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El ciclo vital: endoculturación

Hasta ahora hemos visto de qué modo la cultura guaraní respondió a las necesidades de adaptación al medio ambiente y a los imperativos de regulación socio-política(1).

(1) Este material ha sido extraído del trabajo públicado en 1985 por Alfredo Vara, en el fascículo Nro. 3 “Corrientes en el mundo guaranítico”, de la colección “Todo es Historia”, dirigido por Félix Luna.

No nos hemos asomado aún a los recursos que utilizaba para asegurarse la adhesión y conducta coherente de cada miembro. En otras palabras, de qué modo la cultura lograba “construir” individuos y pequeños grupos familiares perfectamente adaptados a los usos y necesidades culturales más diversos y alejados de la mera necesidad individual egoísta.

Entre los guaraníes, la propia gestación de cada niño estaba marcada por una serie de características muy reveladoras por su funcionalidad social. Para ellos, el acontecimiento capital para la gestación no era la cópula de los padres, sino que el niño fuera soñado por éstos; tal cosa era interpretada como un mensaje de los dioses, que comunicaban, así, la decisión de enviarles una “palabra-alma” a los efectos de su reencarnación. Cuando los cónyuges se comunicaban el sueño, la madre quedaba embarazada. Así, la gestación estaba lejos de ser un mero hecho biológico, y se concebía que el niño traía ya un alma de determinadas características. Esto tenía influencia posterior, en cuanto a lo que se esperaba de él y al trato que se le daba.

Durante todo el embarazo, el niño podía comunicarse con la madre y enviarle quejas o indicaciones de cuidados o alimentos deseables. Tanto el padre como la madre, se encontraban en estado de “aku” = tabú, por el cual estaban amenazados por el “ovjepytu” = espíritu maligno de naturaleza animal. La comunidad entera se solidarizaba y acompañaba a los padres en tal trance.

Una vez consagrado el nacimiento, se ejecutaba la ceremonia de imposición del nombre, durante la cual el paje entraba en trance para recibir el nombre del niño. Tal nombre se consideraba, en sí mismo, un alma, y por ello era secreto. Si un enemigo lo conociera, podría manipularlo mágicamente, para destruir a su poseedor. En ocasión de peligro de muerte, se recurría a cambiar el nombre al agonizante, en la esperanza de que tal maniobra engañara a los espíritus malignos que, persiguiendo el nombre, dejarían en paz al sujeto.

Durante la infancia, el niño era tratado con afecto, no sólo por sus padres, sino por todos los adultos de la aldea, y se acostumbraba a verse recompensado, protegido o sancionado por varios adultos. Según el antropólogo Ralph Linton, ésto trae como consecuencia el desarrollo de un espíritu de independencia característico, donde el individuo crece sin adquirir un complejo afectivo de excesiva dependencia hacia sus padres y, luego, en su vida adulta, no es muy proclive al enamoramiento y apego importante al cónyuge o la autoridad.

Los guaraníes consideraban que el niño varón era de su padre, y la relación con éste la más fundamental. Lo contrario sucedía con la niña, que permanecía cerca de su madre, hasta después de su matrimonio.

Al llegar a la pubertad, los rituales de iniciación de varones y jovencitas adquirían solemne importancia. Se consideraba que ambos sexos estaban en estado de aku, y sumamente frágiles ante los ataques de los espíritus animales. De la cuidadosa observancia de los respectivos rituales, dependía la suerte futura de los jóvenes.

En el caso de la niña, su primera menstruación se juzgaba tan contaminante y peligrosa, que era rodeada de una verdadera red de tabúes y completamente aislada. El advenimiento de la sexualidad, en virtud de esta concepción, estaba muy lejos de ser considerado un acontecimiento biológico individual: La sociedad entera se movilizaba y cuidaba la estricta observancia del ritual. La salud física y psíquica de la mujer, tanto como la armonía social y natural, quedaban así garantizadas. En cuanto a los varones, su ritual de iniciación era colectivo, y uno de los más importantes en el calendario de la aldea. Coincidía con la maduración de los primeros frutos del maíz, considerado alimento de los dioses por los guaraníes. Los adolescentes eran tomados por el shamán y sus ayudantes y, emborrachados; en tal momento, los jóvenes recibían sus “cantos iniciales” y luego les perforaban el labio inferior para introducirles el “tembeta”. Este era el símbolo de la masculinidad, que los incorporaba como adultos aptos para la caza, la paternidad, la guerra y la sacralidad.

Otro rito fundamental era el de la curación de las enfermedades. Todo guaraní adulto conocía ciertos cantos, amuletos o plantas capaces de procurar alivio para males menores. Pero cuando las cosas llegaban a cierto punto, la ayuda del paje era inmediatamente solicitada.

Se concebía a la enfermedad como un desequilibrio en la lucha entre almas sagradas y animales. Ello podía ocurrir por imprudencia o conducta indecorosa del propio afectado pero, más frecuentemente, por la influencia maligna de algún enemigo o pariente enemistado. En esta concepción, la enfermedad era más una cuestión de hostilidad social que biológica. Cuando el contacto con los blancos generalizó las epidemias, en las aldeas guaraníes se produjeron verdaderos estados de paranoia colectiva, durante los cuales todos se veían amenazados por todos.

El gran médico de los guaraníes era el shamán. Claude Lévi-Strauss, en su “Antropología estructural”, presenta una teoría de la curación shamánica. Según L. Strauss, debe entenderse la ku’a shamánica (que compara con el moderno psicoanálisis), como un complejo, en el cual interactúan el paciente, en situación pasiva, el shamán, realizando sus manipulaciones curativas, apelando a una historia mítica que narra cómo es que el sujeto está enfermo y como él procede para curarlo. Rodeándolos, participa la comunidad. Todos ellos, paciente, shamán y familiares, comparten la creencia en el mito; todos ellos se ven inmersos en una intensa atmósfera sobrenatural, cargada de afectividad. Así, por el poder de la sugestión colectiva, el shamán induciría, en el paciente, una respuesta psico-somática curativa.

Finalmente, el último gran rito que jalonaba el ciclo vital del sujeto, que era concebido como una sucesión de pasajes de un estado al otro, era el pasaje de la vida terrena a la vida “junto al paraíso de nuestro Padre”. Para los guaraníes, la ascención a los cielos no dependía de las buenas acciones del individuo, sino que se esperaba que el alma sagrada retornara, indefectiblemente, junto a los dioses, tanto como el alma animal vagaba por el monte amenazando a los familiares, hasta lograr reencarnarse.

El viaje del alma a los cielos se cumplía en medio de un ritual en el que el paciente permanecía tranquilo, mientras sus parientes se entregaban a todo tipo de llantos y desgarramientos, muy interesados en expresar cuánto lamentaban su pérdida, ya sea con sinceridad, o para no verse luego vengativamente perseguidos. Elshamán entonaba cantos y entraba en trance alucinatorio, durante el cual conducía sabiamente el alma por entre el cúmulo de peligros que amenazaban interrumpir su viaje al paraíso: Ser detenido en el país de los muertos, ser devorado por el jaguar “hovy” = azul, caer a precipicios llameantes. Finalmente, si todas las reglas eran meticulosamente observadas, todo terminaba bien, con la llegada del alma del difunto al ansiado paraíso. Las almas de sus familiares podían descansar en paz, siempre que no hubiera por allí algún responsable en quien practicar una venganza.

- Bibliografía usada por el autor

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