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Los antiguos componentes de una Nación dislocada, según M. F. Mantilla

En caracteres físicos, usos, sociabilidad y tradiciones, los guaraníes que poblaron la región del N. E. argentino eran completamente iguales a los del Guaira, con los que han sido clasificados en el grupo de “guaraníes civilizados”.

No formaban una nacionalidad compacta, sino agrupaciones más o menos numerosas, con residencia estable, cada una de las cuales constituía una entidad independiente y autónoma, pero sus costumbres, sus creencias religiosas, las modalidades de su sociabilidad primitiva eran, en el fondo, las mismas, y uno solo su bello idioma. Parecían antiguos componentes de una gran nacionalidad dislocada.

El gobierno era unipersonal, absoluto y hereditario, ejercido por un cacique, titulado Abárubichá(1). Había nobleza, plebe y esclavos. La primera, conquistada por el valor, la elocuencia, la sabiduría en el arte de curar, la astrología, y transmitida por herencia; la segunda, resultante de la inferioridad personal; la última, consecuencia de la guerra.

(1) Dice Mantilla: el jefe superior de los hombres; de: aba, hombre; tubichá (la t se cambia en r), jefe superior. Tubichá, en el significado indicado, se compone de: (túba, ) padre; bi, querer (ahabi, quiero); cha, nota de primera persona de plural inclusivo (chahá, vámonos): padre querer nosotros; padre a quien queremos (actualmente, en guaraní, se escribe: ava, hombre; ruvicha, jefe superior, director, cabeza).

Cada cacique, con su “parcialidad”, vivía en pueblos de buenas casas, muy bien cubiertas y grandes, construidas con maderas fuertes, barro, junco, paja y troncos ahuecados de palmas: “al modo de las de esta ciudad”, dice el conquistador de Vera, Mateo González de Santa Cruz. Cerca de los pueblos, estaban las chacras y sementeras de abatí(2), cumandá(3), mandiog(4), yetí(5), mandubí(6), curapepe(7) y diversos géneros de papas(8), con los correspondientes depósitos para guardar las cosechas.

(2) Maíz (actualmente, en guaraní, se escribe: avati).
(3) Frijoles (actualmente, en guaraní, se escribe: kumanda (s), poroto, chaucha, frijol, habilla).
(4) Mandioca (actualmente, en guaraní, se escribe: mandi’o (s), mandioca, yuca, tubérculo comestible).
(5) Batata (actualmente, en guaraní, se escribe: jety (s), batata, boniato, camote, papa dulce).
(6) Maní (actualmente, en guaraní, se escribe: manduvi (s) maní, cacahuete).
(7) Zapallo (actualmente, en guaraní, se escribe: kurapepẽ (s) zapallo, calabaza).
(8) No las nombran los cronistas que las mencionan, dice Manuel Mantilla en su “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes”.

Poseían aves de corral y animales domésticos(9); hacían huí(10) de abatí, mandiog y pindórua(11), y de él tortas que llamaban tipá(12); cultivaban, hilaban y tejían el amandiyú(13); tejían también la fibra del caaporopí(14) y caraguatá(15); trabajaban cántaros, vasos, ollas y tinajas de arcilla cocida, que por sus formas, pinturas y pulimento comprobaban más de un principio de arte alfarero.

(9) Ypeg (pato), mytú (como faisán), urú (como gallina, más pequeña), tayasú (cerdo); todo esto según Manuel F. Mantilla. (Actualmente, en guaraní, se escribe: ype (s), pato; mytũ (s), pavo, faisán; ryguasu (gallina); tajasu (s), cerdo, jabalí, cerdo montés).
(10) Harina fina (actualmente, en guaraní, se escribe: hu’itĩ (s), harina, harina de maíz).
(11) Cogollo de palma.
(12) Dice Mantilla: se decía, también, chipá (actualmente, en guaraní, se escribe: chipa (s), torta de almidón de mandioca o de harina de maíz).
(13) Algodón (actualmente, en guaraní, se escribe: mandyju).
(14) Ortiga (actualmente, en guaraní, se escribe: pyno).
(15) Dice Mantilla: planta de la familia de las Bromeliáceas; hay variedad de ellas; vulgarmente se la llama cardo (actualmente, en guaraní, se escribe: karaguata (s), ágave, bromelia, planta espinosa y textil).

