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Los aborígenes y el territorio

La naturaleza del suelo en que se fundó la ciudad, y hoy es el territorio correntino, debemos ligeramente reseñar, para apreciar la importancia de la acción a que fue llamada la ciudad para el porvenir(1).

(1) Extracto de la obra “Recuerdos Históricos sobre la Fundación de Corrientes en el Tercer Centenario” (1888), escrito por el doctor Ramón Contreras. El doctor Contreras fue el compilador de la documentación, que la Provincia de Corrientes hizo publicar, oponiéndose a la separación del Territorio de Misiones con el pretexto de fijársele sus límites por Ley nacional, y en aquellos libros, manifiestos, etcétera, se habían dado al público antecedentes serios de la fundación de Corrientes (1588) y de su dominio jurisdiccional. Le fue fácil, entonces, escribir sobre los sucesos que dieron origen a la ciudad, con encomiable entusiasmo y erudición. Al darse el debate sobre varios aspectos de este proceso histórico con el doctor Manuel Florencio Mantilla, el doctor Contreras ahondó en sus informaciones, dando a luz el folleto “Recuerdos Históricos”.

Los límites actuales del territorio son: al N. y al O. el Paraná; al S. los arroyos, “Guayquiraró”, que cae al Paraná; y “Mocoretá”, que desemboca en el Uruguay; al S. E., este río; y al E., los arroyos “Chimiray”, que fluye al Uruguay, y el “Itaimbé”, al Paraná, con las ligeras modificaciones aportadas sobre la Ley nacional de Diciembre 24 de 1882 por la Ley provincial de la cesión de Posadas a la Nación.

Es parte del territorio hoy clasificado de “Mesopotamia Argentina” que comprende el Territorio Nacional actual de Misiones, y de la Provincia de Corrientes y de Entre Ríos.

La de Corrientes, situada próximamente entre 27° 10' y 30° 45' de lat. Sud y 55° 15' y 59° 32' de long. Occid. de Greenwich, tiene su suelo con una capa espesa de humus, que cubre otra arcilla arenosa en una de arcilla poco compacta y de profundidad indeterminada.

En grandes extensiones es completamente arenoso, sin dejar de ser muy fértil, y esa arena es roja, del “Aguapey” al N. muy compacta, en donde el calcáreo y la arena faltan y soporta mal las sequías.

Las rocas son generalmente calcáreas en las costas del Paraná, y más bien silicosas en las del Uruguay. El subsuelo arcilloso, tan pronto amarillento como rojo, está sembrado de pepitas calcáreas.

Es también, por lo general plano, pero tiene ligeras ondulaciones cuyos más altos relieves no se elevan de 50 a 70 metros sobre el nivel del mar en parte de las costas de los grandes ríos, al S. del río Corriente, del Aguapey al E., lo suficiente para determinar las cuencas de los ríos secundarios como el Riachuelo, el Empedrado, el Santa Lucía, el Batel, el Corriente, el Guayquiraró, que desaguan en el Paraná; el Mocoretá, Miriñay y Aguapey que fluyen al Uruguay.

La parte plana, casi sin declive para las aguas pluviales, son como grandes sabanas de agua en tiempos lluviosos, con los nombres de cañadas, bañados, esteros, malezales. Las partes principales de esos terrenos anegadizos se encadenan unas con otras, para formar centros palúdicos, como el Yverá, Yvyvai, el estero de Santa Lucía, que son fuentes de muchos de los ríos citados.

El primer sistema palúdico tiene por centro el Yvera, al que se ligan los esteros “Tataré” de San Joaquín; de “Ypuku guasu y mini”; de “Ajuku”, que forman un grupo; los del “Batel”, “Batelito”, “Veloso”, etc., que son otro grupo; los esteros, malezales y bañados del lado E. y S. del río Corriente, que van hasta el “Barrancas”, son otro grupo.

De las fuentes centrales nace el “río Corriente”; del primero y segundo grupo el “Batel” y “Batelito”, que entran en el anterior; del tercer grupo, el “Sarandy” y el “Barrancas”.

Afluentes principales del Corriente son, además de los Batel por el O., el “Paiubre”, el “Cuenca”, el “Villanueva”, el “Molle” y los “María grande y chico” al E., etc. Afluentes del “Barrancas”, los arroyos “Pelado”, el “Chañar”, el “Espinillo”, el “Tigre”, el “Animas”, el “Sauce”, y el “Abalos” lo es del “Sarandy”.

