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Desconcierto en la élite política correntina

El primer contacto que tuvo la futura provincia con el “exterior” fue la expedición de Manuel Belgrano que iba al Paraguay a auxiliar a supuestos patriotas “oprimidos por el poder español”, como decía la muletilla entonces en boga(1).

(1) La revolución americana que concluyó con el separatismo y la creación de nuevas nacionalidades fue -al comienzo- una guerra civil, de causas menos románticas o ideológicas que las que se propalan por pretenciosos escritores; y en su génesis influyeron varios factores, unos en mayor proporción que otros, pero condicionados todos por la ola de fondo que venía desde la revolución de las colonias inglesas de Norteamérica, enormemente agrandada por el estado de conmoción que la Revolución Francesa produjo en Europa. No nos proponemos, naturalmente, estudiar el asunto, ni éste sería el lugar indicado para ello, pero es necesario hacer algunas consideraciones -intrascendentes pero convenientes- para puntualizar algunas verdades, puede que conocidas pero, en todo caso, a menudo olvidadas. La “barbarie” y la “opresión española” no existían en América, por lo menos como circunstancia especial a España. Había barbarie -en el sentido de incultura- en todo el siglo XVIII por lo que respecta a la instrucción de las masas, si se le compara con los que le siguieron, pero no sólo en España, sino en toda Europa. El analfabetismo de las clases inferiores españolas no se diferenciaba del de las inglesas, francesas o alemanas, así como la cultura de las capas superiores, también se desarrollaba en la misma forma, aunque tal vez con directivas diferentes, propias de cada país y de cada raza. Al hablar de la “barbarie española”, los que la mencionan de acuerdo con el esquema sarmientista, parecen dar a entender tácitamente que en los demás países había una universidad en cada aldea, o poco menos. No dicen, o no saben, lo restringido que era en todas partes lo que hoy llamamos “instrucción primaria” que, en lo más adelantado de Europa, sólo se daba rudimentariamente en escasas escuelas comunales o conventuales: a les destinados a la Iglesia o a los hijos de familias pudientes que podían darse ese “lujo” que, como tal, era considerada por las clases rurales y el proletariado de ciudades y villas. España dio a América todo lo que se dio a sí misma en materia de cultura, sólo que la vasta extensión territorial de sus posesiones le impidió hacerlo con la intensidad -en el sentido de cantidad- que hubiera sido de desear. No podía pues dar más. Pero ¿qué más dio Inglaterra a sus colonias de Norteamérica? Dio mucho menos, pues quisiéramos saber dónde hubo allí una universidad, no ya de Chuquisaca, pero siquiera de Córdoba. Tampoco había “opresión española” en el sentido de un estado de fuerza dominando un país rebelde. Jamás España tuvo lo que hoy llamaríamos ejército de ocupación. Su dominación se asentaba sobre bases espirituales; el rey “nuestro señor”, era amo y señor aceptado, sin resistencia íntima, sin rebeldías. Estos son hechos, no teorías. // Citado por Justo Díaz de Vivar. "Las Luchas por el Federalismo", Buenos Aires (1935). Ed. por Viau y Zona.

Belgrano cruzó la provincia encontrando auxiliadores en todas partes y en todas las clases sociales. Es interesante constatar un hecho: en todo el país argentino, el pueblo, la masa anónima, analfabeta, tenía en ese momento un positivo sentido de autodeterminación.

Sería carne de cañón, sea, pero lo sería acompañando una enseña moral que él ha elegido con ese certero y oscuro sentido que posee y que sirve para compensar el terrible “handicap” con que lo recargan la ignorancia y las pasiones violentas de su primitividad. Estaría al lado de sus “paisanos”; de los que él veía vestir, hablar y sentir como él; de los que eran “jinetazos” y decían vos en lugar de tú.

Aquí no se vio -como en Perú y Venezuela- combatientes de completa indiferencia por la causa por la que luchaban, sirviendo alternativamente a una u otra.

En el Perú, las filas realistas eran llenadas por la gleba hija del país; los regimientos peninsulares fueron escasos y tardíamente llegados; la recluta local era la que proveía la masa de las tropas.

En Venezuela, los “llaneros” se iban en recuas con José Tomás Boves o con José Antonio Páez; con “el rey” o con “la patria”, indiferentemente; se diría que sólo los llevaba a las filas el amor al pillaje o la haraganería del campamento.

No parecía haber en el motivo de su alzamiento lo que llamaríamos una idea central, que el del paisanaje argentino contiene: “la patria”; que siente intensa, oscuramente, aunque sólo sepa definirla con ese gesto mudo con que el héroe anónimo, moribundo, contesta al jefe español que lo interpela sobre esa posición espiritual subjetiva, en “La Guerra Gaucha”, de Leopoldo Lugones.

El pueblo -“el soldado desconocido”-  para emplear la frase en moda, dio aquí su abnegado y desinteresado esfuerzo a la patria, y sólo a ella. Sus ejércitos acrecían con voluntarios en el trayecto de sus campañas; daba su pleno concurso a las partidas volantes. En cambio, los que pretendía levantar la reacción (caso de Santiago de Liniers), se disolvían por la deserción.

Esa era también la “realidad” de los gauchos correntinos. Por ellos pudo atravesar Belgrano, con su impedimenta, esos desiertos fangosos e hirsutos. También la ciudad lo ayudó. Le entregó su pobre arsenal; sus compañías de caballería e infantería; sus bastimentos; su dinero.

En un solo pedido -dice Mantilla- se le remitió 4.000 pesos plata y hay que pensar en lo que eso significaba para una economía pobre como la de entonces. Es conmovedor leer el relato de las ofertas de las pobres alhajas, para “la patria” de las señoras y niñas.

¿Y qué resultó de este primer contacto con los hombres del nuevo Gobierno? Algo desconcertante, que debió tener gran influencia en el futuro. Corrientes quedó inerme e indefensa al retirarse el ejército expedicionario pues su armamento -desde el de su pequeño arsenal- hasta las armas de fuego de propiedad privada, se fueron con Belgrano, y éste no dejó en su reemplazo y en medidas de defensa -así como en otros particulares- sino promesas, que naturalmente no fueron cumplidas.

No puede reprocharse a la Junta de Buenos Aires esta conducta; no era que no quisiera, era que no podía y que atenciones más perentorias reclamaban su actividad y sus recursos. Pero no es menos cierto que la impresión de tal abandono debió crear en los correntinos la idea de que en la tormenta sólo debían fiar en sus propias fuerzas para defenderse(2).

(2) Material extraído de Justo Díaz de Vivar. "Las Luchas por el Federalismo", Buenos Aires (1935). Ed. por Viau y Zona.

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