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La primera invasión inglesa

- El desembarco

La expedición zarpó del Cabo de Buena Esperanza el 14 de Abril de 1806. Estaba integrada por seis naves de guerra al mando del comodoro Popham y cinco transportes. Las tropas de desembarco fueron puestas a las órdenes del brigadier Beresford quien -por orden de Baird- sería el gobernador de los dominios españoles a conquistar(1).

(1) Viajaba con destino al Río de la Plata el conocido regimiento Nro. 71 de rifleros escoceses, con su jefe, el general Dionisio Pack. El convoy recaló en la Isla de Santa Elena cuyo gobernador facilitó un destacamento de infantería y algunos cañones que fueron embarcados en una nave mercante. El total de las fuerzas británicas ascendía a unos 1.600 hombres. // Citado por José Cosmelli Ibáñez. “Historia Argentina”, Buenos Aires. Ed. Editorial Troquel.

La escuadra cruzó el Atlántico en dirección al Río de la Plata y el 8 de Junio llegó al Cabo de Santa María, ubicado a la entrada del estuario. Al día siguinte, la flota fue observada -a pesar de la neblina- por el vigía de Maldonado, quien comunicó la inquietante novedad al gobernador de Montevideo, Pascual Ruiz Huidobro. En la certeza de que se trataba de naves enemigas, el último se apresuró a informar al virrey y puso en estado de alerta los elementos de defensa.

Sobre Monte envió a Montevideo las pocas fuerzas veteranas de que disponía pues creyó en un ataque contra esa plaza, basado en el tamaño de las naves y la escasa profundidad de las aguas frente a Buenos Aires.

Popham exploró el estuario y luego convocó a un Consejo de Guerra para resolver -en definitiva- sobre la ciudad donde se efectuaría el ataque: Buenos Aires o Montevideo. Los oficiales -con excepción de Beresford- votaron por la capital del virreinato.

En la mañana del 24 de Junio, las naves inglesas pasaron frente a la Ensenada de Barragán, en esa época al mando del capitán de navío Santiago de Liniers. Las baterías de la costa abrieron fuego e impidieron acercarse a los invasores.

En la tarde del 25 de Junio, las tropas británicas desembarcaron en Quilmes. “Desde la altura -escribe Groussac- grupos de gauchos a caballo presenciaban el apeo de las casacas rojas, como los naturales de Guanahaní el desembarco de Colón: pronto cambiarían las cosas”.

Cuando el 25 de Junio de 1806 los ingleses desembarcaron en la costa de Quilmes sólo encontraron dos esporádicas e inefectivas resistencias: en las inmediaciones del lugar del desembarco y en el cruce del Riachuelo, resistencias presididas por la improvisación y la falta total de concepción táctica.

- Toma de Buenos Aires

El 24 de Junio de 1806 -día anterior al desembarco- Rafael de Sobre Monte festejó con una función en la Casa de Comedias el cumpleaños de su futuro yerno. Al promediar el espectáculo el virrey recibió un Parte de Santiago de Liniers por el cual se enteró de que naves enemigas habían pasado frente a la Ensenada.

Debido a la confusión que produjo la noticia y a la desorganización de las fuerzas defensivas, recién el día 26 el Subinspector de Armas Pedro Arce, salió al encuentro de los ingleses con unos quinientos jinetes y seis piezas de artillería. Tomó posiciones frente al enemigo, sobre una elevación del terreno que cerraba el camino entre Quilmes y la capital del virreinato.

Beresford, que había agrupado su ejército y cañones en la playa tras grandes pajonales, ordenó el avance en dos columnas, con el aguerrido regimiento 71 a la derecha. Las baterías abrieron fuego sobre los milicianos de Arce quienes, en gran confusión, emprendieron la fuga. Los ingleses ocuparon las barrancas de Quilmes mientras los defensores cruzaron el Riachuelo por el puente de Gálvez y luego lo incendiaron.

Mientras tanto -en la madrugada de ese día- el virrey había despachado los caudales públicos rumbo a Luján en un convoy de carretas con escolta.

El 27 por la mañana los invasores consiguieron cruzar el Riachuelo y vencieron una última resistencia opuesta por los milicianos en el Paso de Barracas que llevaba directamente a Buenos Aires.

Ante el curso de los sucesos, el acobardado Sobre Monte se retiró con su familia y algunos jefes militares a Monte Castro (actual Floresta) donde redactó un pliego explicativo de su fuga, “mucho más indigno y vergonzoso que cualquier capitulación”.

El virrey Rafael de Sobre Monte -que vigilaba las operaciones a la distancia- optó por retirarse al Interior dejando la capital en manos del invasor, delegando el mando político en la Audiencia y llevándose las Cajas Reales.

