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El guaraní conquistado

Las “primeras noticias” que los españoles registran con respecto a los guaraníes de la región de Corrientes datan de 1528, y son las cartas de Luis Ramírez, que formó parte de la armada de Sebastián Caboto(1).

(1) Este material ha sido extraído del trabajo públicado en 1985 por Alfredo Vara, en el fascículo Nro. 3 “Corrientes en el mundo guaranítico”, de la colección “Todo es Historia”, dirigido por Félix Luna.

Este marino exploró los ríos Paraná, Paraguay y Bermejo, y allí tomó contacto, a menudo amistoso, alguna vez hostil, con pueblos aborígenes de riberas e islas. Así quedaron registrados los nombres de chandules y mepenes, y también el cacique Jaguaru, cuyo asiento, de aproximadamente mil habitantes, estaba en las cercanías del actual pueblo de Itatí.

Este primer contacto, no pasó de ser una visita de reconocimiento(1).

A comienzos de 1535, Juan de Ayolas explora el Paraná en busca del Perú y encuentra el río cerrado por canoas mepenes, que reclamaban, así, la solicitud de permiso para transitar sus “guaras”, territorios.

Ayolas los enfrenta a cañonazos y los dispersa, persiguiéndolos algunas leguas en el Interior del territorio correntino; continúa luego su viaje remontando el río Paraguay; allí, junto con trescientos españoles varones, se establece gracias a relaciones amistosas con el cacique cario, Arambare.

En aquel asentamiento, sobre la margen oriental del río Paraguay, se afirmará, para siempre, el campamento español, que luego sería la Ciudad de Asunción.

La amistad hispano-guaraní se labró sobre las siguientes bases: A los españoles les era indispensable un asentamiento seguro para aprovisionarse de alimentos y madera.

La ribera occidental del río Paraguay estaba poblada por indios guaycurúes y payaguáes, de origen pámpido, nómades cazadores-recolectores y dedicados al pillaje de las aldeas guaraníes. La ribera oriental en cambio, estaba habitada densamente por los horticultores guaraníes, asentados en grandes “teko’a guasu” = grandes aldeas.

Estos, que ya tenían noticias de los españoles, conocían el poder de la pólvora, y mostraron sumo interés en tenerla de su lado. El primer pedido de Arambare para proveer asiento, comida y mujeres, fue la realización conjunta de una batida armada al territorio vecino del Chaco contra sus temidos enemigos, los guaycurúes y payaguáes.

Los guaraníes conocían también el metal andino, y lo ambicionaban por sus propias razones. De acuerdo a las leyes de la reciprocidad guaraní, las mujeres fueron ofrecidas a los recién llegados en calidad de esposas; éstos se “casaron” poligámicamente con varias mujeres cada uno, llegando algunos a varias decenas.

Las denuncias eclesiásticas de la época nos hablan de Asunción, como “el paraíso de Mahoma”. Estas uniones posibilitaron a cada español que una multitud de “tovaja” = cuñados, los beneficiaran con su generosidad.

Aquella primera época del contacto hispano-guaraní se conoce, precisamente, con el nombre de la época del tovaja.

En base a la alianza, Ayolas pudo organizar una expedición al Perú, con mil quinientos “kerémba” = jóvenes guerreros.

Sin embargo, la alianza parental, sagrada para los guaraníes, fue convertida, por los españoles en una progresiva dominación y despotismo violento. La prestación del trabajo se hizo coercitiva, el trato a las mujeres desconsiderado, el respeto a los "guaras" territoriales se convirtió en invasión y ocupación.

Esta época, en contraposición a la del tovaja, se conoce como la época del “tapi’i”: esclavo. A los guaraníes siempre les había resultado infamante la condición de tapi’i que ellos imponían a sus vencidos.

Ahora, el “tovaja” español impositivo comenzaba a aplicar una esclavitud de rigor desconocido para ellos: Debían entregarles sus mujeres, sus guerreros, su trabajo y sus tierras. Además, debían bautizarse en una fe que no comprendían, y renegar de sus propias creencias.

