El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

 

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

Américo Vespucio: descubridor del Río de la Plata

Si lo más necesario en todas las ciencias es, como dijo Aristóteles, saber olvidar lo que equivocada o erradamente se aprendió, hemos de reconocer que, a lo menos en los ámbitos de la historiografía argentina son pocas las personas que tienen el deseo, la voluntad y la habilidad para obrar de acuerdo a la sabia máxima de ese filósofo(1).

(1) Material escrito por Guillermo Furlong, publicado en el libro “500 Años de Historia Argentina” (tomo 2), editado por la revista “Siete Días”, bajo la dirección de Félix Luna, en 1988, Editorial Abril.

En unos es, sin duda, la ignorancia, la inercia intelectual o la rutina lo que los incapacita, pero en no pocos son los intereses creados, ciertos sentimentalismos inconducentes y, a la vez, ciertos prejuicios y nacionalismos infantiles, lo que les impide borrar cuanto durante muchos años, tal vez, habían escrito en ese gran pizarrón del intelecto y de la memoria, para comenzar de nuevo.

Admirables manuales de Física y de Química eran, allá por 1910, los de Gannot y Dawson, pero hoy nadie los toma en las manos, pues los sabe anticuados. Lo propio, sin embargo, acaece con los libros de historia, y es un craso error atenerse a ellos, aunque hayan contado con el aplauso de las gentes durante muchos años, ya que el tiempo, lejos de otorgarles infalibilidad o dogmaticidad, los ha ido corroyendo hasta en sus mismas bases.

Decimos esto, por cuanto aún los textos escolares de alto coturno, lejos de dar como cosa cierta que Américo Vespucio llegó al Río de la Plata catorce años antes que Juan de Solís, y recorrió nuestras costas patagónicas hasta los 50° S, dieciocho años antes que Magallanes, ni como hipotéticas, posibles o probables, consignan esas realidades.

Sin embargo, en el actual estado de los estudios históricos, es innegable que Américo Vespucio precedió a Solís y a Magallanes, y es igualmente cierto que, con anterioridad a 1507, “alguien” había ya descubierto el Océano Pacífico, y había navegado las costas del mismo, desde Darién hasta los 50° S, y había visto la cordillera andina, que bordea esas costas, y consignado por escrito, esta realidad.

Contrariamente a lo que pudiera creerse, han sido los españoles (guardianes más interesados en conservar y aumentar las glorias de España vinculadas con América) los que más paladinamente han proclamado que fue Américo Vespucio y no Solís quien descubrió el Río de la Plata y fue el florentino Vespucio y no el lusitano Magallanes quien descubrió las costas de la Patagonia.

Ya en 1949, después de haber estudiado la “América la bien llamada”, de Roberto Levillier, escribió al jesuita español Constantino Bayle que, en esa magna obra,

“se reproducen los mapas anteriores a la expedición de Díaz de Solís, y se advierten en ellos algunos mojones fijos geográficos, aunque cambien los nombres 'Pináculo de Tentio', 'Río Jordán', 'Río Cananor', en el grado 45. Son inconfundibles el altozano de Montevideo y el estuario o desembocadura del Plata, como se prueba, trazando una línea, desde el Cabo de Buena Esperanza, cuya latitud era entonces bien sabida, a la desembocadura del río; y esto no en un mapa, sino en varios de aquella fecha. Es, pues, evidente que antes de Díaz de Solís, entre 1502 y 1516, se conocía el estuario y en su posición justa. Ahora bien, aplíquese la advertencia de arriba: No consta ningún viaje a esas latitudes, sino el descripto por Vespucio; luego, a él se le debe, mientras no se descubran otras fuentes, el descubrimiento del Plata”.

Historiador español de igual prestancia, o mayor, que Bayle, es, sin duda, Francisco Morales Padrón y es él quien en su “Historia de América” (1962), además de decirnos que Américo Vespucio es “el descubridor intelectual de América”, asegura que

“el segundo viaje del florentino (tercero para los que dan por válido el de 1497), lo coloca entre los grandes nautas descubridores ... Aproaron hacia el Sur, en Mayo de 1501... fueron costeando, salpicando la costa de toponímicos: San Roque y San Agustín ... Buscaban un estrecho por dónde ir a las Molucas... Describen cuánto ven. El paisaje rioplatense era estepario, con escasos animales y míseros indios. Los expedicionarios habían ya perdido de vista a la Osa Mayor, y estaban ante la Cruz del Sud. Sus barcos se mecían a 49° de latitud meridional, más al Sur del Río de la Plata, que llamaron río Jordán. Es posible que el periplo se prolongase hasta San Julián. Todo el mes de Febrero corrieron paralelamente a las mesetas y altiplanicies patagónicas, viendo un litoral de acantilados que suceden a las dunas de playas angostas”.

