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Plan de Operaciones de Mayo

La casualidad es un escondido y misterioso atajo que suele llevar a los investigadores a los mas insólitos descubrimientos. Algo parecido tuvo derecho a pensar el ingeniero Eduardo Madero cuando, a fines del siglo XIX, encontró en el Archivo de Indias de Sevilla una serie de documentos que hablaban de un explosivo plan de operaciones, cuyo autor sería Mariano Moreno(1).

(1) Miguel Angel Scenna. “Plan de Operaciones de Mayo” (1988), en “500 Años de Historia Argentina”, con la dirección de Félix Luna. Publicado por Editorial Abril, con la revista “Siete Días”.

Verdadera casualidad, porque lo que buscaba Madero en Sevilla no tenía nada que ver con Moreno ni con la Primera Junta. Lo que estaba investigando era la historia del Puerto de Buenos Aires, cuando le salió al paso ese elefante blanco. Y en verdad lo era.

El dossier incluía copia de una nota de Manuel Belgrano, fechada el 15 de Julio de 1810, solicitando a la Junta se planificara la acción revolucionaria con miras a determinados fines específicos, enumerados en nueve artículos; el Acta del acuerdo secreto en que la Junta consideró la proposición, el 17 de Julio; el resultado de la votación, también secreta, por la que se nombró a Mariano Moreno redactor de dicho plan; copia del Oficio que se le pasó a Moreno comunicándole la designación el 18 de Julio, más el juramento del Secretario efectuado el mismo día y, finalmente, un extenso y urticante documento, con fecha 30 de Agosto, titulado: “Plano que manifiesta el método de las Operaciones que el nuevo Gobierno Provisional de las Provincias Unidas del Río de la Plata deve poner en práctica hasta consolidar el grande sistema de la obra de nuestra Libertad e Independencia”.

Como Madero no supo qué hacer con el inesperado regalo del destino, ajeno a sus propios rastreos, envió una copia del hallazgo al general Bartolomé Mitre, para que dictaminara al respecto y lo utilizara como creyera conveniente.

Mitre no dudó de la autenticidad del documento y sabiendo que El Ateneo -institución cultural porteña- preparaba una edición de las obras de Moreno, comunicó la existencia del Plan para que fuera incluido en las mismas.

Encargado de recopilar los escritos morenianos era Norberto Piñero pero, en el intervalo, Mitre perdió las copias en su poder, debiendo solicitarse otras a España por vía diplomática. Tanto como Mitre, Piñero estaba convencido de la autenticidad del Plan, y así lo presentó en sus “Escritos de Mariano Moreno”, que apareció en Buenos Aires en 1896. Creía contribuir -de esa manera- al acervo histórico nacional y es indudable que ni remotamente sospechó la andanada que se le venía encima.

Por entonces reinaba indiscutida en el Olimpo intelectual la irascible e intocable figura de Paul Groussac. Tan pronto como leyó el Plan, enarboló el temible cuchillo de su acerada crítica, lo afiló en la chaira de su ironía y se dio a demoler implacablemente a Piñero, sin eludir referencias personales ni estocadas a fondo, intentando demostrar que ese Plan, que aquel buen señor atribuía a Moreno, no pasaba de ser una triste superchería, una evidente falsedad que sólo Pinero podía tragar.

Aclaremos que entre Groussac y Piñero mediaba un valle de mutua aversión y antipatía, pero ello difícilmente justifique los ataques personales con que el francés espolvoreó sus referencias eruditas.

Las impugnaciones de Groussac pretendían ser terminantes: en primer lugar, el documento, supuestamente fechado el 30 de Agosto de 1810, habla de las Provincias Unidas del Río de la Plata, nombre que recién se empleó a partir de 1811, cuando ya Moreno era finado; en segundo término, cita a Artigas y a Rondeau, para un momento en que el primero estaba en las filas realistas y el segundo no había llegado a Montevideo desde España.

Además, no era ninguna novedad ese supuesto Plan: ya en 1829 el historiador español Torrente lo había publicado fragmentariamente con el transparente propósito de desprestigiar la causa americana, lo cual venía a ser una prueba suplementaria de su falsedad.

En suma, jamás Moreno había elaborado nada por el estilo y todo no pasaba de un tosco fraude, obra de “algún chapucero español, errante por aquí”, redactado por encargo de otro marrullero.

Groussac dejó la pluma considerando concluido el asunto y a Piñero. Pero éste replicó en 1897, plantándose frente al tremendo francés, pulverizando algunas de sus afirmaciones y reiterando su primitiva posición: el Plan es auténtico y fue elaborado por Moreno en persona.

En 1898 nueva aparición de Groussac. Ha tenido en cuenta los sólidos argumentos de Piñero, dejando de lado el tono displicente, casi despectivo, del primer artículo.

Más aún, son claras las concesiones que se ve obligado a reconocer. Por ejemplo, ya no es un chapucero español el presuntuoso autor, sino un ardiente patriota. Groussac ha leído más detenidamente el Plan, llegando a la honesta conclusión de que, por su contextura, sólo puede corresponder a la pluma de un revolucionario de ley.

Pero, como hasta ahí nomás llega y se niega a aceptar la autoría de Moreno, supone que el redactor de la falsificación fue un “partidario terrible y exaltado” del Secretario de la Junta, y ya metido en el callejón sin salida de su propio razonamiento, concluye desalentado: “Es posible que el Plan sea el aborto de un patriota desconocido y que el enigma sea indescifrable porque no tiene sentido”.

De ese modo se inició una polémica aún no agotada y que lleva movilizados batallones de historiadores en favor de una u otra posición. ¿Apócrifo? ¿Auténtico? Lo más llamativo de la divergencia es que ha suscitado -como pocas- la falta de mesura entre los participantes, como si la tónica de los comienzos entre Groussac y Piñero esté destinada a perpetuarse mientras los personajes cambian.

Las agrias referencias personales son tan frecuentes como los avinagrados párrafos destinados a demostrar la falta de método del oponente, sin faltar las irónicas alusiones al modo de pensar ajeno ni las despiadadas denuncias de errores gramaticales en el adversario.

Historiadores serios, solemnes como un busto de Sarmiento, se han mostrado los dientes con siniestras intenciones, han dudado mutuamente de sus capacidades profesionales y se han intercambiado flechas envenenadas con deportivo entusiasmo, sin cesar de arrojarse flores, claro que con la maceta puesta.

- El Plan político

Antes de continuar es conveniente conocer un poco más de cerca el controvertido documento y la suerte que corrió de acuerdo a los que aseguran su autenticidad. Es tan extenso que sólo podemos presentarlo muy fragmentariamente, extrayendo algunos puntos sobresalientes.

Por otra parte, ha sido publicado íntegro y el lector no tendrá trabajo en consultarlo. Presenta un Preámbulo y nueve artículos, que se ajustan estrictamente a los nueve de la propuesta elevada por Belgrano.

El Preámbulo, destinado a las consideraciones generales, dice cosas como la siguiente:

“El hombre en ciertos casos es hijo del rigor, y nada hemos de conseguir con la benevolencia y la moderación ... La moderación fuera de tiempo no es cordura ni es una verdad; al contrario, es una debilidad cuando se adopta un sistema que sus circunstancias no lo requieren; jamás, en ningún tiempo de revolución, se vio adoptada por los gobernantes la moderación ni la tolerancia; el menor pensamiento de un hombre que sea contrario a un nuevo sistema es un delito por la influencia y por el estrago que puede causar con su ejemplo, y su castigo es irremediable.

“Los cimientos de una nueva República nunca se han cimentado sino con el rigor y el castigo, mezclado con la sangre derramada de todos aquellos miembros que pudieran impedir sus progresos... Si no se dirige bien una revolución, si el espíritu de intriga, ambición y egoismo sofoca el de la defensa de la patria, en una palabra, si el interés privado se prefiere al bien general, el noble sacudimiento de una Nación es la fuente más fecunda de todos los excesos y del trastorno del orden social.

“Lejos de conseguirse -entonces- el nuevo establecimiento y la tranquilidad interior del Estado, que es en todo tiempo el objeto de los buenos, se cae en la más horrenda anarquía...

"No se me podrá negar que en la tormenta se maniobra fuera de regla, y que el piloto que salva el bajel, sea como fuere, es acreedor a las alabanzas y a los premios; este principio es indudable, máxime cuando se ciñe a la necesidad absoluta como único medio para la consecución de lo que se solicita”.

Sigue el artículo 1ro. que, dividido en veinte incisos, propicia una conducción drástica de la revolución, dividiendo a los ciudadanos en tres categorías: “los adictos al sistema que se defiende”; “los enemigos declarados y conocidos”; y los neutrales, que “son realmente los verdaderos egoistas”.

Auspicia la máxima indulgencia penal y civil para con los partidarios, pues “en tiempo de revolución, ningún otro delito debe castigarse sino el de infidencia y rebelión contra los sagrados derechos de la causa que se establece; y todo lo demás debe disimularse.

“Con los segundos (vale decir con los enemigos declarados) debe observar el Gobierno una conducta muy distinta, y es la más cruel y sanguinaria ... la menor semiprueba de hechos, palabras, etc., contra la causa debe castigarse con pena capital”, especialmente con los enemigos de riqueza, influencia o talento; de no poseer alguna de las tres condiciones, la Junta podía darse el lujo de ser un poco indulgente.

Y mientras no aparecieran, como tales, los posibles enemigos, debían ser estrechamente vigilados gracias a un cuerpo de espías competentes. En una palabra, se les podía dejar provisoriamente la vida, pero otro canto corría con los personajes eminentes: todos los gobernadores, capitanes generales, mariscales, coroneles y brigadieres que cayeran en poder de los revolucionarios debían ser sencillamente decapitados, sin excepción.

Se alentarían las denuncias y delaciones. Claro que por este lado podían esperarse exageraciones, entonces el Plan prescribe:

“... la más mera sospecha denunciada por un patriota contra cualquier individuo ... enemigo, debe ser oída y aún debe dársele alguna satisfacción, suponiendo que sea totalmente infundada...”, es decir, que se debía desterrar por un tiempito o meter en cárcel unos días al inocente para no desanimar al patriótico soplón.

Al tercer grupo -los neutrales- se lo debía vigilar estrechamente mediante espías concienzudos y tratar de ganarlos ofreciéndoles empleos, prebendas o negocios, en buen romance, sobornándolos, sin otorgarles empero plena confianza “hasta penetrar sus intenciones”.

La propaganda, esa poderosa arma, debía cuidarse con esmero, dosificando sabiamente las noticias, las malas para la causa debían ocultarse y, en caso de imperiosa publicación, debían edulcorarse y aún reducir el tiraje de “La Gazeta” en que fuera publicada, para que llegara al menor número posible de lectores.

Los esclavos debían ser libertados, pero con variantes de tono; los de los enemigos pasarían a ser libres sin vuelta de hoja; los de los patriotas, mediante indemnización. Finalmente, toda propaganda se haría en nombre del rey, con Fernando “en la boca ... pues es un ayudante a nuestra causa el más soberbio” y martillar al respecto a tal punto que en el exterior se dude “cuál de ambos partidos sea el verdadero realista”.

