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Los anteriores a Colón

Los contactos transoceánicos precolombinos son las interacciones que existieron entre los indígenas americanos y los habitantes de otros continentes previas al Descubrimiento de América en 1492, cuando Cristóbal Colón arribó a la isla de San Salvador.

Las hipótesis sobre contactos entre el Nuevo Mundo y el Viejo Mundo han sido propuestas desde el encuentro de los mundos y actualmente, además de la presencia inmemorial de los esquimales yupik -pobladores de la Península de Chukotka en Siberia, la isla San Lorenzo y Alaska- la colonización vikinga en el nordeste de América -tras el descubrimiento de la aldea en L'Anse aux Meadows, en Terranova, Canadá, fechado alrededor del año 1000(1).

(1) En la punta de la Gran Península del Norte de Terranova se encuentra la primera evidencia conocida de la presencia europea en las Américas. Se presume que una expedición nórdica salió de Groenlandia y construyó de un pequeño campamento de edificios de madera hace 1.000 años.

Ubicada con un impresionante telón de fondo de escarpados acantilados, pantanos y la costa, estos fascinantes restos arqueológicos del campamento vikingo fueron declarados Patrimonio de la Humanidad en 1978.

Es el único caso de contacto entre ambos mundos durante la época precolombina.

- Los anteriores a Colón

La inmensa mayoría de sabios y legos considera como verdad axiomática que fue un señor llamado Cristóbal Colon, llegado al mundo en Génova, el que incorporó al extenso continente americano al devenir de la humanidad y a los beneficios y maleficios de la civilización(2).

(2) Miguel Angel Scenna. “Los anteriores a Colón”, publicado en la colección “500 años de Historia argentina”, con la dirección de Félix Luna.

Empero, deben señalarse dos corrientes de pensamiento que intentan, de una u otra forma, disminuir, empañar, desvalorizar la formidable hazaña de 1492, tan formidable que un historiador como Arnold Toynbee no vacila en señalar dos fechas clave en la historia -y solamente dos- que marcan hitos decisivos: el nacimiento de Jesús de Nazareth y el descubrimiento de América.

Para una de esas tendencias, Colón habrá tenido precursores de todo tipo y color, desde la prehistoria basta el Imperio Romano, al punto de creerse que el hecho de cruzar el Atlántico era un deporte bastante frecuente, que ya estaba gastado cuando Colón zarpó de Palos un viernes 3 de Agosto a las 8 de la mañana.

La otra escuela de pensamiento niega redondamente el mérito colombino alegando que el genovés llegó con cuatro siglos de atraso a una tierra que ya había sido cumplidamente descubierta por un noruego. Esto se enseña regular y sistemáticamente en escuelas y colegios escandinavos, desvaneciendo el mérito del italiano bajo un arrogante menosprecio.

Más aún, en Estados Unidos no son pocos los eruditos -generalmente de ascendencia nórdica- que insuflan a toda vela esa creencia, presentando a Colón como un mero plagiario de previas hazañas, o como un iluminado que, al igual que el burro de la fábula, tocó la flauta de casualidad.

Alla, en la Ciudad de Boston, se alza una hermosa estatua que presenta a un esbelto y apolíneo vikingo, de bellos rasgos, larga melena y vestidura medieval, que hace visera con la diestra sobre los ojos, como oteando la cercana tierra. Es la idealizada representación de Leif Erikson, verdadero y único descubridor de América para muchos.

¿Qué hay de cierto en todo esto? ¿Hasta qué punto Colón tuvo precursores? Y en tal caso, ¿cuál es el mayor mérito: el de éstos o el del Muy Magnífico Almirante de la Mar Oceana?

- ¿Fueron los fenicios, los cartagineses o los romanos?

En primer lugar, y para llevar un orden más o menos lógico, hay que despejar una duda: ¿es posible cruzar el océano con naves endebles y mal preparadas para fuertes oleajes?

Indudablemente sí, como se ha demostrado incumplidamente en el siglo XX. Incluso lo puede hacer un hombre solo, en embarcación aparentemente inapropiada, como lo probó dos veces el argentino Vito Dumas.

Basta con que el factor material y el humano reúnan buenas condiciones marineras, además de una dosis de suerte que no se puede pesar en balanza.

Más aún, puede cruzarse un océano en una mísera balsa y sin llevar alimentos especiales, tomándolos directamente del mar, como lo hizo ese moderno vikingo llamado Thor Heyerdahl que, con su inmortal “Kon Tiki” atravesó el Pacífico en 1947.

