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José de San Martín en Buenos Aires

A fines del verano de 1812, el día 9 de Marzo, arribó al Puerto de Buenos Aires, procedente de Londres, la fragata inglesa “George Canning”, trayendo a su bordo a un varón de epopeya, el entonces teniente coronel José Francisco de San Martín, quien más tarde sería apellidado con justicia “el más grande de los criollos del Nuevo Mundo”.

Regresaba a la tierra natal con sus compatriotas el alférez Carlos de Alvear y el oficial Matías Zapiola, el barón de Holmberg y otros.

Soldado genial, abnegado y austero, sin más fortuna que su espada, San Martín llegaba a su patria para entregarse por entero a la causa de la emancipación de medio continente.

José de San Martín había nacido en Yapeyú, pueblo de las antiguas misiones jesuíticas, el 25 de Febrero de 1778. Era hijo del oficial español Juan de San Martín -designado Teniente de Gobernador de las misiones- y de Gregoria Matorras, de igual nacionalidad.

A los ocho años de edad fue llevado a España por sus padres e ingresó como alumno en el Seminario de Nobles de Madrid para continuar con el aprendizaje de las primeras letras.

En Julio de 1789 José de San Martín inició su carrera militar en el regimiento de Murcia, sentando plaza de cadete. “El uniforme -escribe el historiador Mitre- era celeste y blanco y el joven aspirante vistió con él los colores que treinta años después debía pasear en triunfo por la mitad de un continente”.

Con su regimiento, San Martín debió trasladarse al Africa y allí hizo su bautismo de fuego al defender valerosamente la Ciudad de Orán contra un sitio de los moros.

En 1793 regresó a España y luchó contra la invasión de los franceses bajo las órdenes del ilustre general Antonio Ricardos y Carrillo; por su destacado comportamiento fue ascendido a subteniente del regimiento de Murcia.

Poco después, el joven oficial también conoció la lucha en el mar, pues su regimiento embarcó en la flota española y se batió contra los británicos en la batalla del Cabo de San Vicente (Febrero de 1797).

Concluyó su experiencia marina cuando la embarcación en que navegaba -”La Dorotea”- fue apresada por un barco inglés y, tras fuerte resistencia, San Martín cayó prisionero con los demás tripulantes.

En 1801 participó de la guerra declarada por España a Portugal, como segundo capitán del Batallón de Voluntarios de Campo Mayor; en su foja de servicios consta el honroso desempeño que le cupo. Concluida la campaña regresó a Cádiz y allí soportó la terrible epidemia de cólera de 1804, que puso a prueba su hombría y elevados sentimientos.

San Martín inició una nueva etapa de su vida cuando se puso en contacto con los ideales liberales que en esa época se esparcían por Europa. Luego ingresó en la Logia Lautaro, sociedad secreta de acción libertadora que era una filial de la Gran Reunión Americana fundada en Londres por el precursor Francisco Miranda.

En Mayo de 1808 el pueblo español se levantó en armas contra los ejércitos de ocupación franceses y en Cádiz le tocó a San Martín observar los excesos de la multitud que culminaron con el asesinato del gobernador de dicha plaza, general Francisco Solano Ortiz. La tragedia impresionó su espíritu y desde ese momento nunca justificó los actos incontrolados de la muchedumbre.

Más tarde, San Martín luchó valerosamente contra las ejércitos napoleónicos en la batalla de Arjonilla, donde salvó la vida gracias a la intervención de uno de sus hombres. En Julio de 1808 tuvo destacada actuación en la batalla de Bailén y fue ascendido a teniente coronel; en Mayo de 1811 volvió a enfrentar a las tropas francesas en la batalla de Albuera.

Después del último combate, San Martín dio un nuevo rumbo a su existencia al seguir el llamado de su patria -que se había levantado contra la metrópoli- y abrazar la causa de la emancipación americana. Había combatido por tierra y por mar veintiún años en favor de España pero juzgó llegado el momento de obedecer al dictamen de su conciencia.

“Sin tener más que una vaga idea del verdadero estado de la lucha en América -escribe su contemporáneo el general Guillermo Miller- resolvió marchar a serle tan útil como pudiera”.