El artículo 2do., que consta de veinte incisos, se refiere a los medios de sublevar la Banda Oriental y alcanzar el dominio de Montevideo. Señala la necesidad de atraer a la causa revolucionaria al capitán de blandengues José Gervasio de Artigas y al capitán de dragones José Rondeau. Expone que todas “las fincas, bienes raíces y demás de cualquier clase” de los realistas deben ser confiscados a favor del Erario Público y prescribe:

“Serán desterrados todos los españoles y patricios y demás individuos que no hayan dado alguna prueba de adhesión a la causa con antelación, y los extranjeros, si estando avecindados no justificasen haberse mantenido neutrales, y serán conducidos a los destierros de Malvinas, Patagones y demás destinos que se hallase por conveniente”.

El artículo 3ro., siete incisos, está dedicado a las relaciones con España y a la necesidad de mantener una imagen externa de fernandismo, al tiempo de insistir propagandísticamente en las bondades del Gobierno revolucionario.

Hay en él una afirmación -por lo demás absolutamente exacta- que ha hecho correr mucha tinta en nuestros días: “Desde el Gobierno del último virrey se han arruinado y destruido todos los canales de la felicidad pública, por la concesión de franquicias del comercio libre con los ingleses, el que ha ocasionado muchos quebrantos y perjuicios”.

El artículo 4to., que también consta de siete incisos, se refiere a la conducta a seguir frente a Portugal y Gran Bretaña, las dos potencias con que Buenos Aires se las tenía que ver y, para colmo, aliadas entre sí de modo que habría que manejarse con extrema prudencia.

“Nuestra conducta con Inglaterra y Portugal debe ser benéfica; debemos proteger su comercio, aminorarles los derechos, tolerarlos y preferirlos, aunque suframos algunas extorsiones”, para sofrenarlos en tanto la revolución ganaba terreno. Y tampoco se debía descuidar el soborno “... haciendo sacrificios, debemos atraerlos y ganar las voluntades de los ministros de las Cortes extranjeras ... aunque sea a costa del oro y la plata que es quien todo lo facilita”.

Al mismo tiempo se debía tratar de estorbar la ayuda que Montevideo recibía del Brasil, buscando crear problemas en las relaciones del Puerto oriental con la Corte portuguesa. Señala específicamente cuál es el primer baluarte a conquistar:

“... a costa de proposiciones ventajosas y sacrificios del oro y la plata, no dudemos que guiadas las cosas por el embajador inglés, que es el resorte más esencial y principal que gobierna y dirige, por sus respetos, las operaciones del gabinete del Brasil, alcancemos cuánto queramos”.

Naturalmente, a toda costa debía mantenerse la neutralidad de Inglaterra en la Guerra de la Independencia, y para ello se la debía presentar como guerra civil, enarbolando siempre el nombre de Fernando.

Este artículo incluye una recomendación que le ha valido durísimas críticas a Moreno. Contemplando la necesidad de quebrar la alianza anglo-portuguesa y lograr el apoyo del socio principal, Inglaterra, propone ceder a ésta la isla de Martín García mediante un contrato de arriendo por veinte o veinticinco años.

- El Plan económico

Pasemos por alto el artículo 5to., dividido en dos incisos y referente al desempeño de agentes dentro del ex virreinato, y pasemos al 6to. que, en catorce incisos, señala los arbitrios para allegar y fomentar fondos públicos una vez dominado todo el virreinato, es decir ya cumplida la etapa político-militar.

Insiste en la necesidad de desarrollar una industria nacional y establece como primer principio:

“El mejor Gobierno ... de una Nación es aquél que hace feliz al mayor número de individuos”, y apunta esta reflexión de carácter social: “Las fortunas agigantadas en pocos individuos, a proporción de lo grande de un Estado, no sólo son perniciosas, sino que sirven de ruina a la sociedad civil”.

Y el Secretario de la Junta se pregunta: “¿Qué obstáculos deben impedir al Gobierno, luego de consolidarse el Estado sobre bases fijas y estables, para no adoptar unas providencias que aun cuando parecen duras en una pequeña parte de individuos, por la extorsión que puede causarse a cinco o seis mil mineros (dueños de minas), aparecen después las ventajas públicas que resultan con la fomentación de las fábricas, artes, ingenios y demás establecimientos en favor del Estado y de los individuos que las ocupen en sus trabajos?”

Vale decir que debía procederse a la confiscación de las grandes fortunas y a la expropiación de las riquezas naturales, que en adelante serían explotadas por el Estado. ¿Qué hacer con las sumas confiscadas? Un verdadero plan desarrollista, para emplear un término moderno:

“Una cantidad de doscientos o trescientos millones de pesos, puestos en el centro del Estado para la fomentación de las artes, agricultura, navegación, etc., producirá en pocos años un continente laborioso, instruido y virtuoso, sin necesidad de buscar exteriormente nada de lo que se necesite para la conservación de sus habitantes, no hablando de aquellas manufacturas que, siendo como un vicio corrompido, son de un lujo excesivo e inútil, que deben evitarse, principalmente porque son extranjeras y se venden a más oro de lo que pesan”.

Respecto de la estatización de los productos del subsuelo establece:

“Se prohibe absolutamente que ningún particular trabaje minas de plata u oro, quedando el arbitrio de beneficiarla y sacar sus tesoros por cuenta de la Nación, y esto por el término de diez años (más o menos) imponiendo pena capital y confiscación de bienes ... pues quien tal intentase, robará a todos los miembros del Estado por cuanto queda reservado este ramo para adelantamiento de los fondos públicos y bienes de la sociedad”.

Los dueños de las minas entregarían éstas y las maquinarias de explotación “por sus justas tasaciones’’ y se nombrarían comisiones de expertos para catear y explotar nuevas minas, en un plan intensivo. Y concluye con estas directivas económicas de desarrollo interno:

“Puestas las cosas a la práctica con la eficacia y energía que requiere la causa, hallándose con fondos el Estado, debe procurarse todos los recursos que sea menester introducir, como semillas, fabricantes e instrumentos, y comenzando a poner en movimiento la máquina de los establecimientos para que progresen sus adelantamientos, han de señalarse comisiones para cada ramo separado...’’.

- El Plan internacional

El artículo 7mo., que consta de cuatro incisos, se refiere a las relaciones secretas de los agentes y enviados británicos en Portugal. Es lógica la permanente preocupación en esas dos potencias, ya que ambas concentraban prácticamente el total de las relaciones exteriores del Gobierno revolucionario. Y para colmo eran aliadas.

Podían constituir un obstáculo insuperable para la revolución, por eso Moreno insiste en que todos los talentos y medios disponibles debían ponerse al servicio de una política coherente y afinada a seguir con ellas.

Era imprescindible apartar de Portugal -la enemiga tradicional, y con todos los visos de seguir siéndolo- la influencia británica, y para ello debía buscarse por todos los medios su alianza.

Claro está, sin perder de vista las peculiares características de esta potencia: conocemos en dicha nación, en primer lugar, ser una de las más intrigantes por los respetos del señorío de los mares, y la segunda por dirigirse siempre todas sus relaciones bajo el principio de la extensión de miras mercantilistas, cuya ambición no han podido nunca disimular su carácter...”.

Concluye en que la política antiportuguesa debía llevarse a cabo “por la dirección y conocimiento de la misma Inglaterra”, visto el carácter íntimo de la alianza luso-británica. ¿Alianza? “por mejor decir, la vergonzosa e ignominiosa esclavitud” en que Portugal se encontraba bajo la férula inglesa, desde el traslado de su Corte a Río de Janeiro por cuenta y cargo de la flota británica.

El artículo 8vo., de catorce incisos, continúa los razonamientos del anterior, señalando los medios para reducir el potencial de Brasil. Se debían enviar agentes a esa colonia portuguesa para sublevarla, anarquizarla y dividirla, al punto de poder al cabo proponer a Inglaterra una intervención y reparto de esos extensos territorios.

A ese fin, la revolución debía reconquistar las Misiones Orientales -ocupadas ilegalmente desde 1801- y proceder luego a la conquista de Río Grande del Sur buscando la definitiva división política del resto. Presenta un coherente plan de conquista; la revolución debería disponer de 6.000 hombres en la frontera de la Banda Oriental, 4.000 en Montevideo y una caballería miliciana de 6.000 plazas.

En Corrientes y Misiones Occidentales, 2.000 de tropas de línea reforzadas por 3.000 milicianos, y en Paraguay 1.000 de línea más 4 ó 5.000 de milicias. Al mismo tiempo llenaríase Río Grande de agentes secretos, sin perjuicio de continuar amabilísimas relaciones, inclusive con propuesta de Tratados con la Corte de Río de Janeiro.

Una vez lograda la rebelión de Río Grande, las tropas acantonadas en la frontera avanzarían ocupando el territorio. “Para esta empresa no deben cerrarse las arcas, ni escasear sus Tesoros, pues con ocho o diez millones de pesos creo que la empresa no ofrecerá dificultad”.

El artículo 9no. y último, que consta de doce incisos, se refiere a los medios de consolidar la revolución una vez reconocida por Portugal, Inglaterra y las principales potencias. Esos fines de consolidación iban estrechamente unidos a la necesidad de desmembrar a Brasil.

Una vez ganado Río Grande, era menester eliminar los problemas de minorías que allí pudieran plantearse, de manera que el Gobierno debía buscar y alentar un intercambio de poblaciones, fomentando el traslado de los riograndenses al Interior del ex virreinato y a su vez la repoblación de la nueva provincia con gentes del Interior, ofreciendo para ello todas las facilidades, pagándoles el viaje a los interesados, dándoles carretas y animales, fijándoles tierras de acuerdo a las familias, además de semillas y herramientas, con el único compromiso de permanecer en ellas diez años, tras lo cual entrarían en posesión definitiva de las mismas sin otro gasto supletorio, pudiendo en adelante disponer de ellas libremente.

Al tiempo que se poblaba Río Grande con gente de viejo tronco español, se debían abrir escuelas y mandar maestros para difundir e imponer la lengua castellana en los nuevos territorios.

Tal era el Plan que, según consta en las copias llegadas a nosotros, fue jurado y aprobado por los miembros de la Junta de Mayo.

- Las copias conocidas

El texto del Plan hallado por Madero en Sevilla fue -por largo tiempo- el único conocido por los historiadores pero, al cabo, vino a demostrarse que sólo es un miembro de una extensa familia que aparentemente no hemos terminado de conocer.

Siempre de acuerdo a los caprichos de la casualidad, apareció otra copia en la Biblioteca Nacional de Madrid, a la que luego se agregó una tercera, que apareció en manos de unos libreros y anticuarios ingleses que, finalmente, la vendieron a la Universidad de Michigan, donde ahora se conserva.

Tiempo después emerge una cuarta copia, en el Museo Imperial de Petrópolis, Brasil, y por último es hallada la quinta aquí nomás, en el Archivo General de la Nación, Buenos Aires, en la Colección Lavradío.

Dada esta floración de ejemplares, no sería extraño que se fueran encontrando algunas más, en depositorios americanos o europeos. Entre los conocidos hay ligeras variantes de texto, e inclusive de título.

A modo de ejemplo diremos que mientras la copia de Sevilla es encabezada con la palabra “Plano”, francamente portuguesa, las otras emplean el término “Plan”, indiscutiblemente español.