A su vez, Francisco Esteve Barba (“Historiografía Indiana”, Madrid-Buenos Aires, 1964) dedica todo un capítulo a Vespucio, lo defiende contra los que le incriminan por haber dado su nombre a nuestro continente y piensa con Levillier, que

“no hay prueba aceptable para tachar de apócrifa a ninguna de sus cartas” y, por su parte, “debe quedar sentado que Américo fue hombre honrado y normal; ni imaginativo, ni fantástico, ni embaucador”, como afirman sus contrarios.

Recuerda cómo la edición de su “Mundus Novus”, en la edición de Estrasburgo de 1505, llevaba el expresivo título: “De ora antartica por regem Portugal i e pridern inventas”, esto es “Acerca de las costas antárticas primeramente descubiertas, gracias al Rey de Portugal” y, contrariando a sus adversarios, nos dice que el segundo viaje de Vespucio coincidió “con el de Hojeda, con quien, desde luego, navegó”.

Aunque sólo implícitamente, coincide con Morales Padrón en considerar a Vespucio como el descubridor de América, y así nos dice, refiriéndose a su carta sobre el viaje de 1501-1502, que

“desde las primeras líneas, su carta da a entender que ha sido descubierto un Nuevo Mundo". “Antes de este viaje, por lo que se deduce de estas cartas, había hecho otros dos por cuenta del rey de España”.

Hemos tenido particular interés en dar a conocer estas opiniones de historiadores españoles, ya que si ellos no han incurrido ni han podido incurrir en deslealtad para con la España descubridora, tampoco se podrá calificar peyorativamente a los que, no siendo españoles, y decimos esto no sin advertir que ni los españoles de los siglos XV y XVI se ahogaban en el charco de pseudonacionalismos, y bien lo prueba el hecho de que Magallanes y Solís eran portugueses, y Caboto era italiano, y todos ellos contaban con el más generoso apoyo de los reyes de España.

Por lo que respecta a los historiadores rioplatenses posteriores a Levillier, los más conspicuos en el conocimiento del siglo XVI, así en el Paraguay actual, como en lo que es ahora la Argentina, son sin dudas Julio César Chávez y Enrique de Gandía, y ambos están con los historiadores españoles que acabamos de recordar.

Chávez, en 1968, publicó el tomo que rotuló “Descubrimiento y Conquista del Río de la Plata”, y en un capítulo se refiere al tercer viaje de Américo Vespucio, y allí leemos:

“En 1502 partió de Lisboa una expedición destinada a explorar la costa de la Tierra de Vera Cruz; iba mandada por Gonzalo Coelho, y como piloto, Américo Vespucio. Después de tocar en la bahía de Río de Janeiro, siguieron bajando al Sur, pasaron frente al cerro de Montevideo, ‘Pináculo de Tentio’, costearon la boca del gran estuario, que fue llamado ‘Río Jordán’, siguieron hasta los 50° (Patagonia), y tras de este extraordinario periplo, emprendieron la vuelta, singlando hacia Lisboa, adonde llegaron el 7 de Septiembre de 1502.

"Este viaje, que no se puede negar después de los trabajos de Levillier, tuvo gran trascendencia. La ‘Lettera’, que Vespucio escribió al gonfalonieri de Florencia, Pietro Soderini, y la llamada ‘Mundus Novus’, dieron lugar a que el Nuevo Mundo, que visionariamente el florentino intuyó, fuese denominado ‘América’.

“Pero aunque aceptando, como aceptamos, el tercer viaje de Américo tan controvertido y negado, no fue ése el caso”.

Gandía, por su parte, ha afirmado que

“el viaje hasta los 50° de latitud Sur, particularmente nos parece indiscutible, y no creemos que las conclusiones alcanzadas puedan ser destruidas. Vespucio llegó el 17 de Agosto de 1501 a la tierra del Brasil, descendió por la costa hasta el actual Río de la Plata, que llamó Jordán, adonde llegó en Enero o en la primera mitad de Febrero de 1502. Al cerro de Montevideo lo denominó “Pináculo de Tentio”, o sea, de la Tentación, por las tentaciones que habla vencido Cristo. Siguió descendiendo por la costa patagónica hasta los 50° de latitud Sur. De aquí enderezó las naves afuera. El 3 de Abril de 1502, lo sorprendió una tormenta terrible. Al cabo de cuatro días, encontró tierra. Eran las islas que, más tarde, se llamaron Malvinas.

