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En los umbrales de América

A medida que los vikingos se fueron internando por el Mar del Norte, acostumbrándose a caer vuelta a vuelta sobre Escocia e Inglaterra, fueron conociendo las islas que bordean aquel extremo de Europa, entre ellas las Faroé, situadas al norte de Escocia(1).

(1) Citado por Miguel Angel Scenna. “Los anteriores a Colón” (1988), en “500 Años de Historia argentina”, tomo I, “El Descubrimiento de América”. Colección dirigida por Félix Luna. Ed. Abril.

Allá por el año 861 el sueco Gardas Svafarson se dirigía a las Faroé, pero perdió el rumbo, siguiendo hacia el oeste hasta que avistó una tierra desconocida. Era una extensa isla, de la que dio cuenta al regresar, siendo en adelante conocida como cardarsholm, que significa Isla de Cardar.

Es la actual Islandia. En verdad no fue él quien la descubrió y tampoco estaba deshabitada. De tiempo atrás era conocida por los irlandeses, que de tanto en tanto la visitaban.

Cuando Irlanda se convirtió al cristianismo, fue frecuente que espíritus místicos y eremitas -que preferían vivir aislados- se radicaran en Islandia para meditar lejos del mundo. De modo que fueron los irlandeses los primeros en descubrir y poblar Islandia, lo que no fue obstáculo para que los vikingos empezaran a interesarse por esa tierra de Gardar.

Ocurría que en Noruega la vida se estaba poniendo un poco difícil, no sólo porque faltaban tierras y sobraba gente, sino en razón de que se iba operando un lento pero persistente proceso de centralización y unificación monárquica.

Para muchos jefes y nobles, orgullosos de su altiva independencia, resultaba inaguantable tener que rendir homenaje a un soberano reduciéndose a un segundo plano.

Cuando el proceso se puso demasiado caliente, los más indomables prefirieron sacudirse la nieve de las botas y dejar Noruega para siempre, en busca de otros horizontes donde pudieran mantener las banderas al tope. Y así fue como en el año 878 uno de tales jefes, visceralmente incapaz de obedecer a nadie, junto a su gente, reunió sus bienes y, embarcándose, fue a radicarse a la tierra de Gardar.

Ingolf se llamaba este intrépido noruego que hizo escuela, ya que con él empieza la colonización definitiva de Islandia. Claro que ya había pobladores irlandeses, pero, ¿qué podían hacer estos piadosos dedicados a la oración frente a las hachas de los pragmáticos vikingos?

Fueron drásticamente exterminados y el jefe Ingolf sentó sus reales donde hoy se levanta la Ciudad de Reikjavik, capital de Islandia. Y actualmente Islandia considera a Ingolf su héroe nacional.

El pionero tuvo seguidores y a medida que las papas quemaban en Noruega eran más los que se trasladaban a Islandia, se elegían un predio, fundaban una granja y vivían, si no en paz -cosa inconcebible en un vikingo- por lo menos de acuerdo a las normas individualistas con las que se sentían cómodos.

Pronto los contactos entre Islandia y Noruega fueron frecuentes y habituales. Drakkars y knorrs iban en uno y otro sentido, cubriendo los 1.100 kilómetros de océano entre Islandia y Noruega.

Pero tan sólo a quinientos kilómetros más alla de la primera se alza otra tierra, de la que los vikingos no tenían noticia. Era fatal que -tarde o temprano- un barco marrara la dirección, pasara de largo frente a Islandia y fuera a dar de cabeza en esa tierra.

No hubo que esperar mucho. Casi podemos decir que la primera nave que chingó el rumbo avistó a la ignorada isla. También en este caso fue un sueco, de nombre Gunbjorn, que partió de Noruega, no encontró Islandia y 500 kilómetros mas alla se topó con lo que hoy es Groenlandia, la antesala de América.

Pero no le gustó. Esos tremendos paredones de hielo, inhóspitos e inaccesibles, eran escasamente atractivos. Ni siquiera intentó desembarcar y explorar, tan fiero era el aspecto. Dio media vuelta y al cabo se encontró en Islandia, contando su descubrimiento.

Los colonos escucharon atentamente, llamaron Gunbjornskaer a la misteriosa tierra y se desentendieron del asunto. Eran tan malos los informes del descubridor, que nadie se interesó en profundizar los hechos. Y la isla quedó para charlas de sobremesa o cantos legendarios, por muchos decenios.

Mientras, en la madre patria -Noruega- seguían pasando cosas. Ya sabemos que los vikingos solían ser de genio violento, pero a algunos se les iba la mano. Por ejemplo, en Stavanger vivía una antigua familia, famosa por lo intransigente y belicosa que heredaba -de generación en generación- no sólo los bienes materiales sino la tendencia a rajar de un hachazo la cabeza de los que no estaban de acuerdo con ellos.

En el momento que este apacible grupo familiar entra en nuestro relato, el jefe era Torvald Asvaldson, un señor con marcada proclividad a la voladura de pájaros e hijo a su vez de otro señor que alcanzó formidable fama de violento, en un medio que no se caracterizaba precisamente por la dulzura de modales.

Un día Torvald discutió con un importante personaje, surgió una divergencia y zanjó la cuestión asesinando al oponente. Algunos aseguran que el asesinato fue doble. Como el difunto era de alcurnia y linaje, las autoridades consideraron que Torvald se había mostrado demasiado intratable y lo desterraron de Noruega por el resto de sus días.