De modo que queda en claro la posibilidad de cruzar grandes masas de agua en condiciones precarias, que normalmente se considerarían suicidas y que el mismo mar soluciona los problemas de manutención: peces y plancton en abundancia y, en cuanto al agua potable, basta prensar pescados frescos para extraerles una cantidad suficiente del imprescindible liquido.

Si esto lo hicieron contemporáneos nuestros casi deportivamente, antaño pudieron hacerlo otros hombres por imperiosa necesidad. Las puertas de la posibilidad están abiertas.

Sentado lo anterior, el primer emporio civilizado que se aparece es el misterioso y apenas conocido Imperio Tartesio, remoto baluarte comercial y centro de grandes navegantes, cuyo foco fue la Ciudad de Tartessos, cuyas ruinas jamás fueron localizadas, pero que el arqueólogo alemán Adolfo Schulten supuso en la desembocadura del Guadalquivir, en esa España que se adentra en el Atlántico como queriendo salir al paso de América.

Ese imperio emergió unos 1.200 años antes de Cristo y es posible que estuviera estrechamente ligado a la civilización etrusca. Fue el primer dominador del océano y al parecer entre los años 1000 y 700 a. J.C., sus naves no sólo navegaban por el Mediterráneo sino que llegaron a Inglaterra e Irlanda. Es todo lo que se sabe, pero si alcanzaron tales navegaciones es seguro que descubrieron alguno de los archipiélagos atlánticos, al que dieron el nombre de Hespérides, para algunos las Canarias, para otros las Azores.

En estas condiciones, alguna nave perdida pudo ir a dar a América. Frente a la costa ibérica desciende una corriente hacia el sur que llega a las Canarias, sigue hasta las islas del Cabo Verde y, girando al oeste, con el nombre de corriente Ecuatorial del Norte, termina bañando las Antillas. Algún marino audaz pudo perderse por ese camino. Pero si lo hizo, difícilmente haya regresado y, en todo caso, no ha dejado el menor rastro.

Tartessos fue derrotada y completamente destruida por fenicios y cartagineses que la sucedieron en el monopolio comercial atlántico, siguiendo sus mismas líneas de navegación oceánica. Los cartagineses convirtieron a España en una de sus principales bases y no cabe duda que exploraron el océano.

Conocieron las Hespérides de los tartesios y lo que se dijo de éstos vale para fenicios y cartagineses. Pudieron llegar accidentalmente a América, pero sin posibilidad de regreso y en condición de náufragos, no de descubridores y menos de conquistadores.

En cuanto a los griegos, el hecho de ser los padres de nuestra propia cultura los prestigia bastante a nuestros ojos como para arrimarles méritos, incluso con él codo. Se dice que conocieron a las Hespérides, a las que llamaron Islas Felices, pero ignoramos si ese conocimiento era de primera mano o prestado a través de datos fenicio-cartagineses. Lo cierto es que los griegos, hundidos en el fondo oriental del Mediterráneo, a él se dedicaron y no mostraron mucha tendencia a exponerse más allá de Gibraltar.

En cuanto a los romanos, prefirieron llamar Afortunadas a las Hespérides, pero difícilmente las hayan visitado alguna vez. El romano era un personaje estrictamente antimarino, que no se sentía cómodo sobre la cubierta de un barco y sólo funcionaba adecuadamente cuando pisaba terreno sólido. Precisamente, las grandes exploraciones marinas de antaño se apagan bajo la Pax Romana, en tanto se alcanzó una notable perfección en las comunicaciones terrestres.

Empero, de vez en cuando se han denunciado en América descubrimientos y hallazgos atribuidos a esas civilizaciones, que algunos entusiastas tomaron como prueba decisoria de que mucho antes de nacer Jesús, por aquí andaban hombres civilizados de allende el Atlántico.

Por ejemplo, en 1833 se descubrió una inscripción en Montevideo, escrita en perfecto griego. Había sido redactada por un soldado de Alejandro Magno, perdido del resto de sus huestes. De qué manera un hombre se las puede arreglar para perderse en Asia Menor y aparecer en Montevideo hubiese sido un interesante tema de especulaciones. No hubo lugar a ello pues la inscripción se mostró una burda patraña.

