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Tentativa y expedición por tierra de Caboto y García de Moguer de llegar a la Sierra de la Plata

Vuelto de su primera incursión por el Alto Paraná y el Paraguay, y ya con la compañía de García de Moguer, Caboto procede a fortalecerse y aunar esfuerzos para iniciar una segunda tentativa por llegar a la tan ansiada "Sierra de la Plata".

Pero ni Caboto se había desviado de su periplo a las Molucas, ni García se apartaba del Paraná por insignificantes razones: el hechizo del oro y de la plata en cantidades de fantasía los mantenía en continuo deslumbramiento.

Los bergantines estaban construidos. Todo está listo para emprender una nueva salida aguas arriba del Paraná. Y así se hizo. Cuatro bergantines de Caboto y tres de García parten en el mes de Diciembre pero, pocos días antes de partir, Caboto lleva adelante otro proyecto, largamente madurado desde su arribo al Carcarañá: autoriza al más importante de sus hombres de armas, el capitán Francisco César, para emprender una expedición por tierra para ir en procura de las sierras y de sus minas.

¿No descendía el Carcarañá de las montañas? ¿No habían establecido el Fuerte precisamente allí por esa razón?

- Primera expedición al Interior del hoy territorio argentino

Indígenas de la zona del Carcarañá comunicaron a los conquistadores la existencia de riquezas al Sudoeste, en una región que ubicaban vagamente al sur de la actual provincia de Córdoba.

Interesado por la noticia, Caboto comisionó a Francisco César para que se internara al frente de 15 hombres(1).

(1) El comisionado partió en Noviembre de 1528 y dividió su contingente en tres pequeñas columnas: una que debía costear el Carcarañá; otra tomar rumbo al noroeste; y la tercera encaminarse al sudoeste. César marchó al frente de la primera, penetró en Córdoba sin perder de vista el río Tercero y probablemente llegó al Valle de Conlara (San Luis). Emprendió el regreso y arribó a Sancti Spiritus en Febrero de 1529 donde relató que había entrado a una región de “gente muy rica en oro y plata”. // Citado por José Cosmelli Ibáñez. “Historia Argentina”, Buenos Aires. Ed. Editorial Troquel.

La expedición de Francisco César no sólo tiene el mérito de ser la primera entrada al Interior del territorio argentino, sino que también dio origen a la “Ciudad de los Césares”, leyenda que incitó varias expediciones posteriores.

César inicia su expedición en compañía de 14 hombres sin siquiera remotamente sospechar que esa expedición de ida y vuelta hasta las sierras de Córdoba, bordeando el río Carcarañá, habrá de convertirse en causa de fabuloso mito y su nombre habrá de permanecer asociado para siempre a una de las más bellas leyendas de la conquista de América.

La segunda expedición por el Paraná fue breve y desalentadora. Pronto reciben noticias que los chandules esperan el momento propicio para asaltar simultáneamente a Sancti Spiritu y a las embarcaciones en cuanto desembarcaran en cualquier lugar.

Al cabo de sesenta días, entre ida y vuelta, Caboto y García anclan nuevamente sus embarcaciones frente al Fuerte. Y ocho días después, con siete de sus compañeros, aparece Francisco César con noticias que despiertan el loco entusiasmo de todos los expedicionarios.

- Los acontecimientos se precipitan

El objetivo largamente soñado estaba logrado: las famosas sierras existían. Uno de los compañeros de César manifiesta a Caboto que “habían visto grandes riquezas de oro y plata y piedras preciosas”. César enseña asimismo algunas muestras de oro. Narra minuciosamente la presencia de un mundo indígena distinto del que conocían en el Paraná. Caboto estaba justificado en su incumplimiento de la capitulación.

Coinciden que habían de dirigirse todos los hombres de inmediato a los lugares descubiertos por César. Caboto escribe a Antón Grajeda, informándole sobre las buenas nuevas traídas por César, diciéndole que está dispuesto a partir enseguida hacia las minas, recomendándole que tuviera cuidado de que las naves permaneciesen a buen resguardo durante su ausencia.

Pero el propio Grajeda -que hasta entonces había permanecido quieto en San Salvador, en una especie de apoyo logístico con hombres y naves en la embocadura del Plata-, le contestó que esta vez no quería quedarse sin tomar participación en el proyectado viaje.

Pero esta rápida y primera determinación de Caboto queda en suspenso. Se celebra una amplia junta, donde cambian opiniones Caboto, García y todos los oficiales, donde se decide que ambos capitanes se trasladen a San Salvador, llevando la galera y los bergantines, para dejarlos bajo la inmediata vigilancia de Grajeda.

De esta manera, la guarnición que quedaría a cargo del Fuerte estaría libre del problema de defender las embarcaciones. Estamos ya en el mes de Febrero de 1529.

