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Organización y costumbres de las tribus guaraníes

Los guaraníes vivían en poblaciones pequeñas, en casas rústicas hechas de troncos, ramas y pieles, y pese a las costumbres rudimentarias, anotábase entre ellas una perfección evolutiva que se manifiesta claramente en el régimen político.

En efecto; las tribus admitían la jefatura de un sujeto o cacique reconociéndole nobleza hereditaria, fundado en que sus mayores habían adquirido vasallos con su valor o gobernado sus pueblos.

La nobleza se podía a su vez adquirir con la elocuencia en su idioma, el guaraní, y el que lo conseguía se granjeaba el afecto de su nación, recibía el vasallaje de algunos y ennoblecía a sus descendientes, heredando el primogénito el cacicazgo.

Este vasallaje importaba el labrar y sembrar la tierra, recoger las mieses, edificar las casas, seguirlos a la guerra y, en fin, una tan estrecha sujeción que los vasallos ni aún de sus hijos e hijas eran dueños.

La organización social tenía por fundamento a la familia, que existía respecto a la subordinación de los hijos para con los padres, presentaba algunos caracteres especiales.

A su tenor, la poligamia era ejercida por todos, especialmente los caciques que llegaban a tener hasta treinta mujeres, siendo la medida de su número la capacidad económica del varón.

La unión era permitida pese el parentesco, excepto con las madre y hermanas a quienes se guardaba particular respeto, considerándose lo contrario un exceso abominable. No se estableció la eternidad del vínculo matrimonial, pudiendo el varón hacer abandono de la mujer.

Admitían, en cuanto a la religión, la existencia de un Dios, a quien llamaron Tupa, que quiere decir excelencia superior, y a quien atribuían el poder de despedir rayos y producir truenos espantosos, fenómenos que temían como manifestaciones de Tupa, pero a quien no se cuidaban de aplacar o hacer propicio.

No tenían templos, ni sacerdotes, ni representaron a su Dios, pero a veces veneraban los huesos de famosos magos que conservaban en chozas donde recogían oráculos.

La ocupación favorita era la guerra, inspirada en el de predominar y en el de vengar agravios. Estos formaban una cadena sucesiva, y de ahí la continuidad de este estado que afirmó la superioridad del elemento masculino, a quienes se designó con el término despectivo de “chusma”.

La guerra era decretada contra las otras naciones por un consejo común de los parciales caciques de la comarca. Elegíase a un jefe, uno de los más valientes del distrito, que tenía a honor morir en gloria, peleando, a vivir afrentado con la infamia de la derrota.

Peleaban en orden disperso, individualmente, sin disciplina, pintándose para inspirar horror, en varias formas y colores. Sus armas eran el arco, la flecha y la porra que llamaban macana, todas hechas de madera, especialmente la última; su eficacia era proporcional a la dureza del palo.

Un complemento de la guerra era el banquete colectivo en que se servía a los prisioneros, ceremonia bárbara, de canibalismo, que poco a poco fueron perdiendo a raíz de la conquista debido a enfermedades que entre ellos se extendieron.

Inhumanos con los extraños, eran hospitalarios con los huéspedes de su nación, a los que recibían rememorando los hechos y virtudes de los ascendientes. A esta ceremonia seguía la bienvenida, que continuaba en el banquete más espléndido que pudiera ofrecer el dueño de la casa.

El traje se reducía a un plumero corto, de varios colores hermosos, o a alguna alilla de algodón, con que cubrían las partes genitales y, a veces, en las funciones solemnes, vistosas plumas con las que tejían coronas, brazaletes y plumajes para la cabeza, brazos, cintura y piernas.

Diestros en la caza y en la pesca, comían las carnea más crudas que asadas. Aunque voraces toleraban el hambre por varios días, pero teniendo que comer lo hacían en cuanto sentían apetito.

Conocían la agricultura, a la que eran muy dados, regulando la oportunidad de las siembras por el curso de las “cabrillas” en el cielo.

La muerte de los individuos era seguida de una ceremonia en que largos llantos y exclamaciones de desconsuelo manifestaban el dolor. Generalmente acomodaban los cadáveres en grandes tinajas de barro, en las que colocaban los instrumentos de trabajo para que en la otra vida, en la que creían, pudiesen hacer sementeras y no morir de hambre.

Innumerables supersticiones completan el esbozo que de las costumbres de la nación guaraní hemos realizado.

Sintetizándolas podemos decir que desde el punto de vista de su constitución política, cada parcialidad de los guaraníes tenía un cacique cuyas atribuciones eran especialmente de orden militar.

Cuando las parcialidades se unían para su acción común, designaban un jefe por elección, cuya autoridad, netamente militar, terminaba casi con la guerra. Este régimen de igualdad está simplemente confirmado, incluso por las crónicas dejadas por los misioneros.

La verdadera autoridad residía en un consejo de ancianos, en el cual, según algunos, tenían entrada las mismas mujeres.

Desde un punto de vista social, sin perjuicio de una igualdad civil bien notoria, es indudable existió una clase superior o “principal”. Pero debe advertirse que el fundamento de esta división no fue político, sino intelectual y moral, especie de aristocracia caracterizada por una mayor cultura.

La familia guaraní, bajo el régimen paterno, se resentía de extrema libertad. Existía la poligamia y en un  principio, según parece, hasta la libre unión de los sexos.

El cuidado y afecto a los hijos era típico en sus costumbres, a quienes se educaba para soldado ágil y experto, tirador certero y buen agricultor.

Se cultivaba el lenguaje elocuente, la tradición verbal de la historia de las parcialidades y de la raza.

Desde el río Miriñay al sur y desde el Corriente al este, predominó la nación charrúa, gente belicosa, hercúlea y animada, que además de los terrenos que ocupaba en la provincia extendía su dominio desde el Paraná al Mar del Norte.

Numerosos, impusieron su voluntad a las naciones limítrofes, sin que ninguna les hubiese sojuzgado, y fue ante la conquista hispana y sus avances reiterados, que redujeron su dominio y concluyeron por perecer antes que admitir su yugo.

Calculadores, alevosos, buscaban siempre el interés inmediato, por cuya causa cometían las más feas traiciones.

Sus costumbres guerreras eran mucho más crueles que las guaraníes; desollaban, por ejemplo, a sus enemigos muertos la piel de la cabeza, guardándolas como perpetuos blasones.

Las tribus de esta nación eran generalmente nómades predominando el varón, mientras pesaban sobre la mujer todas las tareas y las faenas domésticas. Fueron en Corrientes el azote continuo de su tráfico con Santa Fe, que se hacía por el camino real que unía a estas ciudades, extendiéndose a lo largo de la costa oriental del Paraná.

Una de sus más extrañas costumbres consistía en amputaciones voluntarias de falanges o dedos íntegros, hechas en señal de duelo por cada pariente muerto. Ignoraban la agricultura en absoluto.

Los bohanes, martidanes, los yaros en la parte sur; los kaingans, entre el Paraná y el Uruguay, sobre las antiguas Misiones jesuíticas, tan bárbaros como los charrúas los caracarás, en la laguna Iberá; los guaycurúes y payaguás, próximos a la Ciudad de Corrientes; los vilelas, frentones, mocobíes y abipones, al sur del río Santa Lucía; los tapés en la zona del Uruguay y otros de menor importancia, generalmente descendientes de los guaraníes, completan el cuadro de los pobladores indígenas llamados a ser actores en el gran drama de la conquista.

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