El cacique y su casa no gravaban con imposiciones el trabajo de su tribu, ni la diferencia de clase tenía otro alcance que el de mantener la sumisión y la obediencia debidas a los superiores en todo lo concerniente al gobierno, la policía y la defensa común.

Los únicos obligados a servicios forzados, eran los prisioneros. Los caciques y principales inspiraban altísimo respeto. El naturalista Alcide d’Orbigny(16) da los siguientes caracteres generales a la raza:

Color amarillo mezclado con rojo muy pálido; talla mediana: 1 m, 62 cm; formas muy macizas; frente no despejada, cara circular; nariz corta, estrecha; ventanillas estrechas; boca mediana, poco saliente; labios delgados; ojos, generalmente oblicuos, siempre dirigidos al ángulo exterior; trato afeminado; fisonomía dulce”.

(16) Alcides d’Orbigny. "L’Homme Americain". // Citado por Manuel Florencio Mantilla. "Crónica Histórica de la provincia de Corrientes".

Eran templados en la comida y no borrachos. De natural blando, cuando se les trataba con suavidad y cariño, la conciencia de su nobleza y superioridad les hacía, sin embargo, altivos y presuntuosos, toda vez que se creían ofendidos.

A la par que laboriosos, tenían espíritu bélico de empuje y constancia, más reflexivo que de impulso genial, y eran valerosos, hábiles y temidos; pero hacían la guerra únicamente en defensa de sus tierras o para vengar avances o ultrajes.

Ni crueles ni sanguinarios fueron en sus victorias; vencido el enemigo, imponían servidumbre a los hombres y la entrega de sus hijos: doble medio de destrucción incruenta. Jamás inquietaron a los conquistadores navegantes del Alto y Bajo Paraná, sirviéndoles en más de una ocasión.

Cuando muchos caciques se juntaban en un pueblo, o cuando muchos pueblos estaban próximos, y siempre en caso de guerra ofensiva o defensiva, nombraban por superior de todos, al más principal o afamado de ellos; pero el ejercicio del mando supremo, no modificaba ni afectaba al parcial de cada jefe sobre sus vasallos: se confederaban.

Sus costumbres y usos eran reflejos de su índole mansa; la simplicidad de la creencia religiosa, les inclinaba a la verdad. Reconocían la existencia de un Ser Supremo Tupá(17) -conservador de la Nación; más, no le erigían templos, ni adoraban ídolos, ni hacían sacrificios; el culto, era interno.

(17) Dice Mantilla: tu, admiración, y pa, pregunta. ¿Manhú hú? ¿Quid est hoe? Nombre que aplicaron a Dios” (Montoya). Los misioneros tomaron por base la hermosa palabra para crear Tupatubá (Padre Eterno), Tupasí (Madre de Dios), tupaog (templo). Ñandeyara (nuestro dueño) por Tupá, es palabra del guaraní corrompido (actualmente, en guaraní, se escribe: Tupã (s), Dios; tupãitu, adoración; Tupãsy (s), Madre de Dios, Virgen María; tupão, templo; Ñandejára (s) Nuestro Señor, Dios, Jesucristo).

También creían en la existencia de un genio superior del Mal -Añang(18)- al que temían con pavor; de ahí el influjo de los agoreros, la superstición y, como defensa, el anhelo de penetrar por la astrología los secretos de la naturaleza.