Anteriormente, en 1783, apareció en la costa de los Estados Unidos, en Massachusetts, otra inscripción que gente muy seria tomó muy en serio, al punto que costó bastante trabajo demostrarles que era una falsificación.

En 1839 se anunció una noticia sensacional: en el norteño Estado de Bahía, en Brasil, se habían descubierto las ruinas de una ciudad de indudable origen cartaginés. El monumental hallazgo sólo presentó un ligero inconveniente: hasta el día de la fecha no ha sido posible localizar ese centro colonizador...

En 1869 le tocó a Estados Unidos: en el Onondaga encontraron una hermosa escultura que fue proclamada de evidente origen fenicio o, a lo sumo, cartaginés. Téngase en cuenta la importancia del anuncio: la presencia de una estatua implica la mano de un escultor y los escultores no son flores aisladas sino que crecen en un medio propicio, vale decir que sería la expresión de una verdadera colonización. Pero tampoco esta vez los entusiastas tuvieron suerte, pues no sólo encontraron a la estatua ¡sino al escultor! El “fenicio” resultó ser un desequilibrado mental y toda la conjetura se deshizo.

En 1872 nuevamente Brasil. En Parahyba se descubre una inscripción fenicia. Gran revuelo. La cosa trascendió, el director del Instituto Histórico de Río de Janeiro tomó cartas en el asunto, revisó la inscripción y con profunda emoción la declaró auténtica. Y nadie pudo convencerlo de lo contrario hasta que apareció el redactor, de nombre y apellido escasamente semita: Joaquín Alves da Costa. Un papelón más y una pompa de jabón menos.

También en La Gavea, y a considerable altura, existe algo que muchos insisten que es una inscripción fenicia. Cuando el escritor alemán Paul Herrmann preparaba su libro “La Aventura de los Primeros Descubrimientos’’, elevó una nota al Gobierno brasileño inquiriendo cuál era su actitud ante tales “hallazgos”.

La posición oficial del Ministerio de Educación fue terminante en su respuesta: todas las supuestas inscripciones halladas en territorio brasileño son falsificaciones modernas o efectos de la erosión, como en el caso de La Gavea.

En 1877 regresamos a Estados Unidos. En Davenport, Iowa, apareció una tableta con signos misteriosos. Para unos era hebreo, para otros era una inscripción cartaginesa y explicaban que, tras la destrucción de Cartago por los romanos, muchos de sus habitantes se habrían mudado en masa a América.

Faltaría saber cómo fueron a parar a Iowa, más de 1.500 kilómetros tierra adentro, a pesar de ser un pueblo marino.

Ya en la pendiente de la imaginación, los más entusiastas de la supuesta colonización cartaginesa (que a todo esto se reducía a una tableta intraducible) habrían sido los creadores de la leyenda de Quetzalcoatl, el viejo mito mexicano del hombre blanco con barba negra que habría dejado a los indígenas con la promesa de volver un día.

De manera que no contentos con trasladar a los cartagineses a través de todo el Atlántico y medio continente, los hacían descender por el Mississípi, cruzar la actual Texas y meterse en el Anahuac, para presentarse ante los maravillados mexicanos.

Todo a raíz de una inscripción. Menos mal que al cabo se demostró que esa escritura eran simples ideogramas indígenas que nada tenían que ver con Cartago, pues de otro modo los fantasiosos hubieran seguido arrastrando a sus queridos cartagineses por toda América hasta meterlos en el Perú y mezclarlos con la leyenda de Viracocha, muy parecida a la de Quetzalcoatl.

Por aquellos tiempos, en diversos lugares se fueron encontrando, en ciertas regiones de Estados Unidos y también en Río Grande del Sur, una serie de cuentas vítreas, perlas artificiales, indudablemente antiguas. De allí a deducir que eran fenicias no había más que un paso, que no tardó en darse vigorosamente.

Hubo publicaciones, conferencias y teorías de todo tamaño y color. Fue una lástima que tantos hermosos edificios de vidrio se hicieran trizas cuando en 1888 un erudito tuvo el descortés gesto de probar terminantemente que esas cuentas y perlas eran antiguas, pero no tanto. Que no eran fenicias, sino apenas venecianas y que habían llegado al continente americano traídas por los conquistadores españoles, después de Colón.

