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Las poblaciones indígenas y la llegada de los europeos

Hace aproximadamente 500 años llegó una primera corriente de arawak, desplazándose por los ríos Paraná y Uruguay, hasta la costa atlántica.

Aquellos arawak eran cultivadores de zonas pantanosas y de túmulos artificiales de tierra para poder plantar. Ellos debieron iniciar ya el desplazamiento de las culturas cazadoras-recolectoras, primitivas pobladoras de las regiones aledañas a la Cuenca del Plata.

Antes de la llegada de los amazónides protoguaraníes, la región estaba difusamente poblada por dos corrientes distintas de cazadores-recolectores nómades. La primera es conocida como el tipo láguido, de tipo físico melanésido. Ellos estaban extendidos por las sabanas amazónicas: Río Grande del Sur, Santa Catalina y Paraná, todo el Paraguay Oriental y las provincias de Misiones y Corrientes, hasta Entre Ríos. Estos fueron conocidos, en tiempos históricos, como guayanás.

La segunda corriente es conocida como pámpida, de tipo racial australiano, que comparte sus características físicas con los sioux y comanches norteamericanos. Se propagaron -ya para el 4000 a. de C.-, por todo el Chaco, la Pampa argentina hasta Tierra del Fuego y parte del Matto Grosso.

Los maká, los guaycurúes, los charrúas se originaron todos de esta corriente.

Tanto los grupos láguidos como los pámpidos, debido a sus condiciones de cazadores-recolectores nómades, incapaces de formar aldeas estables conectadas entre sí, se encontrarían en inferioridad de condiciones en el choque interétnico que sobrevendría con la llegada paulatina de los contingentes amazónides protoguaraníes.

Recién con posterioridad a aquel contingente arawak, que llegara a la Cuenca del Plata hace 500 años, comenzaron a arribar sucesivas oleadas de canoeros ava amazónicos de lengua tupí-guaraní.

Los guaraníes, si bien eran conscientes de la unidad del “ava” amazónico, agrupaban sus aldeas por regiones, ligadas a las tierras fértiles y a los intereses de la población aldeana. Esta fuerte consciencia georegional -llamada “guara” por Susnik-, se basaba en una comunidad de intereses y en la reciprocidad de vínculos sociales que unían a varios grupos patrilineales.

La identificación con su “guara” era, para el guaraní, un hecho sumamente importante, pues esta identificación era exclusiva, lo que no permitía que otros vinieran a formar parte de la misma y mucho menos a asentarse en ella.

La documentación del siglo XVI que nos ha llegado indica que estas regiones estaban denominadas por los ríos que las cruzaban, por los nombres de sus caciques o por nombres específicos de los grupos que las habitaban.

Así, en el momento del arribo de los españoles a Paraguay, los guaraníes estaban distribuidos, según Susnik, en las siguientes regiones o “guara”: en el antiguo Guairá, entre los ríos Tieté e Iguazú; en la zona entre el río Uruguay y la Laguna de los Patos, en la costa atlántica; entre los ríos Uruguay y Paraná; entre los ríos Paraguay y Paraná, llegando hasta el río Miranda -en el Norte- y, hacia el Sur, ocupando las islas del río Paraná hasta el Tigre, en el delta del mismo río, donde confluye con el Río de la Plata.

Estos grupos eran los carios, los tobatines, los guarambarenses itatines, los mbaracayuenses, los mondayenses, los paranaes, los uruguayenses, los tapes, los mbiazas, los carios litoraleños y los chandules.

Aquellos guaraníes eran impositivos y, al encontrarse con los primitivos pobladores de la región, los obligaban a marginarse y pasaban a ocupar territorios en forma más o menos estable, de acuerdo a sus necesidades semisedentarias.

Cuando no necesitaban las tierras de sus vecinos, los dejaban convivir con ellos, pero tendían a imponerles el uso del avañe’ = el idioma guaraní, como única base de convivencia pacífica. Era frecuente también la integración parental, mediante el casamiento de varones extranjeros con jóvenes guaraníes.

