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La Administración unitaria de Rivadavia

Cuando, terminada su gestión diplomática en Europa, Bernardino Rivadavia retorna a la ciudad natal, es gobernador de la provincia el general Martín Rodríguez. Le ofrece a Rivadavia el cargo de ministro de Gobierno, “persuadido como está de la importancia de sus servicios, de la extensión de sus luces y de que con este nombramiento llena justamente el voto de sus conciudadanos”(1).

(1) Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Desde 1820 se carece de un Gobierno Nacional; desaparecidos el Congreso y el Directorio, las provincias viven un federalismo de hecho. Las disidencias entre los argentinos, presentes desde los primeros meses de la revolución de Mayo, habían ido ensanchando y ahondando su cauce.

Documentaban las intolerancias de las luchas intestinas sobrevenidas, los destierros, las cárceles y las confiscaciones que alternativamente practicaban los grupos o partidos que alcanzaban el poder. Tan violentas estas luchas, que ellas superaron en mucho a las resultantes de la guerra por la independencia. Especialmente a partir de 1815, la vida política y social argentina se desenvuelve en un clima en el cual el odio ha reemplazado toda razonable posibilidad de diálogo.

Un odio que se grita en el lenguaje, se multiplica en las devastadoras invasiones y que si exterminaba vidas no se detenía ante la muerte: sepultar al adversario llegó a parecer una debilidad que interrumpía, absurdamente, goces de insaciable venganza...

Tiene fecha 19 de Julio de 1821 la designación de Rivadavia. Diez días antes, Buenos Aires lo ignora, San Martín ha entrado en Lima. Nueve días antes, también esto Buenos Aires lo ignora; el caudillo Ramírez -que disputa con López la hegemonía federal en el Litoral- ha sido derrotado y degollado en Córdoba y su cabeza exhibida tres días bajo las arcadas del Cabildo de la Ciudad de Santa Fe.

Si lo primero medía en lejanas latitudes el éxito alcanzado en la lucha por la independencia, lo segundo testimoniaba cuánta barbarie había inoculado dentro del país el odio de las guerras civiles y de la anarquía...

Rivadavia intentó sacar al país del odio en que lo empantanaban las discordias y que convertían a éstas en factor esterilizante de toda esperanza de organización constitucional. Para lograr tan trascendente propósito, hizo de la entrada de San Martín en Lima, un patriótico motivo de conciliación nacional.

Si desde 1810 la Argentina se afanaba en resolver el doble problema de la independencia y de la organización, ¿cómo no relacionar ambos y, en la hora jubilosa en que el plan continental de San Martín cumplía decisiva etapa, no mirar con indulgencia los extravíos que la pasión partidista desencadenara entre los argentinos..?

En un Mensaje a la Legislatura de la provincia propone la Ley de Olvido, por la cual permitía el regreso al país de muchos de los hombres públicos, entre otros, Carlos María de Alvear y Manuel Dorrego, desterrados por las contingencias de la lucha. En el Mensaje, fundando el proyecto, se expresaba:

Cumplióse al fin el noble voto que Buenos Aires hizo el 25 de Mayo de 1810...”. “Los pueblos del continente son independientes; que sean libres y felices, son ahora los deseos de esta provincia”.

Rivadavia entendía que era necesario -según expresaba a la Legislatura- “cerrar para siempre el período de la revolución el día mismo en que se ve cumplido el primer objeto”, “y no acordarse más, si es posible, ni de las ingratitudes, ni de los errores, ni de las debilidades que han degradado a los hombres o afligido a los pueblos en esta empresa demasiado grande y famosa”.

La Legislatura no aceptó, en un principio, este punto de vista cuando en Septiembre de 1821 recibió el proyecto; Rivadavia debió reiterar el pedido en Mayo de 1822, obteniendo sólo entonces favorable sanción(2).

(2) Aprobada por 21 votos sobre 32 diputados asistentes, aunque los desterrados que podían retornar al país eran solamente nueve, los beneficios de la iniciativa fueron mucho más amplios: numerosos ciudadanos que, temerosos de las represalias de la pasión partidista, habían emigrado, regresaron a poco de conocerse el proyecto sin aguardar a que él fuera convertido en ley. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

La prensa partidaria de Rivadavia colaboraba en ese clima de pacificación que el ministro concretaba desde su cargo. Uno de les periódicos, “El Centinela”, aparecido el 28 de Julio de 1822, tenía, como lema, esta frase que mostraba impresa debajo del título: “¿Quién vive? La Patria”.

La discordia de las guerras civiles, además del odio, había provocado la inestabilidad de las autoridades y el consiguiente caos institucional y administrativo...

El Gobierno de Martín Rodríguez, con la colaboración de sus ministros, especialmente la de Bernardino Rivadavia, inició una tarea verdaderamente revolucionaria: la de encauzar las ideas y los sentimientos e intereses por el camino de lo institucional.

Como es sabido, el Gobierno de la provincia se cumplía mediante la acción del Poder Ejecutivo -constituido por el gobernador y los ministros- y de una Legislatura, la Cámara de Representantes.

Prueba de la tolerancia del Gobierno para con todas las opiniones y de la autenticidad de su fe democrática, era el funcionamiento regular de la Legislatura, “a la que Rivadavia comunica jerarquía” al asistir a las sesiones y cumpliendo sus decisiones: “Es el primer ensayo de un Gobierno representativo en la América del Sur(3).

(3) Alberto Palcos. “Rivadavia, Ejecutor del Pensamiento de Mayo” (1960), en la Biblioteca de la Facultad de Humanidades de Buenos Aires, tomo XXXIII, volumen 1, La Plata. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

A este Gobierno de Martín Rodríguez le corresponde haber presentado a la Legislatura el primer Presupuesto que se conoce en nuestra historia. Los gastos y los recursos aparecían públicamente exhibidos con su destino preciso. Tan preciso como que un artículo de la ley establecía: “... en ningún caso podrá gastarse mayor cantidad que la que se hubiese acordado por la Junta de Representantes”.

