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La cosmovisión guaraní

La base de todo el sistema de creencias guaraní, era el animismo. Esto es, la creencia en que entidades espirituales animan y permiten manifestarse a todo tipo de cosas: hombres, animales, plantas, ríos y hasta palabras. Todos ellos se conciben habitados por un espíritu, dotado de cierta fuerza (mana), capaz de incrementarse o debilitarse, volverse benefactora o peligrosa(1).

(1) Este material ha sido extraído del trabajo públicado en 1985 por Alfredo Vara, en el fascículo Nro. 3 “Corrientes en el mundo guaranítico”, de la colección “Todo es Historia”, dirigido por Félix Luna.

El animismo constituye el primer sistema inventado por los hombres, ya en la edad de piedra, para intentar explicar y controlar el mundo. Necesita, entonces, funcionar como un sistema total.

Para los guaraníes, el universo entero estaba poblado por almas sagradas benefactoras y almas animales peligrosas. Cada animal o planta de la selva tenía un alma con determinada historia mítica, que la ubicaba en un preciso lugar en el universo; su imagen primigenia podía morar “en los alrededores del paraíso de nuestro Padre”, o podía apostarse amenazante en un determinado estrato de los cielos para devorar el alma viajera de los difuntos.

El hombre mismo estaba poblado por dos, tres y hasta cuatro almas. La más importante de ellas, de origen sagrado. La acompañaba un alma animal, que prácticamente “asaltaba” al sujeto en el momento de su nacimiento, debido a “los innumerables seres ociosos que poblaban la tierra”, es decir, almas vagabundas y nocivas, provenientes de los muertos o de animales, que estaban condenadas a vagar eternamente por la tierra y reencarnarse una y otra vez.

Solía concebirse que otras almas suplementarias acompañaban a estas dos con funciones protectoras y, las más de las veces, como intermediarias en los eternos combates que libran entre sí el alma sagrada y el alma animal. Así se constituye la imagen guaraní de la naturaleza humana: el mismo recién nacido está ya lleno de cólera y es por ello que muerde el pecho de su madre.

El alma sagrada, enviada por los dioses, y todos los preceptos, tabúes, oraciones y ritos que envuelven la vida del sujeto y la comunidad, están destinados a controlar la dañina animalidad.

Además, como se concibe al universo entero habitado por las mismas almas, el guaraní vive su experiencia del mundo sintiéndose siempre frágil e influenciable o, en contrapartida, capaz de influir y dominar a las fuerzas que mueven el cosmos.

La consecuencia práctica de semejante concepción, es la de una compenetración con la naturaleza, que llega a ser asombrosa en los shamanes, y a constituirlos en verdaderos “profetas de la selva”.

En su libro, “El pensamiento salvaje”, Claude Lévi-Strauss refiere que los antiguos guaraníes realizaban consejos de tribus para discutir la naturaleza de una especie animal y clasificarla. Los antropólogos que los estudian actualmente atestiguan que los conocimientos de los shamanes acerca de cualquier minúscula planta, les resulta increíble.

Pero las consecuencias prácticas del animismo van todavía mucho más allá: al generar una visión dialéctica conflictiva de todas las cosas, crea tabúes, normas, oraciones y ritos que tienden a constituirse en un sistema normativo práctico para la relación ecológica con el medio ambiente y para el funcionamiento social armónico.

Siempre se observa implícito en ellos, la tendencia a preservar la naturaleza de toda destrucción excesiva y, en muchos casos, constituyen verdaderas reglas para el mejor aprovechamiento de los recursos.

Además, a partir del animismo y para proteger a la comunidad de los malos espíritus, los mismos tabúes y ritos regulan y manipulan las conductas de los individuos y los grupos para conservar la red social y funcionalizarla correctamente, en pos de logros precisos.

El sistema de creencias guaraní no queda reducido al animismo difuso, como tiende a suceder en las bandas nómades cazadoras-recolectoras, que a menudo convivían territorialmente con ellos.

Tanto como tendía la sociedad a complejizarse y jerarquizarse, el panteón guaraní de seres espirituales se disponía también en una estructura compleja y estratificada de poder sagrado, en la base de la cual estaba la tierra y las almas animales y telúricas, a las cuales, de todos modos, se consideraba parientes.