Juntó sus petates, reunió familia, peones, caballos, vacas y cabras y se fue a Islandia. Entre los hijos se contaba un muchacho que en esa época debía tener unos diez años de edad -llamado Erik- y que posiblemente por el color de los cabellos era ya conocido con el apodo de “el Rojo”.

Lamentablemente, Torvald llegó tarde al reparto de Islandia. Ya las mejores tierras estaban ocupadas y no le quedó más remedio que levantar su granja en un lugar pedregoso, difícil de trabajar y de bajo rendimiento. Desde el momento que llegó, Erik se mostró descontento del lugar, del paisaje, de Islandia y de los islandeses. Todo permitía creer que no dejaría los huesos en esa isla a la que nunca amó.

Mientras maduraba su encono, en las largas noches invernales oyó de la legendaria tierra de Gunbjorn, de sus helados farallones, de su inhóspita costa a la que nadie había vuelto a visitar y la sangre vikinga le ardió en las venas. Sólo faltaba la oportunidad para que Erik “el Rojo” se lanzara al mar rumbo al Oeste.

- Erik “el Rojo” en Brattahlíð

Y la oportunidad llegó, en el mejor estilo familiar, haciendo honor al padre y al abuelo. Una vez discutió con un vecino y tras las primeras palabras de desacuerdo el otro yacía muerto en el suelo. Las autoridades tomaron cartas en el asunto y Erik corrió la misma suerte que el viejo Torvald, aunque en menor escala (al parecer el asesinado era menos importante) ya que apenas lo desterraron por tres años.

¿Dónde ir? ¿A Noruega? Jamás, estando la tierra de Gunbjorn hacia el Oeste y a mitad de distancia. Claro que hacía 80 años que nadie la visitaba, pero “el Rojo” no se arredró y en 982 armó una nave, la equipó y se perdió de vista hacia el Poniente.

Encontró la costa tan inhóspita e inaccesibe como la viera Gunbjorn, pero no se desanimó y tuvo suerte, ya que precisamente la costa oriental de Groenlandia es la peor en aspecto y condiciones. Siguió hacia el sur y pronto encontró el cabo Farewell, punta extrema de la isla, lo contorneó y abordó la región sudoeste, que es la más benigna de Groenlandia.

Desembarcó para invernar y llegado el verano siguió la exploración, hasta encontrar un fiordo que le pareció excelente y al que modestamente puso su propio nombre: Eriksfjord. Y allá, casi en el fondo del fiordo, levantó el campamento y germen de su futura granja, llamada Brattahlíð.

Pasó los tres años de destierro profundizando conocimientos sobre la región y al cumplirse el plazo de exilio volvió a Islandia, pero no para quedar en ella sino en busca de colonos para poblar la región por él descubierta.

Desde ya, necesitaba atraerlos de alguna manera, dejar destellar ante los ojos de los candidatos las bondades de la patria en ciernes y en este sentido Erik “el Rojo” se mostró un experto en relaciones públicas, marketing y publicidad.

Al nuevo país que venía de hallar lo llamó Grönland (“Tierra Verde”) y de ese modo fue bautizada Groenlandia y muchos “picaron” con la perspectiva de vergeles superiores a los de la helada Islandia.

Tan excelente promotor resultó Erik que al llegar el verano partió al frente de una expedición de 35 drakkars, llenos de familias y animales, que acudieron al llamado ebrios de entusiasmo, que se les enfrió en medio de una travesía accidentada y penosa, entre borrascas y fuerte oleaje. Apenas llegaron a destino catorce naves.

Del resto, la mayor parte naufragó con todos los ocupantes y apenas unas pocas pudieron regresar a Islandia sin ganas de oír hablar de la famosa Gröenland. De todas maneras, en el año 986, Erik “el Rojo” estaba de vuelta en su amada Brattahlíð, de la que ya no volvería a salir, acompañado de un grupo de colonos que prepararon sus granjas en el Eriksfjord.

Groenlandia, la mayor isla del mundo -si le damos a Australia la categoría de continente- es una enorme lengua de tierra cuya superficie es similar a la de la Argentina continental: más de dos millones de kilómetros cuadrados.

Pero esa interminable extensión está aplastada bajo un pesado casquete glacial que cubre casi totalmente la superficie, dejando apenas unas pocas regiones costeras en condiciones de habitabilidad para el hombre: tan sólo 90.000 kilómetros cuadrados quedan libres de hielos permanentes.

Parece que en el siglo X, cuando llegó Erik, “el Rojo”, el clima era apreciablemente más benigno que el actual, como lo probaría el hecho de que los vikingos criaron en sus granjas vacas, cabras, ovejas y hasta cerdos, en regiones donde hoy sería impensable reproducir la hazaña.

Lo cierto es que la colonización prosperó, pues en años sucesivos fueron llegando nuevos colonos, procedentes de Islandia o Noruega, hasta establecerse dos centros de población, uno llamado Osterbygd -o sea, Colonia del Oeste, que en realidad quedaba al norte- y, el otro, Vesterbygd, Colonia del Este, que en verdad quedaba al sur. Este último estaba en Eriksfjord y en él se alzaba Brattahlíð. No lejos del lugar se levantó una pequeña población que recibió el nombre de Cardar.