Desde Monte Castro se trasladó a Luján, donde se hallaban las Cajas Reales pero, ante la noticia de que un destacamento inglés marchaba en busca de ese dinero, el virrey -con su familia y escolta- se dirigió a Córdoba, ciudad que pretendió transformar en “capital provisional del virreinato”.

A las 15:00 del día 27 las tropas inglesas penetraron triunfantes por las calles de Buenos Aires, “a tambor batiente y banderas desplegadas”(2).

(2) El coronel De la Quintana, que era el jefe militar de mayor jerarquía en Buenos Aires, consideró inútil toda resistencia y comunicó que -por mandato de Sobre Monte- debían las autoridades presentes trasladarse a la Fortaleza para firmar “una honrosa capitulación”. // Citado por José Cosmelli Ibáñez. “Historia Argentina”, Buenos Aires. Ed. Editorial Troquel.

Una vez en el Fuerte, Beresford asumió el cargo de gobernador y obligó a que los vencidos firmaran “las condiciones concedidas por los generales de Su Majestad Británica”.

La actitud del virrey fue la causa de su ruina política y ha sido hasta hoy objeto de debates por los historiadores. La decisión de Sobre Monte no era inconsulta ni impremeditada. Se acomodaba a las conclusiones de la Junta de Guerra, que el 2 de Abril del año anterior había adoptado el criterio de abandonar Buenos Aires en el caso de un ataque no resistible y concentrar los refuerzos de todo el virreinato más al Norte, aislando al invasor en el puerto, para luego volver sobre él con fuerzas superiores pero, si esta medida era estratégicamente correcta, su ejecución fue desafortunada, apresurada y no contempló las consecuencias políticas de tal actitud.

En primer lugar, la resolución fue precipitada en el momento de su adopción; en segundo lugar, no se intentó seriamente defender a Buenos Aires antes de resolver su abandono. En tercer término, no se organizó la retirada de las fuerzas militares disponibles ni se retiró la artillería del puerto.

Todos los depósitos militares (incluidas 106 piezas de artillería) cayeron en manos de los ingleses y, poco después, se perdió también en Luján el Tesoro Real. Políticamente, la decisión de Sobre Monte y su posterior lenta reacción no sólo deterioraron profundamente la imagen del virrey -que se convirtió en sinónimo de cobarde para el pueblo- sino que provocó una crisis profunda de la autoridad virreinal a la que, por decisión popular, se arrebató el mando de armas inmediatamente después de la Reconquista.

- Buenos Aires ocupada

Luego que el coronel De la Quintana aceptó con su firma la rendición de las autoridades españolas -de acuerdo con órdenes del virrey- Beresford dio a conocer un Manifiesto, donde exponía a los habitantes de Buenos Aires el plan de acción política y administrativa a desarrollar durante la ocupación.

La ciudad debió prestar juramento de obediencia al rey Jorge III de Gran Bretaña, mientras el jefe vencedor pretendía congraciarse con la población mediante una serie de disposiciones prudentes y moderadas.

Aseguró el “libre ejercicio de la religión católica”, la protección a la propiedad privada, el normal funcionamiento de los Tribunales de Justicia y la libertad de comercio “semejante a la que disfrutan todas las otras colonias de Su Majestad”.

Como trofeo de la victoria, Beresford obtuvo la anuencia del virrey para la entrega aproximada de un millón doscientos mil pesos fuertes, producto de los caudales -que fueron apresados en Luján- y de los fondos que habían quedado en Buenos Aires(3).

(3) Una parte de este dinero fue repartida entre los principales jefes británicos y el resto, aproximadamente un millón, fue enviado a Londres en la fragata “Narcisus”. En aquella cuidad, los caudales fueron subidos en carros alegóricos y desfilaron en medio del júbilo popular que aclamaba los nombres de Popham y Beresford. // Citado en “Historia Argentina”, de José Cosmelli Ibáñez. // Editorial Troquel, Buenos Aires.

Cuando los británicos ocuparon Buenos Aires el 27 de Junio de 1806 ofrecieron a la población porteña, como garantía de la bondad del nuevo monarca a quien debían obedecer, la seguridad del libre culto católico y la promesa del libre comercio.

La prometida libertad religiosa no podía competir en el ánimo de una población católica con la identificación hasta entonces existente entre la Iglesia y el Estado, que constituía a éste en protector y custodio de aquélla.

En cuanto a la libertad de comercio no era propiamente tal -como bien ha señalado Ferns(4)- sino la participación dentro de la estructura mercantil inglesa, igualmente proteccionista que la española aunque más amplia y elástica. Como dice el autor citado “en los despachos de Popham, aquí y allá, podemos descubrir más de un rastro de los procedimientos político-económicos mercantilistas del viejo Adam”(5).