San Martín solicitó su retiro del Ejército español y, al mismo tiempo, la autorización para trasladarse al Perú, con el pretexto de atender intereses personales. Concedida la baja, a mediados de Septiembre zarpó de Cádiz pero con destino a Inglaterra, luego de aceptar la valiosa ayuda del noble escocés Lord Macduff.

En Londres trabó amistad con varios americanos, entre ellos Manuel Moreno -hermano del “numen de la revolución”-; Tomás Guido; y el venezolano Andrés Bello. Estos jóvenes pertenecían a la sociedad secreta fundada por Miranda, que era matriz de la que funcionaba en Cádiz.

San Martín no trajo otros títulos que no fueran su destacada actuación militar en la Península; más -por tal causa- su presencia en Buenos Aires despertó recelos en los miembros del Triunvirato. Sin embargo, disipadas las dudas, el 16 de Marzo de 1812 fue reconocido en su grado de teniente coronel.

A esta altura de la vida San Martín era un hombre de vigorosa contextura física, bien proporcionado y de rasgos atrayentes(1). A mediados de Noviembre casó con María de los Remedios Escalada, joven de quince años que pertenecía a una distinguida familia.

(1) El general Gerónimo Espejo -oficial del Ejército Libertador- describió en esta forma al héroe máximo argentino: “San Martín era de una estatura más que regular; su color moreno, tostado por la intemperie; nariz aguileña, grande y curva; ojos negros grandes y pestañas largas; su mirada era vivísima, ni un solo momento estaban quietos aquellos ojos, era una vibración continua la de aquella vista de águila. Este conjunto era armonizado por cierto aire risueño, que le captaba muchas simpatías.
“El grueso del cuerpo era proporcional al de su estatura y además muy derecho, garboso, de pecho saliente; tenía cierta estructura que revelaba al hombre robusto, al soldado de campaña”. // “Historia Argentina”, de José Cosmelli Ibáñez. // Editorial Troquel, Buenos Aires.

- El Regimiento de Granaderos a Caballo

El Gobierno encomendó a San Martín la organización de un escuadrón de caballería y designó segundos jefes a Alvear y a Zapiola, sus compañeros de viaje. Así surgió -el más tarde- famoso Regimiento de Granaderos a Caballo, cuyo cuartel se estableció en el Retiro, al norte de la Ciudad de Buenos Aires.

San Martín eligió uno a uno los oficiales y soldados, todos ellos jóvenes de alta talla, física y moralmente sanos. Les enseñó en persona el manejo de las armas y su experiencia guerrera, a la vez que los dotó de un vistoso uniforme.

“El jefe -escribe Ricardo Rojas- viste uniforme de paño azul con vivos rojos, botas de cuero opaco, sable corvo, espuelas y falucho forrado de hule”.

San Martín inculcó en sus hombres el culto de la dignidad y del coraje para lo cual reglamentó un código de honor destinado a los oficiales del regimiento y que castigaba, entre otras faltas, la cobardía en acción de guerra.

Mensualmente se reunía en un tribunal destinado a vigilar el estricto cumplimiento del código. De esta manera se forjó el heroico Cuerpo que debía derramar su sangre en las luchas por la independencia.

- La Logia Lautaro. San Martín y Alvear

El 9 de Marzo de 1812 habían llegado a bordo de una fragata inglesa procedente de Londres un grupo de americanos que habían actuado como oficiales de los ejércitos españoles, que en uno u otro momento habían estado vinculados a logias masónicas y que habían vivido en España las luchas ideológicas que sacudían la Península y compartido con otros americanos las ansias de una América libre del régimen colonial.

El de mayor graduación y de ideas más claras era el teniente coronel José Francisco de San Martín(2), quien era también la personalidad más vigorosa.

