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Los difíciles comienzos

Los datos aportados en España por Sebastián Caboto y Diego García de Moguer sobre los legendarios dominios del “rey blanco” y las riquezas de la “sierra de la plata” despertaron gran entusiasmo en la Corte y el pueblo. En Enero de 1534, Hernando Pizarro exhibió el tesoro del inca Atahualpa, lo que acentuó aún más el deseo de poblar las comarcas del Plata.

Era necesario encontrar un personaje adinerado para que solventara los gastos de la nueva empresa. La elección recayó en Pedro de Mendoza, quien firmó con Carlos I una capitulación (21 de Mayo de 1534) por la cual el monarca lo autorizaba a conquistar y poblar la región “del Río de Solís, que llaman de la Plata”.

Pedro de Mendoza fue nombrado Adelantado, Gobernador y Capitán General del Paraguay y Río de la Plata por esta capitulación. El Paraguay y Río de la Plata constituyó un distrito adjudicado por la Corona en Adelantazgo, a partir de la capitulación firmada con Mendoza.

El territorio estaba comprendido entre los paralelos 25° y 36° de latitud sur, de este a oeste por ambos océanos. Mendoza recibía el título de Adelantado por dos vidas, autorizándolo a que construyera tres fortalezas.

El Gobierno del distrito fue ejercido por los Adelantados, sus lugartenientes y otros mandatarios que asumieron irregularmente el poder.

* El 21 de Mayo de 1534 se concedió a Pedro de Mendoza asiento como Adelantado de la Gobernación del Paraguay o Río de la Plata.

El Virreinato del Perú se hallaba dividido, en el siglo XVII, en tres Gobernaciones: Cuyo, Tucumán y Paraguay.

Cuando se le concedió a Pedro de Mendoza asiento como Adelantado de la Gobernación del Paraguay, ésta dependía políticamente del virrey de Lima y, jurídicamente, de la Audiencia de Charcas, o La Plata, en Perú.

Los límites de esta Gobernación fueron los siguientes:

Al Norte, las Gobernaciones de Serpa y Silva, que se extendían unas 100 leguas al Sur del Amazonas; al Este, la línea de Tordesillas, trazada desde el año 1494 a 360 leguas al Oeste de las Azores; al Oeste, las Gobernaciones de Almagro y Pizarro, en Perú; y, al Sur, una extensión de 200 leguas a partir de la Gobernación de Almagro, sobre la costa del Pacífico.

Dentro de esta vastísima Gobernación del Paraguay, la capitalidad fue asumida por su primera ciudad, Asunción, fundada en el año 1537. Luego, y a medida que fueron surgiendo las ciudades, se les asignó, a cada una de ellas, una determinada jurisdicción que, si alcanzaba una extensión suficientemente amplia, recibía el nominativo de provincia.

Así pues, había ciudades a secas, como Concepción del Bermejo, o ciudades-provincias, sin que ello pueda considerarse un régimen administrativo distinto de carácter oficial.

La expedición de Mendoza fue la primera expedición a aquel territorio, organizada y no casual. En ella participaron 13 naves, ocupadas por un número aproximado de 1.000 individuos, “hermosa y lucida gente, y muy bien armada y proveída”, a decir de Fernández de Oviedo(1).

(1) Andrés Millé. “Crónica de la Orden Franciscana en la Conquista del Perú, Paraguay y Tucumán”, p. 61.

Su preparación constituyó un auténtico júbilo en Andalucía, donde las banderas de alistamiento ondeaban por doquier, invitando a la prometedora conquista.

La Corona, por su parte, perseguía un doble objetivo: por un lado, descubrir y conquistar la que al fin dio en llamarse “sierra de la plata”; por otro, impedir que los portugueses rebasaran la Línea de Tordesillas, ahora que había interesantes objetivos que defender al Oeste de la misma.

Estos temores no eran infundados, ya que el Consejo de Indias había dado a conocer a la Corona una carta escrita el 2 de Octubre de 1530 por el embajador de España en Portugal, Lope Hurtado de Mendoza.

En ella daba cuenta de que en Portugal se preparaba “con gran prisa”, la Armada de Martín Alfonso de Souza la cual llevaba, además, dos bergantines “hechos para entrar allá por los ríos”(2).

(2) Enrique de Gandía. “Derechos del Paraguay sobre el Chaco Boreal”, p. 177.

El establecimiento del Puerto de Santa María de Buenos Aires (1536) y la fundación de la Ciudad de la Santísima Trinidad (1580), no son más que dos hitos en la larga tarea de configurar el Imperio atlántico de los Reyes Católicos.

El Río de Solís pareció al principio la vía adecuada para el ingreso a las regiones mineras. Pero, además, la zona del Plata y sus atinentes resultaba vital para frenar el ímpetu expansivo de la Corona portuguesa.

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