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La Representación de los Hacendados

Cuando Baltasar Hidalgo de Cisneros ocupó su alto cargo, era muy notorio el déficit del Erario.

A mediados de Agosto de 1809 se presentó la oportunidad de conseguir recursos cuando dos comerciantes ingleses -Dillon y Thwaites- solicitaron autorización para desembarcar y luego vender productos que traían en sus naves, respetando las condiciones que considerasen justas.

Cisneros admitió la oferta, pues con ella se obtendrían recursos extraordinarios con los derechos de aduana que pagarían esos productos. A tal fin, se dirigió por Nota al Cabildo y al Consulado para que se expidieran sobre la necesidad de complacer la petición de los comerciantes ingleses.

El primer organismo aprobó lo solicitado -al solo efecto de congraciarse con la política del nuevo virrey- y el Consulado -bajo las directivas de Belgrano- también aceptó el procedimiento, aunque por el escaso margen de siete votos contra cinco.

Todo parecía resuelto, cuando el apoderado del Consulado de Cádiz, Miguel Fernández de Agüero, se opuso al intento de comerciar con los ingleses por medio de un extenso alegato en favor del comercio monopolista.

Sostuvo que el permiso provocaría graves daños a la marina mercante española y significaría la ruina de la naciente industria del virreinato.

Ante los argumentos expuestos por Fernández de Agüero, los hacendados y labradores de ambas márgenes del Río de la Plata dispusieron defender sus intereses y designaron representante al doctor Mariano Moreno.

Este redactó la Representación de los Hacendados, trabajo que no lleva su firma y que fue presentado el 30 de Septiembre.

Reclama, apelando a la justicia, las ventajas del libre comercio y califica al monopolio de atentado contra la libertad humana. Se opone a las trabas que impedían la entrada de productos del exterior, pues si éstos “son inferiores a los del país, no causarán perjuicio, y si son superiores, excitarán la emulación”.

Recuerda a Cisneros que el soberano “no confirió a V. E. la alta dignidad de virrey de estas provincias para velar por la suerte de los comerciantes de Cádiz, sino sobre la nuestra”.

El escrito terminaba con una petición de siete artículos, en la que solicitaba:

a) el franco comercio por el término de dos años, hasta la definitiva aprobación de una Junta económica;
b) los productos ingleses debían ser negociados por apoderados españoles; y,
c) el que introducía mercaderías estaba obligado “a exportar la mitad de los valores importados en frutos del país”.

El 6 de Noviembre de 1809 Cisneros reunió una Junta consultiva a la que asistieron veinticuatro vecinos “de recomendada probidad”, quienes reglamentaron el franco comercio del Río de la Plata con buques extranjeros, de acuerdo con varias formalidades previas.

La Representación de los Hacendados se publicó en Buenos Aires después de la Revolución de Mayo y luego -traducida al portugués- también en Río de Janeiro; además, se publicó en Londres, en el periódico “El Español”(1).

(1) El historiador Diego Luis Molinari niega la importancia atribuida por otros investigadores a la Representación de los Hacendados. Como el citado escrito se dio a publicidad después de la Revolución de Mayo “mal pudo tener la influencia decisiva e independiente que se le atribuye”. El decreto del 6 de Noviembre fue obra de una asamblea en la que “no participó Moreno y sólo unos pocos de los que en ella intervinieron habían leído la Representación”.
Además, Molinari sostiene que el decreto del 6 de Noviembre no consagró la libertad de comercio en el verdadero sentido de la palabra. Afirma que, de acuerdo con ese documento, “el extranjero no podía comerciar directamente sus efectos, pues se necesitaba ser español para ejercer el comercio. Y aún así, los españoles consignatarios de extranjeros no podían vender al por menor. ¿Puede llamarse a esto libertad de comercio?” Véase, Diego Luis Molinari: “La Representación de los Hacendados de Mariano Moreno. Su ninguna influencia en la vida económica del país y en los sucesos de Mayo de 1810” - Buenos Aires, 1939. // Historia Argentina, de José Cosmelli Ibáñez. // Editorial Troquel, Buenos Aires.

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