(2) José de San Martín (n. Yapeyú, Corrientes, 1778; m. Boulogne sur Mer, Francia, 1850) ofrece al historiador una personalidad atrayente y compleja. La nota dominante de ella es su claridad en la elección de los objetivos y su férrea voluntad para alcanzarlos unido todo a un estricto sentido moral que le impuso un camino de sacrificios personales ordenados al cumplimiento de la misión política que se había impuesto: la liberación de América. Militar desde los trece años, fue un profesional en el mejor sentido de la palabra, buen conductor, estratego y táctico. Conocía a los hombres y sabía manejarlos. De allí su fina sensibilidad para la política, la que practicó en 1812; en 1815, en sus relaciones con el Directorio y los caudillos; con el Gobierno de Chile; y en su propio Gobierno del Perú. Sobrio en sus actitudes y de carácter serio, no tenía la adustez que le ha arrogado el mito broncíneo. Era reacio a la vida mundana pero buen animador de pequeñas reuniones, conversador con humor y gracejo que no rehuía el uso oportuno de alguna palabra gruesa. Su salud fue pobre -sufría de asma, reumatismo y úlcera estomacal- y su economía personal no tuvo otro sustento que sus sueldos militares y una propiedad que le obsequió el Gobierno de Cuyo. Pero metódico y voluntarioso se sobrepuso a los males de su cuerpo y de su bolsillo y logró vivir largos años con estrechez pero sin penurias económicas excesivas. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce en “Historia de los Argentinos”.

Vinculado a las logias españolas y a algunos masones ingleses, iniciado él mismo en la masonería, comprendió que la única manera de realizar la emancipación de Sudamérica consistía en lograr unidad política y fuerza militar en lo interior y la alianza o la condescendencia de Inglaterra en el plano internacional.

Para él la revolución emancipadora era americana y la necesidad de una unidad política comprendía a todo el continente hispanoamericano. Con San Martín llegaron también los alféreces José Matías Zapiola y Carlos de Alvear, este último joven turbulento y ambicioso que pronto tendría relevante papel en el proceso político.

Estos tres hombres percibieron rápidamente las deficiencias políticas, la falta de poder y el espíritu estrecho del Gobierno y constituyeron una sociedad secreta que -con el nombre de Logia Lautaro- comenzó a trabajar por los ideales de independencia nacional y unidad política.

Lógicamente estos planes significaban una sustitución del Gobierno y hacia ello se orientó la acción de la Logia que reclutaba mientras tanto a aquellos hombres que consideraba más adecuados a sus fines.

Se ha discutido largamente si la Logia Lautaro era masónica o no. Ricardo Piccirilli hace en una de sus obras un buen inventario de las opiniones emitidas(3).

(3) Ricardo Piccirilli. “San Martín y la Política de los Pueblos”, Buenos Aires, Gure (1956). // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce en “Historia de los Argentinos”.

La de Bartolomé Mitre -recogida de uno de los sobrevivientes de la Logia, Zapiola- sigue constituyendo el mejor indicio: la Lautaro había adoptado las formas exteriores de la masonería, lo que importa decir que no lo era en su esencia y espíritu.

A poco de su arribo San Martín consideró indispensable organizar y disciplinar las fuerzas políticas para dar unidad al movimiento revolucionario. A mediados de 1812 fundó -con Alvear y Zapiola- la Logia Lautaro, sociedad secreta con fines exclusivamente políticos. Sus integrantes se propusieron trabajar por “la independencia de América y su felicidad, obrando con honor y procediendo con justicia”.

La Logia -semejante a la creada por Miranda en Inglaterra- tomó de la masonería su misterio, disciplina, jerarquía y algunos símbolos. “Los afiliados -escribe Mitre- se daban el título de Hermanos y su leyenda mística estaba simbolizada por estas tres letras: U. F. V. que quieren decir: Unión, Fe, Victoria”.

Los miembros de la Logia Lautaro estaban ligados a misteriosos vínculos que mantuvieron en secreto hasta la muerte. Datos de interés sobre la constitución de esa sociedad se conocieron cuando, muerto Bernardo O’Higgins, se hallaron entre sus papeles varios documentos aclaratorios.

En el grado de iniciación el juramento era el siguiente: “trabajar por la independencia americana”, y en el segundo se exigía “la profesión de fe del dogma republicano”.

Los integrantes de la Logia debían ser americanos y además de juramentarse mutua ayuda, estaban obligados a consultar la voluntad del organismo en caso de ocupar -cualquiera de ellos- un cargo público.