Terminemos de momento con este asunto de las inscripciones con una de las que, en su momento, más dieron que hablar provocando ríos de tinta: la de Grave-Creek, en los montes Alleganys, Virginia, por supuesto en Estados Unidos, donde parece existir un tropismo positivo muy marcado hacia estos descubrimientos sensacionales. En este caso la inscripción estaba amenizada con la presencia de un cadáver bajo la misma.

No menos de una docena de eruditos trataron de descifrarla. Algunos prefirieron no abrir juicio, pero por cada traductor que se arrojó a la lucha salió una traducción distinta. Pronto hubo más de media docena de interpretaciones que compartían la peculiar virtud de no parecerse para nada entre sí.

Estos resultados y las polémicas suscitadas, que levantaron mucho polvo, llevaron paulatinamente a una mayor circunspección, que fue creciendo con los años. Hoy se considera también a la inscripción de Grave-Creek como una simple falsificación.

De vez en cuando han aparecido -asimismo- en tierra americana monedas romanas y cada una que se encontró fue atribuida directamente a algún romano que atravesó el Atlántico y vivió en América. Aparentemente, los emigrantes o náufragos romanos siempre se perdían con cambio en el bolsillo. El colmo se alcanzó con el hallazgo de una cantidad de ellas en Panamá, lo que terminó de dar la clave lógica

No siendo admisible la colonización romana de América, resulta más natural la presencia de coleccionistas españoles de monedas romanas. En el caso panameño, dicho coleccionista habría ocultado su tesoro numismático ante un asalto a la ciudad por piratas ingleses.

En cuanto a las otras monedas, también pudieron llegar en equipajes españoles, ya que la manía numismática no es un invento de nuestros días. Pues el hecho de encontrar una moneda romana no implica haber encontrado un romano.

- ¿Fueron los hebreos, los griegos o los egipcios?

Pero incluso sin monedas, tumbas ni inscripciones, no faltan los que encuentran datos para denunciar la presencia de antiguas civilizaciones transatlánticas en América. Para esto vienen muy bien las lenguas y las ideas religiosas. Hay espíritus animosos que todos los días descubren el paraguas, incluso en pleno desierto.

Posiblemente el inventor de la tendencia haya sido el imaginativo Carlos María de la Condamine, un hombre de ciencia del siglo XVIII, al estilo de la época, que sabía un poco de todo y un mucho de nada. Estuvo en el Cercano Oriente y también en las actuales repúblicas de Ecuador y Perú.

Hacia 1746 emitió su teoría: estaba convencido que el quechua está plagado de palabras hebreas, lo que sólo puede explicarse por la influencia directa de la vieja civilización palestina. De allí se abrió una larga picada que llega a nuestros días y que intenta meter a la presión a las venerables tribus de Israel en América.

La idea ha hecho camino, especialmente en algunos exaltados protestantes norteamericanos, sobre todo entre los mormones que, Biblia en mano, afirman que los hebreos civilizaron a la primitiva América y que Perú no es ni más ni menos que Ophir.

Claro que está el grave inconveniente de que los hebreos estaban metidos en el fondo más alejado del Mediterráneo y que nunca fueron navegantes, pero el dilema lo resolvió con facilidad un inglés, Lord Kinsborrough que, mapa y lápiz en mano, hizo cruzar a los hebreos Asia entera hasta más allá de la Península de Kamchatka. Los empujó a través del Estrecho de Behring y ya los tuvo en América. Lo demás fue fácil, pues dieron origen a las civilizaciones maya, azteca y quechua

Es evidente que con un mapa y un lápiz se pueden demostrar muchas cosas que en el terreno práctico resultan problemáticas. Lo cierto es que los historiadores judíos se han mostrado poco entusiastas con estas explosiones imaginativas, prefiriendo atenerse al modesto pero sólido sentido común, por otra parte muy común en su raza.

En cambio, para otros las lenguas americanas no tienen, por supuesto, rastro alguno de hebreo. ¡Porque es evidente su raíz griega! Y asi nos encontramos que las lenguas primitivas mexicanas tienen trasfondo griego yque el quechua era ni más ni menos que el idioma de Platón.

Entre nosotros defendió en su momento la idea de que los incas hablaban una lengua helénica apenas modificada, nada menos que Vicente Fidel López. Fue un pecado de juventud que después se esmeró en olvidar. Es necesario agregar que López no sabía ni griego ni quechua, pero en aquel tiempo estos detalles nimios no contaban para mandarse una teoría “científica”.