“No han faltado quiénes hayan negado el tercer viaje de América Vespucio, y el que llegara hasta los 50° de latitud Sur, pero todos los argumentos de los tales han sido refutados por Levillier en sus dos grandes libros, en su ‘América, la Bien Llamada’, y en su ‘Américo Vespucio’, como también en no pocos artículos, pero sin haber querido informarse de las razones por él aducidas, hay quienes persisten en negar que Vespucio llegara al Río de la Plata y recorriera las costas patagónicas. Siguen en sus trece, aceptando los documentos que los favorecen.

“Creer que unos documentos -tanto los impresos como los manuscritos-, son falsos y otros son auténticos, es caer en verdaderas aberraciones históricas, aún admitiendo una larga serie de falsificadores diseminados a lo largo de los siglos, no podrían explicarse. Por nuestra parte, hemos publicado en el tomo II de ‘Investigaciones y Ensayos’ de la Academia Nacional de la Historia de Buenos Aires, una monografía sobre el valor testimonial de las cartas de Vespucio. Creemos haber demostrado, en forma indiscutible, que Vespucio, en cada carta, alude a otra anterior. Hemos establecido, así, una correlación perfecta entre todas las cartas de Vespucio, tanto las manuscritas como las impresas en su tiempo. Las cartas revelan la misma mano; tienen afirmaciones que se repiten; se correlacionan a la perfección. La correspondencia de Vespucio, reunida con sucesivos hallazgos, en archivos diferentes y a lo largo de siglos, ahora se comprueba que no es fragmentaria, ni interrupta, ni disímil, sino una serie perfecta de cartas escritas por una sola persona que, en cada una, hace referencia a las anteriores y de evidente e indudable autenticidad. Esto creemos haber demostrado en nuestro estudio citado”.

En toda esta controversia hay un hecho que nadie podrá poner en tela de juicio, y es que en 1507 toda la América Meridional, hasta los 50°, será conocida, y ello no tan sólo por lo que toca a la costa oriental, sino también a la occidental.

Cierto es que cuando Balboa no había descubierto el Mar Pacífico (1513), ni Magallanes había pasado por el Estrecho que lleva su nombre (1520), ni Pizarro había descubierto el Perú (1532), Waldseemüller compuso un doble mapa de nuestra América y en aquél año de l507, los dio al público.

No hay error en la fecha, ya que Glareano, en 1510, y Stobnicza, en 1512, reproducen uno de esos dos mapas y uno de ellos, prima facie, parece un mapa escolar de 1970.

Y en este mapita, que está en la parte decorativa de un gran mapamundi, como un adorno del mismo, coincide con el que se halla en este segundo, aunque por tratarse ésta de una gran carta en forma cordiforme, se halla como distorsionada.

Tan sólo personas desconocedoras de las variaciones de las proyecciones encontrarán desemejanzas entre los dos mapas de nuestra América Meridional, tales cuajes se hallan en esta “Universalis Cosmographia”, de Waldseemüller.

Sin embargo, no hay tales desemejanzas, como lo ha puesto de manifiesto un profesor y doctor en Geografía, Alfredo Rodríguez Galtero, después de comparar las latitudes de uno y otro mapa, con los de un mapa actual:

       Latitud           Mapa grande        Mapa chico       Mapa actual

           0°                   296 - 330              303 - 330              50 - 80

          10°                  310 - 352              317 - 350              36 - 78

          20°                  327 - 350              326 - 354         401/2 - 701/2

          30°                  331 - 349              328 - 353           501/2 - 71

          40°                  327 - 340              330 - 345           631/2 - 73

Si tenemos en cuenta la enorme dificultad con que se tropezaba otrora para medir las longitudes, debido a la poquísima precisión de los instrumentos de entonces, y debido a la dificultad en el traslado de la hora, nada nos ha de sorprender ver las leves diferencias que hay entre el mapa grande, el mapa chico y la realidad hoy conocida, y en el caso que traslademos los grados a kilómetros, según las anchuras de las diferentes latitudes, en el mapa grande, en el chico y en el que ahora sabemos que es la realidad, tenemos estas proporciones:

                                Kilómetros      Kilómetros           Kilómetros

           0°                      3.777               2.999                    3.333

          10°                     4.666               2.555                    4.666

          20°                     2.555               3.111                    3.333

          30°                     1.999               2.777                    2.277

          40°                     1.444               1.666                    1.055

Si comparamos el mapa grande con el que ahora conocemos como exacto, uno y otro son iguales en los 10 grados, mientras que en las otras latitudes oscilan entre los 400 y 700 kilómetros, con un error que sólo llega a un 12°.