Las colonias groenlandesas vieron horas felices. Para subsistir contaban con un poco de agricultura -el mínimo permitido en tan riguroso clima- más los animales domésticos, a los que se sumaba la pesca, pero lo que asignó importancia a los establecimientos fue la explotación de lo que en Europa eran artículos de lujo, como las magníficas pieles de oso blanco y el marfil de los colmillos de morsa, muy apreciados y excelentemente pagados.

Ello provocó un intercambio bastande intenso con Islandia y Noruega, especialmente la última, de donde se importaban los muchos artículos necesarios que Groenlandia no proveía.

A tal punto llegaba la destreza náutica de los vikingos que muchos viajes se hacían directamente entre puertos noruegos y Eriksfjord, sin escala islandesa, atravesando 2.800 kilómetros en uno de los peores mares del mundo.

Lo que lleva al colmo la admiración es que dicho mar, aún en los buenos tiempos de verano, está frecuentemente cubierto de nubarrones y nieblas densas por días enteros, impidiendo localizar el sol o distinguir las estrellas. Y los vikingos no conocían la brújula.

Tenían, sí, un instrumento precursor, que ellos llamaban leidarstein, una piedra imantada que flotaba libremente en un recipiente, señalando -más mal que bien- hacia el norte, pero en suma la cosa era bastante precaria. Empero se le animaban a ese océano helado, de olas temibles y sin contar con el recurso de los signos estelares, imprescindibles para cualquier marino de la época.

Bien dice Robert de Roture: “Asombra la audacia de semejantes expediciones emprendidas con total ausencia de instrumentos de navegación, en aquellos temibles parajes del Atlántico septentrional. Ello prueba en primer término las maravillosas cualidades naúticas de los drakkars que, por su aptitud para ceñir el viento podían, con él a favor, alcanzar en su largo camino, velocidades medias de 10 a 11 nudos”.

- Leif, “el Afortunado”

Erik, “el Rojo”, como muchos vikingos, cuando no estaban peleando con alguien o navegando por mares imposibles, se dedicaba a procrear con entusiasmo y convicción. Por ello llegó a reunir un pequeño batallón de hijos que, entre legítimos y bastardos, convivían más o menos en armonía en Brattahlid.

Un día uno de estos hijos -que formaba en la fila de los legítimos- le expresó el deseo de visitar Noruega, ya que todo vikingo, por lejos que estuviera, seguía afectivamente unido a la madre patria. Erik le dio la bendición y allá se fue el muchacho. En Noruega sabían de las hazañas del “Rojo” y su obra colonizadora, por lo cual Leif fue recibido solemnemente por el propio rey Olav Tryggvason.

Eran los tiempos que comenzaba la cristianización de Noruega y Olaf I logró que Leif se convirtiera, haciéndolo bautizar y recogiendo la promesa de que llevaría la nueva fe a la lejana Groenlandia. Cuando Leif estuvo de vuelta en Brattahlid, cumplió su palabra.

A Erik no le gustó el asunto, puso mala cara y refunfuñó un rato, pero al cabo dejó hacer, aunque negándose en absoluto a convertirse. No lo hacía por adhesión a la vieja creencia pagana sino fundamentalmente porque no le interesaba ninguna fe, ni antigua ni nueva. Era un agnóstico con todas las de la ley, pero no impidió que se convirtieran los que quisieran hacerlo.

Así llegó el cristianismo a América y, poco más de un siglo después, el Papa Pascual II nombró el primer obispo de Groenlandia: Erik Gnupson, con sede en Cardar. Casi cuatro siglos antes de Colón, ya el continente americano poseía sede episcopal.

Sin embargo, Leif Erikson no sólo entraría en la historia por haber llevado el cristianismo a Groenlandia. La casualidad le tendió la mano y él supo asirla.

Una nave vikinga -al mando de Bjarni Herjólfsson- se dirigió un día desde Islandia a Groenlandia, pero pasó demasiado al sur del cabo Farewell sin avistarlo, siguiendo de largo hasta ver una tierra desconocida, más al oeste de cualquier otra de que se tuviera noticia. Sin interesarse mucho por ella, Bjarni siguió al norte, tropezando dos veces más con masas de tierra.

Las dos primeras eran zonas cubiertas de espesos bosques, la tercera una región rocosa con glaciares. Por tres veces el destino golpeó a las puertas de Bjarni y este no oyó el llamado. No desembarcó una sola vez y siguió navegando hasta que encontró Eriksfjord. De ese modo perdió la ocasión de ser el primer europeo en pisar suelo continental americano.

Leif Erikson escucho el relato de Bjarni y se encendió de entusiasmo. Tenía que ir a ver qué era aquéllo. Como en Groenlandia no hay madera, estaba fuera de sus posibilidades construir una nave.

Compró entonces la de Bjarni, juntó 35 hombres y se dispuso a correr la aventura. Invitó a su padre a acompañarlo y, por un momento, la vieja sangre de Erik “el Rojo” volvió a correr de prisa por las venas. Aceptó, pero cuando dejaba Brattahlid dispuesto a embarcarse, se cayó del caballo.

Erik era agnóstico, pero también supersticioso. Consideró que la caída era una advertencia, en consecuencia comunicó a Leif que daba por terminada su vida de aventuras y que ya no volvería a salir de casa. Abrazó al hijo y regresó a la granja, dándose por definitivamente jubilado.

