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“Huellas” vikingas en América

Dentro del continente americano no restan huellas absolutamente certeras de la presencia de los vikingos, aun aceptando un intento de colonización, rápidamente frustrado. Pero de vez en cuando y desde hace tiempo, se denuncian hallazgos que probarían esa presencia. Y aquí volvemos al terreno de las patrañas, los errores de interpretación y las fantasías(1).

(1) Citado por Miguel Angel Scenna. “Los anteriores a Colón” (1988), en “500 Años de Historia argentina”, tomo I, “El Descubrimiento de América”. Colección dirigida por Félix Luna. Ed. Abril.

Una de las más famosas espinas irritativas en este problema fue el de la Piedra de Dighton, hallada junto al río Taunton, en Massachusetts, que presenta inscripciones debidas a una mano humana. Primero se la consideró fenicia, después se pusieron de moda los vikingos y pasó a ser rúnica, vale decir escrita en runas, el clásico alfabeto nórdico.

Incluso en 1830 alguien muy imaginativo creyó leer en ella la palabra “orfin”, transparentemente el nombre “Thorfinn” mutilado. ¡Sensacional hallazgo que indicaría la certeza histórica de la expedición de Thorfinn Karlsefni. Pero los más importantes especialistas rechazaron la inscripción y la traducción, considerándola meramente indígena.

Poco después, en 1831, se encontró un esqueleto muy antiguo en Fall River. Naturalmente, tenía que ser el de un vikingo, pero el estudio antropológico dijo que no pasaba de nativo.

En 1838 el honor de hallazgos detonantes se trasladó a Canadá, donde se descubrió en Yarmouth, Nueva Escocia, una piedra con inscripciones, que rápidamente se aseguró eran rúnicas. Vinieron los eruditos -siempre tan faltos de imaginación- y la declararon indígena.

También en 1838 alcanzaron fama primero la Piedra de Grave Creek, Ohio y, luego, la Piedra de Minnesotta. Resultaron puras falsificaciones modernas. Por un tiempo hubo paz, pero en 1857 emergió otro descubrimiento: una inscripción rúnica en la Isla de Monhegan, Maine. Las “runas” demostraron ser puro desgaste debido a la erosión natural.

Piedra del escándalo en este problema es una construcción de Rhode Island, conocida como Torre de Newport, antiguo edificio circular que algunos siguen considerando vikinga pese a haberse demostrado cumplidamente que no pasa de ser un viejo molino de viento mandado construir en 1678 por un gobernador inglés.

Pero lo más hermoso en esta serie de hallazgos sensacionales fue el encuentro, en 1867, de los restos de Syasi, “la Rubia”. Allá estaba el cadáver de la vikinga, con inscripciones rúnicas en cantidad y una suma de elementos arqueológicos como para satisfacer al más exigente, probando a través de la belleza de una remota nórdica, la población de América por los vikingos.

La cosa tomó vuelo hasta que se desplomó repentina e irreversiblemente. Syasi, “la Rubia”, era apenas la broma de un espiritual estudiante de medicina que había preparado cuidadosamente el escenario para divertirse un rato.

Este estado de cosas, con descubrimientos en serie, se vio sumamente favorecido e incluso alentado, por un grupo de estudiosos, escandinavistas a muerte, que a toda costa querían meter a los nórdicos en América, cuanto más adentro mejor, encontrando un vikingo detrás de cada árbol.

El más notable de ellos, ilustre por sus exageraciones, fue el danés Carl Christian Rafn, que se empeñó en convertir a sus antepasados en descubridores, conquistadores y colonizadores del continente americano, levantando grandes polémicas.

Dejemos sentado desde ya que los principales especialistas en historia vikinga se mostraron siempre muy poco entusiasmados con los permanentes hallazgos de su impetuoso colega, y cabe destacar también que un argentino siguió paso a paso el desarrollo de la tesis de Rafn y sus contradictores.

Fue nuevamente Bartolomé Mitre, que poseía todas las publicaciones del caso, en razón de ser miembro de la Sociedad Real Escandinava de Anticuarios, con sede en Copenhague, que le enviaba regularmente libros y boletines.