(18) Ang, alma, y ña, correr (actualmente, en guaraní, se escribe: aña (s), Diablo, demonio, satán, malicia, maldad).

Con ceremonias y cantos, enterraban sus muertos, encerrando los cuerpos (algunos pueblos), en grandes cántaros de arcilla cocida. Respetaban los vínculos de sangre en los matrimonios. La unión no era indisoluble, ni con una sola mujer; cuando la primera compañera llegaba a vieja, la arrinconaba o arrimaba el marido a otra casa -dice el misionero Ruyer-.

Gustaban de la música, del baile y del canto, siendo sus instrumentos muy primitivos; las diversiones consistían en danzas alegóricas y caprichosas y canciones sentimentales relativas al pasado de la tribu.

Estimaban en mucho la elocuencia, para la que se prestaba el idioma copioso, pintoresco y expresivo. Vestían escasamente telas de amandiyú y de fibras finas de caraguatá y caaporopí, trabajadas por las mujeres; los varones, desde los diez años, se cubrían con un tejido vistoso de plumas de diversos colores.

Las mujeres se pintaban la cara de azul, y usaban “orejeras” de plata u oro, algunas; de piedrecillas azules, otras; los varones se adornaban, en ciertos pueblos, con una pluma de papagayo atravesada en la nariz, y en otros con piedrecillas azules colgantes.

Duraban poco las enemistades personales: perdonábanse fácilmente. La caza y la pesca eran trabajos que proveían al sustento como accesorio de la labor principal, la agricultura; cazaban con huí(19), mbiguá(20) y guirapapé(21); pescaban con pica(22) y mica(23).

(19) Dice Mantilla: Flecha: las hacían de cañas delgadas con puntas de madera dura o de hueso, con arponcillos o sin ellos. El arco para arrojarlas era casi recto, afilado en las puntas; en los combates servía también como lanza. El arco se llamaba guirapá (actualmente, en guaraní, se escribe: hu’y, flecha; yvyrapã, arco).
(20) Flecha con portilla (actualmente, en guaraní, mbigua, significa, pato).
(21) Dice Mantilla: arco para matar pajarillos, arrojando bolas de arcilla endurecida. Antiguamente era muy usado en Corrientes, con el nombre de “arco de bodoque”.
(22) Dice Mantilla: Red: las construían de junco (pirí), dándoles diversas formas y magnitudes. Actualmente, en guaraní, se escribe: kyha o pira ñuhã, significan red. La palabra pika (verbo propio), significa tomar, picar, chupar, pinzar; piri (s), junco, estera.
(23) Dice Mantilla: lancilla corta con cuerda (mi, lanza; la, cuerda). La arrojaban a mano, para clavar el pez, y la recogían con la cuerda.

Navegaban en igá(24). Sus armas eran el huí y el ibyrababá(25).

(24) Dice Mantilla: Piragua: las más grandes tenían capacidad para veinte tripulantes. Eran gruesos troncos de árboles de madera blanda, ahuecados. Aún las hacen de timbó, en Misiones. (Actualmente, en guaraní, se escribe: yga (s), nave, canoa, bote, piragua, lancha, barco; timbo, árbol que da madera).
(25) Dice Mantilla: garrote de una vara más o menos, con porra en el extremo (la vara medía tres pies. El pie es una medida de longitud de origen natural, basada en el pie humano).

Los cronistas primitivos, aseguran que los guaraníes comían carne humana. En el supuesto de la veracidad del informe (repudiado por Azara y otros escritores de su mérito), olvidaron decir aquéllos si la antropofagia era un acto de religión, la consecuencia del sacrificio humano ofrecido al dios de la creencia, o un hábito de alimentación.

Que no fue lo último, es evidente, según los detalles que los mismos cronistas dan del género de vida de los guaraníes. En cuanto a lo primero, “la ciencia contemporánea ha reconocido al mismo canibalismo por acto de religión, más bien que de bestialidad(26).

