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LA DESOBEDIENCIA DE CABOTO

En 1529, cuando Sebastián Caboto estaba aún en Sancti Spiritu, se dio a conocer un mapa que incluía por primera vez, los ríos Carcarañá, Paraguay y Lepeti (o Ypetin), que no es sino el Bermejo(1).

(1) Material escrito por Hugo L. Sylvester y publicado bajo el título “La increíble historia de Sancti Spiritu”, en el libro “500 Años de Historia Argentina” (tomo 2), editado por la revista “Siete Días”, bajo la dirección de Félix Luna, en 1988, Editorial Abril.

Pertenecía a la carta de navegar que realizó Diego Ribero o Ribeiro, quien sucedió temporariamente a Caboto, en el cargo de Piloto Mayor del reino, por mandato de Carlos V.

Este mapa llevaba estampada, en la parte superior, una leyenda que dice:

Esta tierra descubrió Juhan de Solís, en el año de 1515 ó 1516, donde ahora esta Sebastián Caboto(2) en una casa fuerte que allí hizo. Es tierra bien dispuesta para dar pan y vino, en mucha abundancia. El río es muy grandísimo y de mucha pesquería. Creen que hay oro y plata en la tierra adentro”.

(2) En las historias, crónicas y documentos, no se observa ortografía uniforme al escribir este nombre: se encuentra Gabotto, Gaboto, Kabotto. El descubridor firmaba: Caboto.

Estos datos coinciden, fundamentalmente con la carta que Luis Ramírez envió a su padre, y que fechó en San Salvador, el 10 de Julio de 1528. Más o menos en dicha fecha, Caboto decidió enviar una embarcación a España al mando de Roger Barlow y de Fernando Calderón, en un bergantín que apenas si contaba unas 40 toneladas.

Una carta de Caboto al rey, y la carta de Ramírez, acompañaba a algunas planchas y coronas de plata, como así también “tres ovejas de la tierra” (llamas de las que había en abundancia en las cercanías del Carcarañá).

La embarcación llegó a Sevilla en los primeros días de Noviembre de ese año, 1528, y los emisarios de Caboto pusieron en manos del Emperador las cartas y piezas de metal, en la ciudad de Toledo, donde se hallaba entonces la Corte.

Carlos V puso todo su empeño para acudir en auxilio de Caboto aprestando, a tal fin, una carabela. Sin embargo, todavía a fines de Junio de 1530, no había podido partir la misma. A fines de Julio, la Santa María de Espinar amarraba en Sevilla, de regreso del Río de la Plata, con Caboto a bordo.

Es interesante señalar la rapidez con que se procedía a publicar las cartas de navegación, confeccionadas por pilotos y cosmógrafos, con los nuevos datos geográficos y de población.

Si se pregunta a un alumno de escuela primaria y aún del secundario, cuál fue la primera población en tierra argentina, seguramente contestará que fue Buenos Aires, la que fundó Pedro de Mendoza, en 1536. Pero no es así.

La primera población estable de estas tierras fue fundada por Sebastián Caboto, diez años antes que Buenos Aires y se llamó Sancti Spiritu. Un poblado esforzado y valiente, que finalmente sucumbió, como también Buenos Aires, ante el ataque de los aborígenes.

Pero durante su existencia ocurrieron cosas que pueden parecer increíbles y que relataremos a continuación.

Cuando los reyes de España firman, en 1514, con Juan Díaz de Solís, una capitulación para recorrer las costas de América en dirección al Sud, lo hacen con la intención de encontrar un Paso que comunicara los océanos Atlántico y Pacífico.

Ninguna expedición había recorrido antes las regiones de nuestro Río de la Plata. El viaje de Solís estuvo rodeado del más estricto secreto, para impedir que la noticia llegase a conocimiento del rey de Portugal que, en virtud de acuerdos celebrados, podía pedir la inmediata suspensión del mismo.

Díaz de Solís parte de San Lúcar de Barrameda el 8 de Octubre de 1515. Lo hace en dos naos, de apenas treinta toneladas, y otra mayor de sesenta. Lo acompañan, en total, sesenta hombres.

Tras su viaje de itinerario incierto, las tres pequeñas naves se encuentran navegando ya en aguas de nuestro río Paraná, más precisamente en la desembocadura del Parana Guasu, en los primeros días del mes de Febrero de 1516, es decir, cuatro meses después de la partida.

En ese mismo mes, costea la desembocadura del río Uruguay y llega hasta la isla de Martín García, donde desembarca para enterrar allí a un marinero de ese nombre.

Y enseguida acaece el triste episodio que da término a su incursión por nuestras costas: Se dirige a las márgenes del Uruguay y desembarca, con una canoa, en compañía de dos delegados del rey, tres marineros y un grumete, llamado Francisco del Puerto, primero de los tres náufragos que habrá de jugar un papel fundamental en lo que está por venir.

Apenas tocan tierra, son salvajemente atacados por indios guaraníes. Sin nada poder hacer por ellos, los españoles contemplan horrorizados, desde las carabelas, cómo son muertos, despedazados y comidos por los indígenas, con excepción del grumete, que es llevado prisionero.

La muerte de Díaz de Solís impuso el inmediato regreso a España de la expedición. Pero cuando están frente a Brasil, antes de poner proa definitiva en procura del cruce del océano, una de las carabelas naufraga, el mes de Abril, en Los Patos, frente a la isla Santa Catalina, quedando en tierra 18 hombres.

Los náufragos tuvieron suerte varia. Siete de ellos se fueron por la costa, hacia el Norte, y cayeron en poder de los portugueses. Uno -Alejo García-, atraído por las fantásticas noticias que los indígenas daban sobre la existencia de un Imperio fabulosamente rico en dirección al Oeste, se puso a la cabeza de varios centenares de ellos, y en compañía de cuatro de los náufragos, parte en busca del "Imperio del Rey Blanco" y de la "Sierra de la Plata", en un viaje épico, verdaderamente extraordinario.

Los seis restantes, quedaron en Los Patos. Cuatro de estos murieron y, finalmente los dos restantes -Enrique Montes y Melchor Ramírez-, habrán de ser también protagonistas decisivos.

- La opinión corriente

La opinión corriente es que Caboto se estableció allí, en medio de la hostilidad indígena, se parapetó momentáneamente en un fuerte, hasta que una noche los indios lo tomaron por asalto, y mataron a todos los españoles, huyendo Caboto del lugar.