Que el diseño de las costas occidentales no era fruto de la casualidad; lo prueba el hecho de que Waldseemüller, a lo largo de las mismas, consignó una larga cadena de montes.

Allí están diseminados desde los 25° hasta los 50° S., y si hasta los 25° se consignan tan sólo algunos núcleos de montañas, se dice que es “terra ultra incógnita”, “tierra más allá desconocida”, pero esa leyenda no se repite en el trayecto de los 25° a los 50°; antes es en esta parte que se estampa una rica toponimia, tomada del mapa de Kunstmann H., de 1502, y se lee la palabra “América”, que por primera vez aparece en un mapa.

La razón de llamarse así se consigna en el folleto que acompaña al mismo mapa: “Porque Américo Vespucio lo había descubierto”.

“Atque in sexto climate. Antarticum versus el pars extrema Africa nu per roperta, et Zanzibar, lava minor et Seuls insule, el quarta orbis pars (quam quia Americus Invenit, Amerig em quasi Americi terram, sive Americam nuncupare licet) site sunt (Fol. 25 s. n.).

“Y en ese sexto clima, en dirección al Antártico, y en la parte extrema del Africa, hallado recientemente, en Zanzíbar, Java menor y en la isla de Seule, y en la cuarta parte del mundo (a la que por haberla descubierto Américo es lícito llamarla Amerigen, esto es, tierra de Américo o América), se hallan...”

“Nunc vero et hae partes sunt latius lustratae el alia quarta pars per Americum Verputium, ut in sequemtibus audietur, inventa est, quam non video cur quis iure vetet ab Americo inventore, sagacis ingenii viro Amerigen quasi Americi terram, sive American dicendam, cum et Europa et Asia a mulieribus sua sortita sint nomina (Fol 33 v. s. n.).

“Pero he aquí que estas partes han sido ampliamente exploradas, como también la otra cuarta parte, que ha sido descubierta por Américo Vespucio, como expondremos en los capítulos siguientes, por lo cual no veo por qué ha de haber quién se oponga a que, del nombre de su descubridor, Américo, varón de ingenio sagaz, no podamos llamar Amerigen, esto es, tierra de América, o América, ya que así a Europa como al Asia les tocó nombres tomados de mujeres”.

No había asomo de desprecio por el asombroso descubrimiento efectuado por Colón, pero éste y las gentes creían que sus descubrimientos eran regiones del Asia; para Waldseemüller, empero, Américo Vespucio fue el primero en proclamar que lo descubierto no era parte del Asia, sino otro continente; era él, el descubridor de un nuevo mundo, de un cuarto continente.

Habrían de pasar muchos años antes que los sabios advirtieran que Colón era, desde 1492, el verdadero descubridor de América, aunque murió él sin caer en la cuenta de su descubrimiento, persuadido que sólo había llegado hasta el Asia.

Eso explica el que en la parte superior exornativa del gran mapamundi, no colocara, Waldseemüller, los retratos de Colón y Vespucio, sino el de éste y el de Tolomeo, y si al lado de éste hay un redondel con la silueta del Viejo Mundo: Europa, Africa y Asia, al lado de Vespucio se halla otro redondel o hemisferio, con sólo la sorprendente silueta de América, inexplicable para quienes no aceptan el viaje de 1501-1502, hasta los 50° de latitud Sur.

Lo cierto es que todas las naciones consideraron como un hecho cierto ese viaje, y los mismos españoles, así los hombres de ciencia como los nautas y hasta los reyes, lo consideraron una realidad histórica innegable.

Sería ridículo decir que los escritos de Américo Vespucio, con los resultados de sus viajes, no llegaron a noticia de los españoles, y esto explicaría el que ellos no contradijeran, ni oficialmente ni extraoficialmente, sus asertos, ya que esos escritos fueron los best sellers de la época: Entre 1503 y 1506, el “Mundus Novus” tuvo 23 ediciones latinas, idioma entonces universalmente conocido, y sin embargo fue traducido al alemán, al holandés, al italiano, al checo y al francés, y las “Quattuor Navigationes”, aparecida en 1507, fue seis veces reeditada en ese mismo año de su aparición.