El meollo y fin de la teoría de Rafn pueden resumirse con palabras de este mismo:

El Descubrimiento de América en el siglo X puede ser considerado como uno de los sucesos más notables de la historia del mundo y la posteridad no puede defraudar a los escandinavos del honor que se han granjeado con este descubrimiento

Vale decir que se trata de un problema donde la banderita del chauvinismo y el racismo priman sobre cualquier otra consideración.

Mitre, que jamás compartió el criterio de Rafn, aún aceptando la presencia de vikingos en América, rebatió ese criterio en una carta a Barros Arana, donde dice:

Dando el hecho por cierto y perfectamente comprobado tal como se pretende, una tierra ignota descubierta por casualidad y perdida después sin saberse cómo (que es todo lo que pretende demostrar Rafn, ni es ‘el suceso más notable del mundo’ ante el descubrimiento de Colón, ni es un ‘honor’ que pueda reivindicarse para oscurecer la gloria del grande hombre que, guiado por las inspiraciones de su genio y por nociones científicas, demostró prácticamente la redondez del mundo, creyendo encontrar la India al término de su viaje, buscando el Oriente por el Poniente’, según sus propias palabras’’.

- La Piedra de Kensington

En Agosto de 1898 un colono sueco, Olof Ohman, radicado en el Estado de Minnesotta, no lejos de la Ciudad de Kensington, decidió arrancar un viejo árbol que molestaba las tareas agrícolas de su predio.

Kensington queda más allá de los Grandes Lagos, en el centro del continente norteamericano, que entonces era de población relativamente reciente y donde abundaban los inmigrantes escandinavos.

Pues bien, el señor Olof Ohman saca el gran árbol hasta la raíz y debajo de ésta encuentra una piedra rectangular, de 80 centímetros de largo por 40 de ancho y 15 de espesor. Evidentemente, una piedra recortada por el hombre.

Llevado por la curiosidad, Ohman la limpió y observó en la superficie una serie de signos que reconoció de inmediato, aunque no podía traducirlos: eran runas del tipo que viera en su lejana Suecia, en casa de sus mayores.

Al difundirse la noticia del hallazgo se extrajo copia de la inscripción rúnica, que fue enviada al profesor O. Breda, un erudito especializado en antiguas lenguas escandinavas, que dictaba cátedra en la Universidad de Minnesotta.

Tras un paciente estudio, Breda redactó una prudente traducción, limitada a los signos más claros, de evidente significado y sin interpretar forzadamente aquéllos que, por desgaste, ofrecían menor claridad, deduciendo la siguiente versión:

...suecos y ... noruegos, en un viaje de descubrimiento de Vinland Occidental, acampamos ... algunas jornadas al norte de esta piedra. Nosotros ... pescamos un día. Cuando regresamos encontramos ... hombres rojos en sangre y muertos. A V. M. nos salve de ... hemos ... hombres en el mar, para cuidar nuestros barcos ... jornadas de esta isla. Año...”.

Así se inició la historia de la Piedra de Kensington.

El mismo Breda, al terminar la traducción, declaró que la inscripción era una falsificación ya que el texto era una verdadera mezcolanza de sueco y noruego, sin faltar aquí y alla un poco de inglés y sin nada en común con los elementos del antiguo escandinavo en que debió ser escrito en caso de ser auténtica.

Por lo demás, el profesor afirmaba que jamás suecos y noruegos habían salido juntos en expedición alguna. Por el momento las cosas quedaron allí, la Piedra de Kensington fue declarada una patraña y prevaleció la alta autoridad científica del profesor Breda.

Pero, a partir de 1910 un norteamericano, convencido vikingófilo, vuelve al tema y arremete contra la interpretación de Breda, levantando los caídos y apolillados estandartes de Rafn. Un norteamericano cuya ascendencia escandinava es denunciada a gritos por el nombre y apellido: Hjalmar Holand.

Como primera medida, señala que hubo una expedición conjunta de suecos y noruegos: la enviada por el rey de Suecia, Magnus Eriksson, al mando del comandante de su guardia, Paul Knudson, para explorar las regiones del oeste, y que partió en el año 1354, estando ocho o nueve años ausente.

