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El magnífico Don Pedro

Muchas preocupaciones de carácter estratégico embargaban a Carlos V y a la emperatriz Isabel en los años previos a la partida de la expedición de Pedro de Mendoza.

Navíos lusitanos merodeaban por el Río de la Plata en 1530, mientras se agudizaban los rumores acerca de la existencia del Imperio del Rey Blanco, ubicado en un sitio impreciso de estas tierras.

Era necesario organizar cuánto antes una Armada, dispuesta a explorar y colonizar para develar los misterios del Sur americano.

En 1534, luego de varias marchas y contramarchas, se firmaron las capitulaciones entre Su Majestad católica y Pedro de Mendoza, noble granadino, que había acompañado a Carlos V en las guerras de Italia.

Enrique de Gandía nos dice que el Adelantado, en su afán por la jornada del Río de la Plata, arrendó las tierras de su feudo andaluz de Valdemanzano para armar la expedición.

Los hombres y mujeres que se alistaron en la empresa vendieron hasta su ropa para poder embarcar. Ese entusiasmo de los conquistadores se acentuó cuando llego del Perú Hernando Pizarro y expuso, ante la admiración de los sevillanos, los áureos tesoros del Inca.

Catorce navíos y 1.500 hombres vinieron con Mendoza. No es necesario recordar que la jornada iniciada bajo tan brillantes auspicios resultó un verdadero fiasco.

Ulrico Schmidl, el primer cronista del Río de la Plata, ha dejado un muy conocido testimonio de las penurias que castigaron a esos pobladores, acosados por el hambre y por la hostilidad de las tribus querandíes y guaraníes, cuya colaboración no supieron ganarse.

La falta de árboles, de cultivos y de ganado mayor, es decir, de los elementos indispensables para la subsistencia de los europeos, no compensó las bondades del clima ni las ventajas del fondeadero del Riachuelo. No había indios mansos aptos para ser encomendados.

Pronto, los caballeros de rancio apellido que rodeaban a don Pedro, gente aventurera dispuesta a emular las hazañas de Amadís de Gaula, pero reacia a trabajar con sus manos, se sintió desmoralizada. Se buscaron víveres en el Delta, en la isla de Lobos, en el Brasil. Todo resultó insuficiente.

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