El segundo gran sistema tiene por centro las “Maloyas”, al que se ligan los grupos formados, primero, por los esteros “San Lorenzo”, “Santa Lucía”, el “San Miguel”, el “Estero Malo” y de cuyo grupo nace el río “Santa Lucía” que corre al Paraná; el formado segundo por otra serie de esteros y terrenos anegables, que acaban en la cañada del “Tabaco” y de que nacen los arroyos “San Ambrosio” y el “San Lorenzo”.

Los arroyos “Empedrado”, el “Riachuelo”, el “Riachuelito”, etc., provienen del centro de ese sistema.

El tercer sistema principal tiene su alma en el bañado inmenso del “Yvyvai” que a pesar de desaguarse al Yvera por numerosos pequeños brazos o bañaditos, da su tesoro principal de aguas al río “Miriñay” y supliendo con el excedente, así como al Yverá, también al “Aguapey”, el cual se surte al E. de los esteros y cañadas de “Santa Rosa”, “San Isidro”, “Tunitas”, “Concepción”, “Profunda”, “Sarandy”, etc.

El “Miriñay” se liga con el Yvavai por los pantanos y cañadas de “Camba trapo”, “Picada”, “Cambyreta”, “Cuñacurusu”, “Mano kue”, “Hinojito”, “Pirityguasu”, “Piritymini”, “Aguara kua”, “Yarevú”, “Quijati”, “Myrunaá”, etc., y tiene por afluentes a su izquierda, el arroyo “Ajui”, y a su derecha el “Juqueri” que recibe a su vez el “Ajui - chuco”, el “Kurupikay”, el “Aguaceros”, el “Jaguary” con el “Ombú”, el “Vaca kua”, el “Pairiri”, el “Kurusu Kuatiá” con el “Cardozo”, etc.

Aparte de los anegadizos del Paraná, como el “Costa Brava” entre Goya y Guayquiraró, y el entre Bella Vista hasta la extremidad del Rincón de Ceballos después de la orzada del “Simbolar”, hay algunos núcleos sueltos de bañados e innumerables lagunas que, como dispersos asterismos de aguas brillantes y límpidas, en todas partes tachonan el suelo correntino.

Todos esos sistemas palúdicos y los ríos principales que los desaguan, tienen por ley general de proyección desde el Norte al Sur, con tendencia al Sudoeste.

Por supuesto, que además de los ríos citados hay innumerables otros de segundo y tercer orden, que son afluentes unos de otros y que lo son del Uruguay o del Paraná, v. gr. en la costa de éste, entre Empedrado y Corrientes, los arroyos “Largo”, de “Soto”, “Ahoma” (tal vez “Ohóma”), “Peguaho”, “Sombrerito”, “Sombrero”, y “Castillo” antes del Riachuelo.

Tal es próximamente el aspecto general de la hidrografía de este territorio. Ese rasgo hidrográfico la distingue especialmente de los otros territorios argentinos. Corrientes, por sus acuas zonas de vastas extensiones dispersas por todas partes, brilla en su atmósfera casi ecuatorial, como un fantástico reflector.

Entre tantas aguas límpidas o que suaves se deslizan en paulatinas corrientes por debajo de plantas acuáticas que en sus esteros forman embalsados y alfombras flotantes de variada vegetación con flores de camalotes, nenúfares y victorias reginas (“yrupe”), o por entre espadañas y juncos flexibles y virídeos en sus cañadas.

Corrientes se presenta a la imaginación o como la Babilonia mesopotámica con el laberinto de canales de Semíramis, o como Venecia por sus inmensas lagunas, o como el Tenochtitlán de Moctezuma, por sus calles y arrabales de agua, en que muchos de los de Cortés perecieron; por sus embalsados dilatados, como esas capas herbáceas flotantes de previsión platónica en cientos de leguas cuadradas sobre el océano Atlántico que cerraban el paso a las quillas de los buques de Colón entre los días 14 a 18 de Septiembre de 1492, en su primer viaje.

En medio de la gran cantidad de vapor de sus masas de agua que refrigeran su ambiente y le da copiosos fecundantes rocíos, Corrientes, envuelta en su atmósfera vaporosa, pluviosa en sus estaciones medias y a veces en el verano, se parece con sus tierras anegadas a una Holanda; se parece, a lo lejos, como una nítida nebulosa en el cielo espléndido de las regiones del Plata; por dentro, a un Paraíso animado y bullicioso.