Algunos pueblos extranjeros eran considerados indignos de toda alianza; entonces se los guerreaba, practicando con ellos el rito de la antropofagia y sometiéndolos, considerándolos tapi’i = sometidos.

Posteriormente arribó a la actual región del Paraguay Oriental, centro demográfico e histórico en el que se consolidó la identidad guaraní, un contingente tardío, conocido hoy como protocario, cuya característica más trascendente era que se aglomeraba en aldeas numerosas, denominadas tekoha. Allí convivían ya no un linaje simple, sino multilinajes, con una organización cooperativa del trabajo, capaz de explotar áreas de roza mucho mayores, con producción de excedentes.

Se generaban, a partir de tales condiciones económicas, alianzas socio-políticas basadas en el parentesco. Se practicaba la poligamia por parte de los jefes y el tovaja = cuñado, era una verdadera institución política de alianza, solidaridad y reciprocidad.

Así, el jefe de un tekoha, el ava ete, no era el simple conductor de su linaje, sino un mburuvicha, cabeza de un multilinaje, rico en parientes y con una larga red de alianzas.

El poder económico, social, político y militar de estos tekoha se fue imponiendo paulatinamente, no sólo a los primitivos pueblos de la región, sino a los propios ava proto-mby’a, que fueron fusionándose con ellos.

La ideología dejó de ser el exclusivista oreva, para convertirse en el ñandeva extensivo, que consolidaba más o menos una identidad cultural panguaraní. Así comenzaron a aparecer los karai = grandes paje sacerdotes, cuyo poder religioso e influencia política se extendían por grandes territorios.

El poblamiento guaraní comenzó a hacerse demográficamente explosivo en la Región Oriental del Paraguay. A través de guerras y alianzas empezaron a configurarse guaras = territorios exclusivos, pertenecientes a ciertos tekoha, que ejercían celosamente el derecho de posesión y de tránsito.

La marginación y la guaranitización de los pueblos no guaraníes se acentuó. Muchos de ellos -como los tapi ete actuales-, perdieron para siempre la memoria de su propio idioma. La consecuencia más importante de la consolidación de los tekoha fue la necesidad de una expansión territorial sumamente dinámica.

Hacia el Este ocuparon el Guairá brasileño, llegando hasta el Atlántico, entremezclándose con sus parientes Tupí y extendiéndose hacia el Sur. Por el Oeste, en sucesivas oleadas, atravesaron el Chaco hasta establecerse firmemente en los contrafuertes andinos. Restos actuales de aquellos guaraníes son los chiriguanos, guarayos y sirionó.

Hacia el Sur siguieron los grandes ríos Paraná y Uruguay y establecieron sus tekoha característicos en islas y riberas, hasta la propia desembocadura del Río de la Plata.

La presión e influencia sobre los láguidos kaingange, en los actuales territorios de Misiones, Corrientes y zonas cercanas de Brasil, era ya intensa a la llegada de los españoles. Lo mismo sucedía con los charrúas en Entre Ríos y el actual territorio uruguayo.

Aquellos primitivos guaraníes, conocidos hoy como los proto-mby’a, eran cultivadores de la mandioca amarga, contaban con una pequeña organización social aldeana, constituida por unas treinta a cien familias juntas, en una o dos casas comunales, y constituyendo entre todos una familia extensa perteneciente al mismo linaje patrilineal.

Estos linajes aldeanos pequeños, gobernados por un jefe (ñande ru = nuestro padre), raramente se fusionaban, y nunca llegaron a constituir grandes jefaturas ni a aglomerar grandes gentíos. Sustentaban una ideología exclusivista, el oreva = nosotros exclusivo, en contraposición al ñandeva = nosotros inclusivo, basada en el culto de los antepasados.

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