Leif fue viendo las nuevas tierras en los lugares que le señalara Bjarni y en orden inverso: primero la costa rocosa: la llamó Helluland: “Tierra de Piedra’’. Tenía un aspecto tan sombrío que ni siquiera intentó desembarcar. Después vio los espesos bosques anunciados por Bjarni y bautizó Markland a la región: “Tierra Boscosa”.

Siguió viaje al sur y dos días después avisto una isla con pastos abundantes y de excelente apariencia. La bordeó y notó que estaba separada de tierra firme por un estrecho canal. Se metió por él, pero como la marea estaba baja la nave encalló. En ese momento, Leif desembarcó para observar más de cerca la tierra. Oficialmente, es el primer europeo que posó sus plantas en suelo indiscutiblemente americano.

Al llegar la marea alta, el barco se liberó y siguieron recorriendo la costa. Se metieron por río que les pareció aceptable y desembarcaron para invernar. Rodeados de grandes bosques de arce, sobraba la madera, por lo cual construyeron cabañas amplias y cómodas.

Problemas de alimentación no había, ya que el río ofrecía magníficos y abundantes salmones. Con gran sorpresa general, el invierno pasó con una benignidad a la que los vikingos no estaban acostumbrados, con pastos permanentes y una temperatura mucho más suave que en Groenlandia.

Leif bautizó a su campamento Leifbundir y, como el clima lo permitía, dejó una parte de sus hombres en él y con el resto se adentró en la tierra para explorar. En una de tales caminatas se perdió un hombre, un alemán de nombre Tyrker -que era esclavo- pero a quien Erik “el Rojo” apreciaba mucho y que había criado al propio Leif.

Este se hizo un deber encontrar al fiel amigo al que quería como un padre y lanzó a todos en su busca. Repentinamente lo encontraron, pero Tyrker estaba fuera de sí, maravillado, casi en éxtasis: había visto una tierra llena de viñedos, colmada de uvas. Allá fueron y efectivamente vieron vides. Leif recogió unas muestras y bautizó al lugar Vinland: “Tierra del Vino”.

Al llegar la primavera juntaron sus petates, abandonaron Leifbundir y volvieron a Eriksfjord, llenos de gloria, por lo cual Leif Erikson el primer capitán que exploró América, fue justicieramente llamado Leif, “el Afortunado”. Todo esto ocurrió hacia el año 1000 de nuestra era: cinco siglos antes de Colón.

- Aventuras en Vinland

Thorvald Erikson, hermano de Leif, también quiso probar fortuna y con la misma nave que fuera de Bjarni, en el año 1002 se fue a ver la maravillosa Vinland. Encontró el campamento de Leif e invernó en las mismas cabañas.

En el verano exploró las costas hacia el sur, pareciéndoles cada vez más espléndidas, con estupendos bosques, anchas playas y ríos cristalinos.

Incluso en un islote encontraron una construcción de madera, haciéndose preguntas sobre quién podría haberla levantado. Volvieron a Leifbundir, invernaron por segunda vez y tan pronto como llegó la primavera siguieron reconociendo la costa hacia el norte.

Tuvieron un inconveniente al ser sorprendidos por una tormenta que rompió la quilla de la nave. Con la abundante madera a mano construyeron otra y a la vieja la clavaron como señal en un promontorio que se adentraba en el mar, y que por ello fue llamado Inaes: “La Quilla”.

Vieron fiordos boscosos y un lugar le pareció tan hermoso a Thorvald que, prendado del mismo, decidió quedar se allí. Entonces se llevaron la primera sorpresa de la larga travesía: no estaban solos. Aparecieron tres botes de cuero embarcando a nueve hombres en actitud escasamente amistosa. Los esperaron a pie firme y lucharon a lo vikingo: ocho de los nueve enemigos quedaron tendidos para siempre.

Poco después, era una jauría de botes de cuero lo que caía sobre ellos. Nueva y sangrienta batalla, que también ganaron los hombres de Thorvald pero, desgraciadamente, el mismo Thorvald fue atravesado por una flecha y poco después expiró. Fue la primera víctima europea en suelo americano. Se lo enterró con todos los honores pero, perdida ya la fuerza de su conducción, los restantes componentes regresaron a Groenlandia a dar la triste nueva.

Otro hijo de la larga serie que Erik dio al mundo, Thorstein Eriksson, no se resignó a que el cuerpo de su hermano permaneciera en tierra remota y, en 1006, salió en rescate del cadáver al frente de 21 hombres. Fue una expedición desafortunada desde el principio.

No encontraron el lugar, se perdieron en el mar, sufrieron mil vicisitudes y al cabo fueron a dar a la inhóspita costa del norte de Groenlandia. Allí, el exhausto Thorstein dio su último suspiro y también debió ser enterrado en lugar lejano. Erik “el Rojo” ya había perdido dos hijos desdichados por uno que fue “el Afortunado”.

El siguiente en animarse fue un islandés, Thorfinn Karlsefni, que preparó una expedición en forma. Nada menos que tres naves y 160 personas, entre las que iban una hija de Erik “el Rojo”, Freydís Eiríksdóttir que, para variar, no era legítima, sino bastarda.

Encontraron en el mismo orden que antaño Leif: Helluland, Markland y Vinland; hallaron el promontorio donde el desdichado Thorvald clavara la quilla de su nave. Anclaron frente a la costa, internándose un par de exploradores que estuvieron de vuelta tres días después con muestras de vides y trigo silvestre.

