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Entran en escena los náufragos de Solís

El 20 de Octubre, Sebastián Caboto y su Armada estaban frente a Santa Catalina. Y dos días después aparece una canoa indígena al costado de la capitana, trayendo a bordo a Enrique Montes, uno de los náufragos de la expedición de Díaz de Solís.

Pocas horas más tarde, el mismo día, subía también Melchor Ramírez, su compañero. ¡Enorme alborozo de los náufragos! Pero menor el de Caboto, ante la narración que hacían:

Nunca hombres fueron tan bienaventurados como los de esta Armada -decía llorando Montes-, que hay tanta plata y oro en el río de Solís, que todos serían ricos.

Porque bastaba subir por un río Paraná arriba y otros que a él vienen a dar, y que iban a confinar con una sierra, para cargar las naves con oro y plata.

Sin embargo, surge la oposición de Miguel de Rodas (piloto mayor de la nave capitana); Francisco Rojas (capitán de La Trinidad); y Martín Méndez (sustituto de Caboto en la propia Capitanía General de la Armada), la que se resuelve con el desembarco de los tres y su abandono en las solitarias costas, no sin que antes debieran soportar la pérdida de una de sus naves y una grave epidemia que retuvo a la Armada, detenida en el lugar otros cuatro meses.

Soplan, por fin, vientos tan favorables, que al cabo de seis días de partir de Santa Catalina se enfrentan con la desembocadura del Río de Solís. Allí fondea Caboto, en un nuevo compás de premonitoria espera.

Hasta que se presenta en el lugar, el tercer náufrago de Solís, Francisco del Puerto quien, no solamente ya hablaba con fluidez los idiomas aborígenes, sino que confirma ampliamente a Caboto hacia dónde debían dirigirse para llegar a las sierras donde comenzaban las minas de plata y oro.

Caboto dispone que dos de las naves queden sobre el río Uruguay, en la desembocadura del arroyo San Salvador, a cargo de Antón Grajeda, maestre de la nave capitana, con treinta hombres, y él parte con otras dos en busca del lugar que habría de llevarlo al encuentro de las soñadas riquezas.

Penetra por el Paraná de las Palmas y llega a la desembocadura del río Carcarañá. “Este es el río que desciende de las sierras”, es el dato exacto que da Francisco del Puerto, de acuerdo a los informes recogidos entre los indígenas. Era el 27 de Mayo de 1527.

Y allí desembarca Caboto y su gente.

Las noticias sobre el Imperio incaico

En el corazón de la cordillera de los Andes, un fabuloso Imperio estaba entonces en su apogeo. Poseedor de una organización social y administrativa que aún hoy es fascinante tema de controversias, se llamaba a sí mismo “las cuatro partes del mundo” (Tahuantisuyo), y su capital, Cuzco, “el centro del universo”.

el imperio inca

El Emperador o Inca se consideraba Hijo del Sol y el templo donde se lo adoraba era increíblemente rico.

Palacios ornados con enormes riquezas, caminos que unían todo el Imperio, una organización que impedía tanto la holgura como el desamparo, un sistema perfecto de rápidas comunicaciones: el Imperio había integrado a sus sistemas a otras culturas indígenas, algunas muy avanzadas, y se expresaba en quechua, lengua altamente evolucionada, de clara gramática, profundamente expresiva.

Europa ya tenía algunas noticias de su existencia y Sebastián Caboto, por supuesto, había recogido informes cada vez más precisos.

Los bravos guaraníes intentaron una vez, en época incierta, pero no mucho antes de la llegada de los españoles, una invasión al Imperio, cruzando el Chaco y remontando el Pilcomayo con 8.000 guerreros.

Fueron derrotados y muchos quedaron para siempre en los contrafuertes cordilleranos, estableciéndose una corriente migratoria que difundió las noticias de las fabulosas minas de Charcas, primero en el río Paraguay y, después, en las costas brasileñas.

En 1511, en Panamá, cuando la expedición Balboa, el hijo de un cacique dio a entender claramente a los españoles que hacia el Sur existía un Imperio donde había abundantísimo oro.

 

Alejo García, el náufrago de Díaz de Solís, realizó una audacísima expedición: llegó realmente hasta Charcas, guerreó con las huestes del Inca, encabezando a los indígenas, y regresó con cargas de oro y plata hasta las costas del Brasil.

Cuando prácticamente llegaba, estando a 50 leguas de Santa Catalina, fue muerto por una parcialidad guaraní. Pero algunos indios lograron escapar a través de la selva y llegaron para contarlo todo, con muestras de metales preciosos, a los asombrados Enrique Montes y Melchor Ramírez.

La fama, pues, del Imperio incaico y, particularmente de sus fantásticas riquezas en metales preciosos -que se expresaba genéricamente en la fórmula de la Sierra de la Plata-, trascendía muy lejos.

Y los caminos para llegar a él, eran dos: desde el Norte; o por el Sur, remontando el Paraná y luego el Bermejo.

 

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