¿Cómo se explica la presencia de tantas copias en lugares tan diversos? Podemos rastrear su proliferación a raíz de algunas aclaraciones que aparecen en anexos agregados a los ejemplares conocidos. El original absoluto del Plan, aquel de puño y letra de Moreno, quedó custodiado en la Caja de Caudales del Fuerte de Buenos Aires, cerrado bajo tres llaves. Se le entregó copia a Moreno, certificada por las firmas de Saavedra y Paso.

Aquel original absoluto ha desaparecido. Pudo ser robado, como ocurrió con otros documentos pese a las tres llaves, o pudo ser destruido, cosa más posible, cuando sus prescripciones perdieron actualidad. Habría quedado entonces la copia en poder de Moreno, que por ser la que dio origen a las posteriores, casi merece el nombre de original.

Cuando el Secretario de la Junta renunció a su cargo y se embarcó rumbo a Inglaterra, dejó sus papeles -entre ellos el Plan- a un íntimo amigo suyo, para que los guardara. Moreno fallece en alta mar y, tiempo después, aquel amigo es desterrado -ignoramos en qué momento ni adónde- por lo cual entrega -a su vez- los documentos en su poder a un tercero de confianza.

Este tercero -cuyo nombre tampoco se aclara- dícese que era español nativo, y no hay razones para dudarlo. Lo dudoso es que fuera tan de fiar como creía el amigo de Moreno, ya que el buen hombre era un espía a sueldo del Gobierno portugués, uno de los muchos que pululaban en Buenos Aires, y se apresuró a enviar el sugestivo Plan a sus pagadores, siendo allí copiado y repartido entre las autoridades portuguesas que, a su vez, enviaron gentilmente copia a las españolas.

Esta habría sido, en resumen, la carrera cumplida por el Plan moreniano.

- Los documentos paralelos

Siempre ha llamado la atención la dureza implacable que destilan los primeros artículos del Plan. Casi diríamos que lo único que han comentado sus exégetas con detención son las facetas sanguinarias que chorrean los mismos.

No faltan los autores que se tapan el rostro escandalizados de horror, o señalan que Moreno era un caso patológico, un maniático bebedor de sangre humana. Muy pocos hablan de las necesidades de Estado que presionaban en ese momento al Gobierno de la revolución, imponiéndole una conducción drástica. Y no se señala debidamente que ese Plan, de ser cierto, no fue asunto personal exclusivo de Moreno, ya que fue jurado, aprobado y adoptado por la Junta entera.

Es muy importante, pues, para examinar la autencidad del Plan, detectar si la Junta obró alguna vez de manera acorde a lo dispuesto por el articulado del mismo, es decir, si la dureza del Plan fue destilada alguna vez por la Junta de Mayo.

Y así es, en efecto. Por ejemplo, hay un bonito Decreto de dicha Junta, fechada el 31 de Julio de 1810 (anterior al Plan, pero contemporáneo de su elaboración), que condena con pena de muerte al que expanda rumores, confisca los bienes de todo el que se ausente de la ciudad sin permiso, así como las naves de los barqueros que lleven pasajeros sin licencia, cuyos patrones irían además por cuatro años a la cárcel.

El 28 del mismo mes y año, la Junta produjo un Decreto disponiendo la ejecución de Liniers, Gutiérrez de la Concha, el obispo Orellana, Allende, Rodríguez y el oficial Moreno “en el momento en que todos o cada uno de ellos sean pillados, sean cuáles fueren las circunstancias”. Y al pie figuran las firmas de todos los miembros de la Junta -inclusive Saavedra, que fuera gran amigo de Liniers- con excepción de la de Alberti, por su condición sacerdotal.

Sabemos que Ortiz de Ocampo titubeó ante la orden y se disponía a mandarlos presos a Buenos Aires, cuando una orden tajante de la Junta -no sólo de Moreno- provocó su apartamiento del mando y el fusilamiento de los condenados.

Comentando este asunto, escribía Moreno en carta privada:

“Después de tantas ofertas de energía y firmeza pillaron nuestros hombres a malvados, pero respetaron sus galones y cagándose en las estrechísimas órdenes de la Junta, nos los remiten presos a esta ciudad. No puede usted figurarse el compromiso en que nos han puesto, y si la fortuna no nos ayuda, veo vacilante nuestra fortuna por este solo hecho.

“¿Con que confianza encargaremos obras grandes a hombres que se asustan de su ejecución? ¿Qué seguridad tendrá la Junta en hombres que llaman a examen sus órdenes y suspenden la que no les acomoda? Preferiría una derrota a la desobediencia de estos jefes, y no permita el Cielo que continúen una conducta que al fin podría arruinamos a todos”.

Repetimos que lo anterior ocurrió antes de estar terminado y presentado el Plan, vale decir que ambiente había para la mano dura. Después del 30 de Agosto se encuentran las Instrucciones para el vocal Castelli, del 12 de Septiembre, complementadas el 18 de Noviembre, y las de Belgrano para la expedición al Paraguay, del 22 de Septiembre.

Las órdenes que lleva en el bolsillo Castelli prescribían la inmediata ejecución de Nieto, Sanz, el obispo de La Paz, el general Goyeneche y una cantidad de personajes de jerarquía, que “deben ser arcabuceados en cualquier lugar donde sean habidos”, cosa que sabemos se cumplió cronométricamente allí donde Castelli pudo echarles mano.

Indicaba también prisión o destierro para infinidad de personajes, entre ellos el canónigo Terrazas, protector de Moreno en su juventud, pero ahora sospechoso para la revolución. En estas Instrucciones figura un párrafo cuya ferocidad nadie intentó paliar:

“En la primera victoria que logre, dejará que los soldados hagan estragos en los vencidos para infundir el terror en los enemigos...”, y ordena a Castelli establecer relaciones bajo cuerdas y mandar emisarios a los pueblos ocupados por el enemigo, además de establecer contacto secreto con el general Goyeneche y otros oficiales realistas, “alimentando sus esperanzas, pero sin creer jamás sus promesas y sin fiar sino de sus fuerzas”.

En las Instrucciones complementarias del 18 de Noviembre al mismo Castelli, “aprueba el sistema de sangre y rigor” que éste empleaba en el Alto Perú, al tiempo que le ordena una nueva serie de ejecuciones.

En cuanto a las Instrucciones a Belgrano, fechada el 22 de Septiembre, se le ordena ajusticiar al gobernador del Paraguay, a sus allegados y al mismísimo obispo de Asunción, además de cualquier jefe europeo sorprendido en armas, y todo ello envuelto en el mismo sistema de dureza y terror que Castelli empleaba en el Norte.

Finalmente, sabemos cuál fue la actitud de Moreno al saberse que el Cabildo de Buenos Aires había jurado sotto voce al Consejo de Regencia: propuso sencillamente que todos los capitulares fueran decapitados, propuesta que no adelantó por la terminante oposición de Saavedra.

Queda pues claro que los primeros meses del Gobierno de la Junta fueron de mano dura. Y no era para menos: con la Banda Oriental hostil, más un levantamiento en Córdoba; con buena parte del Interior dudoso, ignorando los designios de Portugal e Inglaterra, el peligro de sucumbir era inminente y sólo una máxima energía podía sacar la revolución adelante. Rigorismo extremo que sólo comenzó a ceder cuando el triunfo de Suipacha dio una mayor tranquilidad, mayor margen del respiro a los miembros de la Junta.

- Ricardo Levene

Puede afirmarse que la polémica entre Piñero y Groussac terminó a favor del primero. Al comenzar el siglo XX, la mayor parte de los historiadores daba por cierto el Plan y lo consideraba coherente con las actuaciones de la Junta.

Pero hacia 1920 emerge la figura de un historiador joven y dinámico, que reabre el fuego de la polémica y hecha todo el peso de su personalidad hacia el platillo opuesto.

Devoto morenista y destacado biógrafo del Secretario de la Junta, Ricardo Levene forjó una figura de Moreno que honestamente supuso definitiva, y que estaba destinada a consagrarse como la típica imagen escolar del prócer: un demócrata liberal químicamente puro, un republicano quintaesenciado, mezcla de jurisconsulto devoto de la ley y de teórico a lo enciclopedista.

Naturalmente, en ese ícono no cabía el duro Moreno de decretos fusiladores ni el implacable Secretario que ponía a la revolución por encima de leyes, normas y teorías, acomodando todo, hasta la vida y los bienes de los ciudadanos, al triunfo de la misma. Y si no tenía lugar ese Moreno, de ninguna manera se podía aceptar que el Plan fuera auténtico.

Levene trabajó ahincadamente para demostrar que era moneda falsa y, al cabo, llegó a convencerse de que lo había logrado. Como primera medida, negó la validez de los documentos paralelos, rechazándolos en bloque sin remisión. Presuponía que “nada más absurdo que tal identificación. El primer Gobierno patrio ... aplicaba medidas de rigor en los casos extremos, en los momentos de peligro para la revolución”.

Sin caer en la cuenta de que el Plan, por la fecha, corresponde a un momento de extremo peligro para la revolución y eludiendo el hecho de que en Junio, Julio, Agosto, Septiembre, Octubre y Noviembre de 1810 la Junta emitió decretos y tomó disposiciones de virulento rigor, vale decir en forma poco menos que permanente, porque precisamente permanente fue el peligro.

Señaló como prueba de falsedad los artículos referentes al proteccionismo y desarrollo interno, puesto que ello “renegaría del furioso liberalismo y de la política de comercio libre preconizada en la Representación de los Hacendados...”.

En un trabajo anterior señalamos que hay bastantes razones para creer que el real autor de la “Representación...” es Manuel Belgrano pero, aparte de ello, encontrar furioso el liberalismo de ese documento significa no haberlo leído puesto que -específicamente- establece tasas protectoras para artículos artesanales del virreinato.

Respecto de la liberalización del comercio durante la Junta, ella continuaba la establecida por el virrey Cisneros en Noviembre de 1809, y en ningún momento alcanzó la furia que le otorga Levene. El librecambio a ultranza, con todas sus consecuencias, recién se establece con el primer Triunvirato.

Cabe decir, si contra lo afirmado por Levene, que hay una línea coherente entre la línea económica del Plan y lo establecido en la Representación, aceptando que éste sea más obra de Belgrano que de Moreno, también sería factible la influencia del primero -que era economista- sobre las ideas del segundo, que no lo era.

Recuérdese que fue Belgrano quien propuso la redacción del Plan. Nada extraño que asesorara a Moreno durante el desarrollo, más teniendo en cuenta la evidente concordancia de criterios que reinó entre ambos próceres.

Ahora bien, rechazando el Plan por apócrifo ¿dónde se habría generado el engendro? Para Levene fue tramado en Montevideo, con el expreso fin de convencer al Gobierno español, que consideraba escasamente peligrosa la revolución rioplatense, de lo virulento de sus designios y de la necesidad de aplastarlo.

La misma existencia de varias copias sería para Levene una prueba más de falsedad. ¿En qué momento? Inmediatamente después de la muerte de Moreno, responde Levene, en 1811, por orden e idea de Felipe Contucci, el tortuoso allegado a la princesa Carlota Joaquina. Y continúa nuestro autor:

“Se sacaron numerosas copias traducidas al portugués, de las cuales se llevaron algunas a España, en 1814, y el historiador Torrente -por casualidad- se hizo de otra en 1829, que glosó en su libro...”. Claramente acusa de colaborar en el frente a Torrente con ese “por casualidad” entrecomillado.

