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Los dueños de la tierra

La población indígena de toda América española a principios del siglo XVI puede estimarse en once millones de almas, de los cuales cerca de un millón y medio vivían en lo que después constituyó el Virreinato del Río de la Plata(1).

(1) Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), segunda edición (1975), tomo 1. Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Pero como las regiones más pobladas de éste eran el Alto Perú y el Paraguay, puede calcularse en un quinto de esta cifra la población autóctona del actual territorio argentino. Las investigaciones modernas coinciden en esta cifra, desechando los cálculos del deficiente método utilizado en aquella época.

Dado que el Paraguay configuró, durante el siglo XVI, una unidad político-administrativa con el Río de la Plata, también se considera aquí su población indígena, por lo cual la cifra precedente puede incrementarse en un diez por ciento, lo que nos dá un total de 330.000 individuos.

Pese a tan escasa población -que hacía casi un desierto de los extensos territorios-, ésta se dividía en una veintena de grupos étnicos con características físicas y culturales distintas, y aún estos grupos reconocen divisiones que complican el cuadro de la población indígena.

Desde el punto de vista de su estado cultural podemos dividirla en dos grupos básicos: los pueblos cazadores y los pueblos agricultores. Es necesario, sin embargo, distinguir de los pueblos cazadores a los pescadores, representados por los yamanes, que poblaban las islas fueguinas y las costas del Canal de Beagle.

Otro grupo particular lo constituían los pueblos que habitaron las costas e islas del Paraná, conglomerado de tribus diversas que participaban de la técnica de los pescadores y de los cazadores. Tanto los yamanes como los indios del Paraná se caracterizaban por su dominio del arte de navegar en canoas, unos por las aguas del mar y los otros por el gran río.

Los pueblos cazadores habitaron con preferencia las zonas llanas, y se extendieron desde Tierra del Fuego hasta el Chaco y la Banda Oriental, al tiempo en que por el Noroeste llegaban hasta el borde oriental de Tucumán y Salta. Su organización y estado cultural eran muy primitivos.

Entre ellos, los guaycurúes y los lules se destacaban por su temperamento guerrero y agresividad, en tanto que los indios patagónicos fueron tenidos casi siempre por pacíficos.

Los pobladores de la Patagonia y la pampa eran básicamente monoteístas. Creían en un ser supremo que vivía en el cielo y daba a los hombres la vida y la muerte, el bien y el mal. Una multitud de espíritus menores, generalmente malignos, regían los fenómenos naturales.

También creían en otra vida, y en la supervivencia del alma. Su religión no incidía visiblemente en su organización social, limitada a formas familiares, generalmente sin clanes ni jefes tribales. Los cazadores de la zona tropical tenían una religión con vestigios de tipo mitológico.

El grado inferior de cultura de estos pueblos, el hecho de que habitaron en regiones a las que el hombre blanco llegó tardíamente -pampa bonaerense y Patagonia- o donde se asentó sólo transitoriamente -Chaco- y el frecuente estado de guerra que muchos de ellos mantuvieron con el europeo, hicieron que su aporte cultural y étnico a la futura sociedad que los españoles comenzaban a desarrollar en el país fuese prácticamente nulo.

La fisonomía de los pueblos agricultores era más variada. Geográficamente pueden distinguirse dos grupos: el serrano, que se extendía desde Mendoza y Córdoba hasta Jujuy, y el mesopotámico-paraguayo, al que debe adscribirse el pueblo mataco, instalado en las márgenes del río Bermejo.

Poseían una técnica agrícola primitiva, centrada en el cultivo del maíz. Los hubo pacíficos, como los huarpes y los carios, y altamente guerreros, como los agaces, los calchaquíes y los omaguacas. Estos últimos se distinguían por su organización general y la existencia de un jefe hereditario en cada aldea.

Poseían la técnica de la cerámica y del tejido, al igual que los tonovotés y los cananos.

El grupo serrano-cordillerano reconocía, en el aspecto religioso, la influencia peruana. Adoraban al Sol y tenían cultos totémicos.

Los pueblos guaraníes reunían varios subgrupos que eran bastante diversos entre sí. Uno de ellos, los carios, que se destacaban por su mayor cultura y pacifismo, hicieron posible con su actitud el establecimiento de los españoles en el Paraguay y participaron intensamente en el proceso de mestización con los blancos en esta parte de América.

Las tribus del Noroeste, a causa de su belicosidad, participaron en grado mucho menor en ese proceso de mestizaje, pero éste existió también y dejó sus trazas étnicas, a diferencia de lo ocurrido con los pueblos cazadores.

Una consideración aparte merece el pueblo araucano. A horcajadas sobre la cordillera sur, tuvo su centro de gravedad en Chile y se extendió por Neuquén y el Sur de Mendoza. Guerreros y tejedores, estaban organizados en clanes y aldeas. Creían en un ser supremo, como los indios patagónicos, pero, a diferencia de estos, el shaman o brujo tenía una gran importancia en su vida colectiva.

Los que habitaban el lado oriental de la cordillera llevaron una vida más primitiva y orientada parcialmente hacia la caza. Mantuvieron siempre un activo movimiento a través de los Andes y poco a poco fueron extendiéndose hacia el Oriente, desalojando y en parte absorbiendo a los indios pampas, hasta llegar a ejercer -hacia el siglo XIX-, una especie de hegemonía.

Tempranamente poseedores del caballo y conocedores de las costumbres del hombre blanco, se transformaron en tenaces enemigos de éste a ambos lados de la cordillera.

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