Es, por otra parte, iniciativa de Rivadavia, la creación, en 1821, del “Registro Oficial”, destinado a documentar, responsablemente, las resoluciones gubernativas. Y en 1822 la del Registro Estadístico, que permitiría un mejor conocimiento de la realidad económica y social de la provincia.

A Rivadavia le preocuparon, desde luego, las dos instituciones de mayor antigüedad e influencia en el país: la Iglesia y el Ejército. Ambas habían sufrido las consecuencias de la guerra de la independencia y en ese momento aparecían como desubicadas respecto de la nueva orientación que vivía la provincia.

En lo que respecta a la Iglesia, antes de 1810 eran muchos los clérigos que llevaban vida censurada por las almas piadosas. Y al faltar a la institución la disciplinada autoridad de la Santa Sede (pues la posición absolutista del Vaticano, identificada con Fernando VII, fue desconocida por la mayoría del clero criollo, partidario de la emancipación) se hizo muy difícil que la propia Iglesia remediara el mal.

Rivadavia entiende necesaria la adopción de ciertas normas reglamentarias, como la de limitar a un solo curato la jurisdicción posible para cada sacerdote; el traslado a otras casas de los religiosos que habitan el edificio de la Recoleta, destinada a cementerio público; el control administrativo de los bienes del santuario de Luján; fija en treinta el máximo y en dieciséis el mínimo de religiosos por establecimiento; en 25 años la edad para principiar a profesar, etcétera.

Al proponer también la supresión del fuero eclesiástico y el diezmo, buscaba Rivadavia no solamente moralizar la Iglesia sino también reiterar la supremacía del poder civil en la marcha del Estado, con lo cual confirmaba la orientación ya manifestada en la Asamblea General Constituyente de 1813.

La reforma religiosa ha concitado contra Rivadavia un encono que en algún sector del catolicismo argentino todavía perdura. Se le inculpa la confiscación de bienes y rentas que, adquiridos por legados, donaciones, etc., pertenecían a las diversas Ordenes e instituciones religiosas. Tales, entre otros, bienes como los terrenos que hoy corresponden al cementerio de la Recoleta, al Hospital Rawson, al Hospicio de las Mercedes, al ex Arsenal de Guerra, etc. y capitales a censo, es decir dinero en préstamo a particulares.

Cálculos actualizados al año 1966 adjudicaban a todos esos bienes religiosos un valor superior a los 200.000 millones de pesos (doscientos mil millones de pesos, moneda nacional).

La reforma militar, encarada en Noviembre de 1821, se formula considerando que, con la toma de Lima, la guerra de la independencia se encamina a su finalización. Se impone limitar los efectivos del Ejército y seleccionar sus cuadros de jefes y oficiales. Se trata de organizar la etapa subsiguiente en la vida de estos hombres, muchos de los cuales, en plenitud de energías, ven concluida su gloriosa faena de una década.

Al pasar a retiro a buena parte de los jefes, se establece como compensación una ley mediante la cual el personal que tenga de cuatro a veinte años de servicios disfrutará de una tercera parte del sueldo correspondiente al grado; el de veinte a cuarenta años, la mitad; y el que excediera los cuarenta años de servicios militares percibirá el sueldo íntegro.

Además, y a manera de compensación, los que figuran incluidos en las dos primeras categorías señaladas, recibirán una suma de dinero en títulos de fondos públicos semejante a la que les hubiera correspondido en veintidós años y cuyos intereses equivalen, poco más o menos, a la tercera parte del sueldo de cada clase.

Esta última disposición tendía a facilitar recursos en la etapa de adaptación a nuevas actividades, que significaba para los oficiales su pase a situación de retiro, pero no llegó a cumplir los fines que la motivaron. La impaciencia de muchos de los beneficiados los llevó a vender con anticipación y a los especuladores esos títulos, lo que en definitiva aprovechó a los usureros.

Desde mediados de 1821, cuando se incorpora al Gobierno, Rivadavia juzgaba decidida y de manera adversa para España la guerra de la independencia de América. Y reforzando los lazos de solidaridad entre las nuevas nacionalidades americanas, como también en el deseo de prevenir conflictos entre ellas, Rivadavia “es el primer estadista del Nuevo Mundo que sustenta la doctrina de no alterar por la fuerza los límites de los territorios del continente; propone reconocer a los que regían en 1810(4).

(4) Alberto Palcos. “Rivadavia, Ejecutor del Pensamiento de Mayo” (1960), en la Biblioteca de la Facultad de Humanidades de Buenos Aires, tomo XXXIII, volumen 1, La Plata. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Si creía concluida la guerra de la independencia contra España, Rivadavia advertía, en cambio, con creciente preocupación, la necesidad de asegurar la soberanía argentina en el Plata y en la costa patagónica. Respecto de esta última “cree a pie juntillas en el portentoso porvenir de esa extensa e inexplorada comarca. Y se afana en promover su adelanto, tanto o más que el de cualquiera otra de la provincia”. Le da jerarquía a la zona, otorgándole representación en la Legislatura, primera y única vez que esto ocurre.
A los efectos de proteger esos territorios contra agravios y desplantes incalificables, Rivadavia ordena -en Agosto de 1821- el envío de dos buques de guerra y de un tercero en Septiembre. Los filibusteros están advertidos; la provincia no tolerará atropellos contra su soberanía... A renglón seguido se dicta el reglamento de pesca marítima, lo difunde en inglés, francés y castellano y fija nuevos derechos a esa actividad lucrativa(5).

(5) Alberto Palcos. “Rivadavia, Ejecutor del Pensamiento de Mayo” (1960), en la Biblioteca de la Facultad de Humanidades de Buenos Aires, tomo XXXIII, volumen 1, La Plata. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Rivadavia, que ya en 1812 había señalado la necesidad de escribir la “historia filosófica de nuestra feliz revolución” crea, el 28 de Agosto de 1821, el Archivo General, al determinar “se reúnan en él los distintos archivos de esta capital, incluso el del Cabildo”.

A Rivadavia se le debe pues la institución que celosamente guarda los documentos que atestiguan el pasado de la Nación.

Rivadavia no sólo intentó sacar al país del odio en que se empantanaba, sino también liberarlo de una fatalidad que expresaba su psicología de sometimiento a la naturaleza.