Allí, bajo un clima suavemente tibio, con días de heladas superficiales en invierno, y con una temperatura que no pasa de 36 a 38 grados en verano, refrescada por corrientes frecuentes del sur, encierra una vegetación lujuriosa sin ser tropical, en bosques, sotos y vegas llenos de “azucenas” (arbustos llamados así), arrayanes, “cascos romanos” (flor de vana planta parásita) y bambúes (“takuara”); de palmeras (“jatai”, “karanday”), de muchos árboles de las clases de plantas lauríneas, leguminosas, rosáceas y otras que dan maderas excelentes y frutos deliciosos; del árbol de sangre y del famoso “samuú” que de sus grandes vainas derrama flocones sedosos de fibras textiles (véase mi “Informe” sobre la Provincia de Corrientes en la exposición de Córdoba).

Allí, en la espesura, en el ramaje y fronda de los árboles, en los prados, y en las ondas de las aguas, viven desde el jaguar (“jaguarete”), la anta (tapyi o mborevy), el pecar o el jabalí (tajasu, “tajasuete”) y el “carpincho” (“kapi’yva”), hasta los ciervos, el hormiguero, el zorro y diferentes especies de “tatú”; desde el águila y el avestruz (“ñandú”), las aves acuáticas que hormiguean en todas partes, hasta la perdiz, el “picaflor”, innumerables gorriones muchos de especies vistosas, calandrias de hermosas melodías y los “chochï” de fúnebres cantos en la noche; desde los caimanes (“jakare”) y boas, hasta los insectos luminosos que, en enjambres portentosos, cubren de luz los esteros en fatídicas noches del verano; desde los monos aulladores (“karaja”) hasta los papagayos, loros, “aras” y cotorras vocingleros, al lado de los batracios atronadores, de la cigarra (“ñakyra”) y de otros insectos que pueblan los aires con ruidos vibrantes al frote de sus élitros y otros órganos.

Allí, en medio de esa naturaleza rumorosa y de agreste animación, vivía quizá feliz toda una raza de hombres, fuera de sus rabias pasajeras con otras fronterizas. Allí esa raza, deslizando su existencia a través de innumerables siglos tal vez, vivía contenta antes de la invasión hispánica, sin más cuidados que saborear con gula grosera los productos de su caza y pesca, abundantes en ese territorio, y sin más afán que recoger los frutos de su incipiente agricultura.

Esa raza era étnicamente de los guaraníes. Permítome llamarla “aborígena”, y no llamarla “indígena” simplemente. Todos los que nacemos aquí somos indígenas naturales, descendientes de un pueblo europeo recientemente trasplantado; pero aquellos hombres, como no se hallaron en esas condiciones, los distingo con el nombre de aborígenas. No sé si serán autóctonos, como se da en decir hoy.

Las guaraníes del territorio después correntino, formaban distintos pueblos con denominaciones y dialectos diferentes, sin dejar de tener en el fondo de éstos una lengua madre, común a todos. Cada pueblo estaba dividido en muchas tribus, con apelaciones propias.

Cada tribu tenía un cacique, con autoridad patriarcal; cada pueblo, uno o más caciques, con una autoridad morigerada, no sé cómo, si por el Consejo de algunas, constituidos como Juntas deliberantes o consultivas, o por leyes no escritas, de tradición oral y apoyada en algún origen venerado que les sirvieran de sanción.

Lo que sé es que esa autoridad no era despótica, que el despotismo era enteramente desconocido antes de la invasión europea entre los pueblos errantes de la América. En los pueblos sedentarios y fijos como los Imperios de México y Perú, el despotismo político de Asia y Europa de antes de la era cristiana, era también desconocido.

Tal era la constitución social y jurídica de los pueblos guaraníes, en el Río de la Plata. Cierto es que de todas esas cosas, poco o nada se ocuparon al principio los españoles más que de satisfacer su hambre de batallas, riquezas y territorios para su rey, hasta que los jesuitas empezaron a escribir; pero nada es más cierto que en todos esos cuentos pacíficos o sangrientos entre españoles y aborígenes, en las costas del Brasil, como en las del Plata y Paraguay, siempre ha aparecido un cacique rodeado de otros, un cacique que consulta a otros, un pueblo y muchedumbre que obraban sin una sujeción a un déspota.