Avistaron una isla llena de aves marinas, al punto que el suelo parecía cubierto de huevos y a cuyo alrededor corría una poderosa corriente: la llamaron Strom (corriente) y al lugar Stromfjord.

Decidieron invernar en la isla, pero resultó una mala elección. Pasaron hambre y penurias, al punto que al llegar la primavera una docena de hombres decidió poner punto final a la aventura, regresando a Groenlandia.

El resto navegó hacia el sur, encontrando mejores tierras, con trigo silvestre y vides, abundante caza en los bosques y salmones en los ríos. Allí pasaron el segundo invierno, un invierno tan benigno que ni siquiera nieve hubo, pudiendo dejar el ganado a la intemperie, cosa desusada para los vikingos. Entraron en contacto con los indígenas locales, con cierta reticencia mutua, que no impidió un inicio de intercambio comercial.

Todo parecía andar bien, cuando un día en que los vikingos trataban con los naturales, un buey tuvo la mala idea de ponerse a bramar con entusiasmo. Los indios, que jamás escucharan nada semejante, se llevaron el susto de su vida y huyeron de inmediato.

Parece que tomaron a mal la cosa, pues regresaron en gran cantidad y en tren de guerra, entablándose una sangrienta batalla con muchas pérdidas por ambos bandos.

Los vikingos comenzaban a flaquear y retrocedían ante el empuje enemigo, cuando la hija de Erik, Freydís Eiríksdóttir, indignada ante tanta cobardía, desnudó su pecho, tomó la espada de un vikingo muerto y se arrojó sola contra los indígenas. Para éstos la impresión de verse venir encima a la violenta mujer debió ser demasiado fuerte, pues fueron ellos los que huyeron a toda prisa.

Freydís quedó dueña del campo, pero Thorfinn Karlsefni decidió abandonar el lugar. Regresaron a Stromfjord, donde nació un hijo de Thorfinn, que fue llamado Smorri. Es el primer hijo de europeo nacido en América, el primer criollo de que se tenga noticia.

En la primavera emprendieron un lento regreso no carente de peripecias, ya que una de las dos naves que restaban se hundió, con todos los que iban adentro. Al pasar por Markland dieron caza a dos jóvenes nativos, que se llevaron consigo como muestra y, poco después, anclaron en Eriksfjord.

La última expedición de que tengamos noticia tuvo a Freydís por protagonista. Esta singular mujer había heredado -con interés compuesto- todas las agallas que le venían de los viejos antepasados vikingos.

Era la digna hija de Erik y la innegable nieta de Thorvald, que fueron desterrados por asesinos. Para colmo, estaba casada con un pobre de espíritu, al que sometió a su subordinación incondicional e indiscutible.

Freydís, ayudada por dos miembros del extenso regimiento de hermanos y hermanastros que tenía, Helgue y Finnbogl, organizó una expedición con dos naves, con las que se trasladaron a Vinland. Hallaron Leifbundir y allí invernaron, pero las cosas fueron mal de entrada, con abundantes rencillas familiares.

Mal avenida con sus hermanos, Freydís solventó el asunto asesinándolos. No paró allí la cosa y como algunos murmuraban, una noche la hija de Erik “el Rojo” mató a hachazos a las mujeres del campamento, sin dejar una. ¡Todos los hombres para ella sola! Al llegar el verano a nadie le quedaba ganas de seguir en Leifbundir y regresaron a Groenlandia.

Nos atrevemos a sugerir que la de Freydís fue la primera experiencia de matriarcado en una comarca que luego lo disfrutó abundantemente.

- ¿Dónde estuvo Vinland?

Después de lo anterior, que conocemos a través de viejos relatos islandeses, las Sagas, y no por documento alguno, el impulso vikingo parece detenerse. Ya no se habla más de Helluland, Markland y Vinland, que parecen borrarse en el olvido. No se las vuelve a mencionar.

Empero, los mas furibundos vikingófilos afirman, contra toda evidencia, que Markland y Vinland fueron colonizadas de manera permanente y aducen como prueba que en 1112 el primer obispo de Cardar, Erik Gnupson, partió hacia Vinland, de la que nunca regresó.

Alegan que el viaje no pudo ser una expedición dada su condición de obispo y no de guerrero y que correspondería a una gira diocesana por las parroquias de su sede, de donde resultaría que Vinland no sólo tenía colonos, sino incluso iglesias.

Esta “prueba” no tiene en cuenta que en la Edad Media los obispos no sólo llevaban mitra, báculo y anillo, sino también coraza, yelmo y espada, que solían ser bastante belicosos y que más de una vez actuaron al frente de tropas como eficaces capitanes. La imagen de Erik Gnupson no debió corresponder a la de un dulce predicador sublimado por la bondad, sino que debió ser un rudo vikingo, capaz de empuñar con eficacia el hisopo pero también el hacha de guerra.

De todas maneras, resulta incomprensible el abandono de aquellas tierras y ninguna explicación es satisfactoria. Tan escasos rastros dejaron los vikingos, que ni tan sólo sabemos dónde estuvieron exactamente Helluland, Markland y Vinland.

Incluso no faltan quienes niegan todo valor a las Sagas y consideran a esos viajes -posteriores a Erik “el Rojo”- como vulgares fantasías sin asidero. Uno que así opinaba era el famoso explorador noruego Fridtjof Nansen, digno descendiente de vikingos, que en 1838 fue el primero en atravesar de este a oeste Groenlandia, a través del casquete glacial.

