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Ecología y subsistencia en el mundo guaranítico

La antropóloga norteamericana Betty Meggers realizó, en su libro “Amazonia: Un Paraíso Ilusorio”, un estudio comparativo de varias culturas, de diferentes lenguas, adaptadas en su desarrollo a la amplia región amazónica(1).

(1) Este material ha sido extraído del trabajo públicado en 1985 por Alfredo Vara, en el fascículo Nro. 3 “Corrientes en el Mundo Guaranítico”, de la colección “Todo es Historia”, dirigido por Félix Luna.

En dicho estudio quedó demostrado que culturas indígenas, aldeanas o nómades, distantes miles de kilómetros entre sí, pertenecientes a caracteres raciales o troncos lingüísticos diferentes, desarrollaron, sin embargo, una multitud de rasgos culturales similares o idénticos. El estudio de Betty Meggers se constituyó, así, en uno de los testimonios básicos de la moderna ecología cultural, al postular como determinante cultural relevante, la interacción entre el medio ambiente y las sociedades humanas.

Existen amplias zonas del planeta tierra, como las extendidas praderas de clima templado, donde la vegetación y las especies animales, que dependen de ella, tienen facilitada la oportunidad de desarrollarse. La temperatura, la potencia de la luz solar, las lluvias y los componentes de la tierra, se prestan para el desarrollo estable de unas pocas especies vegetales, perfectamente adaptadas, perennes. Los grandes herbívoros y los carnívoros que se alimentan de éstos, crecen cómodamente en un equilibrio estable, que se retroalimenta negativamente ante cualquier exceso o desajuste.

El estudio detallado de sus condiciones ecológicas ha demostrado que éste no es el caso en Amazonia. Si la pradera templada es un milagro de la potencialidad de la tierra y el clima, entonces Amazonia, como toda selva tropical, es un milagro de la propia vegetación: faja de la tierra sometida al castigo de una luz solar despiadada, con temperaturas de escasa variación estacional, con lluvias torrenciales irregulares cayendo sobre una tierra arenosa, que no retiene el agua ni los nutrientes.

Si la propia vegetación no se encargara de amortiguar los devastadores efectos del sol y el agua, la tierra amazónica sería, literalmente, lavada de todo nutriente. De hecho, es lo que sucede en toda área selvática deforestada

En pocas palabras: si la diversificación de la naturaleza y su perfecta adaptación a tales condiciones no lo impidiera, el amplio territorio amazónico, un verdadero paraíso ilusorio, se vería convertido en un arenoso y erosionado desierto gigante.

¿Cuál ha sido el secreto de semejante prodigio? En primer lugar, la gran variedad de especies que hace posible que, en sólo dos hectáreas de selva brasileña, exista más variedad que en toda Francia.

Esto hace posible que coexistan, apretadamente, formas vivas que, al no competir exactamente por los mismos nutrientes, no sólo no necesitan eliminarse unas a otras, sino que el metabolismo de una genera consecuencias favorables para la otra.

La humedad es celosamente conservada en el interior de la selva por los grandes árboles. Las lluvias no lavan el suelo, porque nunca llegan a él directamente. La delgada capa de humus es capaz de sustentar de nutrientes a tan densa vegetación, porque es ayudada en su tarea por musgos y hongos que producen fitohormonas y conservan minerales pegados a raíces, frecuentemente aéreas.

Los animales herbívoros se diversifican, ante la diversidad vegetal, y desarrollan cuerpos pequeños adaptados al espacio selvático. Los carnívoros se esparcen territorialmente y se reproducen moderadamente, adoptando hábitos conductuales, a menudo solitarios.

Las bacterias e insectos saprófitos desintegran toda materia orgánica sin vida, hasta reconvertirla en nutrientes básicos, incorporados al humus, en pocas semanas. Millones de años le llevó a la naturaleza convertir tan adversas condiciones climáticas en este riquísimo, diversificado y ajustado paraíso.

¿Qué ocurrió cuando el hombre, hace algunos milenios, se encontró viviendo en él? No fue fácil, con seguridad, pero, con el correr del tiempo, encontró la manera de sobrevivir y desarrollarse en la selva amazónica.

Hace 2.000 años, pueblos diferentes, con diferentes lenguas, habían encontrado todos ellos formas estables y más o menos parecidas de crecer en el interior de la selva.

En primer lugar, la gran variedad selvática de especies vegetales y animales los condicionaron al hábito nómade, cazador-recolector. Los pequeños frutos, las larvas y raíces esparcidas; los pequeños herbívoros o carnívoros, los obligaron a caminar la selva.

La imposibilidad de conservar los alimentos en medio de tales condiciones climáticas, llevaron a pequeñas bandas, constituidas por unas pocas familias, a migrar constantemente con una sola obsesión: alimentarse. La proteína animal, especialmente, se constituyó en el más preciado bien al que apuntó toda la conducta de pueblos que se consideraron, antes que todo, cazadores.

Pero la incertidumbre de la vida cazadora-recolectora pronto empujaría, aquí y allá, a algunos grupos, a encontrar la forma de domesticar ciertos vegetales. En todo el territorio amazónico, la raíz de la mandioca amarga es la preeminente en el desarrollo revolucionario de la agricultura.

¿Pero, de qué agricultura puede tratarse? No estamos en la pradera templada, ni en los valles fértiles surcados por arroyos montañosos. No podemos hablar aquí de agricultura extensiva, ni de canales de regadío. La selva misma es vital para el mantenimiento de la vida. Así, en toda Amazonia se impone la horticultura de roza y quema de superficie limitada.

Se talaban con hachas de piedra -se astillaban-, gigantescos árboles, de treinta o cincuenta metros de altura, se los hacía caer, de modo que los grandes arrastraban a los pequeños en su caída y, después de un tiempo, se quemaba la arboleda muerta.

Las cenizas abonaban la tierra, y allí se plantaba la mandioca, el maíz o alguna otra planta. La parcela conservaba su fertilidad por dos o tres años; después, había que migrar en busca de otro territorio, en el cual la selva estuviese indemne y la caza y la recolección no hubiesen agotado las especies del área. Así, la selva era depredada, periódicamente, por áreas, y luego abandonada. Ella misma se ocupaba de reconstituirse.

¿Qué género de vida humana era posible desarrollar a partir de ésto? Las aldeas guaraníes constituyeron un modelo perfecto de adaptación cultural a este tipo de subsistencia, en este ecosistema, y extendieron tal modalidad allí donde consiguieron expandirse.

Ellos comparten, con sus hermanos amazónicos, no sólo la condición horticultora-cazadora-recolectora, sino un sistema económico, una organización social y familiar, creencias religiosas y conductas políticas similares.

A menudo, hábitos culturales u objetos materiales, aparentemente caprichosos y particulares, como es el caso del infanticidio o el banquillo zoomorfo, son compartidos por pueblos de origen amazónico, distantes miles y miles de kilómetros entre sí.

Esas coincidencias, suelen revelar no sólo el poder de la difusión cultural sino, a menudo, la ajustada funcionalidad de ciertos aspectos insólitos de tales culturas.

- Bibliografía usada por el autor

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