(4) H. S. Ferns. “Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX” (1966), p. 60, Buenos Aires. Ed. Solar-Hachette.
(5) H. S. Ferns. “Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX” (1966), p. 61, Buenos Aires. Ed. Solar-Hachette. // Todo citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

La medida se oponía directamente a los intereses del grupo comercial monopolista integrado por los españoles y también, aunque menos directamente, a las ideas de quienes querían comerciar libremente con todo el mundo, como los comerciantes criollos y los ganaderos exportadores.

Por fin, los grupos más avanzados en ideas políticas y que esperaban de los ingleses ayuda para independizarse -conforme a las ilusorias promesas de Miranda- se vieron sorprendidos por la actitud de conquista de los recién llegados.

Juan José Castelli, una de las primeras figuras de aquel grupo, se entrevistó con Beresford para definir la situación sin obtener otra promesa que la de requerir Instrucciones a Londres. Pueyrredón, a su vez, se entrevistó con Popham y quedó convencido de la improvisación de la expedición y la ninguna garantía que ofrecía a las aspiraciones independentistas.

Como consecuencia, este sector se unió -tras la inicial expectativa- al espíritu general de resistencia y se movió con presteza y energía.

- La reacción hispanocriolla. Combate de Perdriel

Era evidente que la capital del virreinato había sido ocupada por los ingleses debido a la negligencia e ineptitud de las autoridades encargadas de su defensa. La humillante actitud del virrey y la debilidad de los jefes españoles sirvieron para acentuar los síntomas de reacción entre los habitantes, quienes trataron de expulsar por la fuerza a esos invasores, diferentes en origen, religión e idioma.

No en vano, Buenos Aires había sido reconocida anteriormente por la Corona española con los títulos de “muy noble y muy leal”(6).

(6) A los pocos días de la ocupación, dos ingenieros catalanes -Felipe Sentenach y Gerardo Esteve y Llac- con la ayuda financiera del acaudalado comerciante Martín de Alzaga, propusieron construir dos túneles que llevasen uno a la Fortaleza y otro al Cuartel del regimiento Nro. 71 (La Ranchería). Allí debían colocarse cargas de explosivos destinadas a volar esos lugares ocupados por el grueso del enemigo. Los trabajos se iniciaron con el mayor sigilo y luego de abrir sendas bocas en casas próximas, las galerías avanzaron con rapidez pero, al poco tiempo, fueron abandonadas las obras por causas que se ignoran. // Citado por José Cosmelli Ibáñez. “Historia Argentina”, Buenos Aires. Ed. Editorial Troquel.

A pocos días de iniciada la invasión se había producido una alianza de hecho entre todos los sectores de la población -criollos, peninsulares, comerciantes, productores, clérigos y militares- dispuestos a expulsar a los invasores.

Estos, por su parte, observaron una actitud política estática, sin percibir la tormenta que se cernía sobre ellos o incapaces de adoptar actitudes que disociaran la alianza de sus enemigos.

Fue así como el capitán de navío Santiago de Liniers, francés al servicio de España, se trasladó a Montevideo a solicitar al gobernador Pascual Ruiz Huidobro, fuerzas para reconquistar Buenos Aires; Juan Martín de Pueyrredón se puso a la tarea de organizar tropas irregulares en la campaña bonaerense -entre la Capital, Luján y San Pedro-; y Martín de Alzaga organizaba a los conspiradores dentro de la misma Buenos Aires y remitía armas a los hombres de la campaña.

La reunión de fuerzas en la Banda Oriental bajo las órdenes de Liniers y la concentración de voluntarios en los alrededores de la capital se hicieron patentes a los jefes ingleses en los últimos días de Julio.

La primera reacción organizada contra los ingleses se produjo en la campaña, donde Juan Martín de Pueyrredón consiguió equipar una fuerza de setecientos hombres, entre milicianos y vecinos.

Las actividades de los conjurados -entre los que figuraba Martín Rodríguez- llegaron a conocimiento de Beresford quien, al frente de quinientos soldados, los enfrentó -el 1 de Agosto de 1806- en la chacra de Perdriel, distante a cuatro leguas de Buenos Aires.

Luego de breve combate, los británicos consiguieron dispersar a sus bisoños adversarios quienes, sin embargo, lograron apoderarse de un carro de municiones. Una columna de infantería inglesa fue la que dispersó a los pocos hombres con que Pueyrredón la enfrentó, pero el hecho sólo sirvió para demostrar a los ingleses la imposibilidad de operar sin caballería en un territorio tan extenso.

A la pasividad política, el invasor se veía obligado a agregar la inercia militar.

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