En 1539 surge el primer motín de los guaraníes asuncenos, que termina con una delación y el ajusticiamiento de diez caciques. Las sucesivas y sangrientas rebeliones activas de los guaraníes se realizaron como un llamamiento de retorno a la avaidad.

Los paje anunciaron el llamado de los antiguos dioses, incitaron a volver al monte, a retornar a las antiguas costumbres: La desnudez y la antropofagia, a coaligarse los antiguos caciques en alianza guerrera contra la espada, la Cruz y la vaca.

Este último animal era considerado particularmente dañino por el guaraní, que a menudo veía destruidos sus sembrados por el ganado cimarrón.

Irala, el sucesor de Ayolas, derrotó sucesivos levantamientos guaraníes, debiendo recurrir, incluso, a la alianza con los guaycurúes, que encontraron así oportunidad de realizar extendidas matanzas y obtener cabelleras guaraníes como trofeos.

Para el año 1550, la servidumbre personal del indio quedó establecida y los levantamientos se hicieron cada vez más débiles y aislados. La desintegración del modo de vida guaraní comenzó a extenderse aceleradamente.

Las mujeres guaraníes no querían procrear ya con varones de su raza, y preferían gestar mestizos, que adquirían libertad por el hecho de serlo. En 1550, había tres mil hijos mestizos en Asunción: Los futuros “mancebos de la tierra”.

Los territorios cerrados guaraníes fueron desconocidos y ocupados. Los españoles extendieron y afirmaron la posesión y explotación de la tierra: ganadería, agricultura, recolección y explotación de madera y yerba mate, comenzaron a extenderse, utilizando siempre mano de obra indígena, en tácita calidad de esclavos.

Aquélla época del atropello expansivo de los "guaras", por iniciativa particular de cada español, se conoce como la salvaje época de “las rancheadas”.

La vida guaraní se alteró profundamente, la organización social parental desapareció y, con ello, el corazón del sistema socio-cultural. Los shamanes, sustentadores de la ideología, fueron perseguidos; las creencias debieron abandonarse o mixturarse confusamente con las creencias cristianas.

Es importante detenerse aquí para comprender el largo proceso de sincretismo religioso que puede postularse, que aún perdura. A partir de aquel momento, la religión del conquistador comenzó a dictar, oficialmente, imágenes y rituales, a los cuales la gente debía asistir y participar; la religión del padre español, era también la del Estado imperial y la del clero católico organizado.

En cambio, las viejas creencias animistas guaraníes persistieron en el corazón de las madres, que eran las que criaban y alimentaban a sus hijos, les enseñaban a hablar y caminar, a temer y a amar.

La vida cotidiana de aquellos primitivos “mancebos de la tierra” se vio, así, inundada por un animismo ancestral y por una multitud de tabúes y vivencias, íntimamente conectadas a la naturaleza, enseñadas y registradas en la memoria colectiva, con un lenguaje superlativo, para “conversar con la tierra”.

Una doble conciencia religiosa fue creciendo desde allí, tanto como un doble lenguaje; al bilingüismo hispano-guaraní, le correspondió un sincretismo religioso, en el que la religión del padre y el Estado ocupó los estratos superiores y oficiales; la religión y la lengua de la madre, infiltraron la vida cotidiana de los estratos inferiores y populares.

Para hacer aún más complicada la cuestión, la religiosidad católica de la época traía fuertes componentes animistas subyacentes, y una multitud de creencias medievales europeas, muy ligadas a la vida cotidiana y la naturaleza.

Con el correr del tiempo, esta religiosidad popular católica iría mezclándose con el animismo guaraní, en una anónima construcción espiritual colectiva, que se constituyó en la religiosidad popular campesina de los siglos XVII, XVIII, XIX y XX, en buena parte de la región de la Cuenca del Plata.

Solamente los guaraníes “monteses”, que escaparon de la dominación, internándose en las más cerradas selvas, donde el español no llegaba aún, pudieron conservarse como tales, manteniendo relativamente puros los valores, creencias y modo de vida típica.

Ello ocurrió, con diferencias importantes de grados, tanto en el Paraguay Oriental como en el Chaco paraguayo, boliviano y salteño; en Misiones, Argentina, y los territorios paranaenses de Brasil.

- Bibliografía usada por el autor

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