Los españoles, lejos de refutar las supuestas falsías y descaradas mentiras de Vespucio, las confirmarán explícitamente. Así, Magallanes, aunque portugués, pero al servicio de España, aceptaba como un hecho cierto el viaje de Vespucio hasta los 50° S, como refirió años después, el historiador Francisco López de Gomara: Esto es que, habiendo llegado a aquel punto, llamado entonces Tierra de Marzo, en la costa patagónica, entre los 45° y 50°, y queriendo la descontenta tripulación que se volviese a España, repuso Magallanes que hasta esa región había llegado Américo Vespucio, y que le daría vergüenza volver sin ningún progreso. Vale la pena transcribir las textuales palabras del cronista:

“Magallanes dijo que le sería muy gran vergüenza tornarse de allí, por aquel poco trabajo de hambre y frío, sin ver el estrecho que buscaba o el cabo de aquella tierra y que presto se pasaría el frío y la hambre, remediaría con la orden y tasa que andaba y con la mucha pesca y caza que hacer podían; que navegasen algunos días, venida la primavera, hasta subir a 65° -sesenta y cinco grados-, pues a esa altura se navegaban Escocia, Noruega e Islandia; y pues había llegado cerca de allí Américo Vespucio, y que si no hallase lo que tanto deseaba, que se volvería. Ellos y la mayor parte de la gente, suspirando por volverse, le requirieron, una y muchas veces, que sin ir más adelante, diese vuelta. Magallanes se mucho enojó de ello y mostrándole los dientes, como hombre de ánimo y de honra, prendió y castigó a algunos”.

Portugués como Magallanes era el catedrático de Salamanca, Pedro Margallo, aunque también al servicio de España, y fue él quien editó, en 1520, un volumen que rotuló “Phisicos Compendium”, en cuyo folio 111, al describir las diversas partes del mundo, escribió:

“La primera es Europa; la segunda y mayor es Asia; la tercera, Africa; y la cuarta, América, descubierta por Vespucio...” (“...ab Vesputio inventas”).

No ya en 1520, y no tan sólo en España, sino desde los primeros años del siglo XVI, fue un hecho admitido como cierto, que Vespucio había descubierto lo que entonces se llamó América, comprensiva de la América Meridional, y que ésta, justicieramente, había merecido llevar el nombre de su afortunado descubridor.

Ruysh, en su Tolomeo, de 1508, pudo escribir, refiriéndose a América, que

“los nautas portugueses han examinado esa parte de la tierra y alcanzaron al grado 50 de la elevación del polo antártico, sin encontrar su fin austral”,

y el embajador español, Fernando Tellez, ante Julio II y toda la Corte Romana, pudo decir, el 1 de Julio de 1508 que, en nombre de Juana, reina de las Españas, y de Fernando, rey de Aragón y de las dos Sicilia,

“entregamos otro mundo explorado y conocido por nuestras navegaciones. Y la duda de nuestros mayores de si teníamos antípodas en el otro hemisferio ha tenido, bajo los auspicios de nuestros príncipes, la explicación de que allá hay más cielo y tierra que la extensión de toda Europa. Diré, pues, que han sido descubiertas hace poco las ricas islas del mar Indico y transformadas ya en campos suburbanos de los españoles. También éstas confiamos a tu Imperio”.

Francisco de Albertini, refiriendo los acontecimientos del Vaticano, correspondientes al año anterior, nos dice que uno de ellos fue la embajada de florentinos que se presentó a saludar al Papa, y éste, al retribuirles la visita, recordó que fue

“un verdadero profeta en lo que respecta al gobierno del Nuevo Mundo, el florentino Américo Vespucio, al ser enviado por el fidelísimo rey de Portugal”

y, finalmente, por cuenta del rey de las Españas, ha sido el primero en descubrir unas nuevas islas y lugares desconocidos, como gráficamente aparece en su libro, donde describió las rutas siderales y las nuevas islas, así como también en la epístola que, sobre el Nuevo Mundo, escribió a Lorenzo de Médicis.

Hasta el teatro inglés, el 25 de Octubre de 1511, se hizo eco de la hazaña de Vespucio:

“But this newe lands founde lately / Ben callyd America, by cause only / Americus dyd furst them fynde”.

“Pero estas nuevas tierras descubiertas últimamente / fueron llamadas América por la única razón / de que Américo fue el primero en descubrirlas”.