Levene desdeña risueño el camino por el cual el Plan habría llegado a manos enemigas. “Tal difusión de la obra entre los enemigos habría que explicarla por la ingenua nota final del documento según la cual un individuo de Buenos Aires sacó copia de la que tenía otro individuo “íntimo amigo de Moreno”, depositario de sus papeles cuando el Secretario de la Junta marchó hacia Londres...”. Y destaca como prueba decisiva el que ningún miembro de la Junta se refirió jamás al Plan en ninguno de sus escritos.

¿Quién fue el autor de la falsificación? Aquí Levene creyó dar el manazo definitivo a los que afirmaban la autenticidad del Plan, señalando con nombre y apellido a quien, para él, era responsable de todo el embrollo. Refiere que al tener fotocopia del documento guardado en Sevilla, encontró conocida a la letra, y al cabo la identificó como la de un oscuro personaje, Andrés Alvarez de Toledo, que por aquel tiempo era espía portugués.

Incluso mandó efectuar una pericia caligráfica que resultó positiva. Entonces presentó su hallazgo como prueba definitiva de que Moreno jamás había redactado nada de eso.

En adelante fue completamente en vano que se le señalara a Levene la falla fundamental de su razonamiento: a quien había identificado era a un copista de una de las versiones del Plan, pero de allí a consagrarlo como autor absoluto quedaba un largo trecho por recorrer. Incluso le echó en cara a Groussac que alguna vez en su vida atribuyera el documento a un “patriota desconocido”, afirmando: “Tal opinión es errónea, pues creo haber llegado a un esclarecimiento definitivo”, vale decir que era no más un español fullero, como creyera primitivamente Groussac,y él lo había identificado.

El erudito francés, al ver reflotada su teoría, aplaudió calurosamente a Levene y se le plegó con todo el peso de su prestigio, tanto, que en ediciones posteriores de sus trabajos eliminó aquel segundo artículo contra Piñero, donde dudara por un momento de la procedencia del Plan.

En adelante el asunto pareció zanjado. Avalado por Groussac, Levene pareció borrar toda controversia. Luego alcanzó a ser él mismo la gran figura de los estudios históricos, el historiador por antonomasia, el obligado Presidente de la Academia Nacional de la Historia, y el “dueño” indiscutido de Mariano Moreno.

Y desde su elevado sitial se preocupó en enclavijar definitivamente su visión del prócer y en aventar toda posibilidad de resurrección de los partidarios de la autenticidad del Plan. El problema desapareció del horizonte y Mariano Moreno en su iconografía escolar pasó a ser un intocable de nuestra historia.

- Rodolfo Puiggrós y Enrique de Gandía

Durante años no se habló del asunto: el Plan era apócrifo. Claro que quedaban historiadores no muy convencidos, que contemplaban con reservas las deducciones de Levene; por ejemplo, Ricardo Rojas, pero sus consideraciones no fueron tenidas en cuenta.

Norberto Piñero reapareció en 1938 volviendo a publicar sus “Escritos de Mariano Moreno”, con el Plan incluido e insistiendo en su autenticidad. No le llevaron el apunte; su edición pasó inadvertida y poco después falleció, asistiendo aparentemente al naufragio de su hipótesis.

En 1939 el caso estaba cerrado. Nada mejor que las palabras de Juan Canter -devotamente plegado a Levene- escritas ese mismo año, afirmando que éste había aportado “la prueba definitiva documental” y considerando desdeñosamente a Piñero en los siguientes términos:

“El debate había quedado terminantemente concluido con la publicación de la obra del doctor Levene..., más, el doctor Piñero, pocos días antes de su fallecimiento pretendió reanudar el asunto. Afortunadamente el silencio con que fue acogida la publicación reveló que el debate no podía ser reabierto.”

Se equivocaba feo. Ni el debate estaba cerrado ni se había dicho la última palabra. Por ejemplo, vino a saberse que la Junta había mandado preparar panfletos de ardiente tono revolucionario para ser repartidos en Río Grande del Sur. ¿No estaba esto alarmantemente de acuerdo con una de las prescripciones del excomulgado Plan?

Después apareció a luz un Oficio de Lord Strangford, embajador inglés en Río de Janeiro, fechado el 1 de Septiembre de 1810, destinado al primer ministro británico Arthur Wellesley, donde afirma:

“Tengo mis razones para creer que el nuevo Gobierno de Buenos Aires contempla una proposición que hará a Gran Bretaña, de naturaleza, la más importante e interesante. El proyecto a que aludo es el de una cesión a Gran Bretaña -mientras dure la guerra- de los puertos de Montevideo y Maldonado, bajo la única condición de proteger a las provincias hispánicas contra las tentativas hostiles de Francia u otros poderes” (léase Portugal).

¿No coincide en cierta forma lo anterior con el proyecto de arriendo de Martín García, que la Junta hubiera pensado ampliar en forma más apetitosa? Al parecer, quien llevó el soplo a Lord Strangford fue MacKinnon, Deux ex machina del comercio inglés en Buenos Aires.

Todo no pasó de rumores, por resistencias internas de algunos miembros de la Junta, entre ellos el vocal Belgrano, opuesto a las cesiones territoriales, como se desprende de una carta a Moreno donde dice de los ingleses: “Quieren puntito en el Río de la Plata y no hay que ceder ni un palmo de grado...”.

Pero pudiera surgir de lo entrevisto que la propuesta de Moreno sobre Martín García fue trocada en escala mayor y más gravosa por otros miembros de la Junta, para atraer a los británicos.

Una cosa es cierta y ha sido destacada por Vicente Sierra: si en este asunto sobre posibles cesiones territoriales hay algún responsable, no es Moreno individualmente sino buena parte de la Junta, pues en caso de haber sido el Secretario el único responsable no habría dejado de ser acusado y denunciado por los otros miembros de la Junta cuando cayó y todos se dieron a hacer leña del árbol caído.

Pero, más allá de las suposiciones, queda el hecho de que algo hubo, y que ese “algo” estaba prescripto en el Plan de Moreno.

Empero, aún se intentó demostrar que el documento es apócrifo. Por ejemplo, el laborioso estudio de Augusto Fernández Díaz, que intentó un examen lexicográfico del Plan para llegar a esa conclusión que, sin embargo, no tuvo repercusión ni apoyo.

Más terminante fue Alfredo Gargaro, que para sustentar su tesis enarboló el siguiente párrafo, contenido en el inciso 5 del artículo 8vo. del Plan:

“Tanto a los dichos agentes como a todos los Comandantes de frontera, deben mandárseles colecciones de las Gazetas de la Capital y Montevideo, lo más a menudo posible”.

Como el Plan es del 30 de Agosto de 1810 y La Gazeta de Montevideo sólo apareció el 10 de Octubre, Gargaro considera terminada la cuestión: el Plan es falso. Y tan seguro queda, que llama “atómica” a su prueba y considera a su razonamiento irrebatible.

Ya volveremos sobre esto.

Así las cosas, de dos extremos ideológicos diametralmente opuestos parten las ofensivas más coherentes para demostrar la autenticidad del Plan y derribar la tesis de Levene. Por un lado el marxista Rodolfo Puiggrós; por el otro, el liberal Enrique de Gandía.

Al primero se le han cuestionado los cimientos historiográficos de su crítica, pero de ningún modo sus razonamientos ni la presentación de un Moreno absolutamente nuevo, concebido como un real revolucionario, en los siguientes términos:

“Mariano Moreno fue un político demasiado idealista como para hipotecarse al proteccionismo, a la libre iniciativa o a la intervención del Estado. Por lo demás, tales sistemas no entraban en sus preocupaciones. Lo absorbía la idea de salvar a la revolución, de consolidar la independencia, de crear una base económica nacional. Obraba de acuerdo con esas urgencias. Buscaba afanosamente caminos nuevos. Quería un Gobierno fuerte...’’.

Y debemos señalar que esa concepción de Puiggrós es la que se ha ido abriendo camino hasta el presente, avalada por la cantidad de estudios de varios historiadores de diferente filosofía o sustento ideológico.

En la aseveración de la autenticidad del Plan, correspondió a Enrique de Gandía comenzar a levantar el andamiaje erudito de las nuevas tendencias. Uno de sus puntos de partida consistió en un trabajo de Nicolás Bessio Moreno, que había reunido fotocopias de las versiones de Sevilla, Madrid y Michigan -entonces las únicas conocidas- con el fin elemental de estudiarlas directamente, buscando concordancias y divergencias.

Al parecer, a nadie se le había ocurrido antes seguir ese camino, que hubiera aconsejado calurosamente Perogrullo. Y diferencias hay, así como que provienen indiscutidamente de distintos copistas, lo que mella un poco la suposición de que el escriba de la de Sevilla -Alvarez de Toledo- sea el padre universal y único del Plan entero.

Pero también encontró Bessio Moreno un interesante detalle en la versión sevillana, que al parecer se le pasó por alto inexplicablemente a Norberto Piñero y que Levene no se preocupó en señalar: que esa copia está autenticada con una aclaración que dice ser copia fiel del original en poder de Mariano Moreno, y que esa certificación está firmada de puño y letra por la infanta Carlota Joaquina, que de tal manera avala la autenticidad del documento.

Asimismo, Gandía demostró que en 1808 Martín de Alzaga había presentado al virrey un plan militar para recuperar las Misiones Orientales y conquistar Río Grande del Sur, vale decir, exactamente lo mismo que propiciaba Moreno desde el Plan, y que hizo reír bastante a algunos historiadores opuestos a la autenticidad, considerando ridículo que Moreno quisiera rescatar los límites históricos de las viejas posesiones españolas y buscar la división del Brasil para eliminar un vecino necesariamente peligroso.

Por otra parte, sabido es que Moreno era amigo personal y abogado de don Martín, que lo propusiera para Secretario de la frustrada Junta del 1ro. de Enero de 1809, de modo que es bien factible que el Alcalde participara a su colaborador dicho Plan y que éste, dos años después, lo incluyera en el documento encargado por la Junta.

También corresponde a Gandía haber señalado no sólo que el Plan moreniano es un todo coherente, sino que por sus características intrínsecas y por las miras expuestas sólo pudo ser obra de un patriota inspirado y talentoso, cercano a los engranajes íntimos del Gobierno, volviendo de esa manera a la vieja y desechada tesis de Groussac sobre el “ardiente patriota”.

Naturalmente, quedaban puntos difíciles de explicar, como aquél de aparecer el nombre de las Provincias Unidas en un documento anterior a 1811. Claro que el hecho de no haberse encontrado un papel de 1810 con tal expresión no invalida absolutamente el que dicho término se usara.