(26) “La mayor parte de los que han escrito sobre las costumbres de los pueblos bárbaros, los han pintado como gentes sin leyes, sin política exterior, sin forma de gobierno y casi sin figura humana. En este defecto, han incurrido los misioneros y otras personas honradas, porque han escrito sobre cosas que no conocían, y con demasiada ligereza” (Manuel Florencio Mantilla); José Francisco Lafitau, en “Moeurs des Sauvages Américains”, señala: “Para hablar de los guaraníes no me valdré de las descripciones que hace de ellos Alvar Núñez, capítulos 17 y 26, porque las creo falsas y arbitrarias”; en tanto, Félix de Azara, en su “Descripción e Historia del Paraguay y del Río de la Plata”, enseña: “La mayor parte de las relaciones e historias convienen en asegurar que casi todas las citadas naciones eran antropófagas, y que en la guerra usaban de flechas envenenadas; pero uno y otro lo creo falso, puesto que nadie de las mismas naciones come hoy carne humana, ni conoce tal veneno, ni conserva tradición de uno ni otro, no obstante de estar en el pie, de que cuando se descubrió la América, y de que en nada han alterado sus otras costumbres antiguas”. (Lafitau y Azara son citados por Manuel Florencio Mantilla en “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928). Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla, Buenos Aires).

De los aborígenes de Corrientes no hay otra información de antropofagia que la de Luis Ramírez, refiriéndose a los indios de Yaguarú: dato singular, al que se oponen el hecho de que no tenían culto externo y las opiniones elogiosas de conquistadores.

- Los guaraníes en territorio correntino

El grupo de los aborígenes plenamente bárbaros quedaba al Sur del río Corriente. Entre éste y el antes tratado, se interponían los mepenes, de los que nos han llegado muy pocas noticias. Dichos indios tenía caseríos y sembrados, se sustentaban de la caza, de la pesca y de productos de agricultura; poseían gran cantidad de piraguas para sus excursiones fluviales(27).

(27) Dice Mantilla: “tienen gran importancia en la vida de un pueblo primitivo la estabilidad de residencia, la clase de sus viviendas, el trabajo agrícola, la posesión de elementos propios para la defensa o para empresas comunes; porque todo ello revela un ascenso en la escala de la existencia, y permite deducir hechos, a falta de otros antecedentes. Yo no fluctúo en atribuir a los mepenes la misma procedencia que tenían los indios de Yaguarú, por la manera de vivir, por su denominación, por los nombres de los parajes que habitaron”. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928), tomo I. Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla, Buenos Aires.

Los charrúas y sus congéneres eran, por carácter y hábitos, diferentes de los mepenes. Los caracarás formaban pueblos(28), sembraban algo y navegaban el Yvera y el Aruhary, pero se aproximaban, en carácter, a los charrúas(29).

(28) Dice Mantilla: En “Ytaty-Rincón” descubrió el agrimensor Eduardo Matoso rastros del pueblo caracará; me ofreció fragmentos de tiestos iguales en confección a los encontrados en Misiones.
(29) Dice Mantilla: Samuel Alejandro Lafone Quevedo considera “guaranizante” a los caracarás, fundado en que “cuando entraron los españoles en el Río de la Plata, sólo se hablaba guaraní en las juntas del río Uruguay con el Paraná, y de allí recién volvía a aparecer en las juntas del Paraná con el Paraguay”. En mi concepto -agrega Mantilla- incurre en error el distinguido americanista, tanto en la opinión emitida como en la causal de ella. Los caracarás eran guaraníes. El idioma guaraní dominaba en el Río de la Plata y sus afluentes, sin que esto implique afirmar que era el único hablado de la misma suerte; por eso bastó a Caboto un sólo intérprete -Francisco del Puerto- indio timbú, “pariente” de los itatiguá, para entenderse con los aborígenes desde Sancti Spiritu hasta la boca del Pilcomayo.
// Todo citado por Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928), tomo I. Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla, Buenos Aires.

