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Expedición al Alto Perú

- “Expediciones auxiliares”

Los primeros tiempos del naciente Gobierno patrio estuvieron rodeados de grandes peligros. Buenos Aires -alma y cabeza del movimiento- tenía en su seno la conspiración del partido peninsular.

Las agitaciones precursoras del estallido de Mayo habían transparentado la impotencia de los peninsulares en la capital; calculando las consecuencias de este hecho, Santiago de Liniers -el caudillo improvisado y feliz de la Reconquista- se ofreció desde Córdoba, donde residía, al virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, para sostener su autoridad comprometida, aunque de esa suerte se inscribía entre los enemigos de la revolución.

El ofrecimiento fue conocido cuando los sucesos estaban ya consumados (25 de Mayo, por la noche), pero Cisneros y los españoles le aceptaron, y Liniers fue autorizado para restablecer por las armas el destruido poder.

La orden cundió en la Marina española -dueña del río- y en Montevideo, asiento principal de los peninsulares; en consecuencia, al propio tiempo que el pendón reaccionario fue levantado en el Interior, Montevideo sacudió la sumisión a Buenos Aires, juró el Consejo de Regencia, y los oidores de la Audiencia desconocieron la autoridad de la Junta.

Más allá de estos peligros cercanos, se dibujaba en la previsión de revolucionarios la protección que darían a la resistencia las autoridades y las tropas del Alto Perú, poco antes ensañados hasta la barbarie con los revolucionarios de La Paz y Chuquisaca; y el Paraguay se presentaba como enemigo probable, provincia que no demoró en agregar su nota unísona al concierto de las hostilidades.

La Junta Provisoria Gubernativa asumió una actitud enérgica. Sobre la resistencia del Interior -la más seria del momento- lanzará una expedición de 1.150 hombres al mando del comandante de arribeños, Francisco Antonio Ortiz de Ocampo con miras de que, vencida la reacción, aquellas tropas sirviesen de apoyo al pronunciamiento de los pueblos y llevasen la causa hasta el corazón del Alto Perú. Los conspiradores de la capital fueron deportados. No era posible dar golpes iguales en Montevideo.

La campaña oriental -sin embargo- estaba fuera de la presión del Gobierno local de dicha ciudad y, en grado ascendente, era el espíritu de simpatía y adhesión a Buenos Aires; por manera que la reacción española se localizó en Montevideo.

El vocal Manuel Belgrano fue nombrado comisionado especial del Gobierno, con igual carácter y facultades que la Junta misma, y General en Jefe de las tropas destinadas a marchar en protección de la campaña oriental pero, antes de consumarse este propósito, la misión de Belgrano cambiará de objetivo, destinándosele a expedicionar al Paraguay.

- La situación en Córdoba

El 30 de Mayo de 1810 arribó a Córdoba un comisionado del ex virrey Cisneros quien informó a las autoridades de los sucesos ocurridos en Buenos Aires. Esto motivó una apresurada reunión en casa del gobernador-intendente Juan Gutiérrez de la Concha, a la que asistieron Santiago de Liniers, el obispo Rodrigo de Orellana, el deán de la catedral, Gregorio Funes, y algunos miembros del Cabildo.

Estas autoridades -con excepción del deán Funes- resolvieron desconocer la autoridad de la Junta erigida en Buenos Aires.

Recién el 20 de Junio de 1810 se produjo la ruptura oficial de Córdoba con la Junta, pues el Cabildo de la primera juró al Consejo de Regencia y comunicó a Buenos Aires que suspendiera la expedición al Interior.

Ante la actitud asumida por las autoridades de Córdoba, la Junta -por intermedio de Mariano Moreno- resolvió iniciar una enérgica acción contra sus enemigos(1).

(1) Los rebeldes de Córdoba habían dispuesto presentar combate al ejército de la Junta para lo cual contarían con el apoyo de efectivos procedentes del Alto Perú, Montevideo y Paraguay. Aunque en principio tenían buenas probabilidades de éxito, lentamente el plan se derrumbó. La unión con las autoridades realistas del Norte quedó desarticulada; varias provincias aceptaron enviar sus diputados a Buenos Aires; el deán Funes se puso en comunicación con la Junta para denunciar los planes de los complotados; y Moreno trabajó con gran energía para destruir la conspiración. // “Historia Argentina”, de José Cosmelli Ibáñez. // Editorial Troquel, Buenos Aires.

- La reacción realista

La necesidad de la expedición militar se vio rápidamente confirmada en los hechos.

