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Política y guerra: caciques y sacerdotes

Entre los guaraníes, la política resultaba ser el conjunto de instituciones, jerarquías, funciones y pautas tendientes a organizar múltiples actividades concernientes a la aldea en su conjunto o a un conjunto de aldeas, vinculadas entre sí por alianzas o enfrentadas como enemigas(1).

(1) Este material ha sido extraído del trabajo públicado en 1985 por Alfredo Vara, en el fascículo Nro. 3 “Corrientes en el mundo guaranítico”, de la colección “Todo es Historia”, dirigido por Félix Luna.

Si la aldea se constituía como una familia extensa, que emparentaba a familias nucleares, entonces era el “ñánde ru” = nuestro padre, al mismo tiempo la cabeza de un linaje y la reconocida autoridad política de una aldea.

Su misma condición de padre, era la primera cualidad que lo hacía jefe. El padre guaraní lo era, antes que nada, por voluntad de los dioses y antepasados que lo inspiraban constantemente y le enviaban palabras-almas para que se encarnaran en sus futuros hijos. Los propios dioses eran considerados padres supremos en la esfera celeste.

La segunda condición, que legitimaba al ñánde ru, era su sabiduría y moderación. Se esperaba de él que reuniera todas las condiciones de experiencia de la vida en la selva, y tuviera, al menos, una moderada capacidad para comunicarse con los espíritus e influir en ellos favorablemente. De allí que, frecuentemente, el ñánde rufuera, también un paje-sacerdote.

La naturaleza del poder del paje, era eminentemente mágico-religioso. Se concebía que la cualidad básica de éste, era la de retentor de los espíritus. Con el apoyo de sus espíritus auxiliares, el paje podía realizar maniobras mágicas, hechizos malignos, o ponerse en trance alucinatorio, que lo llevaba a emprender viajes celestiales, o entablar combates con espíritus dañinos que debía destruir, controlar o expulsar.

Cuando un paje recibía el llamado divino que lo impulsaba a iniciar su carrera shamantética, era inmediatamente tratado como algo especial por su comunidad. A medida que daba muestras de poder y conductas virtuosas, crecía en la comunidad la veneración y el temor. Su aislamiento era respetado y su palabra siempre tenida en cuenta. Se apelaba a él para que curase enfermedades, dirigiese todo tipo de ceremonias o consagrase el poder de los jefes.

Los antiguos “ava ete” = caciques, no podían esperar que sus decisiones, en asuntos importantes, fueran escuchadas sin el apoyo de los paje, sobre todo de los “paje karai” = shamanes andantes, que se desplazaban solos, de aldea en aldea, o moraban, a menudo, en grupos aislados en algún lugar distante e inaccesible.

Cuando se trataba de asuntos locales, como decidir una partida de caza, o sancionar un divorcio, el ñánde ru local podía arreglárselas por sí mismo, no sin consultar a todos los varones de la aldea y tener en cuenta la opinión general de su gente. Un jefe prudente, jamás ignoraba la opinión de las mujeres en todo asunto, que de una u otra manera afectara a éstas. El riesgo mortal de todo jefe autocrático era, siempre, el de quedar solo ante su empresa. La gente, sencillamente, se retiraba a vivir en aldeas vecinas, sin dignarse siquiera a dar explicaciones...

Pero cuando se trataba de asuntos importantes, como decidir una migración en busca de nuevas tierras o una expedición guerrera, los jefes comenzaban a celebrar frecuentes convites, a los cuales invitaban a todos sus parientes varones que usualmente eran muchos, puesto que practicaban la poligamia y adoptaban sistemas extendidos de parentesco. Los paje consagraban las grandes comilonas y rituales colectivos, en los cuales se esperaba recibir las favorables palabras de los dioses. Se entrecruzaban largas y brillantes piezas oratorias, en las cuales se exaltaba el parentesco y la reciprocidad. Si todo esto era propicio, las grandes alianzas se concretaban, y las dispersas aldeas autónomas se congregaban en gentíos de miles de individuos, organizados en pos de un objetivo común.

La ocasión más frecuente para la constitución del gentío, fue la guerra. Los guaraníes no constituyeron una nación-estado y, por tanto, no contaban con ejércitos organizados. Las aldeas guaraníes se veían movidas, permanentemente, por las necesidades de la subsistencia hacia territorios fértiles y ricos en animales y frutos; ello generaba constantes fricciones con los pueblos vecinos. El otro factor de expansión era el demográfico, que obligaba a las aldeas a subdividirse y expandirse. Así, el enfrentamiento con los vecinos era periódico y ocasional, dependiendo de la abundancia alimentaria y la presión demográfica. Las guerras concluían con alianzas, en cuanto se conseguía un nuevo equilibrio, por desplazamiento de los vencidos o reducción del número de miembros, víctimas de la guerra.

A medida que el crecimiento de las aldeas fue haciéndose cada vez mayor y la densidad demográfica más alta, la cultura guaraní fue respondiendo, con múltiples cambios, a tal situación. Se modificó el carácter de las aldeas, el pequeño tapi’i, de doscientos habitantes, se convirtió en el teko’a guasu, de seiscientos o más. La acción cooperativa se fue haciendo más compleja, intensa y extendida para asegurar un mejor aprovechamiento de los recursos del medio ambiente, para conjurar la amenaza de los conflictos sociales y para mejor defenderse o atacar a los pueblos no aliados.

El concepto de territorialidad también se modificó, pasándose del merodeo libre por un territorio despoblado, a la delimitación de los guarã, verdaderos cotos cerrados de caza y recolección, celosamente custodiados por sus dueños.

La creciente complejidad de la cultura y el establecimiento de territorios, no fue suficiente, y las aldeas guaraníes debieron organizar migraciones expansivas. En algunos casos, se trató de contingentes guerreros de más de mil “kerémbas” = guerreros jóvenes, que atravesaron el Chaco y desafiaron a los poblados incaicos de los contrafuertes andinos. En otros, eran verdaderos gentíos de aldeas congregadas, que buscaban territorios propicios y se establecían firmemente; éste fue el caso de los chiriguanos del Chaco, o de los contingentes canoeros que se establecían en islas y riberas de los ríos Paraná y Paraguay.

- Bibliografía usada por el autor

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