Estos eran vagabundos, feroces, traicioneros, indómitos, ladrones y esforzados guerreros. No trabajaban; se mantenían del botín de sus guerras, del robo y, subsidiariamente, de los frutos naturales, de la caza y de la pesca. La holgazanería y la inquietud aventurera les hacían insoportable permanecer en un punto de frutos agotados por ellos.

Las viviendas cuadraban al continuo vagar: tres o cuatro arcos delgados, clavados en tierra, cubiertos a la ligera con paja o junco, formaban la choza, trabajada por las mujeres.

No hay noticia de que conocieran un principio de forma de gobierno. Todos los días, al anochecer, celebraban asamblea los varones cabezas de familia, para combinar la empresa del siguiente; allí paraba el gobierno. Fuera de la común defensa, no reconocían vínculos entre sí; la autoridad era la fuerza de cada uno. Festejaban sus triunfos con crueldades en los prisioneros. Cifraban la nobleza en poseer el mayor número de cabelleras con piel arrancadas a enemigos vencidos, y en tener el cuerpo cubierto de cicatrices.

No celebraban fiestas de entretenimiento, ni usaban instrumentos musicales, ni rendían culto religioso a nada. Los cronistas los dan por antropófagos, afirmación que anoto con reserva incrédula. Hablaban una lengua gutural y nasal, de la que no conozco vocabulario(30) pero que -en mi concepto- era mucho conceder, un codialecto guaraní(31).

(30) Dice Mantilla: “Entiendo que no existe vocabulario charrúa, y este hecho demuestra que no lo necesitaron, porque no era lengua especial, absolutamente distinta de la guaraní, estudiada y reducida a gramática, diccionario, libros, como elemento general de comunicación. Las pronunciaciones gutural y nasal, que se dice caracterizaban a la lengua charrúa, dominan en la guaraní; los nombres charrúas, Mboanás, Ñarós (Yarós), sean ellos aplicados a objetos o a parajes en la zona que ocuparon, son también guaraníes.
(31) Dice Mantilla: “Me fundo en que son guaraníes puras muchas palabras que las crónicas o relaciones de campaña contra los charrúas, dan como del uso de dichos indios. Ellos llamaban Yaguari-Guasú al río de Entre Ríos que los españoles denominaron Gualeguaychú; Mandiyubí-Guasú y Nirí, a los que hoy son conocidos por Mandisoví Grande y Chico; sus toldos, cada uno, eran pirí; sus nombres eran Aguará, Ticú-Guasú, Carabí, Yurucaré, etc., etc. Los indios charrúas ocupados en las “vaquerías” y en las estancias de Corrientes, hablaban originariamente el guaraní; la tribu charrúa establecida por el Cabildo de Corrientes en “Muchas Islas” -a principios de 1700- hablaba guaraní”.
// Todo citado por Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928), tomo I. Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla, Buenos Aires.

El doctor Manuel Florencio Mantilla separaba en dos grupos a los primitivos dueños del territorio correntino pues, aunque del mismo origen, ofrecían diferencias marcadísimas: los de cierto grado de gobierno, industria y arte; y los plenamente bárbaros. El río Santa Lucía, Esteros del Yvera y el río Miriñay, marcaban los límites de las posesiones de los primeros. Ellos mismos apreciaban su superioridad; se tenían por los más nobles y dignos de acatamiento y respeto, distinguiéndose por la denominación genérica de Aba(32), y dando a los demás la despreciativa de Tapiiy(33).

(32) Hombre, persona (actualmente, en guaraní, se escribe: ava (s), hombre, indígena, persona, individuo, sujeto).
(33) Dice Mantilla: cosa sucia. No es culta la verdadera traducción de las dos palabras componentes: tapí e iry. Antonio Ruiz de Montoya da la siguiente etimología: tapí-teii, de la que deduce, con violencia: esclavo (actualmente, en guaraní, se escribe: tapÿi (s), choza, cabaña, hogar, morada, toldo).
// Todo citado por Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928), tomo I. Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla, Buenos Aires.