Para algunos, Helluland es el Labrador; para otros, Terranova. Markland pudo haber estado en Terranova o en Nueva Escocia (Canadá). Vinland pudo ubicarse en Nueva Escocia o Massachusetts, cerca de la actual Ciudad de Boston. Los más entusiastas mandan más al sur a los vikingos y los empujan hasta las costas de Maryland o Virginia y algunos -ya en condición delirante- no dudan en colocar Vinland en la Florida, en pleno trópico

Lo más factible dentro de tanta oscuridad, es que Helluland fuera la costa norte de la Península del Labrador, que es áspera y pedregosa; Markland la costa sur del mismo Labrador a la altura de la Bahía de Hamilton. En cuanto a Vinland ofrece dos elementos para su identificación: la presencia de trigo y vides silvestres, más salmones en los ríos.

Pues bien, el límite norte de la vid silvestre, de acuerdo a Paul Hernnann, se halla hacia los 47° de latitud norte, en la región septentrional de Nueva Escocia, Cánada. El límite norte del crecimiento de trigo silvestre pasa por el paralelo 44°, hacia el sur de la misma Nueva Escocia.

En cuanto al salmón, no se lo encuentra al sur del paralelo 41°, a la altura aproximada de la Ciudad de Nueva York. Luego, Vinland tuvo que encontrarse entre los paralelos 44° y 41°, es decir en algún lugar de las costas canadienses del sur de Nueva Escocia o de los actuales Estados de Maine, New Hampshire, Massachusetts, Rhode Island o Connecticut.

De acuerdo a Hernnann, un geógrafo norteamericano de apellido Gray se entregó a la tarea de individualizar Vinland de acuerdo a las referencias geográficas conservadas por las Sagas y creyó encontrarla en un lugar que aún conserva sabor vitivinícola, la isla Martha’s Vineyard, que justamente significa “Viñedos de Marta”. Queda al sur de Boston y esta separada de la Península de Barnstable por una poderosa corriente, tal como lo señalara Leif Erikson.

Allí habría encallado su nave en marea baja. Todavía el canal tiene bajíos que puede poner en apuros a una embarcación. De acuerdo a Gray, todas las circunstancias locales de Martha’s Vineyard y alrededores coinciden exactamente con lo que las Sagas dicen de Vinland. Empero, para Gray, Leif no levantó campamento, el famoso Leifbundir, en esa isla ni en el continente, sino en un islote vecino, más adentrado en el mar, y que hoy tiene el curioso nombre de No Man’s Land: “Tierra de Nadie”.

Sustenta su criterio en que la temperatura del islote, bañado por la Corriente del Golfo, es superior y más benigna que la de Martha’s Vineyard que, recibiendo las corrientes frías del norte, tiene un invierno más riguroso.

De todas maneras, y aunque la tesis de Gray es agradablemente atrayente y satisfactoria, ha sido ferozmente combatida por muchos eruditos y hasta el día de la fecha ha encontrado muy poca audiencia.

- El ocaso de los vikingos

En suma, poco y nada sabemos sobre la ubicación exacta de Helluland, Markland y Vinland. Aparte de ello -y ateniéndonos a las Sagas- sólo en el primer medio siglo posterior a la llegada de Erik “el Rojo” a Groenlandia hubo tentativas de colonización en el continente. Después no hay la menor constancia de nuevos intentos y a ello debemos atenernos mientras no aparezcan elementos de juicio nuevos. Dice el historiador Johannes Brondsted:

Contrariamente a lo que aconteció en Groenlandia y en Islandia, América no se hallaba deshabitada cuando los nórdicos la descubrieron; por el contrario, estaba poblada y sus habitantes demostraron hacia los nórdicos una evidente hostilidad lo que, dado el comportamiento de aquéllos, no es de extrañar.
Las Sagas parecen confirmar que los groenlandeses realizaron esfuerzos inauditos para establecer sus colonias en Norteamérica, pero que la empresa resultó superior a sus fuerzas. Las líneas de comunicación con la madre patria eran demasiado frágiles y remotas y las bases en el nuevo continente por demás débiles para subsistir; pero la tentativa en sí, merece ser considerada como la expresión final del espíritu aventurero y arrojado de los vikingos’’.

En esta última frase está el quid de la cuestión; había algo que se estaba agotando en el antaño emprendedor pueblo. Porque el hecho de que América estuviera poblada no pudo ser de ninguna manera el elemento principal del fracaso vikingo. Mucho más pobladas estaban Normandía o Sicilia cuando cayeron sobre ellas y siendo una minoría numéricamente ridícula, dominaron a poblaciones altamente civilizadas y hechas a la guerra

En cambio fracasaron frente a unos pocos indígenas, peor armados y desorganizados. No pudieron anticipar la hazaña inigualada de puñados de españoles que dominaron grandes imperios bien organizados y con millares de soldados aguerridos. Hay un mundo de distancia entre Leif, Thorvald o Torfinn, y Francisco Pizarro o Hernán Cortés.

Fallaba algo y en primer lugar la base, Groenlandia, punto de arranque para el asalto al continente, jamas pasó de unos tres mil habitantes, sustento demasiado exiguo para empresas de gran envergadura y, a su vez, la misma Groenlandia, tras el primer siglo de existencia, se desbarrancó en una larga y penosa decadencia que acabó en el hundimiento total. En primer término, aquellos vikingos que en el siglo X alcanzaron la máxima precisión y cualidad náutica lograda por el hombre, allá se quedaron.