Poco y nada se sabe de esta expedición y la falta de datos le sirve de comodín a Holand, ya que supone que no se limitó a Groenlandia sino también a Vinland, puesto que Holand parte de la base -que considera axiomática e indiscutible- de que Vinland estuvo colonizada con establecimientos permanentes.

Sin molestarse en probarlo, el autor decreta la fundación de tales poblaciones y hace llegar a ellas a la expedición de Knudson. Luego interna a este nada menos que 1.800 kilómetros tierra adentro en viaje de exploración, hasta más allá del Lago Superior, en plena Minnesotta y le hace grabar la Piedra de Kensington.

En cuanto a la inscripción misma, Holand reemprendió su traducción, pero sin las timideces ni la prudencia del profesor Breda. Pasó por encima de las dificultades técnicas y las lagunas y se mandó un texto completo que diría:

(Somos) 8 suecos y 22 noruegos en viaje de descubrimiento desde Vinland hacia el Oeste. Nosotros teníamos un campamento junto a dos islotes, algunas jornadas al norte de esta piedra. Estuvimos (fuera) y pescamos un día. Luego regresamos, encontramos 10 (de nuestros hombres) rojos en sangre y muertos. A(ve) V(irgo) M(aría), libra(nos) del mal. (Nosotros) tenemos 10 de nuestros hombres en el mar, para cuidar de nuestros barcos, 14 jornadas de esta isla. Año 1362”.

Hay detalles de mención en esta traducción de Holand: dice que han quedado diez hombres a orillas del mar para cuidar las naves, no que tienen por base ciudad o emplazamiento permanente alguno. En segundo término, afirman que están a 14 jornadas del mar. ¿Qué mar?

Concediendo a los vikingos un buen ritmo de marcha de infantería, unos 25 kilómetros diarios, en 14 días sólo pudieron recorrer 450, faltándoles todavía más de 1.300 para avistar la costa atlántica.

De modo que no pudieron referirse a ella, sino a las costas de los Grandes Lagos, específicamente del Superior, distante unos 250 kilómetros de Kensington, lo que haría 14 jornadas de 15 kilómetros cada una.

Para llegar a este punto, necesariamente tienen que haber entrado por el río San Lorenzo hasta el lago Ontario, de éste pasar al Erie, salvando las cataratas del Niágara. Del Erie pasar al Hurón por el río Saint Clair y del Hurón al Superior por el río Saint Marys, a menos que antes no hubieran ido a parar al Michigan por el Estrecho de Mackinac.

Toda esta navegación es facilísima en un mapa, pero cuando la zona era desconocida los problemas debieron ser un poquito más difíciles de resolver. Pongamos que entraran por el San Lorenzo, llegaran al Ontario, salvaran (no sabemos cómo) el escollo del Niágara y se metieran en el lago Erie. Allí necesariamente tuvieron que tener dificultades, especialmente para encontrarle la salida.

Aceptemos que resolvieran el punto hallando milagrosamente el río Saint Clair. Lo que viene después es un verdadero océano interior, donde convergen tres gigantescos lagos cuya exploración y reconocimiento de las interconexiones debieron demandar mucho tiempo antes de ser convenientemente conocidas.

Pues bien, para Holand los vikingos tenían perfectamente explorada toda la región desde siglos atrás, mucho antes de andar por allí la gente de Knudson. De modo que para este autor no sólo hubo población vikinga en la costa atlántica, sino en los Grandes Lagos, pese a que su propia traducción de la Piedra de Kensíngton pone en boca de los vikingos de 1362 la declaración expresa de que están de viaje de descubrimiento. ¿Qué estarían descubriendo si la zona era conocida de siglos atrás?

Holand señala la indudable antigüedad de la Piedra de Kensíngton: estaba embutida en las raíces de un añoso árbol cuya semilla debió germinar hacia 1830 cuando aún esa zona estaba despoblada y no había llegado el primer inmigrante escandinavo. Desde ya, éste es un importante dato de valoración, pero no una prueba. Entre 1362 y 1830 pasó un rato demasiado largo, incluso para una zona despoblada.