- Aspecto físico

Sus caracteres generales son, entre otros, la cara llena, redonda, frente elevada, nariz pequeña, labios delgados, ojos algo oblicuos, pómulos poco pronunciados, color amarillo mezclado con rojo pálido y formas y cuerpo macizo.

Según la leyenda, habiendo aumentado el número de los tupí-guaraní, dos de sus caciques riñeron y, heridos sus sentimientos personales y de nación, separáronse en dos grandes parcialidades: la tupí del nombre del cacique mayor, quedó en el Brasil, y, la guaraní, del nombre del menor, se retiró a poblar en torno de los ríos Paraná y De la Plata.

Mezclados con estos últimos, subsistieron en esta zona otras tribus de indios de procedencia diversa, de difícil determinación en el estado actual de la etnografía americana.

Sin entrar al debate de las teorías que al respecto fueron expuestas, es incuestionable que la Nación guaraní sin forma de nación ni constitución política, ni ideas religiosas comunes y aún en lucha entre sí, predominan su tipo, sus costumbres y su modo de ser.

- El guaraní invasor

Con respecto al Litoral argentino, la raza guaraní fue entonces una raza invasora. Al llegar los españoles iban acercándose hacia las orillas del Río de la Plata, absorbiendo las tribus autóctonas. De ahí la aparente diferencia de costumbres, según los hábitos del pueblo al que se habían mezclado, y las contradictorias y caprichosas denominaciones que a sus tribus se da por los diversos autores que han tratado el asunto.

La confusión es tanto más explicable, cuanto las tribus integrantes de la raza(34) guaraní se distinguían o por atributos personales (nombres de caciques, etc.) o por la posición geográfica de sus respectivas residencias. No es raro el contraste de los dos grupos, dice Mantilla. Comparando los pueblos de la raza guaraní, que el descubrimiento encontró en la más grande porción de la América del Sur, se observa el mismo fenómeno(35).

(34) El concepto de “raza” que se sostiene hoy en antropología dista enormemente del concepto que esgrime el autor correntino de fines del siglo XIX. Es una expresión autoexplicativa, si uno entiende lo que es el sentido de la colonialidad. Es la manera como está estructurado tanto el mundo como las subjetividades, que afecta todos los aspectos de la vida y, en su centro, está la noción de “raza”. La desigualdad de valor, de prestigio, de cuerpos, que son razalizados a partir de la conquista; paisajes que también son razalizados, y los saberes y los productos de esos cuerpos. Cuando se considera esto, se comprende que el racismo está en relación con el cuerpo y el eurocentrismo, que es un racismo en relación a sus productos y saberes. Los productos y saberes que están originados en ciertos pueblos y en ciertos paisajes son expropiados de valor y la colonialidad del saber se origina ahí. Un saber producido por cuerpos blancos y paisajes blancos (países centrales) tendrá automáticamente una puesta de valor, un capital de verdad, una confianza, se le será atribuida una autoridad por su lugar de producción y por los cuerpos que lo producen.
(35) Dice Mantilla: “El célebre Karl Martius compara los indígenas que pueblan las extensas comarcas del Paraguay, Brasil y Venezuela, a un gran hervidero en que, cada nuevo borboteo, agrupa de distintos modos las masas líquidas, por no encontrar en ellas nada de fijo y de sobresaliente” (esta cita pone en boca del lingüista, Ludwig Darapsky). // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928), tomo I. Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla, Buenos Aires.

Es prudente atribuirle al clima de las tierras ocupadas, a la lejanía del centro primitivo de la migración, al contacto con otras naciones, a la adopción de la índole de los pueblos desalojados, todo lo cual produjo la variedad, pues la acción del médium sobre el tipo primitivo del hombre en la formación de las razas humanas se opera también en la modificación intelectual, del carácter, de los usos y aún de la constitución física de una raza determinada.