Por ejemplo, De Gandía señala que en fecha tan temprana como el 26 de Mayo de 1810, la Junta hablaba de “la necesidad de conciliar la unidad de las provincias con esta Capital...”, donde al menos el germen de la idea está presente. Además, Edmundo N. Narancio demostró que Moreno, cuando en La Gazeta habla de régimen federativo, o se refiere a un modelo de confederación, no está pensando de ningún modo en los Estados Unidos -como suele creerse- sino en las Provincias Unidas de los Países Bajos, ya que sus referencias están acordes con los datos de la Enciclopedia, que Moreno conocía, más que con la Constitución de los Estados Unidos, y es de esta manera que el término Provincias Unidas pudo haber entrado y echado raíces en 1810 a través de Moreno.

Referente a la prueba “atómica” de Alfredo Gargaro y su “irrebatibilidad”, comenta Gandía:

“No hay opinión en historia que no sea rebatible, sobre todo si no se lee correctamente un documento. El Plan aconseja cuidar mucho a la Banda Oriental y, en especial, Montevideo...

“Era lógico que se enviase a los Comandantes de las fronteras y a Montevideo colecciones de Gazeta de Buenos Aires... Eso es lo que dice el artículo octavo en su reflexión quinta; eso es lo que no ha leído bien el doctor Gárgaro.

“Hay una coma antes de la “y” de Montevideo, que no figura en las transcripciones manejadas por el doctor Gargaro, ni en la copia del Museo Imperial de Petrópolis pero que, en cambio, aparece bien nítida en las copias de la Universidad de Michigan, del Archivo de Indias de Sevilla y de la Biblioteca Nacional de Madrid...

“El párrafo, con una construcción típicamente latina (no olvidemos que Mariano Moreno, según su hermano, hablaba el latín como el español), dice que tanto a dichos agentes como a los comandantes de la frontera y de Montevideo debe mandárseles Gazeta de la capital...

“Las palabras ‘y Montevideo’ se refieren y se unen a ‘las fronteras’... además hay otro argumento realmente irrebatible: la Gazeta de Montevideo ... era una gazeta enemiga y a ningún falsario se le iba a ocurrir hacer decir a Moreno que había que distribuir, precisamente en el Uruguay, una Gazeta que combatía la suya...

“En Agosto de 1810, cuando Moreno firmó el Plan, no había más que una Gazeta: la de Buenos Aires, y ésta es la que Moreno aconsejaba distribuir entre los Comandantes de frontera y Montevideo...”.

Finalmente -y también tenemos entendido que De Gandía tiene prioridad- adelantó la posibilidad de que el Plan, en las distintas versiones que conocemos, posea interpolaciones ajenas al original, agregadas por los copistas, con el fin de acentuar los aspectos más sombríos y sanguinarios, en detrimento tanto de Moreno como de la Junta en pleno.

Y hasta ese punto había llegado la polémica cuando en 1952 apareció uno de esos raros libros que llegan a ser fundamentales en historiografía.

- Enrique Ruiz Guiñazú

“Epifanía de la Libertad” se titula ese grueso volumen de 406 páginas de apretado texto, cuya segunda parte íntegra -que abarca 331 páginas- está dedicada a desmenuzar el Plan de Moreno para arribar a la rotunda seguridad de su autenticidad.

El autor ha volcado allí los frutos de una larga, paciente investigación, y puede afirmarse que es una de las más completas y minuciosas exégesis del Plan moreniano. También es una réplica directa a Ricardo Levene, que por momentos alcanza aristas de filosa dureza.

Ruiz Guiñazú no le perdona nada a Levene. Hasta lo persigue dentro de la lexicografía. Por ejemplo, así como de auténtico se deriva autenticidad, Levene hace derivar de apócrifo el improbable término apocricidad. Socarronamente, Ruiz Guiñazú, en cada cita que hace de Levene, y allí donde aparece el neologismo, le agrega un rotundo (sic) que destaca a la palabra como un faro en la noche, tras explicar que la derivación justa de apócrifo es apocrificidad.

En esta divertida polémica terció Enrique de Gandía que, pese a llamarla “jardín de infantes”, propuso a su vez una tercera variante: apocrifidad.

Y volvamos al Plan. El punto de partida de Ruiz Guiñazú es probar si el documento, por su texto y fecha, corresponde a los acontecimientos que entonces se desarrollaban en el Río de la Plata. Y con minucia admirable logra ubicarlo en el contexto histórico que se le atribuye, concluyendo:

“En el Plan no existen anacronismos. Frases reveladoras en varios de sus pasajes certifican cabalmente su vigencia coetánea a la revolución de Mayo”. Señala la presencia en el Plan de expresiones corrientes en otros escritos de Moreno, como “arroyos de sangre”, “mandones”, “consolidar nuestro sistema”, etc., etc.

Recoge la impugnación de Groussac que señalaba como prueba de falsedad las referencias del Plan a Artigas y Rondeau para un momento en que el primero era realista y el segundo no habría llegado a Montevideo, y contesta con la Autobiografía del mismo Rondeau, que señala haber arribado a Montevideo en Agosto de 1810 (el Plan es del 30 de ese mes), y que tan pronto como echó anclas el buque se le presentaron “algunos conocidos” que lo interiorizaron de lo ocurrido en Buenos Aires. Estos podrían ser perfectamente los agentes señalados por Moreno. Lo cierto es que poco después Rondeau se pasó a la causa revolucionaria.

En cuanto a Artigas, es verdad que en Agosto de 1810 estaba en las filas realistas, pero en Enero del año siguiente rompía con sus superiores y se trasladaba a Buenos Aires para iniciar su fulgurante y trágica carrera en pos de una Argentina que no fue. Y cabe suponer, que no sólo meditó largamente el decisivo paso, sino que fue alentado a ello de una u otra manera, y en esto tendrían algo que ver los agentes de la Junta cuyos nombres no ha recogido la historia.

De modo que, en ultimo término, correspondería a Moreno el indiscutible mérito de haber descubierto -en los albores de la revolución, hacia mediados de 1810- a dos importantes figuras que habrían de desempañar papeles protagónicos -y antagónicos- en las luchas que sobrevendrían en años posteriores.

También Ruiz Guiñazú se detiene a comentar y rebatir la afirmación de Levene de que no hay ninguna constancia de la existencia del Plan emitida por miembros de la Junta, al punto que el silencio de los compañeros de Moreno es, para él, una prueba evidente de falsedad.

En primer término, Ruiz Guiñazú recuerda que, según las constancias anexas del Plan, los miembros de la Junta juraron observar el mayor secreto en torno al mismo, de modo que lo que asombra a Levene sería nada más que el cumplimiento estricto de un compromiso formal. Y en esos tiempos, los juramentos valían algo...

En cuanto a eso de que no hay “ninguna” constancia del Plan surgida de puño y letra de algún componente de la Junta, Ruiz Guiñazú saca a relucir la famosa carta de Saavedra a Viamonte, del 27 de Junio de 1811, en uno de cuyos párrafos dice:

“Ya volvieron a sus casas todas las familias que por temor de los peligros que creían próximos se habían refugiado a la campaña ... todos han elevado sus manos al Cielo por esta mudanza en que la causa nada ha perdido, y si ha progresado no poco, sin desvío del Plan que nos propusimos al principio”.

Y nuestro autor subraya que la palabra Plan está escrita con mayúscula, vale decir que Saavedra se refiere a algo especifico, concreto. Más tarde, Levene intentó refutar esta presentación de Ruiz Guiñazú, pero con escasa felicidad y coherencia, afirmando -sin apoyo de una sola prueba- que ese Plan a que se refería Saavedra era otra cosa, algo sumamente vago, con mucho de declamatorio y poco de planificación.

Ruiz Guiñazú sigue aportando pruebas de que existió una línea dura, cercana al terrorismo, coincidente con la permanencia de Moreno en la Junta. Ya señalamos que fue la batalla de Suipacha la que inició el período de disidencias dentro de la Junta. Hasta ese momento todos estuvieron de acuerdo, y es el mismo Saavedra el que lo afirma en sus Memorias.

Hasta allí el peligro fue agudo, en grado extremo. A partir de entonces, Saavedra creyó disponer de un mayor margen de tranquilidad y quiso frenar las disposiciones extremas de aquella conducta, chocando en adelante, persistente y continuamente, con su Secretario Moreno, que de ningún modo creía llegado el momento de las contemplaciones.

Al respecto, Ruiz Guiñazú recuerda lo que Saavedra escribió a Chiclana el 15 de Enero de 1811, tras el alejamiento de Moreno:

“El sistema robespierrano que se quería adoptar en ésta, a imitación de la revolución francesa, que intentaba tener por modelo, gracias a Dios que ha desaparecido”. Y ese sistema robespierrano coincide bastante con lo que especifica el Plan en sus aspectos políticos. ¿Qué se podía mitigar y moderar, sino aquellas disposiciones claramente enunciadas por Moreno?

- El otro rostro de Mayo

La revolución de Mayo posee el carácter excepcional de haber comenzado de manera incruenta. Posiblemente sea la única revolución no bautizada en sangre, y ello ha dado lugar a una persistente imagen impoluta, que se bandea sensiblemente para el otro lado.

Mayo habría sido casi un acto burocrático, un formalista cambio de forma, un ceremonial traspaso de gerentes. Todo en dichosa paz, por obra y gracia de la persuasión y los buenos modales. Fuera de unos cuantos gritos en la Plaza de la Victoria, habría sido un problema entre abogados, con muchas citas jurídicas y abundancia de señores muy graves y reposados, que no desentonarían en ninguna academia de nuestros días.

En Mayo no hubo pueblo, no hubo revolucionarios, no hubo pasiones, no hubo odios, no existieron pujas, ni trastiendas ni segundas intenciones. En una palabra, en Mayo no hubo hombres. A lo sumo, estatuas. Y así nos ha salido un Mayo aburrido, incapaz de excitar la imaginación, de cachetear el espíritu, de hacer correr la sangre en las venas al revivir en epopeya.

Un Mayo donde el parte meteorológico del día asumió más trascendencia de lo que en verdad se estaba jugando. Cualquier asamblea de club de barrio tendría más emoción que ese Mayo escolar lleno de paraguas y vacío de corazones...

Sin embargo, Mayo fue una epopeya, fue un acto de fuerza, fue un cambio de estructuras, fue una revolución. Y tuvo odios, tuvo pasiones, porque allí se jugaron la cabeza los que pusieron sus nombres y sacaron la cara. Y por eso en Mayo hubo sangre, hubo destierros, hubo persecuciones.

Aquella imagen impoluta resulta para algunos tan bonita, que se niegan a aceptar el otro rostro de Mayo, el revolucionario, prefiriendo fijar la historia en la única jornada del 25 y prescindiendo de todo lo que vino después. Los alarma, los asusta reconocer que aquellos señores de la Junta -tan reposados, tan mesurados- hayan mostrado la implacable determinación de vencer, y que la revolución sólo pudiera abrirse paso merced a una dureza que nunca desdeñaron emplear. Se niegan a reconocer que la revolución empleó el terror y la violencia.

Y bien, ¿que hacían los españoles con los rebeldes? ¿Qué había pasado en el Alto Perú con los sublevados de 1809? ¿Qué métodos emplearon Nieto, Sanz y Goyeneche, sino la horca y el miedo?¿Qué podían esperar los miembros de la Junta en caso de ser doblegada la revolución?

