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Corrientes en el mundo guaraní

El territorio correntino estaba habitado, para la época de la conquista, por numerosas tribus(1).

(1) Este material ha sido extraído del trabajo públicado en 1985 por Alfredo Vara, en el fascículo Nro. 3 “Corrientes en el mundo guaranítico”, de la colección “Todo es Historia”, dirigido por Félix Luna.

Algunas de ellas pertenecían al primitivo tronco láguido, como eran los caracara y los kaingange, que ocupaban el centro de la Provincia y los esteros del Yvera.

Estos grupos eran, primitivamente, nómades cazadores-recolectores, pero, para la época que nos ocupa, no sólo estaban ya rodeados completamente por los guaraníes, sino que estaban profundamente influidos por ellos.

Habían incorporado palabras guaraníes a su lenguaje, practicaban la alfarería siguiendo la técnica guaraní de elaboración y, lo más importante, comenzaban a realizar sementeras, en adopción de la horticultura.

Los charrúas, en cambio, que poblaban todo el Sur de la Provincia, pertenecían al tronco étnico y cultural pámpido. Eran también nómades, cazadores y recolectores y, en contacto con los guaraníes, y luego los poblados españoles, desarrollaron una modalidad guerrera y practicaron el pillaje.

Los dos grupos anteriores, pertenecían a culturas no guaraníes, y se habían establecido en el territorio correntino hacía varios miles de años.

Los guaraníes, recién llegados, fueron ocupando las márgenes de los ríos Paraná y Uruguay. Establecían en ellas sus típicas aldeas y desalojaban del territorio cercano a los grupos no guaraníes.

La presión guaraní y la resistencia de los cazadores nómades generaron una fricción interétnica constante, que no llegó a convertirse en guerra declarada u organizada en gentíos de guerreros.

La consecuencia era que la expansión guaraní era cada vez mayor, y los grupos no guaraníes, sobre todo los láguidos, estaban quedando encerrados en bolsones, geográficamente típicos de las culturas primitivas en proceso de retracción y desintegración frente a otra cultura dominante.

Un proceso similar estaba dándose en el Paraguay Oriental, con los ache-guayaki, también de origen láguido. El intercambio cultural se volvió fluido en tal circunstancia y, también de modo típico, entre culturas primitivas, la cultura dominante estaba en proceso de imponer su lengua y sus costumbres.

Estando así las cosas, los guaraníes de Corrientes tienen un primer encuentro amistoso con la expedición de Sebastián Caboto y Diego García, en 1528, cuando éstos fueron recibidos y agasajados con maíz y mandioca por el cacique Jaguaru, cuyo asiento se encontraba en las cercanías del actual Itaty.

En 1536, Juan de Ayolas, que luego remontaría el río Paraguay, tiene un encuentro bélico con los mepenes, que le cerraron el río con cientos de canoas, evidentemente en reclamo de respeto hacia su guarã = territorio.

La primera expedición hacia el territorio correntino, desde el núcleo inicial de Asunción, fue en 1552, realizada por Domingo Martínez de Irala. La expedición parece haber sido una típica rancheada, puesto que correspondía a una época preencomendera, para reprimir a los guaraníes que hostilizaban las comunicaciones entre las costas del Brasil y Asunción.

Tal expedición debe haber atacado a los poblados guaraníes cercanos al río Paraná, en el Norte de la Provincia de Corrientes, o en el actual territorio de Misiones.

Ya en la época de la fundación de Corrientes, las relaciones entre españoles y guaraníes del territorio tenían suficientes años como para haber dejado atrás la época del tovaja y su alianza recíproca.

En el mes de Enero de 1588, un grupo de soldados, que ya se encontraba en el sitio que luego serviría para la fundación de la ciudad, sufrió el ataque indígena, conducido por los caciques Kanindeju, Pajaguán, Aguara Koemba y Mboripe.

Los españoles que fundaron San Juan de Vera de las Siete Corrientes, procedieron, enseguida, a poner en práctica dos medidas políticas que son reveladoras de la intención con que se fundó la ciudad.

La primera fue el reparto de tierras a los primitivos pobladores, destinadas a servir de estancias para la crianza y explotación de las primeras mil quinientas vacas y bueyes, y los mil quinientos caballos y yeguas.

La segunda medida fue el reparto, en encomienda, de los indios traídos de Asunción para tal fin, más las tribus indígenas que moraban en los territorios de la Provincia y el cercano Chaco, aún en estado salvaje.