La fatalidad era el viento que alejaba las aguas del Río de la Plata y, al aflorar en éste los bancos de arena que hacían peligrar los navíos, convertía en faena penosa el desembarco de pasajeros y de mercadería. El remedio era construir el muelle indispensable y para ello Rivadavia contrató en Europa al ingeniero Carlos Pellegrini.

La fatalidad eran las sequías prolongadas, que hacían perecer de sed a los hombres y al ganado y agostaban las plantas. El remedio podía encontrarse en las aguas del subsuelo y para perforar la llanura con pozos artesianos, Rivadavia hizo venir de Londres al ingeniero Bevans, especialista en hidráulica.

La fatalidad eran las lluvias que convertían la tierra en lodo que, atascando carruajes, jinetes y peatones, incomunicaba la ciudad y el resto del país. El remedio eran los caminos, como el que Rivadavia hizo construir en 1822 entre Buenos Aires y el puerto de la Ensenada.

Se le considera como el primer macadanizado, pues al ser difícil mantener el existente, por las aguas, cañadas y pajonales que lo destruían, se le hizo un lecho de talas y ceibo relleno con arena.

La fatalidad eran los ríos marchando caprichosamente, según los dictados del suelo o las variantes de los deshielos en la cordillera. El remedio eran los canales navegables y Rivadavia los proyectó considerando los que tan benéficamente él había observado en Francia como elementos de comunicación y de riego. Por ello auspició la exploración del Bermejo que Pablo Soria verificó en Junio de 1826 al partir de Jujuy y recorrer el río mencionado hasta su confluencia con el Paraná, demostrándose así la posible comunicación fluvial en esa región del país.

La fatalidad era aceptar los animales con sus ancestrales características negativas y creer imposible mejorar su calidad. El remedio era la mestización, y Rivadavia auspició la jerarquización de la ganadería argentina mediante la introducción de merinos. Previó así la importancia de la lana como materia prima para la industria textil inglesa, cuya expansión había presenciado durante su residencia en Gran Bretaña.

La fatalidad eran las enfermedades, muchas de las cuales podían, sin embargo, prevenirse. Rivadavia así lo entendió y procuró dotar a la ciudad de un eficiente servicio de obras sanitarias.

La fatalidad era el desierto con su aplastante desolación. Rivadavia quiso remediarlo; y para ello encaró con un nuevo criterio la relación entre la tierra y el hombre. Debía pensarse en la colonización, mediante nativos e inmigrantes y, para cumplirla, calculaba iniciarla en Carmen de Patagones.

Para encarar la realización de obras trascendentes, que debían darle a la provincia un nivel de jerarquizada economía y sociabilidad (especialmente las del puerto, las sanitarias y la expansión de las fronteras interiores) se tramitó la contratación de un empréstito.

La ley del 28 de Noviembre de 1822 autorizó al Gobierno a tomar en préstamo hasta cinco millones de pesos oro y negociar con Baring Brothers, con la condición de que el Estado recibiera en efectivo el 70 % de lo declarado y que el interés no excediera del 6 %(6).

(6) H. S. Ferns: “Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX” (1966). Ed. Hachette, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Los hermanos Robertson(7) actuaron como intermediarios en promover este empréstito. John Parish Robertson y Félix Castro se hicieron cargo conjuntamente de toda la emisión de bonos a 70, pero retuvieron una suma suficiente para pagar los intereses y la amortización durante dos años. De manera que, por una deuda de un millón de libras, el Gobierno de la provincia de Buenos Aires recibía un crédito de unas 570.000 £.

(7) Se trata de los hermanos John Parish y William Robertson. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Los bonos fueron lanzados al mercado de Londres por los Baring a 85; los Robertson, sus asociados y los hermanos Baring ganaron 150.000 £ en la transacción. Los bonos subieron a 931/2, en Enero de 1825, el punto más alto que alcanzaron antes de que cayeran en forma vertical los títulos del Río de la Plata”(8).

(8) H. S. Ferns: “Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX” (1966). Ed. Hachette, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Para abonar los gastos de la amortización correspondiente al empréstito, se calculó la renta a obtenerse de la tierra pública. Conviene advertir que hasta entonces financieramente se vivía bajo el agobio de una enorme Deuda Pública a corto plazo, de crónicos déficits de Presupuestos siempre rebasados por los Gastos militares (las guerras de la independencia, las guerras civiles, la defensa de las fronteras interiores) y que el régimen impositivo hacía, de las rentas aduaneras, el 80 %, término medio, de los Ingresos fiscales.

Desde luego estos proyectos suponían enfocar con criterio distinto la relación entre la tierra y el hombre mediante una política de colonización que retuviera para el Estado la tierra que era costumbre conquistar mediante sacrificios colectivos para luego suscitar privilegiados latifundios...

Conviene anotar que la etapa de adelantos que se programaba tenía una concreta base de realizaciones: desde 1821, disfrutando la paz obtenida con las provincias, las fronteras interiores, es decir las que delimitaban los dominios compartidos con los indios, se habían desplazado considerablemente; la superficie de la provincia, estimada ese año en 1.518 leguas cuadradas -o sea 41.000 kilómetros cuadrados- aparecía, en 1823, incluyendo territorios más allá del Salado por el sur y hasta lo que es hoy Tandil.

Lo comprendido entre la costa y una línea trazada desde el Fuerte Veinticinco de Mayo hasta Patagones quedó bajo la jurisdicción del Gobierno Provincial.

No es exagerado apreciar que la superficie se había duplicado. Hubo pues una base concreta de expansión territorial que justificaba esos proyectos. Las zonas conquistadas por el Estado bien podían servir de positivo punto de partida para una coherente programación en los planes gubernativos. Se llamó enfiteusis el sistema, encarado por Rivadavia, que entregaba la tierra pública no en propiedad sino en usufructo; se prevenían de ese modo los grandes latifundios.

Superior al sistema de los arrendamientos, porque en éste el arrendatario carece del derecho de ejercer acciones posesorias, la enfiteusis otorgaba la tierra pública por plazos largos o a perpetuidad, pero sin que en ningún caso dejara de pertenecer a la nación. De tal manera ella seguía siendo patrimonio de todas las generaciones.