Desde los primeros días de Junio fue evidente que Córdoba y Montevideo iban a oponerse a las autoridades de Buenos Aires. Liniers y Gutiérrez de la Concha -apoyados en el Cabildo cordobés- habían comenzado a movilizar los recursos de la provincia para levantar una fuerza armada destinada a resistir lo que consideraban una insurrección.

El 6 de Junio de 1810 ese Cabildo había resuelto no reconocer las autoridades surgidas del 25 de Mayo, manifestando que emanaban sólo de la fuerza. El mismo día Montevideo condicionó su reconocimiento a que la Junta jurara al Consejo de Regencia. Desde el 30 de Mayo las autoridades de Montevideo habían acordado cerrar el puerto a los barcos procedentes de Buenos Aires.

Tal resistencia tenía sus reflejos en la misma capital. El Cabildo porteño había sugerido a la Junta la rotación de su presidencia, sugerencia que la Junta sintió como una intromisión.

A mediados de Junio, Cisneros, que permanecía en Buenos Aires rodeado de la consideración oficial a su antigua investidura, invitó al Cabildo a reconocer al Consejo de Regencia. Aquél consideró inoportuno hacerlo en ese momento pero, un mes después, el 14 de Julio de 1810, procedió a dicho reconocimiento en secreto, es decir, sin que lo supiera la Junta.

La Real Audiencia, a su vez, desde principios de Junio había exhortado a la Junta a reconocer la instalación del Consejo, pese a no haber recibido informaciones oficiales al respecto.

El asedio interior crecía de punto y era acompañado de una ola de rumores. En esas circunstancias, la Junta se enteró de que Cisneros y la Real Audiencia proyectaban trasladarse a Montevideo y reinstalar allí la autoridad virreinal, por lo que optó por el recurso drástico de arrestar a todos aquéllos y embarcarlos secretamente con destino a Europa.

Los episodios de Córdoba y Montevideo no eran únicos. Las provincias del Alto Perú -dirigidas por hombres de prestigio y que disponían de tropas- habían rechazado la autoridad de la Junta, con excepción de Tarija.

El virrey José Fernando de Abascal había declarado provisoriamente anexas al Virreinato del Perú las provincias que formaban el del Río de la Plata, para sustraerlas a la autoridad de Saavedra.

El Paraguay había optado por una prudente expectativa, sin perjuicio de mantener cordiales relaciones con la Junta. Santiago de Chile -por fin- sin reconocerla abiertamente la aceptaba como un hecho consumado.

No obstante, para respiro de los revolucionarios, poco más de veinte ciudades apoyaron a la Junta. En Junio lo hicieron Santa Fe, las villas de Entre Ríos, Corrientes, Tucumán, Catamarca, Salta, Mendoza y San Juan; en Julio lo hicieron los pueblos de Misiones, Santiago del Estero y Jujuy; en Agosto por fin, se adhirió Tarija.

- La expedición al Norte

De acuerdo con lo dispuesto en el Acta del día 25 de Mayo de 1810, la Junta resolvió enviar una expedición sobre Córdoba y el Alto Perú a fin de extender la revolución e impedir el alzamiento de algunos núcleos del Interior que se mostraban reacios al reconocimiento del nuevo Gobierno.

El ejército se organizó en base a voluntarios de los Cuerpos ya existentes, en un total de 1.150 hombres. Comandante en Jefe fue designado el coronel Francisco Antonio Ortiz de Ocampo y, segundo, el militar de igual grado, Antonio González de Balcarce; representante de la Junta fue nombrado Hipólito Vieytes; y Auditor de Guerra Feliciano Chiclana, que partió más tarde.

El ejército se concentró en Monte Castro (actual Floresta) y de allí se dirigió a Luján, donde inició la marcha hacia el interior del territorio el 13 de Julio de 1810.

Poco antes de la partida, la Junta tuvo noticias confirmadas del golpe militar y político que se preparaba en Córdoba. Sucesivas notas de Moreno ordenaban la detención de los cabecillas y su inmediato envío a Buenos Aires.

- Fracaso de Liniers

La reacción cordobesa careció de apoyo popular. Cuando Liniers, consciente de la debilidad de su situación, resolvió retirarse hacia el Norte para unirse con las tropas del Alto Perú, sus cuatrocientos hombres comenzaron a desertar en tal cantidad que pronto dejaron de existir como fuerza organizada y unos días después Liniers, Gutiérrez de la Concha, el obispo Orellana y demás cabecillas carecían de tropas ni más seguidores que unos pocos fieles.

