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Caboto por segunda vez avista tierras correntinas

Pero ni Caboto se había desviado de su periplo a las Molucas, ni García se apartaba del Paraná, por insignificantes razones: el hechizo del oro y de la plata en cantidades de fantasía, los mantenía en continuo deslumbramiento.

Los bergantines estaban construidos. Todo está listo para emprender una nueva salida, aguas arriba, del Paraná. Y así se hizo. Cuatro bergantines de Caboto y tres de García parten en el mes de Diciembre de 1528.

Pero, pocos días antes de partir, Caboto lleva adelante otro proyecto, largamente madurado desde su arribo al Carcarañá: Autoriza al más importante de sus hombres de armas, el capitán Francisco César, para emprender una expedición por tierra, para ir en procura de las sierras y de sus minas.

¿No descendía el Carcarañá de las montañas? ¿No habían establecido el fuerte precisamente allí por esa razón?

Indígenas de la zona del Carcarañá comunicaron a los conquistadores la existencia de riquezas al Sudoeste, en una región que ubicaban vagamente al Sur de la actual provincia de Córdoba. Interesado por la noticia, Caboto comisionó a César para que se internara al frente de catorce hombres.

César inicia su expedición en compañía de sus hombres, sin siquiera remotamente sospechar que esa expedición de ida y vuelta hasta las sierras de Córdoba, bordeando el río Carcarañá, habrá de convertirse en causa de fabuloso mito, y su nombre habrá de permanecer asociado para siempre a una de las más bellas leyendas de la conquista de América.

En tanto, Caboto y García remontaron, juntos, los ríos Paraná y Paraguay, penetrando más al interior de éste, probablemente hasta el Pilcomayo, pero ante la ausencia de metales preciosos, decidieron volver aguas abajo.

La segunda expedición por el Paraná fue breve y desalentadora. Pronto reciben noticias que los chandules esperan el momento propicio para asaltar simultáneamente a Sancti Spiritu y a las embarcaciones, en cuanto desembarcaran en cualquier lugar: al cabo de sesenta días, entre ida y vuelta, Caboto y García anclan nuevamente sus embarcaciones frente al Fuerte (ocho días después, con siete de sus compañeros, aparece Francisco César con noticias que despiertan el loco entusiasmo de todos los expedicionarios, al relatar que había entrado a una región de “gente rica en oro y plata”).

Estas son las primeras informaciones históricas relativas a una parte de los aborígenes de la provincia de Corrientes. Paraná abajo, la expedición de Caboto encontró, en la actual costa correntina, la “generación” mepenes, dueña entonces del territorio, limitado hoy por los ríos Corriente y Santa Lucía.

Diego García(1) nombra, además de ésa, a los mocotáes y coñamce. El mismo, dice de todos: “Comen pescado é carne”; y de los mepenes “é algún arroz e otras”; agregando: “No comen carne umana, no hacen mal a los cristianos, antes son amigos suyos”.

(1) Memoria. 1526. Archivo General de Indias. Publicada: Eduardo Madero. "Historia del Puerto de Buenos Aires".

De los indios de Yaguarú, dice Ramírez: “Son parientes é de la misma generación de los que están en la Fortaleza de Santispritus con nosotros”.

También eran “parientes” los otros, porque el intérprete Francisco del Puerto(2), que acompañó a Caboto, le sirvió para entenderse con todos, y la comunidad o semejanza de idioma determina un mismo origen étnico.

(2) Dice Mantilla: “Lafone Quevedo considera ‘guaranizante’ a los caracarás, fundado en que ‘cuando entraron los españoles en el Río de la Plata, sólo se hablaba guaraní en las juntas del río Uruguay con el Paraná, y de allí recién volvía a aparecer en las juntas del Paraná con el Paraguay’. En mi concepto, incurre en error el distinguido americanista, tanto en la opinión emitida como en la causal de ella. Los caracarás eran guaraníes. El idioma guaraní dominaba en el Río de la Plata, y sus afluentes, sin que esto implique afirmar que era el único hablado de la misma suerte; por eso bastó a Caboto un sólo intérprete - Francisco del Puerto -indio timbú, “pariente” de los itatiguá, para entenderse con los aborígenes-, desde Sancti Spiritu hasta la boca del Pilcomayo.