El canon o precio por usarla, que debía abonar al Estado, se reajustaba periódicamente y para evitar que los precios a fijarse dieran lugar a favoritismos políticos o personales, no se recurriría a tasadores del Estado.

Por algunas características, la enfiteusis rivadaviana ha podido calificarse “como el primer intento responsable del mundo civilizado que, para resolver el problema de la tierra, haya tenido principio de ejecución”. Y de haber sido respetado por los Gobiernos subsiguientes, ella hubiera posibilitado a la Argentina ser la primera democracia republicana moderna.

Bajo el Gobierno de Martín Rodríguez y siendo ministro Rivadavia, se inaugura -el 12 de Agosto de 1821- la Universidad de Buenos Aires. Pero la fundación de la casa de estudios del más alto nivel venía siendo preparada desde mucho antes, y su verdadero organizador fue el doctor Antonio Sáenz, quien en Febrero de ese año tenía ya redactado el reglamento general y sería por otra parte el primer rector.

El Departamento de Medicina, “es el Departamento profesional de la Universidad que más cuida Rivadavia...”, “... en 1823, el Departamento de Medicina tiene 21 estudiantes, en lugar de los cuatro del año anterior. A partir de ese año la anatomía se enseña en la sala de disecciones recientemente instalada y se incorpora a las prácticas médicas del país la aplicación de inyecciones...(9).

(9) Alberto Palcos. “Rivadavia, Ejecutor del Pensamiento de Mayo” (1960), en la Biblioteca de la Facultad de Humanidades de Buenos Aires, tomo XXXIII, volumen 1, La Plata. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

En Abril de 1822 se crea el Tribunal de Medicina, embrión de la actual Subsecretaría de Salud Públic; se crea la Academia de Medicina y los cargos de médicos del puerto y de policía de la capital y de la campaña. Los de la capital hacen autopsias, vigilan les mercados y en todas partes fiscalizan la calidad de los alimentos; junto con el inspector de farmacias hacen lo propio con los medicamentos.

La vacunación antivariólica, que ya había sido una meritoria preocupación del Gobierno español, es intensificada; comisiones de alumnos de medicina recorren periódicamente la provincia y difunden la práctica. Decretos de 1826 ordenan la vacunación obligatoria de los niños que se educan en las escuelas del Estado y promueven la creación, en cada provincia, de oficinas que administrarían la vacuna y que serían costeadas por el Tesoro Nacional.

Como si toda la actividad gubernativa que cumplía en las tareas oficiales no bastara, Rivadavia daba jerarquía a los valores de la cultura escuchando en las tertulias sociales a los escritores que leían sus obras o premiando con libros a los poetas que cantaban las glorias de la patria.

Auspiciaba la belleza artística quien, físicamente, ofrecía al lápiz burlón de los adversarios múltiples motivos de escarnio; Rivadavia tenía un vientre demasiado voluminoso; sus labios gruesos -sumados a una piel bien morena- le valieron el apodo de “el mulato Rivadavia”. Pero como su palabra amena refería las curiosidades vistas en la lejana Europa, ¡y había visto tantas cosas!, se lo escuchaba con avidez.

Y oyéndolo, todos, y especialmente las mujeres cultas, olvidaban las caricaturas y el físico real.

En reciprocidad a esa admiración que sus relatos despertaban entre las señoras, Rivadavia guardaba para el sexo femenino una muy alta estimación.

No extrañe, pues, que, deseando incorporarla a las corrientes renovadoras, creara en Febrero de 1823, la Sociedad de Beneficencia. No debe interpretarse el título en el sentido de piedad social. En los fundamentos del decreto, Rivadavia alude al retardo de los códigos y al atraso de la civilización que no ha asociado a las ideas y sentimientos de ésta “los de la mitad preciosa de su especie”.

Entrega a los cuidados de la Sociedad de Beneficencia la dirección e inspección de las escuelas de niñas, la Casa de Expósitos, el Hospital de Mujeres, el Colegio de Huérfanos y todos los establecimientos de índole femenina.

Con tan positivo haber en el sosiego de las pasiones y en el ordenamiento institucional, la provincia de Buenos Aires pudo proyectarse prestigiada ante las demás y gravitar en la organización del país. La conciliación de las provincias del Litoral se exterioriza el 25 de Enero de 1822, mediante la firma, en Santa Fe, del Tratado del Cuadrilátero, así denominado porque lo suscriben cuatro provincias: Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes. (Corrientes se había independizado de Entre Ríos, en Noviembre de 1821).

En contraste con la pacificación del Litoral, los caudillos y sus montoneras disputaban en el Norte y el Oeste del país. Las luchas interprovinciales habían desatado conflictos y a los combates en los campos de batalla corresponde agregar maniobras de los grupos que dentro de cada provincia disputaban el poder... Para conquistar o retener éste, no se vacilaba en buscar aliados en las otras provincias y con ellos invadir la propia...

En cambio, el Tratado del Cuadrilátero, en el que se refleja la política que inspiraba Rivadavia, no subsigue a ningún conflicto armado; se llega a él por convergentes armonías de las provincias signatarias y no abre ninguna etapa bélica entre ellas. No aludió el Tratado a una organización federal; la reafirmó en los actos concretos que supone reconocer la existencia de Corrientes, independizada de Entre Ríos en 1821, y respetar, en los hechos, las autonomías provinciales.

Y el artículo 8vo. afirmaba:

Queda igualmente libre el comercio marítimo en todas las direcciones y destinos en buques nacionales, sin poder ser obligados a mandarlos abonar derechos, descargar para vender sus mercaderías o frutos por pretexto alguno por los Gobiernos de las cuatro provincias, cuyos puertos subsisten habilitados en los mismos términos...”.

Sin publicidad, sin recelos, sin pretensiones hegemónicas, las provincias conocieron la paz. La pacificación del Litoral debe por lo demás interpretarse como el cumplimiento de una etapa en el proceso de la total organización nacional; Rivadavia no actuaba en base a egoísmos regionales y por cierto no olvidaba a las otras provincias argentinas.