Se agrega a esto que la razón de la destrucción tuvo por origen la encendida pasión de un cacique por Lucía Miranda, esposa del capitán español Sebastián Hurtado. O sea que el carácter de la ocupación habría sido, desde el comienzo, completamente precario y transitorio. Es hora, sin embargo, de componer una imagen real y dar a conocer la verdad, que fue muy otra.

Inmediatamente después de instalado, Caboto convocó a todos los indios de la comarca, les hizo conocer su voluntad de “pacificación de la tierra” y llegó a un acuerdo con ellos.

Los querandíes -gente de campo, muy ligera, manteniéndose de la caza que matan- suministrarían carne (venado, avestruces, guanacos o llamas); los timbúes, pescado y grasa de pescado; los caracaráes -pueblo sembrador y cultivador, de quienes toma su nombre el río Carcarañá- calabazas, habas y avati.

Retribuyó con equidad las prestaciones de los indígenas, delegando en Enrique Montes la provisión del material de intercambio: tijeras, cuchillos, hachuelas, punzones, hilo, paños, agujas, y sobre todo anzuelos de tamaño diverso y en cantidad, no olvidando a las indias, que recibían espejos y adornos.

La presencia de Caboto en el lugar era clandestina. Estaba impedido, por consiguiente, de “fundar”. Sin embargo, procedió a hacer “repartimientos de tierras y heredades y cortijos, se hicieron sementeras de pan y estuvieron allí edificando y labrando y sembrando tiempo de tres años”.

Las jóvenes indias no tardaron en formar familia con muchos de los expedicionarios y se procedió a construir, para su alojamiento, no menos de veinte viviendas, con troncos, barro y paja, es decir, los típicos ranchos que se hacen en las islas y en las costas del Paraná.

Y a los seis meses de formada la aldea tuvo, finalmente, su recinto fortificado: entre todos se excavó un foso, con la tierra extraída se levantó un muro y se instalaron allí construcciones para enseres, víveres, etc., recinto que estaba defendido con más de una docena de piezas de artillería.

Desde muy temprano los hombres se dirigían a atender los sembrados. Otros recorrían los espineles (la palabra espinel es usada por Enrique Montes en su rendición de cuentas), se refaccionaron las embarcaciones, se construyeron otras menores, se mantenían buenas condiciones las armas de fuego.

Un día se encontraron 52 gramos de trigo y algunos de cebada, en el fondo de las naves. Se los sembró y con gran alborozo se celebró una cosecha que llenó de asombro a todos; siembra que se repitió nuevamente, cuando llegó el tiempo. Así transcurrió la vida del pequeño pueblo, en perfecta paz, durante casi dos años y medio. Sancti Spiritu fue, pues, la primera auténtica población de nuestro territorio.

Fue precursora en múltiples aspectos. Allí se produjo el nacimiento de la nueva raza con la unión de indias y españoles; allí se sembró sistemáticamente, donde después habría de convertirse en una de las zonas agrícolas más importantes del mundo; allí, celebróse Misa todas las semanas, en la cámara donde vivía Caboto.

- Primera tentativa de Caboto

Las rígidas normas de disciplina impuestas por Caboto desde el comienzo en el establecimiento, apuntaban a un primordial objetivo: establecer normas leales de convivencia con los indígenas amigos, y mantenerlas a toda costa.

Fuese quién fuese el perturbador -español o nativo-, lo pagaría caro. Una de las medidas más importantes consistía en la prohibición de rescatar o quitar a los indios cualquier objeto, así fuese oro, plata o alimentos.

El marinero Ortuño Aguirre fue azotado públicamente por haberse apoderado de tres calabazas. El robo de cualquier clase, se castigaba ejemplarmente: En tres ocasiones hizo “enclavar” la mano a infractores. Y si el hurto era de significación -como en el caso del marinero Lorenzo de la Palma, que quiso complicar a algunos indígenas, intentando huir además- el transgresor era azotado y desorejado.

Martín Vizcaíno, marinero que no bien llegados al lugar procedió arbitrariamente con una canoa indígena y se apoderó de ropas y alimentos, fue inmediatamente juzgado, condenado a la horca y ejecutado sin más trámite.

Esta política de recíproca confianza y de firme ejemplo dio sus frutos. La vida transcurría plácidamente y sin zozobras. Dos meses después de estar en Sancti Spiritu, la expedición se había recuperado totalmente, tanto en su estado físico como espiritual.

Caboto dispuso que quienes habían quedado en San Salvador, viniesen al Carcarañá. Salvo el puñado de hombres que quedó con Antón Grajeda, todos los hombres de la expedición, a fines del invierno, estaban reunidos en Sancti Spiritu, listos para emprender la empresa.

“Estábamos todos tan buenos y tan frescos como cuando salimos de España...”, dice Luis Ramírez en su carta. Una vez reunida toda la gente, Caboto despachó exploradores, para averiguar si era posible llegar por tierra a las sierras. Estaban ya listos para partir, cuando los querandíes el informaron que el viaje era en ese momento imposible “porque, le dijeron, en ocho jornadas no hallarían agua”.

Procedió entonces a hacer construir un bergantín y como todos estaban repuestos, dispuso que se guardasen, en el recinto fortificado, todos los bienes de valor, nombró tenedor de bienes de difuntos a Antonio Ponce, extendió título de sucesor de su mando a Miguel Rifos, dejó a treinta hombres al mando de Gregorio Caro y partió con la galera y un bergantín, y el 23 de Diciembre de 1527, con 130 hombres, siete meses después de haberse instalado en Sancti Spiritu.

La empresa de remontar el Paraná resultó ardua y penosa. Faltó comida, debían navegar muy lentamente a la sirga por falta de viento, se vieron duramente hostilizados por los indígenas.

Hasta que en las cercanías del Bermejo, fueron víctimas de una celada por parte de los chandules, parcialidad guaraní, quienes, contando con la increíble complicidad de Francisco del Puerto atacaron al bergantín, matando 18 hombres, entre ellos a Miguel Rifos, sucesor de Caboto y veedor de los armadores en la nave capitana. En vista de la hostilidad circundante, Caboto decide regresar a Sancti Spiritu, cuando corría ya el mes de Mayo de 1528.

Había bajado muchas leguas cuando, ante el asombro general, viéronse asomar dos velas que iban remontando el río; pertenecían a la armada de Diego García de Moguer.

- Más gente en el Carcarañá

Diego García de Moguer había llegado a principios de 1528 al Río de la Plata. Su capitulación con el rey, le permitía entrar en la región, cosa que hizo ansioso por encontrarse con los cristianos que, suponía, andaban por allí, en vista de las huellas que había notado.

