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Carlos I y la concepción imperial

La obra unificadora de los Reyes Católicos hubiera podido continuar bajo el mando de un príncipe español o extranjero, a pesar de la prevención española hacia los gobernantes extraños.

Pero Carlos de Gante, quien sería Carlos I de España, complicó las cosas cuando insertó los dos reinos ayuntados por la diarquía de Fernando e Isabel en una gran estructura imperial, gobernando como Carlos V de Alemania.

Carlos, nacido en Gante en el 1500, recibió los dos reinos en un ambiente de pacificación y de concordia, en el que pocos avizoraban grandes crisis. La época parecía propicia para alianzas y coincidencias.

Príncipes educados en una mezcla de humanismo y caballería podían emprender una suerte de “política de la cristiandad”, estructurada en torno de cuatro líderes regios: Enrique VIII, Maximiliano I, Francisco I y Carlos I de España.

Cuando Carlos llega a España, se clausura el concilio de Letrán. Maravall, que subraya oportunamente la influencia que entonces tenía la Iglesia Católica en el ambiente y entre los hombres de poder, destaca las líneas trazadas por el concilio para ser seguidas en empresas políticas: asegurar la paz entre los príncipes cristianos, reformar la Iglesia corrigiendo abusos que por todas partes se denunciaban, reducir las herejías que amenazaban la unidad del cristianismo y hacer la guerra al infiel.

Esa cuádruple recomendación es importante para entender el comportamiento de los reyes, la marcha de la conquista y el derrotero imperial de España.

En Carlos I dicho encuadramiento tiene expresión singular. Básicamente cristiano y de su tiempo, cree en el universalismo político y moral. Hombre de poder, acepta las técnicas apropiadas a su conservación, maneja los matrimonios dinásticos, se interesa por la nueva técnica militar.

Tiene una concepción patrimonial de la dominación política y cree en el “derecho del Imperio” para reglar las relaciones de mando y obediencia. Su concepción se mueve en dos planos que gravitan también sobre su acción política: el del Imperio Alemán -o sea la organización política de los príncipes alemanes- y el del Imperio Cristiano -es decir el que debía expresar e institucionalizar la organización política de la cristiandad-.

La trayectoria entera de Carlos I de España estará marcada por el esfuerzo constante tendiente a imponer una idea imperial que concibe nueva, sin lograr zafarse de una idea imperial que en rigor era tradicional.

Cuando en 1548 dicta sus últimos consejos a Felipe, su hijo, la pretensión de insertar los reinos españoles en un único imperio se habrá frustrado. Por eso, frente a su antigua tesis de que era necesario reunir en una sola mano todos los dominios de la Casa de Austria para sostener el Imperio del mundo, acepta ahora la existencia de un Imperio germánico y junto a él un complejo de poder hispánico-flamenco-italiano, que hace del rey de España el poseedor de una potencia verdaderamente imperial(1).

(1) José Antonio Maravall. "Teoría española del Estado en el siglo XVII" (1944). Instituto de Estudios Políticos de Madrid. "Los tres centros de apoyo fundamentales para el poder imperial de Carlos I eran España, los Países Bajos y Milán”. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), segunda edición (1975), tomo I. Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Sus instrucciones serán decisivas. Felipe hallará trazado el camino para una hegemonía internacional. En él culminará el ademán ascendente de la historia imperial española.

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