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Economía y sociedad en el mundo guaranítico

¿Qué tipo de organización económica podía crearse para sustentar aquélla modalidad de subsistencia dictada por la ecología amazónica, de un lado, y el precario desarrollo tecnológico de otro?(1)

(1) Este material ha sido extraído del trabajo públicado en 1985 por Alfredo Vara, en el fascículo Nro. 3 “Corrientes en el Mundo Guaranítico”, de la colección “Todo es Historia”, dirigido por Félix Luna.

La economía guaraní, como la de todas las culturas amazónicas, era, en primer lugar, una economía parental. La familia extensa uni o multipatrilineal, era, al mismo tiempo, la estructura social y la estructura económica de producción y consumo.

La agricultura de roza y quema posibilitaba que se agruparan entre treinta a cien familias nucleares, lo cual quiere decir, de doscientos a seiscientos habitantes por aldea.

Estos eran los agrupamientos que permitían un ajuste óptimo en un área limitada de caza y recolección y algunas hectáreas de siembra. Constituía el número máximo posible, para no poner en crisis la capacidad de sustentarse, aún en las situaciones más críticas.

Esta densidad demográfica, complementada por la relativa cercanía de otras aldeas emparentadas, resultaba muy superior a la que podía lograrse en las bandas cazadoras, y de hecho constituyó la razón capital de la superioridad guaraní sobre aquéllas.

El parentesco, como estructura socioeconómica, ofrecía, además, otras ventajas importantes; hacia afuera, facilitaba el sistema de alianzas parentales, que dinamizaban la comunicación y el comercio, permitían distribuir territorios y evitar guerras, organizar migraciones multitudinarias y crear contingentes guerreros de miles de varones jóvenes, con los cuales llegaron a desafiar al propio Imperio incaico.

Hacia adentro, el parentesco consagraba una verdadera estructura económica de producción y consumo, que puede calificarse como comunismo parental. La propiedad de la aldea, la vivienda y, sobre todo, el territorio, eran, en principio, propiedad comunal.

Las decisiones en cuanto al lugar apropiado para establecerse, eran tomadas por los varones colectivamente. Las indicaciones del jefe, o del paje, tenidas por sabias, eran escuchadas con el carácter de sugerencias.

La horticultura y la recolección, labores discriminadas según el sexo, eran realizadas colectivamente, aunque después se destinaran parcelas individuales para cada familia nuclear.

El número de esposas e hijos que mantener, era relevante, porque ello determinaba el tamaño y número de parcelas que se destinaban a cada varón adulto.

La caza, que por sus características se prestaba a convertirse en una actividad individual o de pequeños grupos, estaba regulada por una serie de tabúes y normas, que compulsionaban a compartir.

El guaraní tenía siempre algún pariente a quien dar y otro de quien recibir. El intercambio, que es un fenómeno clave de todo sistema económico, estaba determinado por la reciprocidad parental: se intercambiaban alimentos, como se intercambiaban mujeres.

Cuánto más lejano era el parentesco, el intercambio iba transformándose, paulatinamente, en el típico comercio interesado, cuya motivación principal era la ganancia individual.

Los trabajos estaban distribuidos por sexo. La caza y la tala eran actividades masculinas, pero la siembra, cosecha y recolección las realizaban las mujeres. Es interesante observar que, aunque la caza era más valorada, la horticultura sostenida por las mujeres proveía el ochenta por ciento de las calorías de la dieta habitual.

Una serie de ritos anuales reglaba las fechas adecuadas para cada actividad. Tales ritos funcionaban, de hecho, como maniobras ideológicas para organizar los diversos aspectos de la actividad económica, en base a un saber tradicional atesorado por generaciones.

Además, como era el caso de los rituales de los primeros frutos del maíz, entrelazaban la economía con mecanismos de funcionalidad social, tan importantes como aquélla.

Es interesante observar lo que ocurría con la caza: cuando la, o las presas, eran pequeñas las consumía directamente el cazador o su familia, pero, cuando se trataba de un pecarí, por ejemplo, el cazador que había atrapado la pieza, comenzaba entonando un canto de agradecimiento al pecarí, por haberse dejado atrapar y al “pekari jára” = dueño del pecarí, por haber guiado al animal hacia la trampa o la senda del cazador.

Cuando este canto era escuchado en la aldea, la parentela empezaba a juntarse y preparar la fiesta. A su llegada, el animal era paseado por la aldea entre cantos rituales y alegría. Una vez cocinado, se distribuían diversas partes del animal, según la edad y sexo de los comensales.

El cazador, admirado por todos, contemplaba satisfecho a su parentela devorando íntegramente al animal. En su propio estómago no había más gramos de carne que en el de cualquiera de sus parientes pero, en su conciencia y en la de toda la aldea, su figura estaría, por mucho tiempo, henchida de prestigio.

- Bibliografía usada por el autor

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