No sospechaba quiénes podrían ser, y lo menos que imaginó fue que lo fueran Caboto y sus compañeros, cuyo destino, al salir de España se sabía que eran las Molucas. Grande fue su sorpresa cuando, al enfrentar unas canoas indígenas y un batel armado, pudo reconocer a Grajeda. No menor fue la sorpresa de éste, pues supuso que serían Rojas, Rodas y Méndez los que se presentaban en el bergantín, a vengar la afrenta con ellos cometida.

Grajeda invitó a su nave a García. Narróle todo lo acontecido con la armada de Caboto hasta el momento, y concluyó por referirle que ese mismo día había recibido carta suya donde le avisaba como, remontando el Paraná, en un combate con los indios, había tenido “gran victoria”.

García echa sus cálculos, termina de dejar listo otro bergantín que traía desarmado, y empieza a remontar el curso del Paraná, llevando como tripulantes sesenta hombres, los mejores que tenía.

Siguiendo su viaje, fue a dar al fuerte donde encuentra a Caro, quien ya tenía noticias de la presencia de García por carta que le remitiera Grajeda.

En Sancti Spiritu pareció, en un primer momento, que todo habría de cambiar. Porque García intima a Caro, para que de inmediato “se fuese de aquella conquista, que no era la suya”.

En un primer momento, Caro accedió a ello, poniendo el mejor de sus semblantes. Su guarnición no pasaba de treinta hombres y, además, las noticias que tenía su jefe eran muy diversas de las que Grajeda había hecho a García. Ruega, en consecuencia, a García, que acuda en ayuda de Caboto, quien así lo hace. Hasta que se produce el encuentro con Caboto, a altura de la actual Ciudad de Santa Fe.

Como es de suponer, el enfrentamiento entre Caboto y García fue poco cordial. Pero al cabo de ciertos “debates y requerimientos”, y teniendo en cuenta el ensoberbecimiento de los chandules ante su victoria, que ambos se encontraban sin provisiones y que Sancti Spiritu no se hallaba lejos, acordaron unirse y bajar a la fortaleza, construir una media docena de bergantines y subir enseguida unidos para continuar la exploración del río.

Nuevamente y durante varios meses, la vida volvió a discurrir cómoda y tranquila en el Carcarañá, con el alegre zumbido de las sierras, el tableteo de los martillos, la paciencia de los calafates, en la tarea de construir los bergantines.

Aunque Caboto no vaciló en imponer toda su disciplina a los hombres de García: Les impedía salir a pescar o que tuviesen un comportamiento inadecuado con los indígenas. Llegó incluso a emplazarles la artillería, cuando quisieron salir con sus respectivas canoas.

- Segunda tentativa y expedición por tierra

Pero ni Caboto se había desviado de su periplo a las Molucas, ni García se apartaba del Paraná, por insignificantes razones: el hechizo del oro y de la plata en cantidades de fantasía, los mantenía en continuo deslumbramiento. Los bergantines estaban construidos. Todo está listo para emprender una nueva salida, aguas arriba, del Paraná.

Y así se hizo. Cuatro bergantines de Caboto y tres de García parten el mes de Diciembre. Pero, pocos días antes de partir Caboto, lleva adelante otro proyecto, largamente madurado desde su arribo al Carcarañá: autoriza al más importante de sus hombres de armas, el capitán Francisco César, para emprender una expedición por tierra, para ir en procura de las sierras y de sus minas.

¿No descendía el Carcarañá de las montañas? ¿No habían establecido el fuerte precisamente allí por esa razón?

César inicia su expedición en compañía de 14 hombres, sin siquiera remotamente sospechar que esa expedición de ida y vuelta hasta las sierras de Córdoba, bordeando el río Carcarañá, habrá de convertirse en causa de fabuloso mito, y su nombre habrá de permanecer asociado para siempre a una de las más bellas leyendas de la conquista de América.

La segunda expedición por el Paraná fue breve y desalentadora. Pronto reciben noticias que los chandules esperan el momento propicio para asaltar simultáneamente a Sancti Spiritu y a las embarcaciones, en cuanto desembarcaran en cualquier lugar: al cabo de sesenta días, entre ida y vuelta, Caboto y García anclan nuevamente sus embarcaciones frente al fuerte. Y ocho días después, con siete de sus compañeros, aparece Francisco César con noticias que despiertan el loco entusiasmo de todos los expedicionarios.

Los acontecimientos se precipitan

El objetivo largamente soñado estaba logrado: Las famosas sierras existían. Uno de los compañeros de César manifiesta a Caboto que “habían visto grandes riquezas de oro y plata y piedras preciosas”. César enseña, asimismo, algunas muestras de oro.

Narra, minuciosamente, la presencia de un mundo indígena distinto del que conocían en el Paraná. Caboto estaba justificado en su incumplimiento de la capitulación. Coinciden que habían de dirigirse todos los hombres, de inmediato, a los lugares descubiertos por César.

Caboto escribe a Antón Grajeda informándole sobre las buenas nuevas traídas por César, diciéndole que está dispuesto a partir enseguida hacia las minas, recomendándole que tuviera cuidado de que las naves permaneciesen a buen resguardo durante su ausencia.

Pero el propio Grajeda -que hasta entonces había permanecido quieto en San Salvador, en una especie de apoyo logístico con hombres y naves en la desembocadura del Plata- le contestó que esta vez no quería quedarse sin tomar participación en el proyectado viaje.

Pero esta rápida y primera determinación de Caboto queda en suspenso. Se celebra una amplia junta, donde cambian opiniones Caboto, García y todos los oficiales, donde se decide que ambos capitanes se trasladen a San Salvador, llevando la galera y los bergantines, para dejarlos bajo la inmediata vigilancia de Grajeda.

De esta manera, la guarnición que quedaría a cargo del Fuerte, estaría libre del problema de defender las embarcaciones. Estamos ya en el mes de Febrero de 1529. De aquí al mes de Septiembre se desencadena una serie de acontecimientos que van adquiriendo cada vez mayor gravedad y que culmina con la abierta hostilidad de los guaraníes.

Las relaciones con los guaraníes eran de tipo muy especial. Luis Ramírez dice, en su conocida carta, que “aquí está otra generación, los cuales se llamaban guaraníes y por otro nombre, chandris”. Son también los mismos chandules que habían matado a Rifos, en la primera expedición por el Paraná.

“Andan derramados por esta tierra -prosigue Ramírez- y por muchas otras, como corsarios, a causa de ser enemigos de todas estas otras naciones y de otras muchas. Son gente muy traidora. Todo lo que hacen es con traición, estos señorean grande parte de esta India y confinan con los que habitan en la sierra”.