La existencia de los dos grupos en el territorio actual de Corrientes, separados por barreras naturales, revela únicamente que él fue ocupado y poblado por dos corrientes migratorias de distinta constitución social: la primera, realmente colonizadora y apta para conquistar, bajó del Guaira, por el río Paraná, se posesionó de las márgenes mejores de éste, hasta el Paraná-Guaçú(36), adelantó hasta las Sierras de Tubichamirí(37), y arraigó en las nuevas regiones, porque respondía a la ley de la expansión humana, por plétora de población en el centro de la raza de donde procedía directamente.

(36) Dice Mantilla: gran pariente del mar. Acaso la palabra sea de formación posterior al Descubrimiento y que la primitiva haya sido Paraguaçú, mar grande (hoy, en guaraní, se escribe Paranaguasu).
(37) Dice Mantilla: jefe pequeño, de pequeña estatura. El río Salado de Buenos Aires se llamaba Tuvichamiri, río de jefe chico. En el repartimiento de “encomiendas”, hecho por Juan de Garay a los pobladores de Buenos Aires, el 28 de Marzo de 1582, figuran los siguientes nombres guaraníes de pueblos y caciques: Meguay, Kurumeguay, Urukutaguay, Quetuti Kaare, Miniti, Tumutumu, Kakuti, Tavava, Aguaraty, Taipo, Jaguarey, Taivo, Aiguai, Karaja, Marasi (escrito Magrasi), Moropicha, Purupi, Arakí (dice Chanás), Karagua (dice Chanás), Juka (dice Chanás), Maguari (dice Chanás), Aguara (dice Chanás), Kapiguati (dice Chanás), Kura (dice Chanás), Tuvichamiri, Kuruka.
// Todo citado por Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928), tomo I. Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla, Buenos Aires.

La segunda, eminentemente guerrera y destructora, pero sin elementos propios y sin ideal fijo para crear un orden nuevo, porque era degenerada rama del tronco primitivo, más lejana de él que la otra, únicamente por espíritu vagabundo y aventurero, abandonó las tierras del Oriente uruguayo, en las que holgaba.

La abundancia de las regiones cultivadas por los pueblos laboriosos despertó en ella el anhelo de poseerlas; nació de ahí la guerra; en el choque fue la victoria de los mejor gobernados y más fuertes por su sociabilidad, y los repelidos quedaron, por fuerza, en las tierras próximas a las propias, distantes de aquéllos y de antes descuidadas, donde nada fundaron y de las que fueron expulsados por la conquista, refugiándose al oriente(38).

(38) Dice Mantilla: “Los que resisten aceptar la procedencia guaraní de los charrúas y sus congéneres, porque se inclinan a ponerlos en la raza Pampeana de d’Orbigny, del tipo Chaco-Guaycurú, explican, de otra suerte, la presencia de dichos indios en las regiones que ocupaban. Según ellos, los dominios de los guaraníes en las costas y zonas del río Paraná fueron, en un tiempo, invadidos por habitantes del Chaco, que se establecieron en las tierras conquistadas, echando hacia el norte a la raza desalojada, de la que muchos pueblos quedaron cortados en las islas y anegadizos del Estuario del Río de la Plata; enseguida, avanzaron sobre el norte, el oriente y el sur, expansión en la que los sorprendió el Descubrimiento. No armonizan con esta suposición, las relaciones acreditadas de los primeros cronistas”. // Todo citado por Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928), tomo I. Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla, Buenos Aires.

De ello resultó que, mientras la migración guaireña incorporó mucho de sí en sangre y hábitos a la transformación étnica y social operada por la conquista, la charrúa sólo dejó el recuerdo de su espíritu inquieto.

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