De aquí al mes de Septiembre se desencadena una serie de acontecimientos que van adquiriendo cada vez mayor gravedad y que culmina con la abierta hostilidad de los guaraníes.

Las relaciones con los guaraníes eran de tipo muy especial. Luis Ramírez dice, en su conocida carta, que aquí esta otra generación, los cuales se llamaban guaraníes y por otro nombre, chandris son también los mismos chandules que habían matado a Rifos en la primera expedición por el Paraná.

Andan derramados por esta tierra -prosigue Ramírez- y por muchas otras, como corsarios, a causa de ser enemigos de todas estas otras naciones y de otras muchas. Son gente muy traidora, todo lo que hacen es con traición; estos señorean grande parte de esta India y confinan con los que habitan en la sierra”.

Desde el momento que Caboto logra un firme acuerdo con timúes y caracaráes, difícilmente logrará ganarse la confianza de los guaraníes.

Si bien Ramírez dice que también son nuestros amigos, surge evidentemente de su carta que los verdaderos amigos y con quienes se estaba en estrecha relación no eran precisamente ellos.

Gregorio Caro habría de declarar después que el verdadero propósito del viaje de Caboto a San Salvador tenía por principal objetivo hacer un escarmiento a los guaraníes. En tal sentido, ya había encargado a Antonio Montoya, contador de "La Trinidad", que con un bergantín cumpliese la misión de convocar a la guerra a timbúes y caracaráes, misión que se preparó y cumplió exitosamente.

Pero la decisión de los guaraníes -conocida ya cuando Caboto y García fueran advertidos en su segundo viaje por el Paraná-, era no menos resuelta y definitiva.

- Las vías de hecho

En cierto modo, el conflicto estaba declarado. Resuelto el viaje a San Salvador, Caboto despachó adelante a Montoya -a cargo de uno de los bergantines-, y a Juan de Junco, tesorero de la "Santa María del Espinar" y séptimo en el orden de sucesión del mando de Caboto, con una barca y un bergantín pequeño, de los de García.

A unas 15 leguas de la fortaleza, aguas abajo, vieron muchos indios en un rancho y con deseos de “tomar lengua”, se acercaron a la orilla notando que huían y temiendo que hubiesen cometido alguna ruindad.

Bajó a tierra Montoya con dos hombres y se encontró con una caja escondida entre las malezas, las ropas y los restos de tres españoles despedazados que se supo después iban de San Salvador al Fuerte, dos de los de Caboto y uno de García.

Atento a lo que pasaba, Montoya despachó inmediatamente dos hombres a Sancti Spiritu para que manifestasen a Caboto lo que estaba ocurriendo.

En vista de esta noticia, se decidió en el Fuerte disponer medidas contundentes. Se acordó dar un asalto a ranchos indígenas de las islas vecinas, para lo cual se comisionó al capitán Caro quien, sin vacilar, mató a cien de ellos y se llevó prisioneros a mujeres y niños.

Y al haberse escapado algunos indios, que también habían sido hechos prisioneros, volvieron a salir, mandados ya en persona por Caboto y García, en cuatro bergantines y con ochenta hombres, y mataron los que pudieron en la isla que está enfrente del Fuerte, río Coronda por medio.

Los caciques, cuyas mujeres y niños estaban prisioneros en el Fuerte, se presentaron ante Caboto en solicitud para que pusiese en libertad a sus familiares. Caboto, a quien su política de apaciguamiento y entendimiento ya se le iba de las manos, les habló largamente, ofreció mantener buenas relaciones como las que antes habían tenido con el Fuerte y concluyó finalmente por entregarles mujeres e hijos.

Pero los indios -que eran precisamente los que traían todos los días las provisiones de pescado-, no aparecieron al día siguiente ni aparecieron más.

Finalmente unos ocho días antes de que Caboto se dirigiera a San Salvador, al ver pasar al cacique Yaguarí en una canoa por el río y al no presentarse rápidamente a su llamado, lo hizo traer, le asestó un bofetón y dejó que uno de los marineros, Nicolás de Nápoles, le asestara una cuchillada.

Es en esas dramáticas circunstancias que Caboto emprende su viaje a San Salvador con cien hombres, llevando la galera y tres bergantines, dejando 80 hombres en Sancti Spiritu y tres bergantines, uno de los cuales, con la proa en tierra y semihundida.

No bien salido, recibe alarmantes noticias sobro la decisión inminente de los guaraníes de incendiar y destruir el Fuerte. Caboto, sin embargo, confiando en las decisiones que había tomado antes de partir, y en las órdenes estrictas que había dejado para prevenir el hecho, decide seguir adelante.

La suerte estaba echada.

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