La sociedad secreta sostenía dos principios básicos: Independencia y Constitución republicana, por lo tanto, sería opositora de toda autoridad que no los respetara. Por esta causa no tardó en enfrentar al Triunvirato dirigido en esas épocas con mano firme por Barnardino Rivadavia.

La Logia Lautaro y la Sociedad Patriótica unificaron su acción contra el Gobierno pero utilizaron distintos procedimientos: la primera actuaba en secreto, mientras la agrupación de Monteagudo trabajaba públicamente, a través del periodismo, de reuniones, etcétera.

El Triunvirato estaba integrado entonces por Manuel de Sarratea, cuyo período terminaba en Octubre; Juan Martín de Pueyrredón, que bregaba por un acercamiento con Francia en vez de apoyarse en Inglaterra; y Barnardino Rivadavia, suplente de Chiclana, que había renunciado.

Se hacía necesaria una nueva Asamblea para elegir al sucesor de Sarratea y ése fue el momento elegido por la Logia para derribar al Gobierno a cuyo fin logró el apoyo de la Sociedad Patriótica, los ex morenistas, más maduros, agrupados en torno a Juan José Paso y las fuerzas armadas.

- La revuelta del 8 de Octubre de 1812

A mediados de 1812, el desprestigio del Triunvirato era público. La activa oposición -encabezada por la Logia Lautaro y la Sociedad Patriótica- censuraba el marcado centralismo del Gobierno y lo acusaba de querer perpetuarse en el mando al demorar la convocatoria de un Congreso General.

A las dificultades de orden político se sumaba la grave situación del Ejército del Norte, asediado por el enemigo. Gran descontento produjo la orden enviada desde Buenos Aires al general Manuel Belgrano para que se retirara con sus tropas sin librar combate.

- Se convoca a una nueva Asamblea

Presionado por sus adversarios, el Triunvirato convocó a los cabildos del Interior -el 3 de Junio de 1812- para que enviaran Representantes ante una nueva Asamblea, que reemplazaría a la disuelta en los primeros días de Abril.

Los diputados provinciales debían concurrir a Buenos Aires para integrar una Asamblea electoral dispuesta a sancionar una ley a fin de reunir -más tarde- una Asamblea Constituyente. De tal manera, se pretendía reemplazar a la última -que todos anhelaban- por una simple Asamblea de carácter electoral.

El Triunvirato dispuso que el Cabildo de Buenos Aires debía elegir los diputados por la capital y también examinar los poderes de los representantes del Interior; en este último caso, el Ayuntamiento estaba facultado para rechazar a cualquiera de ellos y nombrar el suplente.

Mendoza eligió diputado a Monteagudo -residente en Buenos Aires y candidato de la Logia- pero su designación no fue aceptada por el Gobierno quien lo comunicó al Cabildo para que éste nombrara a un reemplazante(4); también fueron rechazados los representantes de Salta y Jujuy.

(4) Fue designado José Antonio Villanueva, partidario de Rivadavia. El Cabildo de Mendoza protestó contra el centralismo de Buenos Aires, “cuyo Cabildo -dice el documento- no tiene jurisdicción alguna sobre la Ciudad de Mendoza”. // “Historia Argentina”, de José Cosmelli Ibáñez. // Editorial Troquel, Buenos Aires.

- El movimiento. El segundo Triunvirato

La Asamblea fue convocada para el 6 de Octubre de 1812. El 5 de Octubre de 1812 llegó a Buenos Aires la noticia de la victoria del general Manuel Belgrano en Tucumán, pero el triunfo benefició a la oposición, por cuanto era público que el vencedor había desobedecido órdenes expresas del Triunvirato. Belgrano, desobedeciendo abiertamente las órdenes del Gobierno de replegarse sobre Córdoba, había batido en las afueras de Tucumán al ejército realista, que ahora se retiraba hacia el Norte. La victoria de Belgrano -obtenida a su propio riesgo y cuenta- no hizo sino subrayar el desacierto de las medidas del Triunvirato.

