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Teatro de la conquista. Las siete corrientes

Establecidos los conquistadores en el Paraguay bajo la dirección de Domingo Martínez de Irala, y levantada la primera fundación de Buenos Aires, quedó fuera de las preocupaciones y de las empresas de ellos, el territorio comprendido entre los ríos Paraná y Uruguay, que ningún atractivo especial les ofrecía, ni les era indispensable dominar para el afianzamiento de su poder(1).

(1) Manuel Florencio Mantilla. "Crónica Histórica de la provincia de Corrientes" (1928), Notas biográficas por Angel Acuña, tomo I, Buenos Aires. Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla.

La navegación del Paraná, única necesidad premiosa y constante en relación a las más fáciles comunicaciones con la Metrópoli, quedó garantida desde los principios por la amistad de los indios ribereños que, no habiendo sido molestados, se condujeron siempre de paz y con agasajos provechosos a los navegantes; y también por el escarmiento de los que fueron batidos.

No obstante el abandono de la mencionada región, los conquistadores distinguieron en ella, desde los primeros tiempos, el lugar que denominaron Las Siete Corrientes, situado a corta distancia de la unión de los ríos Paraná y Paraguay; “sitio delicioso”, según un cronista, en cuya cercanía, al interior, existían caseríos de indios agricultores, inofensivos y amigos(2).

(2) El custodio Rivadeneyra, que hace mención especial de ellos, no da denominación a los indios. “¿Eran los curumiás de Schmidel? Tal vez”, presume Mantilla.

El nombre fue dado “porque el terreno, hacía siete puntas de piedra, que salían al río, en las cuales la corriente del Paraná era más fuerte”.

Cuando la conquista dominó el territorio paraguayo, y los directores de ella palparon la necesidad de ensancharla hacia las salidas al mar y las grandes zonas dejadas a espaldas de ellos, Juan de Garay fundó las ciudades de Santa Fe (15 de Noviembre de 1573) y Buenos Aires (11 de Junio de 1580).

“Las Siete Corrientes” se brindaba también para asiento de una población, dentro del plan iniciado; pero no pararon mientes en la conveniencia clara que saltaba a la vista. Quien primero puso allí su pensamiento, fue fray Juan de Rivadeneyra, custodio del Tucumán.

Este religioso, observador de juicio práctico, insinuó al gobernante de la época, el proyecto de establecer una ciudad en “Las Siete Corrientes”, y cuando regresó a España, presentó la misma idea al rey, en Memorial de 1581, sobre el estado y las condiciones de las provincias del Río de la Plata.

“Hay aparejo para poblar otras dos ciudades -decía-; la una, junto a “Las Siete Corrientes”, en el río que llaman de las Palmas, que tiene mucha cantidad de gente, que podrá dar de comer a cien españoles; la otra, entre éste y Santa Fe”.

Las ventajas del lugar eran notorias. Una ciudad allí, auguraba los siguientes resultados: dominar la navegación superior de los grandes ríos, y el tránsito de cuánto moviese en hombres y productos la raza vencedora, dueña del Paraguay; tener un puerto de escala cómodo y seguro para el tráfico fluvial, entre Asunción, Santa Fe y Buenos Aires; disponer de un nuevo centro de operaciones para la conquista de ambas márgenes del Paraná, fácil de ser protegido.

Sin embargo, primó sobre el pensamiento juicioso de Rivadeneyra, el desacertado de fundar la Concepción de la Buena Esperanza, sobre el Bermejo; porque de buen tino, no se acreditaron generalmente los mandatarios de entonces.

El Adelantado Juan de Torres de Vera y Aragón, hombre de preparación para su tiempo, se dio cuenta exacta del proyecto del custodio de Tucumán, y le realizó siete años después de sugerido.

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