También aduce como prueba un hacha de hierro encontrada en 1880 en Nueva Escocia y que para algunos sería un arma vikinga procedente del siglo XI. Pero el encuentro de un arma aislada no denuncia que existiera una población permanente sino, a lo sumo, que por allí pasó un vikingo, cosa que nadie discute como posible en la actual Nueva Escocia.

También Holand reactualizó la Torre de Newport que ya mencionamos, poniéndola otra vez sobre el tapete e insistiendo que es vikinga y copia exacta de una capilla noruega dedicada a San Olaf.

Finalmente enarbola el testimonio del navegante italiano Giovanni da Verrazano, que hacia 1525 exploró las actuales costas norteamericanas al servicio de Francia, hallando que muchos indígenas se llamaban Magnus.

Triunfalmente, Holand señala el detalle de que precisamente Knudson llegó a Vinland bajo las banderas del rey Magnus de Suecia y al parecer se habría entretenido bautizando a todo el mundo con el nombre de su soberano y a los indios les habría gustado tanto que lo conservaron durante dos siglos...

Holand no tiene en cuenta que los exploradores europeos del siglo XVI no se caracterizaron por su exquisito oído musical, así que habría que saber qué nombre escuchó en realidad Verrazano v que él interpretó como Magnus.

Recuérdese que así como los griegos se las arreglaron para convertir el nombre egipcio Jufu en Keops, los españoles llamaron Ataliva a Atahualpa, Cuernavaca a Cuaunahuac y a Huitchilopotchli lo convirtieron en Huichilomos.

Siempre resultan impronunciables los respectivos vocablos de dos lenguas absolutamente distintas cuando por primera vez se encuentran y habría que saber de qué manera pronunciaban los indios esos sonoros nombres escandinavos que a nosotros mismos, infinitamente más cerca culturalmente de éstos que de las tribus aborígenes, nos cuesta nuestro buen trabajo pronunciar.

¿O acaso los hispanohablantes no hemos convertido el viril y gutural rey Knut en el ridículo Canuto?

Finalmente, sí fuera real el dato de una punta de indios llamados Magnus, lo más que probaría es el cruzamiento, integración y posterior asimilación de los vikingos en tribus indias y no a la inversa. Lo cual no puede considerarse un triunfo civilizador.

El aval máximo que pudo encontrar Hjalmar Holand fue un hallazgo del año 1930 en Ontario, Canadá, cerca del lago Nipigon: era una espada que yacía junto a un hacha, ambas viejísimas, muy oxidadas.

Lo importante es que el lago Nipigon no queda lejos del Superior y de la misma Kensington. Tales armas, examinadas por el arqueólogo canadiense Curelly, director del Instituto Arqueológico de Toronto, fueron declaradas vikingas por dicho estudioso pese a las reservas que opusieron otros eruditos.

Además el mismo Curelly se dejó arrastrar por el entusiasmo del hallazgo y recordó que el explorador francés Samuel de Champlain -fundador de la Ciudad de Quebec- había recogido en 1610 una antigua leyenda india, según la cual antaño habían vivido hombres blancos entre la Bahía de Hudson y el lago Nipigon.

Por otra parte, la forma en que fueron encontradas el hacha y la espada demostraría a Curelly que no fueron armas perdidas en combate o de otra manera, sino que pertenecieron a la tumba de un guerrero vikingo, aunque no se hayan encontrado ni rastros del cuerpo ni ningún otro elemento que certifique la suposición, pese a que los vikingos solían ser enterrados con muchas cosas, especialmente de la época que Curelly data a dichas armas: nada menos que el siglo XI.

De manera que la tesis de Curelly convergió y complementó a la hipótesis de Holand, aportándole nuevo caudal y apuntalando una de sus premisas: la zona de los Grandes Lagos estuvo poblada de manera permanente por los vikingos. Y no por una temporadita, ya que si las armas de Nipigon son del siglo XI y la Piedra de Kensington del XIV, tenemos nada menos que tres siglos de poblamiento, tan denso y persistente que hasta habrían dejado una leyenda indígena que persistió hasta el siglo XVII.