Desde el momento que Caboto logra un firme acuerdo con timbúes y caracaráes, difícilmente logrará ganarse la confianza de los guaraníes. Si bien Ramírez dice que también “son nuestros amigos”, surge evidentemente de su carta que los verdaderos amigos y con quienes se estaba en estrecha relación, no eran precisamente ellos.

Gregorio Caro habría de declarar después, que el verdadero propósito del viaje de Caboto a San Salvador tenía por principal objetivo hacer un escarmiento a los guaraníes. En tal sentido, ya había encargado a Antonio Montoya, contador de La Trinidad que, con un bergantín, cumpliese la misión de convocar a la guerra a timbúes y caracaráes, misión que se preparó y cumplió exitosamente.

Pero la decisión de los guaraníes -conocida ya cuando Caboto y García fueron advertidos, en su segundo viaje, por el Paraná- era no menos resuelta y definitiva.

- Las vías de hecho

En cierto modo, el conflicto estaba declarado. Resuelto el viaje a San Salvador, Caboto despachó adelante a Montoya, a cargo de uno de los bergantines, y a Juan de Junco, tesorero de la Santa María del Espinar y séptimo en el orden de sucesión del mando de Caboto, con una barca y un bergantín pequeño, de los de García.

A unas 15 leguas de la fortaleza, aguas abajo, vieron muchos indios en un rancho, y con deseos de “tomar lengua”, se acercaron a la orilla, notando que huían y temiendo que hubiesen cometido “alguna ruindad”.

Bajó a tierra Montoya con dos hombres, y se encontró con una caja escondida entre las malezas, las ropas y los restos de tres españoles despedazados que se supo después iban de San Salvador al fuerte, dos de los de Caboto y uno de García. Atento a lo que pasaba, Montoya despachó inmediatamente dos hombres a Sancti Spiritu, para que manifestasen a Caboto lo que estaba ocurriendo.

En vista de esta noticia, se decidió en el fuerte disponer medidas contundentes. Se acordó dar un asalto a ranchos indígenas de las islas vecinas, para lo cual se comisionó al capitán Caro quien, sin vacilar, mató a cien de ellos y se llevó prisioneros a mujeres y niños.

Y al haberse escapado algunos indios, que también habían sido hechos prisioneros, volvieron a salir, mandados ya en persona por Caboto y García, en cuatro bergantines y con ochenta hombres, y mataron los que pudieron en la isla que está enfrente del fuerte, río Coronda por medio.

Los caciques, cuyas mujeres y niños estaban prisioneros en el fuerte, se presentaron ante Caboto en solicitud para que pusiese en libertad a sus familiares. Caboto, a quien su política de apaciguamiento y entendimiento ya se le iba de las manos, les habló largamente.

Ofreció mantener buenas relaciones, como las que antes habían tenido con el fuerte, y concluyó, finalmente, por entregarles mujeres e hijos. Pero los indios -que eran precisamente los que traían todos los días las provisiones de pescado- no aparecieron al día siguiente ni aparecieron más.

Finalmente, unos ocho días antes de que Caboto se dirigiera a San Salvador, al ver pasar al cacique Jaguary en una canoa por el río, y al no presentarse rápidamente a su llamado, lo hizo traer, le asestó un bofetón y dejó que uno de los marineros, Nicolás de Nápoles, le asestara una cuchillada.

Es en esas dramáticas circunstancias, que Caboto emprende su viaje a San Salvador con cien hombres, llevando la galera y tres bergantines, dejando 80 hombres en Sancti Spiritu y tres bergantines, uno de los cuales, con la proa en tierra y semihundido. No bien salido, recibe alarmantes noticias sobre la decisión inminente de los guaraníes de incendiar y destruir el fuerte.

Caboto, sin embargo, confiando en las decisiones que había tomado antes de partir, y en las órdenes estrictas que había dejado para prevenir el hecho, decide seguir adelante.

- La suerte estaba echada: la última noche

Fresca noche de Septiembre. Quienes conocen el encanto profundo y silencioso de las noches en el Paraná; quienes viven en íntimo contacto con la naturaleza en ese humilde pueblo de pescadores que ocupa actualmente el lugar donde estuvo emplazado el fuerte Sancti Spiritu, tal vez comprendan la emoción de quien, como el autor (que también es hombre de río y que aprendió a nadar en aguas del Coronda, muy cerca de allí), tenga ahora que narrar aquella última noche, de hace cuatro siglos y medio, en el mes de Septiembre de 1529.

El cirujano maestre Pedro acompañaba al sargento mayor Juan de Cienfuegos en la ronda más difícil de la noche: la del cuarto del alba. Faltaba todavía largo rato para amanecer.

Fueron hasta la barranca, miraron el río. Todo en orden. Una bandada de patos pasaría volando muy alto, hacia las islas. Uno de los bergantines, con su amarra de hierro clavada algo separada de la costa, cabeceaba suavemente, con un rítmico chasquido, a cada pequeña ola que rompía en la playa.

Examinaron las dos lombardas que apuntaban hacia el río; estaban cebadas, tal como lo había dispuesto el señor capitán general antes de partir, dos días antes. Al menos eso, estaba cumplido. Volvieron lentamente a lo largo del muro hasta la casa principal, o sea hasta la cámara donde dormía el capitán Caro, en compañía de una docena de hombres. Se acercaron al fuego. Arrimaron con cuidado algunas ramas y en voz queda, prosiguió Cienfuegos el preocupado diálogo.

Las severas disposiciones que el capitán general había decidido adoptar en los días anteriores a su partida, habían provocado un mar de discusiones. La reprimenda más enérgica, la había recibido Caro, cuando el capitán general le prohibió, terminantemente, que la gente que vivía en el fuerte siguiera pasando las noches entregada al juego. Además, desde entonces, debían cumplirse cuatro sobrerrondas durante la noche, compuesta cada una por tres hombres, uno de los cuales era directamente responsable ante el capitán general de lo que pudiera ocurrir.

Maestre Pedro echó una mirada al dormido capitán Caro. ¿Qué le hubiera costado ceder? Todos sabían perfectamente que el mayor peligro que el fuerte podía correr provenía del incendio, por hallarse sus ranchos cubiertos con paja.

¿Por qué no aceptó la idea de destecharlo todo? ¿Por qué no aceptó hacer una tapia en medio de la fortaleza y trasladar allí las viviendas de los soldados, cubriendo algunas con barro y dejando a todas descubiertas por el momento?