Es Jorge Tanstetter quien, en unos comentarios sobre la “Cosmografía de Alberto Magno”, después de recordar cómo este cosmógrafo del siglo XIII sostenía que el hemisferio austral podía ser habitado hasta los 50 grados de latitud, exclamaba en 1515:

“¡Oh! Su conclusión es que, más allá de la eclíptica, en 50 grados de latitud, era habitable esa región que Vespucio, en sus viajes de años pasados, descubrió y describió”.

Juan Shoner, conocidísimo geógrafo, astrónomo y cosmógrafo, pero adverso a Vespucio, intituló uno de los capítulos de un escrito suyo, publicado en 1515: “América, querta pars mundi cum novem insulis adyacentibus”, y en el texto nos dice que

“América -o Amerigen-, Nuevo Mundo y cuarta parte del orbe, se llamó así por su descubridor, Américo Vespucio, hombre de sagaz ingenio, que fue quien la descubrió el año del Señor de 1497. Sus habitantes son hombres salvajes, altos y de elegante porte”, etc.

Estos son tan sólo unos pocos de los tantos testimonios acerca de Vespucio, proferidos por hombres de las más variadas nacionalidades, y prueban lo que escribió Carlos Pereira que, después del primer viaje de Colón, el sacudimiento intelectual más profundo de que guarda memoria la historia el Renacimiento, “fue el periplo de Vespucio hasta los 50° Sur”.

Los mismos monarcas españoles estaban bien al tanto de los viajes de Vespucio y los consideraban reales, y a causa de haber él estado en el Río de la Plata, en su expedición de 1502 - 1505, desaprobaron el que Solís, cuya misión era otra, hubiese tomado posesión de esas tierras en nombre del Rey de España, por considerarlas (erradamente, por cierto), como del Rey de Portugal.

A lo menos un documento, existente en el Archivo de Simancas, y publicado por José Toribio Medina en 1907, nos lo dice:

“Américo Vespucio, en el año 1501, entró en el Río de la Plata, hasta allí ignorado de las naciones de Europa y halló en este río islas riquísimas, con innumerables minas de piedras preciosas y de plata.

“Y siendo el año de 1515, y yendo Juan Díaz de Solís a descubrir el nuevo camino para los Molucas, llegó a la isla de San Gabriel, donde dicen que desembarcó, e hizo todos los actos de posesión, en nombre de la Corona de Castilla, lo cual no tuvo efecto, por la prudencia y real generosidad con que los Reyes Católicos mandaron reparar esta acción; porque reconociendo que este río pertenecía a la Corona de Portugal, por haberlo descubierto y tomado posesión de él, Américo Vespucio, en nombre del serenísimo rey, Don Manuel, en quince años primero que Juan Díaz de Solís, mandaron a Sebastián Caboto, piloto mayor de aquella Corona, cuando en el año 1525 pasó al Río de la Plata, que se le diese por regimiento expreso, que hahía de hacer su viaje por los límites y demarcación de su Corona, sin tocar en los que pertenecían a Portugal”.

Nada digamos de la cartografía ya que, a partir del 1500, toda ella proclamaba gritos que la América Meridional, hasta el Río de la Plata, era ya conocida en los primeros años de la decimosexta centuria, mucho antes que Solís arribara a estas partes del Nuevo Mundo.

Así, el mapa de Juan de la Cosa que es de 1500, según se lee en la misma cartela de esa extraordinaria pieza cartográfica, aunque es evidente que hay agregados que corresponden a años posteriores, 1500-1508, y en él se consigna una gran entrada hacia el poniente, precisamente a la altura del Cabo Agujas, en Africa, lo que coincide (34° - 35°) con el Río de la Plata.

No lleva nombre, está sólo virtualmente, pero allí se halla en la forma más elocuente. Aquí cabe la expresión latina: inteligentibus pauca: “con poco se contentan los hombres de entendimiento sagaz”.

Si hay a quienes todo lo dicho extrañe y sorprenda, y hasta les resulte inconcebible, a nosotros, por el contrario, lo que nos resulta inexplicable y hasta misterioso, es que un hecho de esa magnitud, otrora universalmente aceptado, se haya podido diluir y hasta eclipsarse totalmente, reemplazado por otros elementos contrarios y contradictorios.

Sin duda que los nacionalismos, que tanto se agudizaron en el correr del siglo XVII, contribuyeron a esa transmutación. Pero con Humboldt se inauguró una serena revisión, y hombres de la talla de Harisse, de Vignaud, de Magnaghi, de O’Gorman, de Sanz López y Roberto Levillier, y sus grandes libros “América, la bien llamada” y “Américo Vespucio”.

Información adicional