Según se conserva aún hoy entre los mby’a guaraní de Paraguay, Misiones y Brasil, y se presenta -también con variantes-, entre los pa’i tavytera y los ava chiripa, los guaraníes creían en la manifestación primigenia de un dios hoy lejano: “Ñamandu”“Ñanderuvusu”“Ñamandú papa tenondé”. Aquel primer dios, se habría autogenerado en medio de las tinieblas primigenias, tal vez a partir de un fluido neblinoso informe, conocido como “jasukawy”.

Entre las primeras creaciones de aquel dios, figuraba “la luz que emanaba de su propio corazón” y que luego alimentaría a su hijo “Kuarahy” = el sol. También generó, enseguida, las palabras y los cantos sagrados, que “inspirarían a nuestros primeros Padres”. Después, una llama y tenue neblina, que generarían y esparcirían “fervor y moderación”, respectivamente.

Su siguiente creación serían sus cuatro dioses suplementarios y sus respectivas consortes, cada uno representando, al mismo tiempo, un elemento climático clave y una serie de cualidades y recursos humanos: Karai, dios del fuego y el fervor, responsable de la fuerza vital que animaría el cosmos; Tupa, el dios del trueno beatífico y la lluvia, que aportaría moderación y sabiduría, para que un exceso de fervor no destruyera a las criaturas de dios; Jakaira, se transformó en el dios de la neblina vivificante y la medicina, capaz de sacralizar y curar, con su humo, toda cosa necesaria, desde la quema de la futura huerta, hasta los objetos rituales a los cuales se les esparce humo de tabaco con ese fin.

El cuarto dios era Ñamandu py’a guachu, frecuentemente confundido con el sol, e inspirador del coraje. Cada uno de estos dioses contaba con una corte de lugartenientes, que solían enviarse a la tierra para alguna misión. Ellos también eran los encargados de enviar las palabras-almas, para que se encarnasen en cada niño, mediante los buenos oficios del shamán.

La subsiguiente tarea de Ñamandu fue crear la primera tierra con sus correspondientes invierno y primavera primigenios que, desde entonces, se alternarían cíclicamente, generando, no sólo las estaciones anuales, sino un mundo circular del “eterno retorno”, donde todo se destruye, para volverse a crear eternamente.

Sin embargo, aquella primera tierra fue destruida por la cólera de Ñamandu, que no toleró la conducta indecorosa de sus primeros hijos. Estos pecaban, preferentemente de incesto, la “unión nefanda” entre parientes, que destruía el orden social parental. Ello les valió un diluvio, que acabó con la primera morada y sus almas fueron convertidas en animales.

Cuando, después de un conciliábulo de dioses, se decidió crear la segunda tierra, Ñamandu envió a su hijo Tupa, dios de la moderación. No sólo se creó un mundo ordenado, con cada especie animal ocupando un lugar en ella, sino que nuestro primer padre decidió proveer a la tierra de un héroe cultural, fundador de la estirpe guaraní, sus usos, costumbres, normas e instituciones. “Kuarahy” = el sol, el héroe cultural, fue generado por un dios en el vientre de una niña púber, sin unión sexual; vivió luego una serie de aventuras muy similares a las de otros héroes culturales del resto del mundo (tales como Rómulo, Gilgamesh, Teseo, Edipo, Moisés, y muchos otros). En definitiva, Kuarahy, es el modelo de conducta de todo guaraní.

“Jasyra” = futura luna, es el hermano del sol y su compañero de correrías. Su temperamento es el del pícaro y es el causante de que existan, en el mundo, algunas cosas fuera de lugar, tales como la menstruación, el adulterio, la mortalidad, la seducción y otras picardías.

El enemigo sempiterno de Kuarahy, si bien pariente adoptivo suyo, es “Aña” = jaguar-demonio, frecuentemente identificado con el blanco u otros enemigos. El antiguo pueblo de los aña devoró a la madre de Kuarahy y éste se vengó destruyéndolos; la única sobreviviente, procreó incestuosamente con su hijo y éste fue el causante e inspirador de toda cosa dañina, destructiva y peligrosa existente en esta tierra: desde la palmera con espina y los mosquitos, hasta la persistencia de la conducta incestuosa y la locura. Cuando un guaraní enloquece, se transforma en el “jaguarete-ava” = hombre tigre.

- Bibliografía usada por el autor

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