“Parecerían así camarillas de mujeres de mal vivir”, fue la descomedida respuesta. Todo se podía haber hecho. El capitán general calculaba que la faena se hiciese trabajando la gente por su turno dos horas diarias. Caro insistió que sería mejor dejar la operación para cuando los que vivían en el fuerte hubiesen hecho sus casas. Pero no sólo Caro.

También ese Juan de Junco, ese maltratador de marineros, altanero y soberbio, que echaba siempre por delante los 30.000 maravedíes que había puesto en la armada, se había animado a enfrentar al capitán general.

“¿Cómo -le había contestado furioso el capitán general- vosotros, vosotros, que habíades de dar prisa que se haga, lo estorbais?”. Pedro Maestre iba ahora camino de su rancho, fuera del recinto. Nuevamente muy arriba el silbar de los patos. Y otra vez el más absoluto silencio. Ni grillos.

La infernal gritería lo sorprendió junto al fuego, tostando avati, preocupado por haber levantado la ronda antes de tiempo Porque a pesar que también, entre otras tantas cosas, el señor capitán general hubiese dispuesto que por ningún motivo la gente durmiese en sus casas, sino que noche a noche todos debían vivaquear dentro del fuerte. Maestre Pedro, desde hacía quince días tenía en su rancho dos puntos de mira al amanecer. Hacia afuera viendo cómo la noche arrojaba lejos de sí a uno de sus oscuros mantos. Y hacia adentro, adivinando los rasgos de su hijo en la morena carita, hecha una sola tibia masa gozosa con los pechos de su madre.

- El asalto al Fuerte

Cuando Juan de Cienfuegos dio la alarma, ya los indígenas estaban frente al fuerte con las antorchas encendidas. Caro y sus hombres sintieron el griterío, pero la casa donde dormían ya estaba ardiendo. Sin vacilar, les hizo frente, con mucha fortuna inicial, pero cuando advirtió que sólo cinco o seis lo acompañaban, emprendió la retirada y se lanzó corriendo hacia la barranca, saltó a la playa y escapó a los bergantines.

Alonso Peraza, alguacil mayor de la armada con cuatro o cinco hombres, oponía firme resistencia por su lado, desde el bergantín varado en el Carcarañá, que otros tantos trataban de echar al río. Advirtió que los indios estaban ya casi sin flechas, y valientemente se lanzó de nuevo a tierra a combatir. Al verlo, hicieron lo mismo varios del bergantín donde había subido Caro.

El incendio iluminaba la costa y el río. Más lejos, grandes lenguas de fuego señalaban los lugares donde estaban ubicadas las casas fuera del recinto. Más y más indígenas aparecían de todas partes.

El c1érigo García venía corriendo hacia la costa con una espada en la mano y el otro brazo envuelto para la pelea en una manta a cuadros. Llamó a los gritos a Caro, increpándolo para que descendiera y presentara lucha. Pero en vano. Herido de un flechazo en el pecho, siguió peleando y se abrió camino procurando salvar a su paje, pero finalmente no tuvo más remedio que echarse al río.

Mientras tanto, Peraza y unos treinta hombres continuaban pujando desesperadamente por echar al agua el bergantín varado. Maestre Pedro, herido de tres flechazos, continuaba combatiendo a su lado, hasta que vio caer apaleados a varios de sus compañeros.

El bergantín de Caro estaba ya colmado de gente. Estaba apenas a quince metros de la costa, pero comenzaba ya a ser llevado por la corriente aguas abajo. El joven Alonso de Santa Cruz, entonces de veinte años, que habría de ser con el tiempo famoso cosmógrafo del rey, autor de una obra sobre islas y con cuyo consejo y datos habría de contribuir a la gran obra de su amigo Fernández de Oviedo, avanzó lentamente hacia el bergantín, creyendo que no lo alcanzaba, hasta que logró aferrarse a su borda, cuando el agua le cubría la garganta.

Alvar Núñez de Balboa, hermano del descubridor del océano Pacifico, que desde hacía varios meses permanecía en el fuerte por haberse quebrado una pierna, había llegado penosamente hasta la orilla, y desde allí fue auxiliado para llegar hasta el bergantín. Fue de los últimos en subir.

La terrible y desigual lucha iba cesando en la misma medida en que crecía el furor de las llamas y los gritos de los indígenas. Los que estaban junto al bergantín varado se habían echado al agua.

Varios cruzaron a nado el Carcarañá y, una vez de otro lado, fueron corriendo después por la costa, aguas abajo, dando gritos al bergantín de Caro durante más de dos leguas, hasta que consiguieron llegar a él. No así el alférez Gaspar de Rivas, recomendado por el rey para integrar la armada, enfermo, que quedó rezagado y fue alcanzado y muerto por los indios. Los heridos fueron rematados en el mismo lugar donde eran encontrados por los indígenas.

Así se perdió Sancti Spiritu, con treinta hombres de los que lo guarnecían, todos los rescates y muchas armas, excepción hecha de las piezas de artillería que los indios no quisieron o no pudieron llevarse. Algunos días después, encontrándose Caboto ocupando todos sus hombres en San Salvador en el arreglo de las embarcaciones, vieron llegar el bergantín “con obra de cincuenta hombres, todos desnudos y sin armas”.

- Adiós al Río de Solís

Caboto pensaba permanecer muy poco tiempo en San Salvador, el necesario para dejar las naves a buen resguardo. Cuando vio llegar la barca con los fugitivos de Sancti Spiritu, púsose inmediatamente en marcha, en compañía de García, con dos embarcaciones, con la esperanza de poder prestar algún socorro a la gente que hubiese podido quedar en alguno de los otros dos bergantines.

Cuando llegó, sólo pudo certificar que todos sus hombres habían muerto y “hechos tantos pedazos que no les podían conocer”. Los bergantines hundidos, perdidos. Se limitó a recoger las piezas de artillería y volvió a San Salvador.

Tampoco allí cedía la oposición indígena. Sólo controlaban el lugar que pisaban. Casi no podían internarse en el río a pescar. Comprendiendo que ya no les quedaba otro recurso que volver a España, si querían salir con vida, una delegación de la armada, encabezada por el capitán Caro, Juan de Junco y Alonso de Santa Cruz, se apersonó a Caboto, indicándole que hiciese quemar La Trinidad y se embarcasen todos en la Santa María del Espinar, única nave que les quedaba.

Caboto, después de escuchar a la representación, dispuso que se recibiera el parecer de todos sus subordinados, sin excepción, en acta que hizo labrar el día 6 de Octubre de aquel año 1529.