Esto quiere decir que fue asignado en encomienda un gentío heterogéneo de tribus guaraníes, guaycurúes, abipones, caracaráes y hasta charrúas, indígenas aún desconocidos, de quienes sólo se tenía alguna idea por referencias de otros indígenas ya sometidos.

En 1588 se adjudicaron sesenta y una encomiendas; tres en 1589; veintiséis, en 1590; doce, en 1592; diecisiete, en 1593; tres en 1598. En diez años, había ciento cuatro encomenderos, dueños de más de doscientas tribus.

La consecuencia de la instalación del régimen de encomienda, desde la misma fundación de la ciudad, fue que durante muchos años los pobladores de Corrientes vivieron en permanente estado de guerra con las tribus de la región, incluido el Chaco.

Los primeros en ser atacados, y sujetados a la encomienda, fueron los guaraníes, porque ellos eran los habitantes de las riberas de los ríos, y sus hábitos aldeanos los fijaban más o menos al territorio.

El proceso de dominación de los guaraníes debió ser rápido, porque en los documentos de la época comienza a mencionarse, con posterioridad a 1610, la participación de guaraníes aliados en expediciones punitivas al Chaco, contra abipones, guaycurúes y payaguáes, o a los esteros del Ibera, contra caracaráes y kaingange.

La última gran rebelión activa de los caciques guaraníes fue sofocada por Hernandarias, en 1609 y 1610. Este los persiguió hasta el río Aguapey, en el límite Sur de la Provincia, y les impuso la paz a quince caciques.

Volvieron a rebelarse al poco tiempo, y asolaron la región, hasta llegar a amenazar la Ciudad de Corrientes. Nuevamente Hernandarias ahogó la rebelión en sangre.

Como consecuencia de las frecuentes rebeliones de los caciques guaraníes, que aún se mantenían autónomos, se encontró un nuevo recurso para controlar la amenaza indígena, al menos en lo que se refiere a los guaraníes: la creación de las reducciones de guaraníes, bajo el tutelaje de sacerdotes de las Ordenes jesuíta, franciscana y mercedaria.

Se fundaron así, en territorio correntino, tres reducciones iniciales: La reducción de Itaty, sobre el río alto Paraná; Santa Ana (en la actual localización del pueblo del mismo nombre); y la tercera, en la margen Norte del arroyo Peguahó.

De todas ellas, la más famosa y trascendente, tanto para la ciudad de Corrientes, como para la experiencia indígena de adaptación a la cultura colonial, fue Itaty.

Itaty fue puesta bajo el tutelaje de fray Luis de Bolaños, franciscano de larga experiencia en el trato con los indios.

Su organización interna siguió el modelo de los pueblos de indios del Paraguay, los táva, con la diferencia que la autoridad tutelar no era, en este caso, un administrador civil dependiente del Gobierno, sino el cura doctrinero.

La experiencia indígena en estos pueblos de indios y, en particular en la reducción de Itaty, fue muy peculiar y hubiera tenido enorme trascendencia en la vida colonial y en plasmar una identidad criolla si no se hubiese limitado a dos o tres reducciones frente al desarrollo abundante de encomiendas, de un lado, y reducciones jesuíticas del otro.

Bajo la dirección del cura doctrinero, la reducción organizaba su cabildo, con regidores, alcaldes y demás autoridades propias de la institución. En la práctica, ésto “repartía” el poder entre los principales jefes del gentío.

La organización social y económica era comunal, como en las misiones jesuíticas y, con ello, se respetaba el vínculo ancestral del guaraní con la tierra, tanto como su antigua organización parental igualitaria.

Pero las actividades, dirigidas por los sacerdotes, se diversificaban en el cultivo agricultor colonial español y en la práctica de actividades artesanales adaptadas a la vida colonial.

Esto resultó trascendente para los indígenas de la reducción de Itaty, porque, aunque la organización interna de la reducción era cerrada y autónoma, la relación con la vecina ciudad de Corrientes era fluida y frecuente.

Era común en la época, que el Cabildo de Corrientes solicitara la mano de obra de los guaraníes de Itaty para resolver problemas de servicios urbanos, como la construcción de edificios, arreglos de calles o zanjas de desagüe.

Los productos artesanales indígenas, en alfarería, carpintería, herrería o hilados, encontraban segura colocación en la ciudad. Así, con el correr del tiempo, junto con algunos criollos e indios fugados de los táva del Paraguay, estos indios de Itaty, catequizados como cristianos y respetada su fuerza de trabajo y su familia, pasarían a integrarse a la vida de la ciudad colonial como artesanos libres.

- Bibliografía usada por el autor

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