Pertenecían, los mencionados pueblos, a la raza guaraní que, del Guaira, bajó por las corrientes del Alto Paraná y, sucesivamente, fue ocupando y poblando la banda oriental del gran río hasta su salida al mar(3).

(3) Es en esta época cuando empiezan a aparecer, tanto en las fuentes documentales como cartográficas, una cantidad de nombres de grupos indígenas. Estas denominaciones han creado apreciaciones muy confusas para su identificación, porque pueden corresponder a su propia autodenominación, a nombres de caciques, bandas o tribus (concepto muy impreciso), lenguas y dialectos, los que recibieron de otros grupos indígenas como, por ejemplo, la costumbre que tuvieron los guaraníes de llamar “enemigos” a sus vecinos: payaguá, tapuyá, mashco; o bien, denominaciones que les dieron los europeos, generalmente descriptivas como: frentones, barbados, coroados; o la referencia con términos geográficos. Esta diversidad de nombres, muchos actualmente fuera de uso, también ha llevado a falsas creencias sobre la cantidad de habitantes nativos en los primeros siglos de la conquista, debido a la duplicación o triplicación de un nombre. Ej.: enimagá, macá, guaná.

En Sancti Spiritu, Caboto se enteró de la actitud hostil de los indígenas, en franca rebelión por el maltrato a que eran sometidos por los españoles. Por este motivo, reforzó los efectivos y luego partió hacia el Sur, pero aprovechando su ausencia, los indígenas atacaron e incendiaron a Sancti Spiritu, reduciendo todo a cenizas (Septiembre de 1529).

Al comprobar el desastre, Caboto y García decidieron regresar separadamente a España; primero lo hizo García y, posteriormente, zarpó el navegante veneciano. Después de un penoso viaje, llegaron a Sanlúcar en Julio de 1530.

En 1529, cuando Caboto estaba aún en Sancti Spiritu, se dio a conocer un mapa que incluía por primera vez, los ríos Carcarañá, Paraguay y Lepeti (o Ypytã), que no es sino el Bermejo. Pertenecía a la carta de navegar que realizó Diego Ribero o Ribeiro, quien sucedió temporariamente a Caboto, en el cargo de piloto mayor del reino, por mandato de Carlos V.

Este mapa llevaba estampada, en la parte superior, una leyenda que dice: “Esta tierra descubrió Juhan de Solís, en el año de 1515 ó 1516, donde ahora esta Sebastián Caboto en una casa fuerte que allí hizo. Es tierra bien dispuesta para dar pan y vino, en mucha abundancia. El río es muy grandísimo y de mucha pesquería. Creen que hay oro y plata en la tierra adentro”.

Estos datos coinciden, fundamentalmente, con la carta que Luis Ramírez envió a su padre, y que fechó en San Salvador, el 10 de Julio de 1528. Más o menos en dicha fecha, Caboto decidió enviar una embarcación a España al mando de Roger Barlow y de Fernando Calderón, en un bergantín que apenas si contaba unas 40 toneladas.

Una carta de Caboto al rey, y la carta de Ramírez, acompañaba a algunas planchas y coronas de plata, como así también “tres ovejas de la tierra” (llamas, de las que había en abundancia en las cercanías del Carcarañá).

La embarcación llegó a Sevilla en los primeros días de Noviembre de ese año, 1528, y los emisarios de Caboto pusieron en manos del Emperador las cartas y piezas de metal, en la ciudad de Toledo, donde se hallaba entonces la Corte.

Carlos V puso todo su empeño para acudir en auxilio de Caboto aprestando, a tal fin, una carabela. Sin embargo, todavía a fines de Junio de 1530, no había podido partir la misma. A fines de Julio, la Santa María de Espinar amarraba en Sevilla, de regreso del Río de la Plata, con Caboto a bordo.

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