Por ello hacia el 5 de Agosto, mientras las fuerzas de Ortiz de Ocampo llegaban a la Ciudad de Córdoba, sabedor Liniers que González de Balcarce le perseguía de cerca resolvió -en las proximidades de la Villa del Río Seco- disolver el grupo para burlar la persecución.

Todo fue inútil pues en la noche del 6 al 7 de Agosto de 1810 todos -incluso el reconquistador de Buenos Aires- cayeron en poder de las fuerzas de la Junta. Ignoraban por entonces los prisioneros que el 28 de Julio aquélla había dictado sentencia de muerte contra ellos, “por la notoriedad de sus delitos”, partiendo del criterio que “el escarmiento debe ser la base de la estabilidad del nuevo sistema”.

Es que ese 28 de Julio de 1810 y ante nuevas informaciones sobre los sucesos, la Junta ordenó aplicar la pena máxima a los rebeldes “en el momento que todos o cada uno de ellos sean pillados, sean cuáles fuesen las circunstancias, se ejecutará esta resolución”.

Ortiz de Ocampo ocupó sin resistencia la Ciudad de Córdoba mientras los contrarrevolucionarios escaparon rumbo al Norte, pero fueron apresados. Aunque sobre los rebeldes estaba dictada la pena de muerte, debido a los ruegos de la población cordobesa, del Cabildo y del clero, Ortiz de Ocampo decidió remitir los presos a Buenos Aires y enviar una Nota con la justificación de su proceder.

Las diversas ramificaciones de la reacción realista y la personalidad y prestigio de Liniers explican la severidad de la Junta. Si quería sobrevivir debía actuar con decisión y violencia para no dar aliento a los indecisos ni alas a sus contrarios.

Diversas voces de clemencia se alzaron entre los propios elementos rebeldes, entre ellas la del deán Funes y la del propio coronel Ortiz de Ocampo. Esta actitud le valió a este último ser despojado del mando militar, pues, como dijo en la oportunidad Mariano Moreno, la obediencia era la mejor virtud de un general y el mejor ejemplo para sus tropas.

Enterada la Junta del pedido de clemencia, insistió con energía en su resolución anterior, comunicando a Ortiz de Ocampo que “la obediencia es la primera virtud de un general”.

Inmediatamente, el vocal Juan José Castelli y Nicolás Rodríguez Peña -en carácter de secretario- partieron con un contingente para hacer cumplir la orden emitida por el Gobierno.

Los prisioneros estaban camino de Buenos Aires cuando la partida enviada por la Junta los encontró -el 26 de Agosto de 1810- cerca de la posta de Cabeza de Tigre (actual provincia de Córdoba).

Los prisioneros fueron llevados a un bosquecillo próximo -conocido con el nombre de Los Papagayos- y allí, a las 15:00, se cumplió la sentencia. Cayeron arcabuceados Santiago de Liniers, el gobernador Juan Gutiérrez de la Concha y el oficial tesorero Moreno Allende y Rodríguez. Fue exceptuado el obispo Rodrigo de Orellana.

El doctor Castelli, la mente más jacobina de la Revolución, fue encargado por la Junta de hacer cumplir la sentencia, que se ejecutó ese mismo 25 de Agosto en el paraje de Cabeza de Tigre, cerca de Cruz Alta, fusilándose a todos los prisioneros con excepción del obispo Orellana.

Con la ejecución de un ex virrey y de un gobernador-intendente la Junta había quemado las naves de la revolución. El camino -desde entonces- no tenía regreso. La sangre de las primeras víctimas era la garantía de una “reciprocidad de trato” que cerraba el camino de las transacciones.

- La victoria de Suipacha

Córdoba fue pacificada y desde allí la revolución extenderá su influencia por las provincias del Norte y Oeste. El 13 de Agosto de 1810 llegó a dicha ciudad el nuevo gobernador-intendente, Juan Martín de Pueyrredón, quien procedió a destituir a los cabildantes anteriores.

Ante la actitud asumida por Ortiz de Ocampo, la Junta dispuso quitarlo del mando del ejército y lo reemplazó por González de Balcarce; además, Vieytes fue sustituido por Castelli, quien tomó -en consecuencia- la función de representante del Gobierno de Buenos Aires.