Etapa subsiguiente de la política seguida por la provincia de Buenos Aires, siendo Rivadavia ministro, es la negociación que, según se hacía saber a los gobernadores, buscaba “reunir todas las provincias del territorio que antes de la emancipación componían el Virreinato de Buenos Aires o Río de la Plata en cuerpo de una Nación administrada bajo el sistema representativo por un solo Gobierno y un Cuerpo Legislativo”.

Las Instrucciones dadas a los delegados señalaban normas precisas en cuanto debía inspirar “plena confianza a todos los partidos”, evitar apoyo a “partido personal alguno, olvidando los resentimientos por los sucesos pasados contra los que gobernaban actualmente”.

Con razonable sabiduría política, Rivadavia comprendía que la organización tenía que realizarse con quienes “hoy se hallan gobernando a los pueblos y no debiendo hacerse mutaciones de personas hasta la instalación del Gobierno y Cuerpo Legislativo General”.

A fines de 1823, Buenos Aires urgía, por intermedio de sus delegados, para que los Gobiernos de las provincias que ya habían respondido aceptando sin excepción la convocatoria, apresuraran “mediante todos los esfuerzos posibles, la reinstalación del Cuerpo Nacional”.

Graves aspectos de la política internacional imponían no demorar esta fundamental decisión.

Cuando independizado de Portugal y proclamado Don Pedro I, emperador constitucional del Brasil, éste envía un representante para la consiguiente notificación: Rivadavia plantea en forma bien expresa la reivindicación territorial de la Banda Oriental.

Pero el emperador del Brasil le hacía contestar en Febrero de 1824, que la Banda Oriental, con la designación de Provincia Cisplatina, se había unido al Brasil y jurado la Constitución del Imperio... y Pedro I se negaba a restituirla.

Aludiendo a esta actitud, en un Mensaje a la Legislatura de la provincia, el Gobierno de Buenos Aires señalaba “... las relaciones con el Brasil, cuyo Gobierno insiste en retener la provincia de Montevideo...”, “reclaman con imperio del establecimiento de un Gobierno General...”.

Al término del período legal del gobernador Martín Rodríguez, Bernardino Rivadavia declinó reiteradas veces el ofrecimiento del nuevo mandatario provincial, general Las Heras, de continuar desempeñando el cargo de ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores y, pocas semanas después, se embarcaba para Europa.

Sobre el conflicto con el Brasil conversó Rivadavia en Londres con el primer ministro, míster Canning, en quien advirtió una actitud contraria a los derechos argentinos.

En una misiva confidencial a Woodbine Parish, cónsul inglés en Buenos Aires, comentará Canning: “Más de una vez he observado en Rivadavia una inclinación a reclamar como derecho lo que sólo puede propiamente solicitarse como un favor”.

En realidad Canning se equivocaba al interpretar así la gestión de Rivadavia. Este reclamaba el apoyo del Gobierno de Londres fundándose, para ello, en que Gran Bretaña se había comprometido, en 1812, como garante en el Armisticio que ese año, con motivo de la invasión de la Banda Oriental por los lusitanos, se firmó entre Portugal y las Provincias Unidas.

Tan disgustado sale Rivadavia de sus contactos con la cancillería británica, que en carta particular manifiesta: “No podré ya por ningún motivo residir en parte alguna de Inglaterra”, y comprendiendo que deberá recurrirse a las armas para zanjar la cuestión, así se lo comunica al Gobierno de Buenos Aires para que, alertado, encare la consiguiente perspectiva de la guerra con el Brasil. La evolución bélica del problema no fue, pues, para él una sorpresa.

En el Viejo Mundo, Rivadavia retomó la realización de un proyecto que desde hacía tiempo le atraía: el de organizar una empresa extranjera que encarara la explotación de las riquezas mineras del país.

Por ese entonces, una fiebre de especulación en minas recorría los mercados financieros europeos y daba, en el epicentro del mundo capitalista que era Londres, su registro más alto.

Estas tendencias inversionistas extranjeras coincidían, en el caso concreto de nuestro país, con la necesidad de resolver la falta de riqueza metálica. Desde 1810 se había perturbado, por la guerra de la independencia, el Alto Perú, tradicional mercado proveedor de esa producción, tan indispensable en la acuñación de moneda.

La empresa propiciada por Rivadavia obedecía pues a bien razonados fundamentos y tratándose de él no era una fiebre por contagio circunstancial. En 1812, integrante del primer Triunvirato, redactaba un decreto, uno de cuyos artículos prometía otorgar gratuitamente a extranjeros terrenos sin propietarios para la explotación de minas, “... y extraer los productos de su industria del mismo modo que los naturales del país...”(10).

(10) Ricardo Piccirilli: “Rivadavia y su Tiempo”, tomo 11. Ed. Peuser, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Años después, en 1818, mientras cumplía en Europa gestiones diplomáticas, enteraba al Gobierno haber incitado allí a capitalistas decididos, a formar “una sociedad capaz de enviar al Plata a profesores, obreros y máquinas necesarias para iniciar la explotación”. En tal sentido, pedía le fuera enviado “un informe circunstanciado sobre la riqueza de Famatina y condiciones de vida del lugar(11).

(11) Ricardo Piccirilli: “Rivadavia y su Tiempo”, tomo 11. Ed. Peuser, Buenos Aires.// Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Siendo ministro, en Noviembre de 1823, se había dirigido a Hullet Hnos. y Cía., una empresa londinense que ya había iniciado ese tipo de actividades en México, invitándola a la formación de una Sociedad que “disponiendo de un capital proporcionado, se emplee en la explotación de las minas situadas en el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata, a elección discrecional de los mismos empresarios...”.

La empresa organizada por Hullet y Compañía se denominó “Río de la Plata Mining Company”, con un capital nominal de 1.000.000 de libras, comenzó a lanzar acciones(12). Rivadavia fue nombrado presidente de la Compañía(13). La presidencia era honoraria, lo que no impidió que después se lo calumniara, afirmando que una retribución de mil doscientas libras anuales le había llevado a entremezclar las conveniencias del país y las propias...(14).