Claro que hay un fallo esencial en esta euforia pobladora: si los vikingos prácticamente colonizaron y ocuparon por tres largos siglos la costa atlántica de Nueva Escocia y Massachusetts, más la cuenca de los Grandes Lagos ¿como es posible que dejaron como única huella un par de hachas, una espada y una inscripción? ¿cómo explicar esta inexplicable falencia?

Por otra parte, la trajinada Piedra de Kensigton -caso de ser auténtica- no habla precisamente de poblamiento, sino de un reducido grupo de vikingos acosados por tribus hostiles y en situación muy precaria, cercana al pánico y la desesperanza.

Sin contar con otro argumento de sentido común para objetar la validez de la Piedra: ¿es lógico que un grupo de hombres acosados, que tratan de llegar hasta su base en la costa para reunirse con sus compañeros después de perder una buena decena de camaradas, es lógico, decimos, que se entretengan en perder jornadas en grabar una piedra con un S.O.S. remoto, indescrifrable, destinado a nadie, abandonado para nada en la inmensidad continental?

- La ofensiva vikingófila

No negamos la posibilidad de que los vikingos, magníficos navegantes, hayan remontado el San Lorenzo y alcanzado los Grandes Lagos pero, a lo sumo, debieron ser viajes esporádicos y en escaso numero. Hjalmar Holand, en cambio, los imagina adentrándose permanentemente en el continente desde sus bases costeras.

Y adelanta una explicación de tales viajes: en la costa no había yacimientos metalíferos y esas poblaciones necesitaban con urgencia el metal necesario para forjar armas y herramientas. Como la región de los Grandes Lagos es cuprífera y el dato era conocido hasta por los indios, allá fueron para extraer la materia prima, debiendo en consecuencia mantener instalaciones permanentes en la zona.

Nótese cómo se forma el ovillo del pensamiento de Holand, en un encadenamiento de hipótesis se asientan todas sobre una suposición, funda poblaciones costeras vikingas que hasta ahora nadie ha encontrado.

Desde allí los envía 1.800 kilómetros tierra adentro en viajes frecuentes y habituales que hasta ahora es el único en señalar y, una vez llegados a destino, los arraiga en el centro del continente norteamericano sin que el menor sustento arqueológico le permita tal envite imaginativo.

Ya que los tres o cuatro hallazgos -todos sujetos a discusión- hablan de cualquier cosa menos de establecimientos permanentes, el día menos pensado Holand o un afiebrado discípulo seguirían empujando a los vikingos hacia el Oeste y los harán descubrir el océano Pacifico un par de siglos antes de Balboa.

Y no se crea que exageramos, pues ya ha sido emitida la hipótesis de que los vikingos pudieron bajar por el Mississipi hasta el Golfo de México, o pudieron bordear el Atlántico, dar vuelta a la Florida y entrar en dicho golfo y, desde allí, pudieron fácilmente entrar en contacto con los mayas...

Y otra vez nos encontramos con la leyenda de Quetzalcoatl, que resultarían los mismísimos vikingos que pudieron llegar a Tenochtitlán mucho antes que Cortés para luego mandarse mudar prometiendo volver...

En fin, los vikingos pudieron haber hecho muchas cosas, pero sabemos lo que no hicieron: no tuvieron jamás conciencia de que América era un continente distinto a Europa; no poblaron jamás de manera permanente su suelo; no supieron afirmarse y mantenerse en las regiones que les salían al paso, al punto de tener que abandonarlo todo, hasta su centro en Groenlandia, incapaces de superar una horrible decadencia y posterior extinción, que devolvió todo su trabajo a la desolación y el salvajismo.

Sabemos que la empresa vikinga en América, que comenzó con ribetes épicos, terminó en lamentable o indiscutido fracaso. Y eso sí que está demostrado. Todo lo demás son cúmulos de vaguedades, edificios de suposiciones, depósitos de imprecisiones, a veces cátedra de macaneo libre, que por la fuerza misma del enigma vikingo en América empujan a muchos a ver la presencia o la descendencia de los vikingos hasta en nuestros propios días.

Lo último merece una rápida aclaración. A principios del siglo XX se tenían vagas referencias sobre cierta misteriosa tribu perdida en los hielos, llamada de los “esquimales blancos”.