Ruiz Guiñazú señala que el virrey Francisco Javier de Elío guardaba una real orden que declaraba “rebeldes y traidores al rey y a la patria’’, a todos y cada uno de los miembros de la Junta. Naturalmente, éstos no se hacían ilusiones, como algunos historiadores, y Domingo Matheu escribió en sus Memorias:

“... el compromiso o la sentencia que entre los miembros de la Junta se presentaron fue eliminar a todas las cabezas que se le opusieran; porque el secreto de ellas era cortarles la cabeza si vencían o caían en sus manos, y que si no lo hubieran hecho así ya estarían debajo de tierra...”. Palabras que, de paso, nos muestran que hubo un Plan severamente riguroso.

El terror fue un compañero inseparable de la Guerra de la Independencia. Cuando el general Morillo -que, originariamente, debió venir al Río de la Plata- desembarcó en el Norte de nuestro continente, ahogó en sangre, bañó en horrores la revolución de Nueva Granada y Venezuela. Cuando Bolívar quiso terminar con los enemigos, no titubeó en declarar la guerra a muerte que, por otra parte, preexistía en los hechos.

Si toda la historia latinoamericana nos está mostrando un camino de aspereza, de implacable violencia para llegar a la meta de la Independencia, ¿a qué insistir en querer tapar el cielo con un harnero, dándoles vueltas a la blanca imagen de un Mayo sin sangre? ¿A qué persistir en querer cubrir la realidad, si la colcha va siendo demasiado corta?

El Plan de Moreno no es meramente la obra de un loco, de un caso patológico. Responde a las circunstancias del momento, tal como lo presenta Matheu, tal como lo reconoció Saavedra. Tampoco es el plan terrorista de un tirabombas.

Como bien señala Ruiz Guiñazú: “Una cosa es el temple para actuar y proceder con máxima energía y valor; y otra muy diversa profesar el culto del crimen y de toda suerte de monstruosidades”.

Este es el verdadero camino para ir entendiéndonos. Y aún debemos insistir: la mano dura no fue simplemente de Moreno, sino de la Junta en pleno. También Ruiz Guiñazú aporta una reflexión excelente al respecto. Cuando Moreno cayó, se lo convirtió en chivo emisario y receptáculo de acusaciones. Todo lo malo del Gobierno se le debía a él exclusivamente.

Varios de sus compañeros recriminaron acremente alguna de sus disposiciones, pero ninguno le echó en cara los fusilamientos de Cabeza de Tigre, las ejecuciones de Nieto y Sanz y, por supuesto, tampoco dijeron nada del Plan, simplemente porque su responsabilidad era solidaria en todos esos casos.

No podían recriminarle nada sin que se les volviera encima de rebote. Por eso las acusaciones no pasaron de “robespierrismo”, de imitación de la Convención francesa, de vagas referencias genéricas, sin tocar -ni por asomo- algún punto concreto. Y cabe destacar que el primero en cubrirse, en tratar de desligarse de toda responsabilidad y poner cara de inocente, fue Cornelio Saavedra.

Lo dice clara y honestamente su biógrafo y admirador Ruiz Guiñazú, que agrega refiriéndose al presidente: “Quien, deseando ponerse a cubierto de futuras expiaciones imitó a su vez el método acusatorio termidoriano contra los colegas de la revolución”.

Repitamos una vez más: lo obrado por la Junta en el plano político interno, en el terreno de los hechos, está de acuerdo con lo prescripto por el Plan de Moreno. Esto es lo cierto, aunque, como dice nuestro citado Ruiz Guiñazú: “Lo peor es que por una tergiversación.., el fallo lapidario condena absurdamente el documento escrito, pero no a los acontecimientos prohijados en él y en sus actores”.

- Las pruebas anexas de autenticidad

Levene afirmaba que el copista Alvarez de Toledo era el autor del Plan y que lo había urdido en Montevideo poco después de la muerte de Moreno, en 1811. Ruiz Guiñazú rebatió tanto la autoría de Alvarez de Toledo como la fecha de la copia y el lugar donde se llevó a cabo.

De acuerdo a su criterio el documento arquetipo se redactó en Buenos Aires y no en Montevideo; no es una falsificación, sino el producto de un robo; todas las copias proceden de este arquetipo, que perteneció a Mariano Moreno; el documento robado llego a Río de Janeiro y allí Alvarez de Toledo concretó una sola de las copias conocidas, en 1814, y no 1811.

Concluye Ruiz Guiñazú: “De ninguna carta, documento o referencia amiga o partidaria, contraria o enemiga de la revolución de Mayo, aparece otro autor que Mariano Moreno. Tampoco se ha visto escrito en documento alguno ni oído por tradición verbal que el Plan fuera una mistificación’’.

Para Ruiz Guiñazú la secuencia de los acontecimientos ocurrió de la siguiente manera: el guardado en el Fuerte de Buenos Aires fue destruido, posiblemente a la muerte de Moreno. Este retenía una copia autenticada con las firmas de Saavedra y Paso -a la que Ruiz Guiñazú llama “arquetipo”- que entregó a un amigo, con otros documentos, al partir hacia Londres. No sabemos quién fuera ese amigo, ni cuándo lo desterraron de Buenos Aires. Ruiz Guiñazú adelanta la suposición de que pudo haber sido Domingo French.

Al alejarse de Buenos Aires este personaje entrega los documentos a un “buen español”, que resulta ser espía enemigo y cuyo nombre no consignan las fuentes portuguesas con el fin de no comprometerlo y evitar que fuera identificado por el contraespionaje rioplatense.

El documento llego a Río de Janeiro en 1814.

¿De dónde tanta seguridad? En primer lugar, porque a fines de ese año la princesa Carlota Joaquina remite copia a su hermano Fernando VII, y no se explicaría que conociéndolo desde 1811 -como afirmaba Levene- lo retuviera tres años sin comunicarlo a Madrid; y en segundo lugar, porque un anexo de la copia de Michigan prueba que es contemporánea de la caída de Montevideo en poder de los patriotas, vale decir 1814.

El documento arquetipo, que perteneció a Moreno, fue entregado al Principe regente y de él se extrajeron las demás copias. Una de ellas fue para la infanta Carlota, que lo conservó en su archivo y hoy se guarda en Petrópolis. Se hicieron otras para enviar a España y para distribuir entre el gabinete portugués, tanto en lengua española como portuguesa.

Hasta el momento no se ha encontrado ni el arquetipo retenido por el regente ni las copias portuguesas, pero hay referencias de que existieron, y posiblemente aparezcan alguna vez en repositorios brasileños o portugueses.

El ejemplar que se conserva en Madrid es el que la infanta Carlota mandó personalmente a Fernando VII; lleva la firma de la princesa al pie y la fecha, que avala lo afirmado por Ruiz Guiñazú: 26 de Enero de 1815.

La copia de Alvarez de Toledo, hoy en Sevilla, fue dedicada al gabinete español. En cuanto a la copia de Michigan, Ruiz Guiñazú demostró que no fue tomada del arquetipo, sino del ejemplar de la infanta y, al parecer, perteneció a Felipe Contucci.

El mismo Alvarez de Toledo fue comisionado por Carlota Joaquina para llevar el documento a Madrid. Y en este sentido Ruiz Guiñazú ha aportado una valiosa prueba de primera mano sobre la autenticidad del Plan: la correspondencia cambiada entre la infanta y su hermano Fernando al respecto, cartas que aún se conservan en el archivo de la princesa.

Existe una de ésta a fray Cirilo de las Animas, su agente ante Fernando VII, fechada el 30 de Noviembre de 1814, donde dice: “Remito la copia de las instrucciones de un Plan hecho por los revolucionarios; es bonito, pero nada nuevo para nosotros, que lo conocemos”. Ordena a su agente que lo lea bien y detenidamente para informar en detalle a Fernando que, por sus obligaciones -o abulia- podría no comprender la trascendencia, y concluye: “Hazle ver que con esta gente no se conoce nada de ella por bien; que es preciso palo y a los cabezas, cabeza afuera”.

El 23 de Enero de 1815, carta de Carlota a Fernando: “Muchas pruebas de ello tengo, además del Plan, doctrina de un doctor Moreno, que hicieron para el método de gobierno revolucionario, que puntualmente está siguiendo”.

A su vez, fray Cirilo informa a Carlota, el 26 de Marzo de 1815, haber cumplido su misión y, poco después, el 15 de Abril, el rey Fernando escribe a su hermana: “También he visto el Plan de la revolución de América que me has emitido, el cual demuestra bien la perfidia y maldad de esos perversos insurgentes...”.

Y hasta aquí las pruebas documentales. Cabe preguntarnos ahora: ¿es posible que la infanta Carlota y el rey Fernando y sus respectivos servicios de informaciones fueran embaucados por un señor, llámese Alvarez de Toledo o Felipe Contucci, que les habrían hecho tragar fácilmente un gigantesco fraude?

Recordemos la fecha establecida por Ruiz Guiñazú: es en 1814, que se conoce o da a luz un Plan de 1810, vale decir, cuando había perdido bastante actualidad. ¿Valía la pena hacer una falsificación por retroactividad, cuando en ese momento primaban otros intereses inmediatos? ¿Era tan ingenua Carlota, era tan infradotado Fernando, para dejarse arrastrar por un intrigante como Contucci o un merodeador de segunda como Alvarez de Toledo? Es lícito ponerlo en duda.

Concluye Ruiz Guiñazú: “...de no haber sido el Plan de Moreno absolutamente auténtico, estando vencida ya en gran parte su vigencia en 1814, no hubiera tenido sentido copiarlo y llevarlo al ministro de Estado y al ministro de Indias en España, a quienes interesaba, como es natural, penetrar profundamente la mentalidad de nuestros revolucionarios...; en 1814 se estaba en el primer tercio de la Guerra de la Independencia en el continente. El espionaje salvó pues, del olvido, al más interesante y valioso de los documentos secretos de nuestra emancipación a los ojos del Gobierno español”.

- Vicente Sierra

El trabajo de Ruiz Guiñazú, si bien observado por algunos, tuvo la virtud de replantear las consideraciones en torno del Plan, haciendo que en adelante debieran tomarse con más prudencia las impugnaciones al mismo.

Ricardo Levene intentó una refutación, en que remozaba sus viejos argumentos de 1821, sin lograr insuflarles nueva vida ni aportar datos nuevos, por lo cual todo no pasó de una débil tentativa de querer tapar la lluvia con un colador. Y podemos afirmar que después de “Epifanía de la Libertad” no ha aparecido ningún trabajo de envergadura que saliera al paso para demostrar que el Plan es apócrifo.

De los años recientes, debemos mencionar la opinión de Vicente Sierra, emitida en 1962, en el quinto tomo de su monumental “Historia de la Argentina”, Sierra considera apócrifo al Plan pero no niega la posibilidad de que algo de eso anduviera dando vueltas.

Afirma “que la Junta considera conveniente establecer un Plan, y que confiara a Moreno la tarea de proyectarlo, es comprensible. También que Moreno por propia iniciativa redactara alguno. Que el encontrado sea el resultado de una u otra circunstancia; y que fuera aprobado por la Junta es otra cuestión”.