(12) H. S. Ferns: “Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX” (1966). Ed. Hachette, Buenos Aires.
(13) Es posible que la escasa simpatía exteriorizada por Canning respecto de Rivadavia, en 1825, respondiera a que Rivadavia se había vinculado con Hullet y Company, grupo financiero rival del grupo Baring con el cual estaba relacionado el propio Canning.
(14) Ricardo Piccirilli: “Rivadavia y su Tiempo”, tomo 11. Ed. Peuser, Buenos Aires. // Todo citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Rivadavia cometió sí, un error grave en este asunto y fue considerar que la “Río de la Plata Mining Company” podría actuar en las provincias cuando, en ausencia de él, la Ley Fundamental del 23 de Enero de 1825 consolidaba, precisamente, las instituciones provinciales...

Rivadavia había calculado lo contrario; la adopción de un régimen constitucional que transfería, al dominio legal de la nación, la explotación minera de todo el territorio del país...

Pero lo que dio al asunto de la “Río de la Plata Mining Company” trascendencia política, y para Rivadavia rumbos de infortunio, fue que mientras él organizaba esta empresa londinense, en Buenos Aires los hermanos Juan y Guillermo Parish Robertson -de nacionalidad británica- formaban la “Famatina Mining Company” con capitales argentinos.

El accionista principal era el mismísimo Juan Facundo Quiroga; aunque denominado “el Tigre de los Llanos”, en sus orogáficos dominios de La Rioja estaba precisamente el codiciado Famatina...

Cuando Rivadavia regresó al país, Octubre de 1825, pudo medir la distancia entre sus esperanzas al partir y la realidad que contemplaba... El Congreso General por él auspiciado, había iniciado, sin mayor energía resolutiva, sus sesiones... La adopción de un Gobierno Nacional seguía siendo un proyecto... Y no obstante que la guerra con el Brasil, motivada por la ocupación brasileña de la Banda Oriental, era un hecho, el Gobierno de Las Heras parecía debatirse en el marasmo...

La presencia de Rivadavia permitió concitar la adopción de una política ejecutiva y es evidente que ella dio, desde el primer momento, la clara impresión de lo coherente... Una serie de leyes se aprobaron y en pocas semanas el país pareció encaminarse hacia una nueva estructura organizativa.

Es equívoco difundido, suponer que el enfoque de unidad, que a esa organización dieron Rivadavia y sus partidarios, suponía centralizar el país aumentando los derechos y atribuciones de Buenos Aires. Todo lo contrario.

El programa económico unitario tenía objetivos nacionales y el partido unitario que los destacaba a expensas de las cuestiones locales, alcanzó un alto grado de homogeneidad, tanto en la organización como en la doctrina.
Era numéricamente reducido, pero lo que le faltaba en ese sentido lo compensaba con exceso con la calidad de sus dirigentes(15).

(15) Niron Burgin. “Aspectos Económicos del Federalismo Argentino” (1960). Ed. Hachette, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

En contraste con esto “en ningún momento del desarrollo del Congreso Constituyente lograron los federales formular un programa político y económico consecuente. Cuando se reunió el Congreso en Buenos Aires, a fines de 1824, no se veían claramente los principios ni las consecuencias del federalismo como doctrina política y económica(16).

(16) Niron Burgin. “Aspectos Económicos del Federalismo Argentino” (1960). Ed. Hachette, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

El día 6 de Febrero de 1826, el Congreso creaba el Poder Ejecutivo Nacional y al día siguiente, treinta y cinco diputados sobre treinta y ocho que participaron en la sesión, elegían presidente de la República de las Provincias Unidas a Bernardino Rivadavia.

Rivadavia no fue el presidente ‘unitario’, según las etiquetas tan falsas como fáciles con las cuales cierta ‘historia’ nada objetiva ha pretendido calificarlo.
Si ‘unitario’ quiere decir defender la hegemonía de Buenos Aires respecto del resto del país, Rivadavia no lo fue nunca. Por el contrario; nadie como él intentó equilibrar el país, organizándolo en ‘unidad de régimen’ para lo cual era preciso modificar la distorsión que desde mucho antes de la revolución de Mayo venía caracterizando el absorbente predominio porteño con relación al Interior(17).

(17) Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Ya con anterioridad a la elección de Rivadavia, el 27 de Enero de 1826, se creaba el Banco Nacional que eliminaba el Banco Provincial y reservaba para la nueva institución el derecho exclusivo de acuñar la moneda del país y preveía que “con sus sucursales a instalarse en todas las provincias obraría como el factor unificador central de la economía nacional”.

Rivadavia nacionalizó el territorio adyacente a la Ciudad de Buenos Aires comprendido entre los puertos de las Conchas por el norte y de la Ensenada por el sur y el todo fue declarado capital de la República.

Se nacionalizaban los servicios de postas y correos (9 de Marzo de 1826); las aduanas exteriores (13 de Marzo de 1826); se extendía a todo el país el sistema de la enfiteusis (18 de Marzo de 1826) hasta entonces limitada a la provincia de Buenos Aires.

Y que esto era en definitiva sacar a la provincia de Buenos Aires de su situación de privilegio y obligarla a asumir responsabilidades nacionales, lo prueban, sin ninguna duda, los siguientes proyectos de la presidencia de Rivadavia.

La ley que dividía la provincia de Buenos Aires en dos que se denominarían una, provincia del Paraná, con capital en la Ciudad de San Nicolás de los Arroyos, y la otra provincia del Salado, con capital en Chascomús, iniciativa contra la cual se pronunciaron lo estancieros saladeristas encabezados por Juan Manuel de Rosas y los Anchorena, primos de éste...

Rivadavia proyectó en fin una Constitución que, elevada al Congreso el 12 de Septiembre de 1826, acordaba a la ciudad y a la provincia de Buenos Aires sumadas, una representación de nueve diputados sobre un total de cuarenta y nueve legisladores, es decir menos de la quinta parte de la Cámara.

De aprobarse esa Constitución hubiera bastado que los seis diputados adjudicados a Córdoba se unieran a los cuatro reconocidos a Santiago del Estero, para que dos provincias del Interior superaran a la representación porteña...