Lo anterior puede pasar como inofensivos pasatiempos, fascinantes e intrascendentes como un juego de palabras cruzadas. Las cosas cambian cuando entra al ruedo un verdadero hombre de ciencia, un erudito cabal con toda la barba. Tal fue el caso de George Elliot Smith y la civilización egipcia.

Los egipcios eran los únicos que estaban faltando en esta calesita y fue un egiptólogo el que los subió a ella. A este notable estudioso se le deben importantes trabajos en arqueología nilótica.

Tiene una obra fundamental, no traducida al español: “Momias Reales”, producto del estudio médico-anatómico-arqueológico de los restos de antiguos faraones que se custodian en el Museo del Cairo. Pero también emitió la teoría unicéntrica del nacimiento y desarrollo de la civilización, que encontró y asimiló discípulos

Como Elliot Smith era entonces profesor en la Universidad de Manchester, a los seguidores de la tesis se los englobó con el nombre de Escuela de Manchester y como tomaba al culto del sol como elemento básico, también se la conoce como teoría heliocéntrica. En resumen consiste en lo siguiente: la Civilización -así, con mayúscula y única- nació a orillas del Nilo y desde allí se expandió hacia el resto del mundo, irradió hacia Occidente generando las civilizaciones minoica, griega y romana, y hacia Oriente dando origen a la asirio-babilónica, fenicia, persa, etc., etc.

Habría seguido viaje dando frutos en la India, de donde se habría bifurcado, expandiéndose por una rama que fertilizó el Extremo Oriente y otra que se corrió por Indochina, Indonesia y Polinesia. De aquellos extremos habría saltado a América generando las civilizaciones maya, azteca e incaica.

Los elementos básicos en que se sustenta la hipótesis, aparte del culto del sol, son la presencia de momias, la construcción de pirámides o edificios piramidales, la organización del sistema de riego, la técnica del teñido de telas, la circunsición, etc. etc.

Claro, puede alegarse que por cada dato de coincidencia entre dos civilizaciones pueden presentarse un par de docenas de divergencias no menos importantes y que el hecho de que dos pueblos inventen la misma cosa en dos continentes o en dos épocas distintas no prueba necesariamente una relación material sino, a lo sumo, que ambos pueblos están compuestos por seres humanos capaces de pensar de la misma manera e igualmente capaces de adaptarse al medio y a las circunstancias de manera similar, cuando dichos medios y circunstancias son parecidos.

Valga un ejemplo: la cruz gamada es un símbolo conocido desde la más remota antigüedad, que fue profusamente empleado por indios americanos. Pero eso no nos da derecho a considerar nazis a los aborígenes de nuestro continente, ni a creer que Adolfo Hitler se inspiro en la filosofía de los sioux o los apalaches para fundar el Tercer Reich.

Sin embargo, la Escuela de Manchester tuvo su cuarto de hora. Y ello debido a que no eran simples vendedores de buzones sino reales estudiosos, con adecuado armamento erudito y convencidos de la verdad de su teoría.

Para colmo, si bien formaban una tropa reducida en número, eran de elevada calidad dialéctica, temibles polemistas, mordientes y filosos, de pluma ágil y convincente, capaces de demoler a los que se les cruzaban en el camino y convencer al más pintado.

Pero el cuarto de hora pasó cuando las evidencias arqueológicas en contra se fueron acumulando de manera difícilmente rebatible. En primer término, cuando el arqueólogo sir Leonard Woolley resucitó -a orillas del Tigris y el Eufrates- a la civilización sumérica, más antigua que la egipcia, y cuando junto al río Indo aparecieron los restos de otra civilización, posiblemente emparentada con la sumérica y también anterior a la egipcia.

La teoría heliocéntrica había sido enterrada con todos los honores y yacía en la tumba del olvido cuando posteriormente la actualizó el intrépido Thor Heyerdahl, autor de la hazaña Kon Tiki. Heyerdahl cree en buena parte de lo afirmado por Elliot Smith, pero con una variante fundamental: la civilización egipcia no se habría propagado por simple irradiación ni a través del largo camino hacia Oriente, sino que los mismos egipcios habrían atravesado hacia Occidente el Norte de Africa, embarcándose en la actual costa marroquí para, a favor de la corriente ecuatorial, llegar a América y dar origen a la civilización maya.