Los cronistas españoles, poco prolijos respecto de este territorio, casi nada dijeron, y apenas muy de paso señalaron los nombres de algunos de los pueblos guaraníes que lo habitaron. Según ellos, hubieron en el centro por el Yvera, un pueblo de guaraníes “caracará” que existieron también cerca del fuerte o torre de Caboto y de Corpus Christi de Mendoza; otro numeroso, de “tapés”, entre el Paraná, Yvera y hacia el actual Río Grande del Sur; otro de “yaró” y “charrúa”, sobre el Uruguay, entre Aguapey, Miriñay y el Corriente, extendiéndose hacia la actual República del Uruguay y la Provincia de Entre Ríos.

Entre el río Corriente, Paraná, el Santa Lucía y en lo que es hoy los Departamentos Lavalle, Bella Vista, San Roque y Saladas, parece que existieron mezclados pueblos guaraníes con otros procedentes del Chaco y aun de “calchaquí”, llamados ghaguayasque, vilela, chiquí, frentones, “mocobí”, “toba”, “abipón”, etc.

Por la costa del Paraná, en los Departamentos hoy de San Cosme e Itatí, parece que se enseñoreaban los “agaces”, los “guaycurú” y los “payaguás”.

Por esta parte de la ciudad había numerosas tribus guaraníes, a quienes el doctor Mantilla (en Las Cadenas, Núm. 537) da una denominación general como al territorio de la fundación de Corrientes, la de “Guairana”, y les da “procedencia guaireña”, es decir del “Guaira”, región del Paraná superior, después del gran salto de “Maracayú”.

Esa procedencia no parece verosímil hasta la fundación de Corrientes.

En el Guaira, Irala mandó fundar, en 1554, con el capitán García Rodríguez de Bergara y 60 españoles, la villa de “Ontiveros”, a una legua de dicho salto, después de haber protegido a los guaraníes de esa comarca contra los tupíes (“tupí”, de raza guaranítica también). Irala, en 1554, mandó fundar a tres leguas de Ontiveros, “Ciudad Real”, por medio del capitán Ruiz Díaz Melgarejo y 100 soldados escogidos, sobre el Paraná a la boca del Pequerí, después de otra notable campaña contra los tupí.

En 1575, se encomendó al viejo y notable capitán Melgarejo, ya citado, la fundación de “Villa Rica del Espíritu Santo”. Los jesuitas habían formado también 13 pueblos con toda esa población dulce y agrícola de guaraníes del Guaira.

No es creíble que en tales condiciones ella hubiese emigrado de esas comarcas, hacia la de Corrientes. Recién, hostigadas y arruinadas la mayor parte de esas fundaciones por los tupí o por los mamelucos de San Pablo, en 1631 se hizo la primera emigración de 12.000 guaraníes en 700 canoas, con el jesuita Montoya a la cabeza, bajando el Paraná hasta el territorio nacional actual de Misiones, sobre el territorio de los tapé.

Pero entonces Corrientes estaba fundada. Las villas de Ontiveros, Ciudad Real, Villa Rica del Espíritu Santo y Jerez quedaban todavía en pie hasta después de 1674 a 1676, en que desaparecieron por falta de defensa por los españoles contra los mamelucos. Hay probablemente un error en suponerse guaraníes del “Guaira”, poblados en el sitio de Corrientes a su fundación.

Volviendo a los guaraníes que habitaron el territorio correntino antes y aún después de esa fundación, enseguida de sus correrías limitadas para la caza, se reducían en tolderías sedentarias para recoger los frutos de mandioca, maní y, tal vez, algodón, de sus pequeños cultivos.

Vivían desnudos los varones, y las mujeres con un paño de tela de algodón desde la cintura a las rodillas, como los charrúas, los querandíes, los timbúes, los caracaráes, y éstos de la costa de Santa Fe tenían unas piedritas en la base horadada de la nariz, según Schmidel.

Tuvieron por utensilios la calabaza, objetos cerámicos del barro “ñau” con pintas de “tovatí” y de ocres rojos y anaranjados de las costas del Paraná. Sus armas eran las flechas con el arco, las picas con espinas de pescado o de “urunde’y” aguzado y endurecido al fuego, etc.

Parece que no conocían el envenenamiento de las flechas a la usanza de los diaguitas (en la hoy Provincia de La Rioja), Alto Paraguay y pueblos calchaquíes; secreto, quizá, obtenido de la ciencia de los peruanos.

He ahí los pueblos guaraníes a cuya vista se iban a abrir los cimientos de la ciudad de Corrientes y tremolar el pendón glorioso de Colón.

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