El 6 de Octubre se reunió la Asamblea Electoral y designó triunviro -en reemplazo de Manuel de Sarratea que había cesado- al doctor Pedro Medrano. Este era el candidato sostenido por Rivadavia y, por tal motivo, los opositores demostraron su indignación y el descontento se hizo general.

Ante el curso de los sucesos los componentes de la Logia Lautaro organizaron una rebelión. Al amanecer del 8 de Octubre se presentaron en la Plaza de la Victoria las tropas de la guarnición: el cuerpo de Granaderos a Caballo(5), a las órdenes de José de San Martín; el regimiento Nro. 2, dirigido por Francisco Ortiz de Ocampo; y la artillería del comandante Manuel Guillermo Pinto. Numeroso público acompañaba a estos efectivos, grupos civiles que exigían cabildo abierto.

(5) El creado por San Martín con la colaboración de Alvear y Zapiola.

Monteagudo presentó al Cabildo un petitorio que acusaba al Triunvirato y a la Asamblea del crimen de la libertad civil, pedía el cese del Gobierno y que el Cabildo reasumiera la autoridad que se le había delegado el 22 de Mayo de 1810.

Los sediciosos convocaron a un cabildo abierto y entregaron el citado petitorio donde exigían: “que en el acto se suspendiera la Asamblea y cesara el Gobierno en sus funciones y, reasumiendo la autoridad de que fuera investido por el pueblo el 22 de Mayo de 1810, creara un Ejecutivo compuesto por las personas más dignas del sufragio público, debiendo convocarse a una Asamblea General Extraordinaria en el preciso término de noventa días”.

- Segundo Triunvirato

El Cabildo accedió a lo solicitado y urgido por los jefes militares que temían una complicación de la situación nombró -para ejercer un nuevo Gobierno provisional hasta la reunión de la Asamblea- triunviros a Juan José Paso, Nicolás Rodríguez Peña y Antonio Alvarez Jonte, elección que fue sometida luego a la aprobación popular.

El objetivo inmediato del nuevo Gobierno fue llamar a una Asamblea Nacional en la que los pueblos estuviesen auténticamente representados y que definiese el sistema con que las Provincias Unidas debían “aparecer en el teatro de las naciones”, como dijo en su primera Proclama. Y en ella agregaba: “El eterno cautiverio del señor don Fernando VII ha hecho desaparecer sus últimos derechos con los postreros deberes y esperanzas”.

El nuevo Gobierno marchaba rectamente hacia la Independencia.

Con el movimiento de Octubre de 1812 había quedado sin efecto el Estatuto Provisorio que atribuía al pueblo de Buenos Aires un dominio total de la Asamblea. La que ahora se convocaba por el segundo Triunvirato se proyectaba sobre bases que aseguraban una representación más equilibrada al Interior pero, sea por dificultades financieras para enviar diputados a la Capital, por confianza en el nuevo Gobierno o -en fin- por influencias personales o de grupos, la verdad es que ese propósito se frustró en parte pues no pocos hombres de Buenos Aires representaron a las provincias.

Sus miembros más destacados fueron: Juan Larrea, Hipólito Vieytes, Pedro José Agrelo, Gervasio Antonio de Posadas, Bernardo de Monteagudo, José Ignacio Alvarez Thomas, Vicente López y Planes, Valentín Gómez y Juan Ramón Balcarce, en tanto que el provinciano más brillante de la Asamblea fue el doctor José Pedro de Ugarteche.

Este segundo Triunvirato gobernó con acierto y orientó el país de acuerdo con los propósitos de la Logia Lautaro: Independencia y Constitución.

“La revolución del 8 de Octubre de 1812 -escribe Mitre- fue como la del 25 de Mayo esencialmente nacional y democrática en su tendencia.

“Esta fue la primera vez que se vio a San Martín tomar parte directa en un movimiento revolucionario y sólo por accidente una vez más tomó parte indirecta en la caída de un Gobierno. Encaminada la revolución y establecida la disciplina de la Logia creada por él, se alejó para siempre de los partidos militantes en la política doméstica, consagrándose exclusivamente a la realización de sus planes militares contra el enemigo común”.

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