Para Sierra la eminencia gris, el gran falsificador, sería Felipe Contucci el cual, a fuerza de buen intrigante, era capaz de falsificar cualquier cosa si convenía a sus fines. Señala Sierra una carta del 31 de Agosto de 1810 -vale decir absolutamente contemporánea del Plan- donde denuncia la existencia de una planificación revolucionaria del Gobierno de Buenos Aires -“HAY UN PLAN”, consigna textualmente Contucci, y destaca Sierra- en el cual se preveía la liberación de los esclavos brasileños, la invasión del Brasil, su desmembramiento y la anexión de parte de su territorio, para establecer una hegemonía continental.

Y aún el bueno de Contucci insistió en otra carta, del 27 de Septiembre de 1811. Para Sierra todo esto probaría que el Plan es apócrifo. No alcanzamos a entenderlo, porque si algo demuestran las cartas de Contucci es que algún soplo había recibido del servicio de espionaje sobre determinados planes de la Junta. A Sierra le parece inverosímil que Moreno o la Junta trazaran un plan continental revolucionario.

Recuerda que la copia de Michigan perteneció a Contucci, y que tanto en ésta como en la de Madrid hay un anexo -que sería del mismo Contucci- señalando que, dedicado a la tarea de crear disidencias entre el Gobierno de Río de Janeiro y el de Buenos Aires, recibió providencialmente el Plan “habiendo venido dicho papel tan oportunamente a nuestra idea de enemistar al gabinete con la Junta de la Capital, luego inmediatamente fue presentado el mismo original a S.A.R. el Príncipe Regente y a la Sra. Princesa, y demás ministros de nuestra parcialidad, copias que para el efecto se tradujeron al idioma portugués”. Según Vicente Sierra, lo anterior demuestra que el Plan es apócrifo.

Entendemos que, leyendo lo que está escrito, es una prueba de su autenticidad ya que lo que se afirma es que, buscando impedir un acercamiento entre los gabinetes fluminense y porteño, llegó oportunamente el Plan.

Eso es exactamente lo que dice. Además, en caso de ser una rotunda falsedad, ¿le fue tan fácilmente embutida al Príncipe Regente y a la Princesa Carlota? ¿Y estos la aceptaron tan ingenuamente, que hasta admitieron un papelito anexo que podía poner en duda su autenticidad? ¿Y que también Fernando se lo creyera, aunque a su copia no le sacaron tampoco previamente la aclaración de Contucci? ¿O será que los historiadores actuales tienen mejores servicios de informaciones que el Regente, la Princesa y Fernando VII juntos?

La evidente identidad de frases y expresiones típicas de Moreno en varios de sus escritos con las que se leen en el Plan -como probó Ruiz Guiñazú- lo explica Sierra de la siguiente manera:

“Lo lógico es suponer que el falsificador trabajara tomando frases y expresiones de ‘La Gazeta’ hasta donde le fue posible. Se lo advierte en la primera parte del escrito, tanto como más adelante salta a la vista un estilo diferente”.

Lo primero es posible, pero no probable. Lo segundo es discutible. No hay apreciables cambios de estilo entre la primera y la segunda parte. Además, si un falsificador se tomó el trabajo de leer las colecciones de “La Gazeta” para exprimir laboriosamente las expresiones típicas de Moreno, ¿por qué habría de dedicarlas sólo a la primera parte?

Embarcado en tamaña y aburrida tarea, mucho menos le hubiera costado espolvorear de giros morenianos el Plan entero. No se concibe que se sometiera a tales desvelos para fabricar una falsificación perfecta y después se cansara a mitad del camino.

Claro que están los documentos paralelos, y al analizar analogías, Sierra concluye:

“Podría señalarse como signo de autenticidad que el terrorismo que el Plan establece se ajusta a las Instrucciones impartidas a Castelli por Belgrano. Muchos otros detalles por el estilo autorizan a suponer que el Plan no puede ser tachado de fraudulento en su totalidad”.

Esto es correctísimo y absolutamente cierto, pero tan pronto como llega a esa conclusión, opuesta a su posición previa, da un paso a tras y agrega: “Pero tampoco puede dejarse de tener en cuenta que a un fraguador no podía costarle mucho redactar esos y otros capítulos ajustándolos a lo que verdaderamente había ocurrido”.

Si el Plan de Moreno fuera meramente un programa terrorista, Sierra tendría razón; pero como no es un vademécum para tirabombas, resulta discutible lo que afirma nuestro autor. La parte considerada terrorista del Plan abarca solamente dos de los nueve artículos que lo componen. Sierra -como muchos autores- hace tabla rasa con el resto, dejando de lado lo más original del documento, para concentrarse en lo accesorio y circunstancial del mismo.

Y si algún supuesto falsificador se tomó el trabajo de leer “La Gazeta” para extraer los modismos de Moreno con paciencia de coleccionista, y examinó los Decretos de la Junta para sacarles el contenido terrorista, faltaría averiguar qué leyó o de dónde sacó las prescripciones que llenan los otros siete artículos del Plan.

Mantenido en esa línea, Sierra afirma que el Plan no se ajusta “al pensamiento, a los actos, a la conducta tanto como a las declaraciones reiteradas y los gestos de la Junta Provisional Gubernativa...; se ajusta, en cambio, a los argumentos que esgrimían los españoles de Montevideo y los agentes de la infanta Carlota que actuaban en el Río de la Plata, en sus afanes para encontrar motivos que justificasen a Portugal y a la Gran Bretaña a pronunciarse abierta y declaradamente contra la Junta...”.

Lo anterior está un poco en desacuerdo con las afirmaciones previas de Sierra que, como vimos, un rato antes decía que muchos detalles del Plan autorizan a suponer que no fue falso en su totalidad. Si estuviera tan en desacuerdo con lo actuado y expresado por la Junta, si concordara tan estrechamente con lo afirmado por los enemigos de la revolución, no cabrían dudas de su falsedad y ni Sierra ni nosotros ni nadie hubiéramos gastado tantas páginas hablando del asunto.

Para Vicente Sierra el hecho de que el Gobierno de Río de Janeiro no protestara ante el de Buenos Aires al tener conocimiento del Plan es una prueba más de que es apócrifo.

En primer lugar, los gabinetes no suelen protestar ante datos que obtienen por sus servicios de espionaje. En segundo lugar, tuvo conocimiento del mismo en 1814, cuando ya había perdido vigencia. En tercer lugar, difícilmente fuera a protestarle a un Gobierno como el Directorio, que ya en 1814 buscaba avenirse con el de Río de Janeiro, accediendo a sus planes y preparando la entrega imperdonable de la Banda Oriental.

¿Cómo iban a protestar y tener un disgusto con funcionarios tan bondadosos y obsecuentes, que ayudaban al histórico sueño lusitano de llevar las fronteras al Río de la Plata?

Señalemos también que Sierra no descarta la posibilidad de interpolaciones en el Plan. La idea ya la había adelantado Enrique de Gandía que en los últimos tiempos parece haberla abandonado, volcándose hacia la total autenticidad del documento.

La suposición de Sierra es muy verosímil y hay razones para creer en su casi certeza. Es muy posible que el texto fuera manipulado, tal vez bajo la dirección de Felipe Contucci, recargando sus tintas desfavorables, acentuando sus aristas filosas y destacando sus aspectos sombríos, con el fin de hacerlo más presentable para sus propios fines. Por allí sí que puede haber trabajado duro el intrigante florentino.

En el Plan hay prescripciones francamente ingenuas, como una que indica mantener un equipo de empleados a sueldo para mandar anónimos, que cuesta aceptar salieran de la pluma de Moreno, y que pudieron ser agregadas al texto original para darle un toquecito tremendista.

También indica Sierra, acertadamente, que las reflexiones antiespañolas e independentistas del Plan no coinciden con el ideario que Moreno muestra a través de “La Gazeta” y sus otros escritos. Es posible que el interesado maquillador haya desfigurado las expresiones de Moreno para presentarlo como un irremediable enemigo de España.

Tales correcciones, agregados y entorsis son de esperar de parte de un servicio de inteligencia dedicado a enconar a España con sus ex colonias y a provocar fricciones entre Río de Janeiro y Buenos Aires, para crear el ambiente propicio de intervención portuguesa. Estas consideraciones son aceptables y perfectamente viables.

Incluso el ejemplar conservado en Buenos Aires presenta giros en portugués que abonarían esa sospecha. Pero entiéndase que tales agregados y correcciones se hicieron sobre un Plan previo, real y concreto, y no a la inversa. En otras palabras: no es posible creer que el Plan tuvo alguna remota base real por tal o cual disposición de la Junta, de donde vendría la falsificación, sino que el mismo Plan fue la base para falsificaciones menores del texto, con un fin inmediato y preciso que, repetimos, distanciara a España del Río de la Plata y justificara la intervención portuguesa en el ex virreinato.

- René Orsi

El último autor que examinó el Plan es René Orsi, en obra reciente que data de 1969, “Historia de la Disgregación Rioplatense”. Orsi acepta la autenticidad del documento y es uno de los pocos autores que lo considera globalmente en todas sus facetas y no en la meramente terrorista.

De ese modo, afirma: “Cabe decir sí que su texto no sólo es congruente con toda la prédica y despliegue de energía realizada por el Secretario de Gobierno y Guerra de la Junta durante los doscientos días de su permanencia en el cargo, sino con el ahincado propósito por alcanzar los objetivos revolucionarios propuestos”.

Sobre el mismo terrorismo, Orsi aporta una reflexión adecuada para otros terroristas, los de la Historia, que ven en la revolución de Mayo un acontecimiento de procedencia inglesa y a Moreno como principal títere británico de la misma.

Esta gente, que va resultando más probritánica que su discutido antiídolo, ha supuesto que las represiones de la Junta, incluyendo el fusilamiento de Liniers, habrían sido sugerencia de ingleses.

Replica Orsi: “Nada de eso es cierto; primero, porque en el tiempo preciso de la actuación pública de Moreno a dicha potencia no le interesaba propulsar la emancipación hispanoamericana, teniendo en cuenta las condiciones generales que signaban su política internacional y, en segundo lugar, porque un paso de esa naturaleza le acarrearía inconvenientes de todo tipo en la Península Ibérica, convertida a la sazón en la única playa de desembarco para la lucha continental contra Napoleón Bonaparte”.

Orsi se atiene a la visión de Moreno, tal como la interpretaba Norberto Piñero, y que en nuestros días actualizó Rodolfo Puiggrós, vale decir un hombre de acción ante todo y sobre todo, un político de corte revolucionario y reformista, no un intelectual puro, ni un pensador abstracto, ni un escritor ideólogo.

Lo que Moreno tenía de intelectual, de pensador y de escritor, estaba supeditado a aquellas otras facetas que son las realmente primarias. O para decirlo como Piñero, eran “medios” que servían a los fines del revolucionario. Y comprendiéndolo de esta manera, se explica mucho más fácilmente la rápida preeminencia que Moreno alcanzó en el movimiento de Mayo, que de otra manera resulta inexplicable.

Orsi señala que la faz militar del Plan comenzó a ponerse en práctica de inmediato, de acuerdo a lo prescripto por Moreno. Este otorgaba especial importancia a la Banda Oriental, peligrosa cabeza de puente enemiga. Era menester recuperarla, alentando las sublevaciones de la campaña para, en un segundo intento, sitiar y rendir Montevideo, tal como fuera señalado por el propio Manuel Belgrano en la segunda proposición para un Plan de la revolución.