La opinión unánime fue que, en vista del “bullicio y tumulto que andaba entre la gente”, ya no era posible pensar en la proyectada expedición a las sierras. Sin embargo, se estableció esperar hasta fines de Diciembre para volver hasta Sancti Spiritu -¡oh, recuerdos dichosos del común esfuerzo!- a recoger la cosecha de trigo.

Caboto aceptó lo dispuesto y para ponerlo en ejecución despachó un bergantín, a cargo del capitán Francisco César a la isla de los Lobos a “hacer carne para la gente”. Mientras tanto se ocupó en levantar una Información contra Caro, por su conducta en Sancti Spiritu el día del ataque indígena.

Días después, despachó dos nuevos bergantines a la Isla de los Lobos. Aprovechando esta circunstancia, los indios atacaron en número de quinientos, combate en que pereció Antón Grajeda y un calafate. Caboto embarcó a toda la gente en la Santa María del Espinar y se “tiró afuera, al río grande”. Con diversas vicisitudes la embarcación partió.

Así -casi hasta nuestros días-, quedó para siempre abandonado Sancti Spiritu. Caboto dejaba atrás el Río de Solís. Del establecimiento quedaban unos muros, un foso y una cosecha de trigo sin levantar en su fertilísima tierra.

Recuerdos imborrables en sus indígenas, jóvenes indias desoladas y algunos tiernos infantes, los primeros mancebos de la tierra, como avanzada de la nueva raza. Al mismo tiempo quedaban nacidas, también para siempre, las dos primeras leyendas de nuestra América: Lucía Miranda y la ciudad encantada de los Césares.

- ¿Colorín colorado?

No, el relato aún no ha terminado. O tal vez sí aquéllo que se refiere a la narración de los hechos en sí mismos. Pero falta conocer otras cosas que van más allá de los hechos.

Existe una opinión muy difundida que nos presenta la conquista y colonización española como una organizada empresa de pillaje, o que todo se limitó a expediciones integradas por aventureros y sujetos de la más baja condición.

No intentaremos profundizar aquí lo que Ricardo Rojas dijo, con notable capacidad de síntesis: “España trató de radicar en el Nuevo Mundo la civilización grecolatina y la historia no conoce otra semejante empresa”. Pero es conveniente no generalizar con respecto al carácter y naturaleza de cada expedición.

Roberto Levillier, por ejemplo, ha enfrentado la “leyenda negra” en un lúcido trabajo referido a la corriente procedente del Perú. Señala allí que se ha procedido a destacar precisamente al revés de lo cierto, tomando como ejemplos a los analfabetos Pizarro y Almagro; a los criminales mórbidos de Lope de Aguirre y Carbajal; o a los desalmados Lerma y Antonio de Heredia, cuando en realidad, quienes llegaron al Perú, procedían, por su cuna, de “las Casas más ilustres de España”, y casi todos ellos poseían un elevado nivel de cultura, claramente puesto de manifiesto en sus cartas, comunicaciones y relatos.

Dentro de esa lamentable tendencia, se ha hecho sumamente difícil distinguir el carácter y naturaleza de cada expedición. Unas venían con un objetivo claro; otras eran torcidas en sus propósitos por los acontecimientos; algunas venían con jefes y personal altamente calificados; en cambio otras procedían de la hez guerrera de la Europa convulsionada de la época. Es necesario, entonces, hacer un balance crítico de la expedición Caboto y de su permanencia en nuestro Paraná.

- España en el Paraná

Apresurémonos a decir que el establecimiento y fuerte de Sancti Spiritu fue España misma trasladada a las costas de nuestro Paraná. Con toda su estructura política, jurídica y espiritual. Ya hemos dicho que se trató de una expedición muy bien provista, pero conviene saber cómo funcionó aquí.

En primer lugar, todos y cada uno de los acontecimientos fueron registrados y quedaron cuidadosamente documentados. Ya en el acto de desembarcar, una de las primeras medidas que Caboto debe tomar es formar juicio al tripulante Martín Vizcaíno.

Dicho juicio -el primero que se sustancia en nuestra tierra-, es levantado por el juez de la expedición, Fernando Calderón, que interviene no solamente en este proceso, sino también en varios otros procesos criminales del mismo tipo. Vale decir, pues, que los organismos judiciales y jurisdiccionales españoles, funcionaron en Sancti Spiritu plenamente.

Y, además, con todos sus consiguientes atributos, ya que la expedición contaba con los alguaciles Alonso Peraza y Gaspar de Rivas, encargados de hacer cumplir las sentencias y los hombres de armas necesarios (el sargento mayor Juan de Cienfuegos y varios gentilhombres), para llevarlos adelante.

La expedición contaba también con el funcionario que actualmente se llama “curador a los bienes”, función que desempeñaba Antonio Ponce con el titular de “tenedor de bienes de difuntos”. Lógico era pensar en la muerte o desaparición de tripulantes.

Alguien debía hacerse cargo de sus pertenencias. Ponce actuó en tal carácter y después de inventariar los bienes dejados, procedió a venderlos en remate, operación que quedó documentada por el escribano de la Armada, cargo que detentaba Martín Ibáñez de Urquiza.

Así fue como también en Sancti Spiritu se realizó -¡en qué no fue primero!- el primer remate público de nuestra tierra. En efecto. Antes de partir en su primera excursión al Paraná arriba, se vendieron en “almoneda”, o pública subasta, los bienes de difuntos que entonces había.

Entre ellos salieron a la venta los de Octaviano Brine -genovés, uno de los más fuertes armadores de la expedición, por cuanto había contribuido con más de 600.000 maravedíes, que enfermó y murió en Los Patos, en Febrero de 1527- consistentes en “una taza de plata, un puñal con su vaina, con brocas y contera de plata, unos cuchillos de plata y los guadamecíes del equipaje”, objetos que fueron adquiridos por el capitán Francisco César.

- El clérigo García, el nivel cultural y los artesanos

También fue en Sancti Spiritu donde se inició la conquista espiritual, pues allí “se dio Misa por primera vez en el Río de la Plata”. En la cámara de Caboto, dentro del recinto fortificado, en un humilde oratorio construido a tal efecto y adornado con los guadamecíes que César había adquirido, el clérigo Francisco García -el mismo que tan valiente conducta tuviera cuando la destrucción del fuerte-, dijo Misa durante todo el tiempo de permanencia de la expedición en Sancti Spiritu y los días lunes, viernes y domingos y, por la noche, en el mismo lugar, se cantaba el Salve. Y esto durante casi tres años.