Drakkars, senekkars y knorrs se estereotiparon sin adecuarse a las nuevas circunstancias ni buscar la superación, de modo que la primacía pasó a otros pueblos, mientras los vikingos se atrasaron visiblemente, hasta ser superados por los marinos meridionales.

Otro golpe poderoso fue la peste negra que se abatió sobre Europa, diezmando la población de Noruega entre los años 1349 y 1351. Y Noruega era el sustento y semillero de las lejanas colonias groenlandesas.

Para colmo, la peste negra reapareció en 1392, dando el mazazo definitivo. Los viajes a Eriksfjord se espaciaron cada vez más y al cabo la misma Corona noruega, en una actitud suicida, terminó poniendo trabas a las travesías a Groenlandia.

Asimismo, sobre los mismos groenlandeses se cirnieron dos peligrosas amenazas, que al cabo se mostraron insuperables y que terminaron de aplastarlos: por un lado, Groenlandia no estaba tan vacía como pareció al principio y pronto los vikingos se toparon con los esquimales.

El encuentro no fue ameno ni despertó simpatías, sino todo lo contrario. Las Sagas los llaman skrælings, describiéndolos como hombrecillos de tez oscura, pómulos salientes, baja estatura y ojos fijos, inexcrutables.

Pronto las luchas fueron frecuentes y los skrælings, que iban siendo cada vez más numerosos a raíz de un desplazamiento persistente hacia el sur, terminaron teniendo en jaque permanente a los antaño feroces vikingos, al punto que éstos llegaron a temerlos, tal como otros pueblos los temieran a ellos antes.

Ese desplazamiento hacia el sur obedecía a su vez a un progresivo empeoramiento climático de Groenlandia y este fue el drama final de los colonos vikingos. Paulatinamente tos veranos iban siendo mas cortos, los inviernos más crudos e interminables, las nieves no se diluían en la buena estación y los hielos avanzaban inexorablemente sobre las tierras colonizadas.

Sabemos que en la Baja Edad Media la zona sufrió un apreciable proceso de enfriamiento, que llegó a ser más extremo que el que reina en nuestros días, en que parecen recuperarse lentamente las condiciones favorables que halló Erik “el Rojo” en el siglo X. Pero, con el pasto desaparecieron los animales de cría y ya no fue posible mantener caballos, vacas y ovejas como en los buenos tiempos.

Agobiados por la glaciación progresiva, cercados por los skrælings, mucho mejor dotados y equipados que ellos para adaptarse al duro clima, cortadas las vías de comunicación con Noruega e incluso Islandia, el hambre y la miseria fueron haciendo presa de los colonos, hasta reducirlos a una situación desesperada.

Los últimos vikingos groenlandeses apenas eran la sombra de sus antepasados: bajos, enclenques, raquíticos, habían perdido todas las condiciones de la raza y se arrastraban en una supervivencia que sólo podía terminar con la extinción total.

El ultimo navío noruego que con certeza llegó a Groenlandia, lo hizo en 1393. Después no se sabe de ningún otro que alcanzara sus costas. La postrer y vaga noticia que se tuvo de Groenlandia procedió de Islandia y correspondió al año 1411. Después, el silencio.

El ultimo obispo groenlandés que visitó Roma fue Jon Eríkson Skalle, en el año 1369, siendo recibido por el Papa Urbano V. Después no se supo más, pero la Santa Sede jamás olvidó a la lejana Garðar y cuando ya Noruega e Islandia habían dado la espalda a Groenlandia librándola a su suerte, Roma siguió preocupada por la remota diócesis que en su momento de esplendor había llegado a contar con una catedral, 18 iglesias y dos conventos, uno agustino y otro benedictino.

Precisamente de esta Orden fue el último obispo nominado de Groenlandia, el monje Matías, que obviamente jamás se hizo cargo de su sede. El Breve lo firmó el Papa Alejandro VI, el Papa Borgia. Hacia 80 años que ninguna nave llegaba a Groenlandia. La fecha del documento es del 10 de Agosto de 1492. Precisamente hacía una semana que Colón se hallaba en alta mar, rumbo al oeste...

- Lo que dice la arqueología

¿Qué fue de los últimos vikingos abandonados en Eriksfjord? Imposible saberlo, aunque todo induce a creer que su final fue patético, horrible, cercados entre hielos y esquimales en avance. ¿Por qué no emigraron a la cercana Markland, de la que extraían la madera que no existía en Groenlandia?

Posiblemente lo impidió una razón climática, ya que esa zona es bañada por la corriente helada del Labrador, de manera que sus temperaturas medias son aún más rigurosas que las correspondientes al sur de Groenlandia, que al menos se beneficia con una rama de la corriente cálida del Golfo.

¿Por qué no emigraron a la dulce Vinland del clima suave e inviernos sin nieve? Este es un verdadero enigma, imposible de resolver. ¿Habrían llegado a tal grado de involución que eran incapaces de construir navíos eficaces? Podría ser una razón que también explicaría por qué los supervivientes no intentaron regresar a Islandia, distante sólo 500 kilómetros al este.

En fin, el proceso final de los vikingos en Groenlandia es un misterio que no se puede develar por el momento. Adelantémonos un poco: en 1540 un capitán islandés se desvió de su ruta y fue a dar a Groenlandia. Exploró la costa y en un islote observó una cabaña de piedra muy parecida a las islandesas. Con curiosidad desembarcó y halló el cadáver de un hombre indudablemente europeo, boca abajo, vestido con un extraño traje de pieles.