Como hiciera en 1947, quiso probar personalmente la posibilidad. Mandó construir un navío de papiros exactamente igual al usado por los egipcios, lo bautizó sugestivamente “Ña" (el Sol) y con esos riñones tan bien puestos que todo el mundo le reconoce, se echó al Atlántico. Tuvo entonces ocasión de saber que los egipcios nunca pasaron de marinos de agua dulce y que si dominaron la navegación del Nilo nunca se sintieron atraídos por el mar.

Efectivamente, lejos de reeditar las formidables condiciones marineras de la “Kon Tiki”, la “Ña” empezó a disgregarse en pleno océano, al punto de tener que ser rescatado Heyerdahl en situación de peligro.

Ahora bien. Pongamos por caso que la embarcación “Ña” hubiera llegado felizmente a destino, abordando costa americana. En tal caso, lo único que se hubiera demostrado de manera científica e irrebatible es que: el señor Thor Heyerdahl es capaz de atravesar el océano en una nave egipcia. Nada más. De ningún modo hubiera quedado probado que a los egipcios se les ocurriera alguna vez cruzar el Atlántico.

- ¿Fueron los árabes o los chinos?

En este terreno hipotético sobre colonizaciones precolombinas es evidente que en los teorizadores ha planeado cierta tendencia a la discriminación, ya que es bueno señalar que las civilizaciones, como los hombres, también tienen estatus.

De esta manera, mientras sobran los fabricantes de hipótesis que buscan los orígenes americanos en Grecia, Cartago, Roma, Fenicia, Egipto -todas civilizaciones más o menos emparentadas con la nuestra- a nadie se le ocurrió meter sobre el tapete a la civilización arábiga y ello porque a los ojos de muchos tiene menos prestigio que las otras.

Sin embargo, la evidencia misma dice que pudo ser más fácil para un árabe que para un griego llegar a América. Este pueblo jamás dominó la costa atlántica, mientras la civilización islámica no sólo cubrió buena parte de la Península Ibérica, sino que abarcó una extensa región de la costa atlántica norafricana. Además fueron formidables navegantes, como lo prueba la extensión de sus viajes y líneas marítimas que abarcan todo el Océano Indico, uno de los peores del planeta. También alcanzaron las Canarias y las islas del Cabo Verde, y no sería difícil que alguna vez recalaran en las Azores.

En tales condiciones, bien pudieron llegar a América, con mucha más posibilidad que egipcios o hebreos. Sin embargo, hasta la fecha nadie ha denunciado inscripciones árabes en nuestro continente, ni lingüista alguno ha encontrado términos arábigos por ejemplo en el guaraní, ni ha surgido erudito señalando entronques entre la civilización islámica y las americanas precolombinas.

La falencia no se debe a falta de oportunidad para elaborar fantasías -sobran en la civilización islámica elementos para ello- sino a esa falta de estatus que los fantasiosos requieren como requisito previo para empuñar la lira.

Empero, hay un elemento para suponer un predescubrimiento árabe de nuestro continente, a través de la leyenda de los “ocho musulmanes”, según la cual en el siglo X ocho marinos arábigos se habrían embarcado en Lisboa, adentrándose en el Atlántico por el que navegaron 35 días, encontrando una bella tierra habitada por hombres de tez roja, altos y de largos cabellos.

Alejandro de Humboldt consideraba que tales marinos habrían llegado a las islas del Cabo Verde y no más allá. Ciertamente, dado los datos cronológicos que la leyenda aporta, es difícil que llegaran a América en tan poco tiempo -Colón tardó un par de meses en alcanzar sus costas- pero no puede desecharse de manera terminante esa posibilidad, por remota que parezca.

Tampoco hay que mirar sólo al Atlántico. América tiene un ancho frente al Pacífico y al otro lado del mismo surgieron de muy antiguo magníficas civilizaciones. Hasta la geografía ayuda.

Del fondo del Mar de la China surge una corriente cálida singularmente poderosa, que bordea Asia en dirección al norte. Los japoneses la bautizaron Kuro Sivo, que significa Río Negro. Abandonando las costas asiáticas hacia el este, bordea las Aleutianas y Alaska, pegándose a la costa americana en dirección sur, con el nombre de Corriente de California.

Esta vía ofrece un camino directo y singularmente fácil para llegar a nuestro continente, y en el siglo XIX fue muy utilizada por los veleros que unían los puertos de China y Japón con San Francisco. Cualquier nave, incluso, de endeble construcción, pudo ser arrastrada de muy antiguo de Asia a América.