Se aliaron para oponerse a estos planes de cohesión y unidad nacional y rechazar la Constitución los caudillos del Interior, que declamaban el federalismo entendiendo por tal eternizar su predominio feudal en las provincias, y los estancieros porteños.

La solución unitaria del problema constitucional era claramente desventajosa para los intereses de la industria ganadera y de la carne...”. “... la nacionalización del puerto de Buenos Aires y la apertura de otros puertos para la navegación marítima en el río Paraná anularían casi seguramente las ventajas que los productores porteños de cueros y carne poseían sobre sus competidores de Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos.
Además, era probable que en un régimen unitario el Gobierno Central dedicara la totalidad de su tiempo y todos sus recursos al desarrollo del Interior: El interés principal de los unitarios consitía más bien en extender los mercados internos y conectarlos con Buenos Aires y otros puertos del país...(18).

(18) Niron Burgin. “Aspectos Económicos del Federalismo Argentino” (1960). Ed. Hachette, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

En síntesis; al egoísmo lugareño de los caudillos provincianos, que buscaban perpetuar sus privilegios, se sumó el egoísmo localista de los poderosos hacendados porteños. Esto último quita, al conflicto de Rivadavia y sus adversarios, el presunto carácter de un enfrentamiento entre porteños unitarios y provincianos federales.

Las graves consecuencias de estas discordias deben apreciarse recordando que antes de asumir Rivadavia la presidencia se había iniciado la guerra con el Brasil. Las actas de las sesiones secretas del Congreso documentan, según las declaraciones del ministro de Guerra, la desorganización del Ejército con que el anterior Gobierno comenzara la contienda: las tropas enviadas al Uruguay carecían de Estado Mayor, de hospitales, de contabilidad y estaban minadas por las deserciones y las divergencias entre las argentinas, enviadas desde Buenos Aires, y las orientales comandadas por Lavalleja...

Por su parte, el ministro de Hacienda declaraba también, en sesión secreta:

Se ha declarado la guerra y no se han dado los medios para hacerla...”, “... obstruidas casi todas sus rentas, los derechos de este año no alcanzan ni para el pago de los intereses de la Deuda Pública y del empréstito de 5 millones del que, cuando el Señor Presidente fue nombrado, iban ya gastados dos millones...”, “... las provincias resisten incorporar sus aduanas al Tesoro de la nación...(19).

(19) Emilio Ravignani. “Asambleas Constituyentes Argentinas”, tomo 3, pp. 1.348 y siguientes. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Además de los perjuicios ocasionados por el bloqueo de la Escuadra brasileña que dificultaba el comercio, “se había desencadenado la primera crisis cíclica de la historia del capitalismo internacional, cuyo origen fue la sobreproducción, provocada por la extrema expansión especulativa de la exportación a Centro y Sudamérica...”, “... ocasionada ésta a su vez por una demanda artificialmente provocada y apoyada por los empréstitos británicos(20).

(20) Manfred Kossok. “Historia de la Santa Alianza y la Emancipación de América Latina” (1968). Ed. Sílaba, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Venciendo los inconvenientes apuntados, Rivadavia encaró, decidido, la guerra con el Brasil. Organizador activo y eficiente, aceleró los preparativos necesarios. Las fuerzas armadas de la República triunfaron en batallas terrestres (Ituzaingó, 20 de Febrero de 1827 fue la más importante) y navales (Los Pozos, Juncal, etc.). El territorio de la Banda Oriental fue evacuado y la guerra llevada al territorio enemigo, parecía perdida para el emperador del Brasil.

Sin embargo, la situación interna de la Argentina hizo imposible recoger los frutos de las victorias militares que consagraban los derechos argentinos. El rechazo por los caudillos de la Constitución, en Diciembre de 1826, y el desconocimiento por ellos de la autoridad del Congreso y del presidente, entorpeció desde luego la continuación de la guerra.

El Ejército estaba desprovisto de los recursos más indispensables; “la tropa no tenía para cubrirse sino andrajos y los soldados carecían hasta de yerba y de tabaco”, y en estas condiciones no pudo proseguir la campaña. Rivadavia pensó en la paz.

Pero el representante del presidente en las negociaciones de Río de Janeiro, el doctor Manuel J. García, traicionando la confianza en él depositada, firmó un Tratado que entregaba la Banda Oriental al emperador del Brasil. El hecho parecía una burla y Rivadavia, como es natural, lo desautorizó.

Pronto comprobaría Rivadavia algo más grave que la inconducta de su representante. Se trataba de la actitud de Lord Ponsomby, delegado de Canning ante los Gobiernos beligerantes quien, excediéndose en su función de mediador, presionaba a la Argentina, calculando las conveniencias de Londres.

Lord Ponsomby manejó para ello los resortes necesarios. Trató de influir ante diversos personajes vinculados al núcleo de capitalistas ingleses que gravitaban en el crédito, el comercio, etc., de Buenos Aires. Ya se dijo que Rivadavia había previsto el peligro de la intromisión inglesa (recuérdese la carta al Director Supremo Pueyrredón escrita desde París en 1817) y, quizás anticipado, después de su visita a Canning, en Londres (1825), la actitud de ese país...

Ahora (1827), desde la presidencia, le tocaba medir con amargura los resultados de la complicidad tácita o expresa de ciertos sectores argentinos con la intromisión inglesa.

¿Qué buscaba Inglaterra? Desde su llegada a Buenos Aires, el representante de Canning había sugerido al presidente Rivadavia lograr la paz con el Brásil sobre “la base de la independencia de la Banda Oriental”.

Rivadavia, según lo que escribía Lord Ponsomby a Canning, “le leyó detenidamente el proyecto y dijo que no valía la pena discutirlo”.

Informando al Gobierno norteamericano de estas medidas, su cónsul en Buenos Aires expresaba: “Sólo se trata de crear una colonia británica, disfrazada”.

Y un historiador argentino, juzgando esa proposición, explica: “Con esa solución, las costas y los puertos de ambas riberas no quedaban sujetos a una misma jurisdicción y Londres podría actuar según el rumbo de sus conveniencias”.