Las cuentas eran prolijamente llevadas por los contadores de la expedición, al punto que de todo pudo rendir cuenta Caboto a su regreso a España.

Por lo demás, el nivel cultural e intelectual de la Armada era muy elevado. De la totalidad de personas a quienes Caboto recaba opinión en San Salvador, para establecer si debía o no retornarse a España, solamente no firmaron -por no saber hacerlo-, algunos muy pocos grumetes, pajes y marineros. Como ejemplo en particular bastaría citar a Luis Ramírez, cuya tan citada carta a su padre es un verdadero modelo de exacta, brillante y colorida descripción de lo visto y oído.

La calidad de los artesanos que venían en la armada está suficientemente validada por el hecho de que en la amplia playa que se extendía bajo el fuerte -playa que es designada actualmente por los lugareños, como el bajo-, se construyeron, en el breve plazo de tres meses, nada menos que cuatro bergantines. Eran embarcaciones de dos palos, que soportaron la navegación en las bravas “canchas” del Paraná y cuya construcción implicó un sinnúmero de tareas anexas: corte de árboles, aseguramiento de tablas, armado, adecuación de velas, remos..., etc., etc.

Todo ello bajo la dirección de dos carpinteros, dos toneleros, un calafate y un herrero. Sancti Spiritu fue, en consecuencia, también el primer astillero de nuestras riberas.

- ¿Fue correcta la política de Caboto?

Por la época en que se realizó la conquista de América -en pleno Renacimiento-, y por los distintos orígenes nacionales, de clase o de estamento de los integrantes de esas expediciones, no es posible, volvemos a repetir, generalizar. La calidad de la expedición Caboto es, evidentemente, indiscutible, en cuanto a material humano. Pero si así fue, y si tan celebradas eran las condiciones intelectuales y psicológicas de Caboto, ¿por qué se perdió Sancti Spiritu? ¿Fue correcta su política?

La política de Caboto no era, en realidad, propia. Era la política de Venecia que con tanto éxito había usado la República Serenísima en el Mediterráneo y el Mundo Antiguo.

Negociar antes que pelear. Arribar a felices acuerdos recíprocos antes que dejarse llevar por la insensatez de las pasiones. Hacer saber al contrario o enemigo que se tiene el garrote, inclusive mostrárselo, pero no usarlo. O al menos colocar a la otra parte en situación que no obligue a usarlo.

Así procedió Sebastián Caboto desde el momento mismo de poner pie en tierra en el Carcarañá. Su actitud está también de manifiesto en la forma que procedió con sus tenaces opositores Rodas, Rojas y Méndez. No los aniquila. Sencillamente los deja en tierra, en lugar donde sabe que habrán de sobrevivir, y cuando regresa a España y pasa por allí, toma debida cuenta de la suerte que les cupo, prosiguiendo viaje al saber que García ha embarcado, antes que él, a Rojas, y que Rodas y Méndez han perecido ahogados.

Pero tropezó con un problema insalvable: el extremo primitivismo de la zona en que se estableció, sin ninguna autoridad indígena hegemónica con la cual negociar. Consecuentemente, el acuerdo con un pueblo, con una parcialidad o nación indígena, lo transformaba automáticamente en enemigo de otras parcialidades rivales...

Esto explica en grado considerable que los métodos de los conquistadores de origen y características feudales, basados en la violencia y sometimiento de los pueblos indígenas se manifestaron mucho más eficaces que los de Caboto. Y el caballo -que fuera un importantísimo elemento de guerra para ellos-, Caboto no lo consideró indispensable y no trajo ninguno en su expedición. Su política de persuasión, de negociación y de paz con los indígenas, en realidad sólo sirvió para que éstos asimilaran, estudiaran y prepararan su aniquilamiento.

- Un increíble episodio...

El foso, el muro, permanecieron durante muchísimos años. Inclusive un mástil de hierro estuvo allí como mudo testigo, en el centro del que fuera el real. Pero en Sancti Spiritu aún habrían de ocurrir cosas...

Dijimos que de aquí partió la primera expedición por tierra que hicieran los españoles en nuestro territorio: Francisco César y sus compañeros -los “césares”-, remontaron el Carcarañá, entablaron contacto con los indígenas de las sierras cordobesas y regresaron. Y dijimos también que esto dio nacimiento a la fantástica leyenda de la ciudad encantada de los Césares.

Lo cierto es que la segunda vez que los españoles entran aquí, lo hacen buscando, precisamente, aquellas misteriosas “novedades”, fue la expedición procedente del Perú, al mando de Diego de Rojas, conocida por “la gran entrada” ocurrida entre 1542 al 45.

Es la primera vez que los españoles recorren nuestras tierras del Norte. Cruzan Salta, descubren Tucumán, atraviesan Santiago del Estero y llegan, finalmente, a las sierras cordobesas, hasta llegar a las fuentes del Río Tercero.

Un grupo de 50 jinetes, más o menos, al mando del joven Francisco de Mendoza, comienza a seguir el curso del río hasta que, al cabo de varias jornadas de marcha, llegan al Paraná, “frente a una fortaleza que hizo años atrás el capitán Sebastián Caboto”.

Lugar -como dice, acertadamente, Ricardo Jaimes Freyre- donde por primera vez “las dos grandes corrientes conquistadoras, la del Atlántico y la del Pacífico, pisaban una misma región del Nuevo Mundo”. Llegan al lugar, descienden de sus caballos y hacen notar su presencia disparando sus arcabuces a cuanto bulto se mueve.

Pero muy pronto ven llegar muchas canoas, ocupadas por muchos indios, que van arrimándose cautelosamente, pero manteniéndose dentro del río, a distancia prudencial. De pronto aparece aquéllo que había quedado después de 15 años: el idioma. De una de las canoas, parte una voz que dejando estupefactos a los soldados, les dice, en perfecto castellano:

- “¡Ah, compañero!”- Podría abundarse aquí en la adjetivación de rigor, en términos como asombro, estupor, desconcierto, alegría, preocupación... Pero lo cierto es que uno de los expedicionarios respondió:

- “¡Qué dices, hermano!”. La respuesta consonantada fue increíble, seguida de enormes risotadas, provenientes tanto de las canoas como de la costa:

- “¡Zahondate las migas en el agujero!” Pero como si esta hubiese sido una sana y fértil introducción risueña a nuevas verdades dolorosas y profundas, después de un largo silencio una canoa solitaria se adelantó decidida, trayendo de pie en su proa a un cacique timbú.