Hasta no hace mucho, a los chinos también les faltaba estatus y nadie mostraba entusiasmo por hallar influencias de ese lado. Pero ocurría que en China había una leyenda que podía ligarse a un predescubrimiento de América. El primer grupo europeo en difundirla fue el famoso orientalista francés José de Guignes, en 1761.

La leyenda dice que en el año 499 un sacerdote budista -de nombre Huel Shin- habría sido arrastrado por la corriente hacia un lejano país llamado Fussang y del que pudo volver para contar sus maravillas. Para Guignes, que conocía bien la corriente de Kuro Sivo, la leyenda era cierta y Fussang sería ni más ni menos que México.

Durante varios decenios el asunto tuvo escasa difusión, pero hacia 1870 se tradujo a idiomas occidentales el texto del escritor chino Ma Tuan-lin que, al dar pormenores del viaje, actualizó explosivamente la cuestión.

El texto describe largamente las costumbres, paisajes, forma de gobierno, fauna y flora de Fussang y habla también de que Huel Shin habría tenido precursores, ya que en 458 otros cinco sacerdotes budistas habrían estado en Fussang, convirtiendo a mucha gente.

Otra vez se discutió entre eruditos si Fussang podía ser México. Había un importante detalle en contra, tan importante que prácticamente invalidaba la posibilidad: Huel Shing habla de caballos en Fussang y este animal fue desconocido en América hasta la llegada de los europeos.

Tampoco se tuvo muy en cuenta que la civilización mexicana floreció en el altiplano y hacia la costa atlántica, mientras que por el Pacífico el acceso es mucho más difícil, por lo fragoso y desértico de la franja costera.

Pero esto nos da la ocasión para señalar un dato curioso y poco conocido. Hubo por lo menos un argentino que siguió con erudición e interés el desarrollo de la polémica, estando perfectamente al tanto de los alegatos.

Bartolomé Mitre se interesó en la teoría y si bien no publicó nada al respecto, expuso su parecer en una carta privada, una carta espeluznante por la longitud, erudición y variedad de temas que enfoca y que fue dirigida a Diego Barros Arana, el 20 de Octubre de 1875.

La claridad de planteo y dominio del tema valen para reproducirla parcialmente. Le decía Mitre a Barros:

... dadas las corrientes marítimas que existen entre la China y California, el descubrimiento de la América por los chinos es posible y aún probable, hasta por medio de los juncos chinos lo que, como usted sabe, tampoco es nuevo... El hecho no es imposible y parece probable como lo es el descubrimiento de la Groenlandia por los normandos y aún de lo que se llama propiamente continente americano.
Toda la argumentación de los chinos americanos se funda casi exclusivamente en una prueba de inferencia, a saber: que la palabra Fussang, bajo la cual se designa al pretendido país descubierto por los chinos en el siglo V y que se supone ser México, es el nombre que los descubridores dieron a una planta que crecía en él y que -según su descripción- la suponen el ‘‘maguey” o áloe americano, en lo cual, unido a otras particularidades que se mencionan en la relación china que se atribuye a un sacerdote budista llamado Huei-Shin, se basa todo el edificio chino-americano.
Simson dice que la palabra fussang designa a una planta malvácea de la China, que ninguna analogía tiene con el maguey, el cual se introdujo en este país llevándolo de las islas Filipinas. La conclusión de Simson es más o menos: que el país de Fussang, descubierto por los chinos en el siglo V (dado que sea auténtico el relato) debe ser el Japón, al cual corresponden (dados los límites de la China en esa época) las palabras del ‘país donde se levanta el sol’...
Bretschneider, con más abundancia de argumentos y más copia de datos ... difiere de Simson el que sea el Japón el país en cuestión, aseverando con el testimonio de la historia china que ya era conocido por los budistas. Su opinión es que pudo haber sido una provincia de Siberia. Confirma que según las descripciones del árbol llamado “fussang” por los chinos, no puede caber duda que es una malvácea...
Como en la narración china sobre el pretendido descubrimiento de América en el siglo V, se habla de la existencia de caballos en el país que se supone ser México, fácil le es al sinólogo de Pekín probar que en la América no existían caballos antes de la época colombina”.

Concluye calificando la narración de “consumado embuste atribuido a un falso sacerdote de Buda”, admitiendo que “puede ser cuando más una narración referente a otro país, adornado por la imaginación de algún poeta”. Hasta aquí Mitre y su sensato cuarto a espadas sobre el problema.

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