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Los vikingos

En el extremo septentrional de Europa se extiende de norte a sur, como una larga lengua bífida, la enorme Península Escandinava. El extremo norte se pierde en busca del casquete polar. El cuerpo, al descender, abraza un extremo mar interior, el Báltico, bajando hacia él en suaves escalones(1).

(1) Citado por Miguel Angel Scenna. “Los anteriores a Colón” (1988), en “500 Años de Historia argentina”, tomo I, “El Descubrimiento de América”. Colección dirigida por Félix Luna. Ed. Abril.

Las dos ramas finales de la lengua parecen abrirse para abarcar otra península menor, Jutlandia, unida al cuerpo continental europeo.

Hacia el Atlántico, en cambio, presenta un frente imponente, gigantesca muralla montañosa cuyos farallones caen a pico sobre las aguas, hundiendo tan profundamente a los valles que el mar se mete en ellos formando intrincados vericuetos en impresionantes fenómenos geográficos que los nórdicos llaman fiordos.

El lado báltico de la península es hoy Suecia. Jutlandia forma parte de la monarquía dinamarquesa y el frente atlántico -al oeste- lo ocupa Noruega.

La región fue poblada de muy antiguo por pueblos germánicos, pero durante toda la antigüedad permaneció al margen de la historia. Mientras la cuenca del Mediterráneo se encendía en brillantes civilizaciones, creciendo y hundiéndose grandes imperios, la península escandinava seguía en las brumas donde la realidad no puede distinguirse de la leyenda.

Durante tan largo período los pueblos nórdicos parecieron estar en sazón, preparando cuidadosamente su entrada en escena. Tras el cataclismo de la caída del Imperio Romano, en la Alta Edad Media, el Gran Apuntador les dio la señal e irrumpieron bruscamente, dramáticamente, en la historia.

Fue un verdadero diluvio humano que se desencadenó sobre Europa entera, en forma de hombres bellos como dioses y feroces como diablos. Altos, espléndidamente rubios y de ojos celestes, parecían no conocer la misericordia ni el perdón, ebrios de sangre y de destrucción.

Eran una verdadera calamidad, invencible e incontenible. En Europa Occidental los llamaron simplemente “hombres del norte”, normandos y a tal punto llegó el terror de su sola mención, que las preces de todos los días terminaban con la fervorosa invocación: “De las iras de los normandos ¡líbranos, Señor!”

¿A qué se debió este imprevisto estallido que se anunció en los últimos días de Carlomagno? Se atribuye a una explosión demográfica de la lejana Escandinavia. Sea como ello fuere, los resultados fueron espectaculares.

Los suecos se avalanzaron hacia el oeste y cruzaron la Rusia europea de punta a punta, hasta el Caspio y el Mar Negro, entrando en contacto con Bizancio. Noruegos y daneses se volcaron hacia occidente, conquistaron Inglaterra, cayeron sobre Francia y le arrancaron un pedazo que todavía lleva su nombre: Norman- día. Mordisquearon las costas de España y Portugal, se metieron por el Mediterráneo, volvieron a asaltar a Francia por la retaguardia, conquistaron Sicilia y fundaron un reino normando que duró varios siglos.

Saltaron a Italia, cuyo extremo sur dominaron, cruzaron el Adriático y cayeron sobre Bizancio. Arrasaban con todo a su paso y costó centurias para que el lento trabajo de la civilización pudiera domesticarlos, adaptarlos y asimilarlos.

Es una historia fascinante, superior a cualquier imaginación novelesca, pero en lo que a nuestro relato atañe, debemos limitarnos a presentar especialmente a los noruegos.

Aquellas altas montañas que caen abruptamente zambulléndose en el mar y las profundas lenguas oceánicas de los fiordos, apenas dejan franjas de tierra aprovechables y habitables para el hombre.

La posición extremadamente nórdica de la región la haría inhabitable del todo a no ser por la providencial Corriente del Golfo que, partiendo del Golfo de México le aporta la caricia cálida necesaria para que su temperatura sea soportable.

Basta con observar un mapa: Noruega, país de alta civilización que hoy alberga a unos cuatro millones de habitantes, queda a la misma altura que la Tierra de Baffin, en Canadá, con temperaturas insoportables, un suelo permanentemente helado y un par de miles de seres humanos dificultosamente asentados.

Apretados entra la pared montañosa y el mar, desde el vamos los noruegos aprendieron a ser consumados navegantes. Su nombre primigenio fue vikingos y aunque se discute la etimología exacta, lo más posible es que derive del término vick, que precisamente significa brazo de mar o fiordo, de modo que vikingo sería “hombre de los fiordos”.

Cuando la luz de la historia cayó sobre ellos, ya eran marinos de soberbia pericia, dueños de naves cuya calidad no tenía par en mar alguno. Bien dice el historiador escandinavo Johannes Brondsted:

Los barcos de los vikingos constituían la realización máxima de su pericia técnica y la cumbre de su cultura material: eran el instrumento de su poderío y la razón de su existencia. Los barcos eran para los vikingos lo que los templos para los griegos; la expresión de su naturaleza en toda su armonía”.

