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LA FUNDACION DE SANCTI SPIRITU

De las serranías cordobesas descienden cinco ríos principales hacia la llanura que, quién sabe por qué razones se conocen por su orden numérico.

Los ríos Primero y Segundo, desembocan en la laguna de Mar Chiquita. El Tercero, o Carcarañá, es el único que llega hasta el Paraná. El Cuarto, se pierde en grandes bañados, después de La Carlota, y en tiempos muy lluviosos, vuelve a aparecer, para unirse al Tercero, todavía en la Provincia de Córdoba, a la altura de Saladillo. El Quinto se pierde al Sur de la provincia.

El Tercero es el más caudaloso de los cinco: Lo forman cinco afluentes, que se unen -como los cinco dedos de una mano-, casi en un mismo lugar, donde actualmente está el Embalse de Río Tercero.

Atraviesa las Sierras de los Cóndores al salir del Embalse y entra directamente en la llanura cordobesa, para atravesar después la llanura santafesina, desembocando en el preciso lugar en el que el cauce del río Paraná cruza de costa, por decir así.

Hasta allí el cauce principal del Paraná corre recostado sobre las costas correntina y entrerriana. Pero, desde Diamante se dirige en diagonal, hacia las provincias de Santa Fe y Buenos Aires.

En el lugar de desembocadura del Carcarañá, desemboca también, viniendo directamente del Norte, el llamado río Coronda, uno de los tantos aunque caudalosos brazos menores del mismo Paraná, para llegar hasta la ciudad de Santa Fe.

El 9 de Junio de 1527, Sebastián Caboto fundó, en la confluencia de los ríos Carcarañá y Coronda, el Fuerte Sancti Spiritu (Espíritu Santo).

ubicacin del fuerte sancti spiritu
Ubicación del fuerte Sancti Spiritu, fundado por Caboto.

Esta primera población española en la región del Plata consistió en un rancho de paja, protegido con un terraplén con empalizada.

Allí, el sacerdote Francisco García -integrante de la expedición-, rezó la primera Misa, en lo que luego fue el territorio argentino.

Sancti Spiritu, con el nombre de “fortaleza de Caboto”, “real” o “real de Caboto”, o con las denominaciones de “rincón de Caboto”, “fuerte Sancti Spiritu” y directamente “Sancti Spiritu”, sobre la margen derecha del Carcarañá, figuró desde entonces en todos los mapas que fueron publicándose.

Después de la destrucción y abandono del lugar por parte de la expedición de Caboto, nunca más intentó reconstruirse. Tampoco se instaló, en el lugar mismo, ninguna población durante la conquista. Y lo particularmente curioso es que ha merecido escasísima atención por parte de historiadores(1).

(1) Se han encontrado solamente tres menciones de trabajos especiales sobre Sancti Spiritu: Una visita hecha al lugar en 1885 por los doctores Estanislao S. Zeballos y Ramón J. Lassaga; otra breve visita del investigador Félix R. Outes, en el año 1902, que se tradujo en la publicación de un pequeño pero valioso folleto; y un muy breve artículo, aparecido en la Revista Argentina de Agronomía, en 1944 // extraído del material escrito por Hugo L. Sylvester y publicado bajo el título “La increíble historia de Sancti Spiritu”, en el libro “500 años de historia argentina” (tomo 2), editado por la revista “Siete Días”, bajo la dirección de Félix Luna, en 1988, Editorial Abril.

La vida en el Fuerte

La opinión corriente es que Sebastián Caboto se estableció allí en medio de la hostilidad indígena, se parapetó momentáneamente en el Fuerte hasta que una noche los indios lo tomaron por asalto y mataron a todos los españoles, huyendo Caboto del lugar.

Se agrega a esto que la razón de la destrucción tuvo por origen la encendida pasión de un cacique por Lucía Miranda, esposa del capitán español Sebastián Hurtado.

O sea que el carácter de la ocupación habría sido, desde el comienzo, completamente precario y transitorio. Es hora, sin embargo, de componer una imagen real y dar a conocer la verdad, que fue muy otra(2).

