aires, ni ebrio ni dormido, debe tener expresiones contra la libertad de su país”.

Además establecía que todo decreto emanado de la Junta sólo tendría validez con un mínimo de cuatro firmas y la del secretario.

Al día siguiente -6 de Diciembre- Moreno llevó el decreto al propio Saavedra, quien lo firmó evidentemente afectado.

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