Nuevo gran silencio, hasta que el jefe indígena, en un castellano muy “aljamiado” preguntó súbitamente por el capitán de los cristianos. Francisco de Mendoza se acercó unos pasos a la orilla y dijo:

- “Qué quieres, hermano, que soy yo”. El cacique lo miró fija, larga, muy largamente, y dijo finalmente: “Muy mozo eres para ser capitán... Mejor lo fuera ese viejo, que está a la par de vos”, aludiendo a Juan García de Almadén, que estaba a su lado.

- ... y una justificación

Porque lo increíble, lo emocionante, es que aquellos hombres que después iniciaran el penosísimo retorno hasta Perú, dejando cumplida su proeza (¡que habrán de morir casi todos, ignominiosamente, sin pena ni gloria, en los conflictos de Pizarro - Almagro!), hayan guardado, con tan maravillosa fidelidad de síntesis cabal que hace todo un pueblo indígena, sobre lo que había sido el primer asentamiento español hecho por Caboto.

Como también nos imaginamos el estupor y la urgencia febril que se habrá apoderado de Pedro de Gutiérrez de Santa Clara por trasladar al papel el “alejamiento” discurso timbú que se va a leer.

Después de mirar en redondo a todos los expedicionarios, buscando con lentitud las palabras, les dijo así:

“- ¿Adónde vais ladrones, desuella las caras, cimarrones todos y cristianos malos? ... ¿Qué andar por aquí robando toda esta tierra? ¿No tenéis miedo de Dios? ... Los otros cristianos por acá, sentar, son buenos y más mejores ... Vosotros no, porque estar muchos bellacos matadores ... Los otros decir a nosotros: dame pescado, hermano; toma tijeras, agujas, hilo y seda... Dame maíz, hijos; toma bonete, paño y chaquira... ¡Y vosotros como bellacos decir, dame, dame comida; dame indios, indias, maíz, dame todo... ¡Toma lanzada, cuchillada y toma pelota de arcabuz!... Anda, anda, bellacos, todos ladrones... Mira, no sentar más aquí, y si sentar, luego morir todos: yo hacer matar con flechas con indios míos”.

En este extraordinario episodio; en este extraordinario discurso que hemos rescatado del olvido, podemos encontrar, sintéticamente expresada, la opinión de los indígenas de la región hacia el “viejo” Caboto y sus compañeros.

- Algo más todavía

Pero el día aquél de 1543, sin embargo, estaba lejos de haber concluido. Se dispersaron las canoas, recuperaron su estado de ánimo los caballeros, acordaron una tregua con los timbúes, cesaron los disparos y obtuvieron comida. Ninguna otra expresión había sido cambiada, pues el pescado fue dejado en la costa, previo retiro de los jinetes, de acuerdo a lo convenido en el momento. Hicieron el fuego, comieron.

Había que prepararse para regresar a las nacientes del Carcarañá, allá en las sierras. ¿Pero qué presentimiento, qué corazonada, qué pálpito era ése, que finalmente tomó firme certeza en todos ellos?

Se planeó con cuidado la estratagema. Al atardecer, fueron reuniéndose los caballos, se prepararon las monturas, se ataron a las cinchas algunos pescados que no habían sido asados y, sin mirar alrededor, como si no supieran que centenares de ojos espiaban entre talas y espinillos, partieron en un breve trote.

El gran grupo partió ostensiblemente, pero unos pocos quedaron agazapados en la barranquita del Carcarañá, con sus cuchillos listos. Atardecía ya cuando los timbúes escucharon un grito terrible y desesperado, lanzado por un español, que venía corriendo hacia el río.

Llegó al borde mismo del agua, miró hacia todos lados y se lanzó en desgarrador llanto a gritar su desventura: Se había quedado dormido y lo habían dejado abandonado. Sin cesar en su desesperación iba y venía por la costa, hasta que se sentó, un poco más tranquilo. La voz que le hizo dar un respingo era la misma que, desde el río había soltado aquel rnemorable “¡ah compañero!”.

Estaba muy cerca suyo. Esas palabras españolas de consuelo, lo hicieron sollozar de veras. Todo lo fingido que tenía su actitud se mezclaba con una verdadera emoción, porque detrás del fornido timbú venían dos criaturas hermosas, llenas de risa, bamboleantes y ágiles sobre sus piernitas recién iniciadas en el arte de mantener erguidos los cuerpos.

Se levantó. Sin contestar, se acercó al linde del bosque de espinillos del Carcarañá, bajó despacio hasta el río, se lavó la cara, contempló estático aquéllas últimas violetas de la tarde y cuando el confiado timbú se le acercó aún más, se arrojó decididamente sobre él, lo abrazó con todas sus fuerzas y gritó con los pulmones casi fuera de la boca.

El terror que se apoderó de los niños los hizo caer uno sobre otro, aunque ya no pudieron levantarse. Entonces, varios españoles, con sus cuchillos desnudos, pusieron fin a la resistencia del padre timbú, amenazantes los filos en la garganta de los pequeños.

El tropel de los galopes volvía. Todo había sido un ardid de los españoles. Dos o tres arcabuzazos intimidantes y el timbú, sujeto en tierra, soltó a hablar, a hablar interminablemente, moviendo su cabeza hacia un mismo lugar. Comenzaba otro increíble episodio. El último, por ahora, que nos brinda Sancti Spiritu.

Rápidamente se celebró el acuerdo. Mientras los tres quedaban como rehenes, García de Almadén y cuatro soldados fueron guiados hasta el antiguo recinto del fuerte. Varios indígenas se detuvieron ante una tosca Cruz de madera, excavaron frenéticamente al pie de la misma y terminaron por desenterrar con todo cuidado una gran calabaza. La rompieron. Aparecieron entonces varios pliegos de papel que entregaron expectantes a García de Almadén.

Y los atónitos expedicionarios del Perú fueron tomando completo y circunstanciado conocimiento de las infinitas penurias por las que habían pasado en Buenos Aires los hombres de Pedro de Mendoza; de cómo, don Domingo de Irala -Teniente de Gobernador y Capitán General del Río de la Plata- había decidido despoblar y desamparar la fundación, al cabo de cinco años de tortura; de cómo la ciudad fue destruida por ellos mismos, quemándose a tal fin los sembradíos y las casas y arrasados los árboles, para retirarse luego todos, con el objeto de remontar el río Paraná y dirigirse a la Asunción.

¡La larga relación que García de Almadén acababa de leerles tenía fecha de hacía dos años: Junio de 1541!

Ver: Exhaustiva documentación referente a la expedición de Caboto

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