En 1910 el explorador ártico Vilhjalmur Stefansson, canadiense de sangre islandesa, tuvo la fortuna de encontrarlos en la Tierra de Victoria, hacia el desolado extremo norte de Canadá, dentro del Circulo Polar Artico. Fue muy bien recibido y convivió un tiempo con ellos.

El explorador quedó pasmado de lo que vieron sus ojos: eran hombres altos, bien formados, con evidencias de pertenecer a la raza blanca y abundantes en rasgos prolijos de los nórdicos, como ojos claros y barba abundante, semirrubia o castaña. Pero no quedaban en ellos, en lo que a costumbres y modo de vida se refiere, el menor rastro de haber pertenecido alguna vez -a través de remotos antepasados- a una civilización superior. Al respecto dice Paul Herrmann:

Resulta, pues, totalmente indescifrable el origen de aquellos singulares ‘indígenas’ y para críticos poco exigentes lo más sencillo sería suponer influencias de los normandos groenlandeses...
Reconozcamos que la admisión de que los normandos groenlandeses fueran los antepasados de los actuales esquimales blancos no es más que una suposición. Tampoco Stefansson le concede mayor grado de certeza”.

Agreguemos por cuenta propia que tal vez esa tribu blanca sea lo que esté en el fondo de la tradición indígena que recogió Champlain en el siglo XVII pero, más allá de este detalle al que no atribuimos mucha importancia (América entera está llena de leyendas indígenas sobre supuestos hombres blancos, de las que es difícil extraer conclusiones, es de claridad meridiana que los robustos y altos “esquimales blancos’’ no pueden de ningún modo descender de los pobladores de Cardar y Eriksfjord, bajos, raquiticos, degenerados, al punto de haber perdido las características esenciales de la raza, de modo que la relación de filiación con los vikingos groenlandeses queda de inmediato puesta en tela de juicio.

Por otra parte, no hablaría muy alto de este pueblo el que se desbarrancara tan penosamente en un camino de involución, que los devolvió a un salvajismo y primitivismo total, donde no quedó ni el recuerdo de las pasadas grandezas.

Puesto en el lugar de un vikingófilo, no me sentiría honrado ni halagado por tamaña claudicación.

Pero los esfuerzos de Holand and company no fueron vanos y se abrieron camino en muchos centros de estudio de Estados Unidos y Canadá, centrando sus esfuerzos en la demostración de la autenticidad de la Piedra de Kensington.

Después de la Segunda Guerra Mundial el ambiente era propicio para forzar un poco las cosas. Ambos países, Estados Unidos y Canadá, eran recorridos por un fuerte venticello de arrogante nacionalismo, producto de la victoria, que por momentos alcanzó facetas chauvinistas como en el caso del macarthysmo norteamericano.

Agregado a lo anterior, la vieja convicción de la superioridad sajona sobre el resto de la Humanidad, pensamiento nada nuevo en esos pueblos, hubo un “regreso a lo vikingo”, un ansia de empalmar la historia nacional con los viejos troncos nórdicos en neta distinción con la empresa de Colón.

Los españoles y los portugueses, subproducto que quedaría limitado al ámbito de América Latina que, como todos sabemos, es el vagón de segunda clase del convoy americano. Más allá de México, sería cosa de viejos pueblos germanos que llegaron antes y poblaron antes. De México para acá sería asunto de meridionales. La única posibilidad de dar algún asidero a la tendencia era canonizar a la Piedra de Kensington.

En efecto, las autoridades norteamericanas ordenaron una pericia a fondo, que se extendió a todas las facetas posibles, incluyendo la geológica, arqueológica, geográfica, histórica y runológica, a través de un nutrido regimiento de expertos norteamericanos y europeos.

Quedó demostrado que la piedra es muy antigua, cosa que no estaba en tela de juicio. Que fue grabada por el hombre, asunto que tampoco estaba en discusión. Pero cuando se llegó a la inscripción misma, al texto, la mayor parte de los runólogos dictaminó que no era auténtica, que no correspondía a las lenguas usuales en la fecha de su datación, que presentaba elementos advenedizos, etc. etc... En suma, que es falsa.