La Junta decidió el envío de una expedición militar a la Banda Oriental, y Orsi recuerda muy adecuadamente -y como dato tangencial, que avala la autenticidad del Plan- que el hombre elegido para comandar esa fuerza fue Manuel Belgrano, verdadero inventor de la idea.

Nuestro autor dice: “De tal modo no fue por casualidad que recayera el nombramiento de comandante de las fuerzas en el mencionado Vocal de la Junta, a quien se le confirió en la misma fecha, 4 de Septiembre, el rango de Coronel Mayor, prefiriéndolo a ‘algunos de los coroneles y otros jefes de menos graduación de los que abundaban en la capital’, ya que siendo una comisión harto delicada y peligrosa, no podían confiarse sino a quien ‘reuniese principios fijos de política, una conciencia segura de la justicia de la causa, una razón ilustrada para difundirla y el conocimiento de todas las combinaciones’, según ha dejado escrito un testigo de los sucesos”.

Y hasta aquí la polémica que hemos tratado de esbozar a través de los tiempos y los principales alegatos.

- Conclusiones

En el estado actual de conocimientos no se puede afirmar de manera absoluta la total autenticidad del Plan atribuido a Moreno. No se ha encontrado el original (casi con seguridad destruido, ni la copia que conservó Moreno (el arquetipo de Ruiz Guiñazú) que dio origen a todas las versiones que han llegado a nosotros y que tal vez ande perdida por algún archivo brasileño o portugués.

Pero lo anterior no indica de ningún modo que el Plan sea una patraña, una falsificación más o menos elaborada del servicio de inteligencia portugués. En las copias conocidas abundan los elementos de juicio para considerarlo producto de alguien íntimamente vinculado al primer Gobierno argentino y conocedor del panorama que abarca la Junta, al tiempo que muchos decretos, disposiciones y actitudes de ésta coinciden visiblemente con algunas prescripciones del Plan, como tampoco el hecho de no haberse encontrado un original invalida la existencia de éste en un momento determinado.

Lo cierto es que, especialmente después de los trabajos de Enrique Ruiz Guiñazú, las evidencias tienden a probar la autenticidad del indiscutido Plan. Y no lo llamemos meramente Plan de Moreno. En caso de haber existido -como parece ser el caso- fue aprobado y jurado por la Junta en pleno, por lo cual el nombre que le corresponde es el de Plan de Operaciones de Mayo.

La certeza de que algo de eso hubo y que la revolución de 1810 no fue una romántica aventura echada a la deriva de los acontecimientos y a la buena de Dios, lo entendió cabalmente el máximo negador del Plan, Ricardo Levene, que propuso, a su vez, otra posible planificación de la Junta, si bien su tesis no pasó de ser una improbable expresión de deseos.

Otro negador del Plan, Vicente Sierra, también reconoce honestamente que es muy posible que la Junta se diera un programa y se fijara metas a alcanzar. Esto es algo más que ociosa especulación. Cae de su peso, es fruto de la lógica. La Junta de Gobierno establecida el 25 de Mayo no era hija de un solo partido ni obedecía a un único patrón ideológico. Estaba constituida por una conjunción de fuerzas que, si coincidían en lo esencial, diferían en lo demás.

Los carlotistas y alzaguistas que, en su mayoría, la compusieron, obedecían a dos lineamientos distintos que era menester conciliar. En consecuencia, resulta comprensible la necesidad de bosquejar un plan de acción común, y que Manuel Belgrano propusiera que esa planificación se fijara específicamente e incluso propusiera los puntos a tratar.

Establecida la necesidad o conveniencia de un Plan, volvamos al discutido texto que ha llegado a nosotros, en su aspecto político y económico. Hasta ahora el mayor porcentaje de los comentarios se ha detenido en las disposiciones de acción directa, en el “terrorismo” de Moreno y la dureza implacable de sus sentencias, para escandalizarse de las mismas, mostrar tremendo horror y a continuación moralizar largamente, sin olvidarse de las correspondientes moralejas. Para esta gente el resto del Plan no existe.

Pero ocurre que el Plan no es una fábula de Jean de La Fontaine ni un ejercicio literario emitido desde una torre de marfil, sino el instrumento operativo de una revolución y, como tal, se lo debe considerar.

Ignoramos si en alguna otra revolución alguien se detuvo a trazar un programa. Lo que sabemos es que en todas hubo fusilamientos, deportaciones, confiscaciones, cárceles y abusos por exceso de celo. ¿Qué de la revolución francesa, tan admirada por muchos que niegan indignados el Plan? ¿Qué de los miles de guillotinados de París, de las matanzas de Lyon, las confiscaciones en masa, el reinado del Terror bajo Robespierre, Marat y Saint-Just? ¿Qué de la revolución mexicana -la misma que le ha dado un rostro nuevo a México- con sus interminables fusilamientos, asesinatos políticos (Madero, Zapata, Carranza, Villa, Obregón) y expropiaciones sin cuento? ¡Si hasta la revolución norteamericana, presentada como modelo de moderación, abundó en aristas de implacable dureza con sus enemigos!

Allá están las expulsiones violentas de los fieles a Jorge III y la respectiva confiscación de tierras de los realistas en Pennsylvania, Virginia, Nueva York, Georgia, Maryland, New Hampshire y otros Estados. Y esas tierras expropiadas fueron entregadas conformando la primera reforma agraria de fondo de América a granjeros pobres.

Y no seguimos porque los ejemplos sobran. Pero interesa señalar -una vez más- que es un criterio zurdo centrar toda la importancia del Plan en sus fases de emergencia y enojarse con Moreno porque redactó un plan revolucionario, precisamente para una revolución de la que era dirigente.

La dureza de las proposiciones morenianas estaba destinada a lograr el total dominio político del ex virreinato en el menor tiempo posible. Una vez alcanzado, hubiera entrado a funcionar la reforma económica, destinada a sentar las bases de un desarrollo autónomo para la nueva Nación. Esta es la parte trascendente del Plan, que nunca tuvo principio de ejecución.

La nacionalización del subsuelo, la intensificación de la minería, el fomento de fábricas, la creación de astilleros, la supresión de importaciones suntuarias, al tiempo que el cuidado de la agricultura, entonces casi inexistente, más el aliento de las producciones primarias y artesanales en curso, hubieran dado indudablemente un aspecto distinto a la Argentina que, al cabo, la hubiera acercado mucho más al modelo norteamericano que siguiendo o copiando meramente sus instituciones, como se hizo en la realidad, ya que en ese caso la Argentina hubiera sido un país poderosamente industrializado, con sus diversas regiones económicamente integradas entre sí, sin los violentos desniveles que hoy padecemos y con la posibilidad de haber sido -además- potencia naval.

Naturalmente, ello significaba una economía dirigida, pero no muy diferente de la que siguió Estados Unidos, cuyos dirigentes fueron -desde el primer momento- celosos custodios del desarrollo económico interno de su país.

No fue tampoco una planificación en las nubes ni la teorización utópica de un ideólogo incurable. Ese camino estaba dentro de las posibilidades argentinas de 1810.

Y en todo caso hubiera sido mejor que el camino seguido a posteriori, que a título de librecambio centralizó toda la economía en el Puerto único, inaugurando un despotismo inconmovible sobre el resto del país, desarticulando las economías regionales, aplastando sus posibilidades de desarrollo y creando un deplorable cuadro de una zona ubérrima junto a otras de extrema pobreza, un país distorsionado con el máximo potencial económico concentrado en una sola parte del territorio, rodeada por extensas áreas de bajo desenvolvimiento, escasamente pobladas, oficialmente olvidadas y, para colmo, fronterizas.

Norberto Galasso recuerda que el Plan de Mayo fue en los hechos aplicado, incluso desconociendo el antecedente, en el Paraguay anterior a 1865. El pequeño país mediterráneo, luchando con una geografía en contra, fue el primero en poseer ferrocarril, telégrafo y fundiciones, con una economía centralizada que no desdeñaba la propiedad privada y sabía sacar provecho de las condiciones internas.

Paraguay fue, en escala pequeña pero evidente, el único país latinoamericano que logró un autodesarrollo apreciable gracias a su propio esfuerzo, sin ayudas, interferencias o extorsiones de capitales y cancillerías extranjeras. ¡Cuáles no hubieran sido los logros del Plan de Mayo en un país de la extensión, riqueza y posibilidades de la Argentina!

Las referencias del Plan al Brasil provocan hilaridad en algunos historiadores argentinos, por considerarlas divagaciones de un pensador tropical. Eso de alcanzar las fronteras históricas recuperando territorios ocupados y alentar la división del gigantesco país, tradicional rival del Río de la Plata, les parece absurdo.

No sabemos si algún político portugués o brasileño se dedicó alguna vez a bosquejar en el papel un Plan contra el ex virreinato. Lo que sabemos es que el Plan de Mayo se cumplió, pero al revés: los que fomentaron sublevaciones, atizaron brasas y alentaron segregaciones territoriales fueron los brasileños, a través de una política constante, sin desmayos, habilísima, con derroche de destreza y astucia.

Y esto no es cosa de risa para historiadores argentinos. No sólo no se recuperaron los límites históricos, sino que la Argentina acabó reconociendo la pérdida de las Misiones Orientales, la secesión de la Banda Oriental, el alejamiento definitivo de Paraguay y la posterior cesión, por arbitraje, de otro extenso territorio misionero. Y gracias que se salvó la Mesopotamia, que estuvo a punto de convertirse en república independiente no una, sino varias veces.

Lo triste del cuento es que la mayor parte de esa retracción se llevó a cabo con el silencio o la complicidad abierta de algunos Gobiernos de Buenos Aires. Nada de lo anterior ha merecido adecuado comentario de parte de muchos exégetas del Plan. Pero eso sí: no han dejado de caerle en peso a Moreno por la proposición de ceder en arriendo Martín García a los ingleses.

Por supuesto, era un paso condenable y peligroso, pero no una entrega lisa y llana, un renunciamiento sin compensación como los casos que hemos citado. Se pretendía por ese medio lograr un acuerdo con Inglaterra, aliada de España y, al mismo tiempo, figurar la entente luso-británica, que se cernía amenazadoramente frente a la revolución.

Entiéndase que no justificamos la idea, pero creemos que detrás del paso en falso hubo por lo menos una importante y respetable razón de política internacional, de vital importancia para la revolución.

Y aquí concluimos este trabajo. Actualmente, la mayoría de los autores aceptan la autenticidad del Plan de Operaciones de Mayo y, honestamente, creemos que ése es el criterio hacia el que apuntan las circunstancias.

A nuestro entender se ha perdido demasiado tiempo abominando la faz sangrienta del Plan. Desdichadamente no contiene más infamia ni mayor iniquidad que muchos hechos posteriores y bien conocidos. No hace falta que invitemos a repasar la historia argentina para comprobar esta afirmación.

Lo importante del Plan, repetimos, se encuentra en las prescripciones olvidadas, nunca cumplidas, abandonadas. Porque allí se encuentra una Argentina que aún está por ser, las posibilidades de una Nación lograda social y económicamente y a la vez integrada en un contexto americano y mundial. Un norte, en fin, por el cual los argentinos nos encontramos bregando todavía.

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