Allanado el camino, la “expedición auxiliadora” voló hacia el Norte; el 4 de Octubre de 1810 había alcanzado Yaví, en los límites actuales del territorio argentino. Comandaba entonces la expedición Juan José Castelli -con plenas facultades políticas y militares- correspondiendo el mando específicamente militar a Antonio González de Balcarce.

El ejército avanzó hacia el Norte, precedido por una vanguardia -a las órdenes de Balcarce-; ante la proximidad de las tropas, Cochabamba y Oruro -ciudades del Alto Perú- se plegaron a los revolucionarios.

El virrey del Perú, José Fernando de Abascal -informado de los sucesos- resolvió anexar a su territorio las provincias norteñas del Alto Perú que, hasta ese entonces, pertenecían al Virreinato del Río de la Plata; además, designó Presidente de esos territorios y Comandante en Jefe de las tropas al general José Manuel de Goyeneche y Barreda.

González de Balcarce se aproximaba con sus efectivos cuando el enemigo se adelantó hasta Tupiza, aunque luego tomó posiciones detrás del río Cotagaita. Sin esperar la llegada de refuerzos, González de Balcarce atacó -el 27 de Octubre de 1810- pero fue rechazado y debió retirarse al Sur.

Envalentonados por el éxito en Cotagaita, las tropas realistas iniciaron la persecución de los criollos quienes se hicieron fuertes en la margen derecha del río Suipacha, donde recibieron refuerzos.

Allí, González de Balcarce obtuvo la primera victoria para las armas de la revolución, el día 7 de Noviembre de 1810. Los jefes enemigos Córdoba, Vicente Nieto y Francisco de Paula Sanz cayeron prisioneros; enviados posteriormente a Potosí, fueron ejecutados por orden de Castelli.

- La derrota de Huaqui

El triunfo de los criollos en Suipacha motivó que el Alto Perú se plegara a la revolución. El ejército, a las órdenes de Castelli y González de Balcarce -el primero con amplias atribuciones como representante de la Junta- avanzó hasta acampar en la margen sur del río Desaguadero.

Castelli entró en negociaciones con Goyeneche y aceptó firmar una tregua de cuarenta días, conocida con el nombre de Armisticio del Desaguadero(2).

(2) La tregua benefició a los realistas y privó a los patriotas de una victoria que, en esas circunstancias, hubiera sido decisiva para la suerte de la revolución sudamericana. El ejército expedicionario perdió lamentablemente un tiempo muy útil, en cuyo transcurso el campamento se transformó en un recinto de diversiones e indisciplina. Los soldados dividieron sus opiniones de acuerdo con las noticias llegadas de Buenos Aires sobre divergencias e incidentes políticos. El mando también se debilitó, pues algunos oficiales pretendían a Juan José Viamonte como Jefe supremo. // “Historia Argentina”, de José Cosmelli Ibáñez. // Editorial Troquel, Buenos Aires.

El ejército patriota se fraccionó en dos grupos, uno a las órdenes de González de Balcarce y otro bajo el mando de Viamonte, separados por una quebrada; por su parte los realistas ocuparon las elevaciones y supieron aprovechar el error táctico cometido por los criollos.

Goyeneche dividió su ejército en tres columnas y el 20 de Junio de 1811 avanzó resueltamente sobre las tropas expedicionarias. Los realistas tomaron la quebrada -objetivo del ataque- y luego cayeron sobre los flancos del disperso ejército criollo, que debió rendirse.

La derrota de las fuerzas revolucionarias en Huaqui tuvo importantes consecuencias:

* las provincias del Alto Perú se perdieron definitivamente;
* el Norte quedó desguarnecido;
* y el Gobierno de Buenos Aires -que sufrió un rudo golpe ante la opinión pública- debió levantar el sitio de Montevideo(3).

(3) Después del desastre de Huaqui, los jefes criollos Castelli, Balcarce y Viamonte fueron llamados a Buenos Aires y sometidos a proceso. Además, los restos del ejército -reforzados con voluntarios- se enfrentaron con los realistas en Sipe-Sipe (13 de Agosto de 1811), pero fueron nuevamente vencidos. // “Historia Argentina”, de José Cosmelli Ibáñez. // Editorial Troquel, Buenos Aires.

Buena parte de los tesoros del Alto Perú quedaron en poder de los realistas, aunque Juan Martín de Pueyrredón -gobernador intendente de Chuquisaca- consiguió rescatar de la Casa de Moneda de Potosí valiosas remesas de oro y plata y llevarlas a buen recaudo a Jujuy.

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