Pero el dictamen de un experto en arqueología declaró que de ningún modo pudo hacerse una falsificación sin dejar huellas fáciles de detectar por un perito y que dichas señales no aparecen en la Piedra de Kensington. Vale decir que -en su opinión y sin abrir juicio sobre la inscripción misma- ésta no podía ser de fecha reciente.

Nótese bien el detalle: la runología, que en verdad es la que tiene la última palabra, declaró falsa a la inscripción. Un arqueólogo se limitó a señalar que no puede ser reciente. Pues bien, ello bastó para que la Piedra de Kensington fuera declarada auténtica, siendo trasladada con toda solemnidad, en 1948, al Instituto Smithsoniano del Museo Nacional de Washington, para ser allí expuesta como el más antiguo monumento del hombre europeo en América...

- Asentamientos vikingos en América

La colonización o asentamientos en América del Norte por parte de los vikingos es un hecho que muchos estudiosos conisderan que está documentado arqueológica e históricamente. Ha sido descripta en la tradición literaria escandinava, en obras como la “Saga de Erik, el Rojo” y la “Saga Grœnlendinga”(2).

(2) Frederick Pohl. “The Viking Explorers” (1966), p. 185, New York. Ed Thomas Y. Crowell Company.

En Groenlandia se estableció una colonia a fines del siglo X y perduró hasta la mitad del siglo XV. Los restos de la colonia escandinava de L'Anse aux Meadows en Terranova (Canadá) fueron descubiertos en 1961 por los exploradores Helge y Anne Ingstad(3).

(3) En la punta de la Gran Península del Norte de la Isla de Terranova, los restos de un asentamiento vikingo del siglo XI son evidencia de la primera presencia europea en América del Norte. Los restos excavados de edificios turba de césped con marcos de madera son similares a los encontrados en los nórdicos Groenlandia e Islandia. Este sitio arqueológico en la punta de la Gran Península del Norte de la isla de Terranova contiene los restos excavados de un asentamiento vikingo del siglo XI que consta de edificios con estructura de madera de césped (casas, talleres, etc.) que son idénticos a los encontrados en Groenlandia noruega e Islandia en el mismo período. El sitio es por lo tanto única evidencia de la presencia europea más antigua conocida en el continente americano . L'Anse aux Meadows es el primer y único sitio conocido establecido por los vikingos en América del Norte y la evidencia más temprana de la colonización europea en el Nuevo Mundo. Como tal, es un hito único en la historia de la migración humana y el descubrimiento.

Con frecuencia se asocia la colonización de Terranova con Vinland, país mencionado en las sagas islandesas. En estos documentos se relata la epopeya de los colonos vikingos liderados por Leif Eriksson.

Por otro lado, algunos hallazgos en la Isla de Baffin sugieren una presencia nórdica en esa región después del abandono de L'Anse aux Meadows, aunque también se ha propuesto que esa evidencia material podría corresponder a la Cultura Dorset(4).

(4) La cultura Dorset precedió a la cultura inuit en el Artico norteamericano. Las leyendas inuit mencionan a los tuniit (singular tuniq) o sivullirmiut (“primeros habitantes”), quienes fueron desplazados por los inuit. Según la leyenda, eran “gigantes”, gente más alta y más fuerte que los inuit, pero atemorizados con facilidad por el avance inuit. Los Dorset fueron llamados Skræling por los nórdicos que visitaron el área.

Hay pocas fuentes que describan el contacto existente entre los nativos americanos y los colonos nórdicos, conociéndose sólo el existente entre los thule, a los que denominaban skræling y los nórdicos entre los siglos XII o XIII.

Las sagas sobre Vinland, escritas siglos más tarde, describen el comercio y los conflictos con los pueblos indígenas. La evidencia arqueológica para el contacto en Groenlandia es limitada, pero parece indicar que los noruegos no afectaron sustancialmente las adaptaciones indígenas, sus tecnologías o su cultura.

Actualmente, alrededor de 80 islandeses tienen marcadores genéticos de una mujer indígena que pudo haberse asentado en Islandia en el siglo XI. Para explicarlo se ha formulado la hipótesis de que podría haber sido una mujer llevada a Europa por los exploradores nórdicos.

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