Palabras confirmadas por los hallazgos arqueológicos. Hasta tal punto estaban identificados los vikingos con el mar, que los grandes jefes eran enterrados con su nave, lo que ha permitido rescatar a varias de ellas que hoy se custodian en el Museo Naval de Noruega, en la Sala de los Barcos Vikingos, que se levanta en la Ciudad de Oslo, permitiendo apreciar la magnificencia material de un inolvidable pasado.

También dichos hallazgos han permitido saber a fondo de qué manera los vikingos construyeron sus navíos. Eran de roble. Quilla, proa y popa se hacían cada una de una sola pieza, de modo que podían resistir la presión del mar y mantener la estabilidad de la nave en impecables condiciones.

Las cuadernas aferraban los tablones de las bordas, unidas entre sí mediante un ajuste y calafateo que le aportaban gran elasticidad, capaz de soportar fuertes tormentas.

La nave vikinga poseía un solo mástil, con la peculiaridad de ser revertible, lo que daba a la nave gran capacidad de maniobra. Dicho mástil sostenía una sola vela, cuadrada, vistosamente pintada en franjas verticales rojas y azules, o de color uniformemente púrpura.

Proa y popa eran exactamente iguales, lo que permitía al barco avanzar o retroceder con igual soltura sobre una línea, lo que le daba enorme ventaja en caso de combate.

Incluso algunas de ellas tenían los extremos recubiertos con láminas metálicas, lo que le aportaba una solidez inusitada para “pasar por rojo” -es decir embestir- a una nave enemiga.

Entre la cubierta y la sentina quedaba un espacio, la cala, que servía para almacenar equipajes y abastecimientos de toda suerte sin embarazar las condiciones marineras. Una línea de remos por cada borda complementaba a la vela. Esos remos eran muy largos y de paleta chica, lanceolada, de difícil manejo, que demuestra la destreza de aquellos navegantes.

La nave hacía la travesía a vela. La aproximación y eventual maniobra de combate se llevaba a cabo a remo. Los orificios por donde éstos pasaban podían cerrarse herméticamente en caso de tormenta.

En los barcos vikingos no sólo navegaban guerreros. Iban familias enteras con ajuar completo, incluyendo animales domésticos, especialmente caballos, ya que los normandos eran muy buenos jinetes además de marineros. En el mar cabalgaban sobre sus barcos, en tierra navegaban sobre los caballos.

Cada guerrero iba con su clásico escudo redondo. Al llegar a puerto -nunca en navegación- los escudos se disponían en la parte externa de la borda de tal manera que cada uno cubría la mitad del siguiente, formando una línea de peculiar colorido. Si a ello sumamos la vela vistosa y que el barco era pintado en colores brillantes, el efecto final debía ser entre restallante y chillón.

Proa y popa se alzaban en estilizada curva en elegante cuello de cisne, que remataba en mascarones finamente tallados, reproduciendo la cabeza de un monstruo con las fauces abiertas, dando a la nave el aspecto de una larga y delgada serpiente marina que se deslizaba rápidamente sobre las aguas

A este respecto y según el tamaño, los vikingos tenían dos tipos de naves. Las mayores, que podían alcanzar 45 metros de longitud, con capacidad para 200 personas a bordo, eran los llamados drakkar (dragón), mientras las de 30 metros o menos, con una dotación que oscilaba entre 60 y 100 hombres, recibían el nombre de snekkar (serpiente). La terminación de cada nave era esmerada, demostrando una perfección técnica notable.

Tal vez el más famoso barco vikingo sea el de “Gokstad”, hallado en 1880 y conservado en el museo ya citado de Oslo. En 1893, en ocasión de la Exposición Universal de Chicago, se construyó una réplica del mismo, con sus 16 pares de remos y sus 32 toneladas.

Fue bautizado con el venerable nombre de “Viking” y tripulado por los descendientes de aquellos formidables marinos medievales, cruzo el Atlántico hasta los Estados Unidos en perfectas condiciones. Hubo un solo inconveniente: no se encontraron remeros lo suficientemente diestros para manejar los 16 pares de difíciles remos, por lo cual el viaje se llevó a cabo íntegramente a vela.

Cuando los vikingos comenzaron a aventurarse cada vez más adentro en el océano, surcando el Mar del Norte y el Mar de Noruega hacia el oeste, la peligrosidad y condiciones desfavorables de esas masas de agua pusieron de manifiesto algunos defectos en drakkars y snekkars. En efecto, para navegar con mar de fondo y en las duras tormentas de la zona, resultaban de borda demasiado baja y excesivamente largos para la poca anchura.

Al remontar una ola gigante podían quebrarse al llegar a la cresta. Dios sabrá cuántas naves se perdieron con su tripulación en esas frías aguas, eternamente brumosas.

Al cabo, los vikingos resignaron la elegancia y esbeltez de los barcos en favor de una mayor solidez y de ese modo nació el knorr, más ancho, de borda más alta y mas pesado -oscilaba entre las 60 y 100 toneladas- pero también más apto para vérselas con el océano.

Cuando los vikingos salían de expedición, era por temporada larga. Por eso se embarcaban familias enteras, ya que las mujeres eran tan de armas llevar como los hombres y muy capaces de darle un susto a cualquier guerrero enemigo. Y además de los caballos para movilizarse en tierra, embarcaban cabras, ovejas y vacas, saliendo de esa manera todos juntos, seres humanos y animales.

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