Si no valía la pena discutir el proyecto, en cambio valía la pena resistirlo y Rivadavia lo resistió. Lord Ponsomby informó a su Gobierno:

Los diarios del señor Rivadavia difamaban constantemente a la legación de Su Majestad británica, insinuando contra ella, las peores sospechas y describiendo sus actos como dirigidos a acarrear deshonra y agravio a la República.
Estimulando al populacho ignorante al desborde y a la violencia, yo temía que de un momento a otro pudieran ser atacados los súbditos ingleses y aún insultada la legación de Su Majestad británica”.

Pero es difícil hacer frente a presiones extranjeras cuando no existe la necesaria unión nacional; y además de las luchas empeñadas con los caudillos del Interior, la autoridad de Rivadavia se veía atacada por el poderoso sector de los patrones de estancias y de saladeros.

Falto de apoyo, Rivadavia tuvo que renunciar. Con él desapareció el Gobierno Nacional y se volvió otra vez a la desorganización del país, a las provincias desunidas.

Lord Ponsomby, satisfecho, le escribió a Canning: “Confío en que la prevención contra Inglaterra cesará cuando la influencia y el ejemplo del señor Rivadavia se hayan extinguido completamente...”.

Sobre el río más ancho del mundo, sin disparar un tiro ni perder una vida, el imperialismo inglés acababa de obtener la victoria.

Rivadavia se apartó, rigurosamente, de lo que podía ser jefatura de grupos o tendencias para alejar hasta la sombra de una sospechosa oposición a los nuevos mandatarios. Seguía deseando la unión de los argentinos y el éxito que la nación, bajo otros gobernantes, pudiera lograr en la contienda con el Brasil.

Ante los acontecimientos posteriores, cuando la violencia desatada por la sublevación de Lavalle y el fusilamiento de Dorrego enlutó al país, Rivadavia, ajeno a todo esto, se expatrió voluntariamente (2 de Mayo de 1829).

En París dedica muchas de sus horas laboriosas a traducir, del francés, dos obras: una sobre la cría de los gusanos de seda, “resuelto a introducir en mi patria este ramo de la industria”; y, la otra, “Viajes a la América Meridional”, del sabio naturalista español Félix de Azara.

Una confesión documenta en el prólogo el ánimo del ex presidente: “No puede dejar de pensar constantemente en su patria, a pesar de todas las injusticias de sus compatriotas contemporáneos...”.

Obligado a encarar una situación económica difícil y, consiguientemente, a liquidar algunos de los bienes que poseía en Buenos Aires, regresó, arribando a la ciudad natal el 28 de Abril de 1834 con planes de establecerse en algún paraje de la Banda Oriental.

Apenas llegado a su casa porteña, una partida policial, al mando del propio jefe, el general Mansilla, mediante una orden del Gobierno le notifica “la necesidad de impedirle su permanencia en el seno de su familia...”, y se lo obliga a reembarcarse en el mismo buque en que llegara.

A casi un mes de esta ilegal resolución y accediendo a un pedido que Rivadavia formuló en oportunidad del aniversario de la revolución de Mayo, el Gobierno le extendió un pasaporte y se marchó al Uruguay.

Desde la Colonia notificaba a su apoderado semanas después, “no tengo alojamiento ni puedo contar con casa para mí y mi familia...”; “... estoy reducido a una sola pieza entre escombros y la lluvia que ahora mismo cae, persigue mis muebles y mi cama...”.

En la Colonia, en compañía de la esposa y un hijo, su ostracismo intentó arraigar actividades rurales. “Convertido por contingencias imprevistas en colono, concibió la realización de un plan agrícola de contornos amplios que, partiendo de la pradera natural de pastoreo, iba a completarse con la industria compleja de la granja...”, “... sementeras y vacas, almácigos y abejas le insumieron largos días de su existencia...(21).

(21) Ricardo Piccirilli: “Rivadavia y su Tiempo”, tomo 11. Ed. Peuser, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

No obstante, le sería imposible escapar a las consecuencias de su amistad y afinidad con los enemigos de Rosas. Y el Gobierno uruguayo de Oribe, solidario con el dictador porteño, incluyó a Rivadavia en el grupo que, acusado de un complot unitario, fue enviado al destierro en Santa Catalina.

En esta isla, Rivadavia estuvo más de dos años. Pudo salir cuando un cambio de autoridades en el Gobierno uruguayo lo dejó en libertad para instalarse en Río de Janeiro...

Al sufrimiento moral de Santa Catalina se agregaba el infortunio de su bolsa, pues un administrador deshonesto de sus bienes en Colonia lo había empobrecido. Allí, en la capital brasileña, falleció su mujer. Y conversó largo con Florencio Varela, quien más tarde daría testimonio de cuantas historias por “dentro” guardaba la memoria del otrora mandatario...

En 1844, buscó en Cádiz, un refugio de paz y soledad...

En sus últimos años frecuentaba el “Quijote”. El libro que tan hondo ha calado en las almas conflictuadas por la prosa y el ensueño, acaso le consolaba... El también, desdeñoso, podía decir ante quienes retaceábanle merecimientos y grandeza: “Señal que cabalgamos...”.

Pero un día la vida, no conforme con ladrarle, lo mordió: dos de sus hijos, Bernardino y Martín, abandonando Montevideo, donde militaban bajo la bandera unitaria, se pasaban con sus armas al bando federal de Oribe, el lugarteniente rosista que sitiaba la ciudad (12 de Noviembre de 1843).

Tiempo atrás, aludiendo a sus tres hijos varones, Rivadavia había afirmado: “... no muestran disposición para las ciencias ni afición al estudio...(22).

(22) El otro hijo de Rivadavia, Joaquín, en 1849, al regresar a Buenos Aíres, también suscribía en una nota, su exaltada devoción a Rosas. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

En los caminos de la herencia, la sangre se extravía con frecuencia y reniega sus genealógicos destinos... Otras veces, trasvasando las rutas habituales, la sangre se torna apoplejía. Víctima de una fulminante, terminó sus horas Bernardino Rivadavia.

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