(2) Material escrito por Hugo L. Sylvester y publicado bajo el título “La increíble historia de Sancti Spiritu”, en el libro “500 años de historia argentina” (tomo 2), editado por la revista “Siete Días”, bajo la dirección de Félix Luna, en 1988, Editorial Abril.

Inmediatamente después de instalado, Caboto convocó a todos los indios de la comarca, les hizo conocer su voluntad de “pacificación de la tierra” y llegó a un acuerdo con ellos.

Los querandíes -“gente de campo, muy ligera, manteniéndose de la caza que matan”- suministrarían carne (venado, avestruces, guanacos o llamas); los tibúes, pescado y grasa de pescado; los caracaés -pueblo sembrador y cultivador, de quienes toma su nombre el río Carcarañá-, calabazas, habas y avati (maíz).

Retribuyó con equidad las prestaciones de los indígenas, delegando en Enrique Montes la provisión del material de intercambio: tijeras, cuchillos, hachuelas, punzones, hilo, paño, agujas y sobre todo anzuelos, de tamaño diverso y en cantidad, no olvidando a las indias, que recibían espejos y adornos.

La presencia de Caboto en el lugar era clandestina. Estaba impedido, por consiguiente, de “fundar”. Sin embargo, procedió a hacer

repartimientos de tierras y heredades y cortijos, se hicieron sementeras de pan y estuvieron allí edificando y labrando y sembrando tiempo de tres años”.

Las jóvenes indias no tardaron en formar familia con muchos de los expedicionarios y se procedió a construir para su alojamiento no menos de veinte viviendas, con troncos, barro y paja, es decir, los típicos ranchos que se hacen en las islas y en las costas del Paraná.

Y a los seis meses de formada la aldea, tuvo finalmente su recinto fortificado: entre todos se excavó un foso, con la tierra extraída se levantó un muro y se instalaron allí construcciones para enseres, víveres, etc., recinto que estaba defendido con más de una docena de piezas de artillería.

Desde muy temprano los hombres se dirigían a atender los sembradíos. Otros recorrían los espineles (la palabra espinel es usada por Enrique Montes en su rendición de cuentas), se refaccionaron las embarcaciones, se construyeron otras menores, se mantenían en buenas condiciones las armas de fuego.

Un día se encontraron 52 gramos de trigo y algunos de cebada en el fondo de las naves. Se los sembró y con gran alborozo se celebró una cosecha que llenó de asombro a todos; siembra que se repitió nuevamente cuando llegó el tiempo.

Así transcurrió la vida del pequeño pueblo, en perfecta paz, durante casi dos años y medio.

Sancti Spiritu fue, pues, la primera auténtica población del territorio argentino. Fue precursora en múltiples aspectos.

Allí se produjo el nacimiento de la nueva raza, con la unión de indias y españoles; allí se sembró sistemáticamente, donde después habría de convertirse en una de las zonas agrícolas más importantes del mundo; allí celebróse Misa todas las semanas, en la cámara donde vivía Caboto.

Las rígidas normas de disciplina impuestas por Sebastián Caboto desde el comienzo en Sancti Spiritu apuntaban a su primordial objetivo: establecer normas leales de convivencia con los indígenas amigos y mantenerlas a toda costa.

Fuese quien fuese el perturbador -español o nativo-, lo pagaría caro. Una de las medidas más importantes consistía en la prohibición de rescatar o quitar a los indios cualquier objeto, así fuese oro, plata o alimentos.

El marinero Ortuño Aguirre fue azotado públicamente por haberse apoderado de tres calabazas. El robo de cualquier clase se castigaba ejemplarmente: en tres ocasiones hizo “enclavar” la mano a infractores. Y si el hurto era de significación -como en el caso del marinero Lorenzo de la Palma, que quiso complicar a algunos indígenas, intentando huir además-, el transgresor era azotado y desorejado.

Martín Vizcaíno, marinero que no bien llegados al lugar procedió arbitrariamente con una canoa indígena y se apoderó de ropas y alimentos, fue inmediatamente juzgado, condenado a la horca y ejecutado sin más trámite.

Esta política de recíproca confianza y de firme ejemplo, dio sus frutos. La vida transcurría plácidamente y sin zozobras.

Ver: Exhaustiva documentación referente a la expedición de Caboto

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