Los más imaginativos se preguntan hoy si no sería el cuerpo del último vikingo groenlandés. Difícil que la colonia sobreviviera tanto. Lo más posible es que se tratara de un náufrago arrojado a la inhóspita isla, cuando ya el pueblo vikingo de ese remoto oeste llevaba decenios de extinguido. Finalmente, en 1578, una expedición danesa recorrió la región sur de Groenlandia sin encontrar la menor señal de hombres blancos.

La trágica historia -que tan bien empezara con Erik “el Rojo” en el siglo X y conservada por las Sagas- se mantuvo en sazón durante centurias, oscilando entre la realidad y la leyenda. Finalmente, casi en nuestros días, al terminar la Primera Guerra Mundial, el Gobierno de Dinamarca encargó al destacado arqueólogo danés Paul Norlund el estudio a fondo mediante excavaciones de la zona groenlandesa de colonización vikinga, a fin de aportar certezas a los dichos de las Sagas.

El sabio supo aprovechar la técnica moderna y antes de empuñar la pala procedió a una prospección aérea volando a baja altura y escasa velocidad y tomando fotografías a diversas horas del día, de modo que hasta los menores relieves invisibles a ras del suelo fueran perceptibles. Los resultados fueron sensacionales, pues localizó a las dos colonias: la del Oeste y la del Este.

Entonces comenzó a excavar, sacando a luz 200 granjas en la primera y un centenar en la segunda, lo que demostraba no sólo la verdad de las Sagas, sino la importancia que habían alcanzado esos establecimientos

Pero el momento sublime, el de mayor emoción fue cuando Norlund localizó la vieja granja de Erik, “el Rojo”, la legendaria Brattahlid, que surgió del helado suelo mostrando hasta los menores detalles.

Una casa amplia, cómoda, con muchas habitaciones, un patio amplio con un pozo de agua en el medio, establos para los animales, galpones para depósitos. Las paredes eran gruesas, de piedra, revestidas con una espesa capa de tierra y césped que servía de aislante en el riguroso invierno. Allí tenía Norlund, a la vista y al contacto de la mano, un concreto puente histórico que lo llevaba diez siglos atrás, a los tiempos de sus antepasados precursores.

Las excavaciones en el cementerio de la colonia no fueron menos impresionantes. Dice Paul Herrmann:

Murieron hace cuatrocientos años. Sus alquerías aparecen destruidas, sus templos y conventos están en ruinas, en sus campos y huertos crecen la maleza y las malas hierbas. Pero debajo, en las fosas, en lo hondo del suelo eternamente helado, el tiempo se ha detenido: allí yacen los vikingos tal como fueran enterrados un día. El obispo John Smyrill, “el Gavilán”, con su anillo y báculo episcopal, un colmillo de morsa bellamente tallado, salido un día de las hábiles manos de Margret, la esposa del párroco y colocado en la tumba del “Gavilán”. Allí yace la doncella Ingibjorg, muerta hace ochocientos años, idolatrada de sus desolados padres, que la depositaron en una sepultura bellamente enmarcada con piedra arenisca y con una inscripción rúnica”.

Todo ello significaba la gloria de la colonización vikinga en Groenlandia. Ahora le faltaba a Norlund enfrentarse con el espectral espectáculo de los últimos tiempos, que le ofrecería ese mismo cementerio.

Fueron apareciendo cadáveres pequeños, de aspecto enfermizo, deformados, con tales señales degenerativas que apenas recordaban a los esbeltos vikingos que un día crearan la colonia.

Norlund realizó un exhaustivo examen médico de estos cuerpos lamentables. Todos tenían huellas de desnutrición crónica. El raquitismo y la tuberculosis habían hecho estragos formidables. La estatura media apenas alcanzaba a ¡un metro y medio! La mortalidad infantil debió ser espantosa.

Del examen surgió la evidencia de que más de la mitad de los pobladores habían muerto antes de cumplir los veinte años: de los sobrevivientes prácticamente ninguno alcanzó los treinta.

Las mujeres presentaban caderas tan estrechas y deformes que el parto debió ser extremadamente difícil. Nunca, en parte alguna, se habían encontrado con tal abundancia de macabros detalles, la degeneración y el abatimiento de un pueblo otrora dominante, gloriosamente orgulloso de sí mismo

Pero Norlund había probado definitivamente que las Sagas no habían mentido. Y si no mintieron para Groenlandia, es de creer que también es cierta la historia de Helluland, Markland y Vinland. Pero en este caso faltan pruebas. Tal vez la solución esté en la propuesta del historiador danés Bronsted:

De haberse hallado vestigios de las cabañas erigidas por Leif o de otras moradas nórdicas tales como las ruinas de la residencia de Erik, “el Rojo” en Brattahlid ... hubiéramos tenido una base para orientarnos respecto a la “Tierra del Vino” y para confirmar la presencia de los nórdicos en América con mucha antelación a la de Cristóbal Colón.
Bien valdría la pena realizar búsquedas sistemáticas a lo largo de la costa atlántica en procura de tales testimonios valiéndose de aviones que volaran a baja altura y desplazándose muy lentamente, tal como lo han hecho los arqueólogos daneses en Groenlandia”.

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