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PRIMER GOBIERNO DE IRALA

- Breve historia de la Gobernación

Si bien la Ciudad de Corrientes no se fundó hasta el año 1588, no se puede ignorar los acontecimientos históricos que antecedieron a esta fecha en la Gobernación del Paraguay.

Estos sirvieron de precedente al proceso colonizador de Corrientes, condicionando intensamente las relaciones interétnicas que allí se dieron con los indígenas; pero, además, sería imposible comprender el desarrollo económico y social de la provincia sin conocer previamente el curso que estos aspectos de su historia habían tomado desde sus orígenes en la Gobernación.

Corrientes, por más que sea ella misma, e independientemente, el objetivo de esta enciclopedia, formaba parte inseparable de todo un proceso, el cual se ha creído conveniente tratarlo aquí en su conjunto, al menos hasta la fecha en que la Gobernación quedó política y económicamente definida, lo que sucedió al cumplirse el primer tercio del siglo XVII.

- Exploración y primeras fundaciones

El año 1516 Juan Díaz de Solís se internó en el río que los guaraníes denominaban Paraná Guasu y que hoy conocemos como Río de la Plata. Era la primera vez que Europa establecía contacto con aquel territorio. La expedición formaba parte de un programa que la Corona española había iniciado con objeto de hallar un estrecho que uniera el océano Atlántico con el Pacífico.

No obstante, fuentes fidedignas sostienen que Solís viajó al Río de la Plata ya en 1512, pero este viaje se mantuvo en secreto por miedo a provocar roces con Portugal(1).

(1) Ricardo Levene. “Historia de la provincia de Buenos Aires y formación de sus Pueblos”, volumen I. // Citado en “Relaciones Interétnicas y Proceso de Formación Social en la Cuenca del Alto Paraná (Corrientes en los siglos XVI y XVII)” (1985), tesis doctoral que presenta la licenciada Teresa Cañedo Argüelles Fábrega, bajo la dirección del profesor, doctor Alfredo Jiménez Núñez. Departamento de Antropología y Etnología de América, Universidad de Sevilla.

En efecto, el Tratado de Tordesillas había establecido en 1493 una línea imaginaria a 370 leguas al oeste de las Azores y, en virtud de ella, todas las tierras que se descubrieran al este de la misma pertenecían al dominio portugués.

Las discordias respecto de los movimientos descubridores a que estaban autorizados los dos países serían difíciles de evitar en lo sucesivo pero sirvieron para que se llevara a cabo un reconocimiento minucioso de toda la costa sudamericana a partir del Sur de Brasil.

Navegando por esta misma costa, Hernando de Magallanes descubrió, en 1519, el Estrecho de su nombre, en el extremo Sur del continente; luego, Juan Sebastián Elcano, relevando a éste en el mando de la expedición, logró al fin circunnavegar el mundo.

Diez años más tarde, el Río de la Plata volvía a ser objeto de un nuevo programa expansionista español: alcanzar las Molucas. A este fin, en busca de clavo y canela, partió de Sanlúcar de Barrameda la expedición de Sebastián Caboto, en 1526.

Sin embargo, en las costas de Brasil dejóse tentar por los fabulosos relatos que allí contaron algunos sobrevivientes de la expedición de Solís acerca de “un rey blanco” y sus tesoros y, en pos de su hallazgo, desvió Caboto su ruta internándose en el Paraná Guasu.

Es así cómo el 9 de Junio de 1527, en la confluencia de los ríos Coronda y Carcarañá, se fundó el primer asentamiento europeo en territorio rioplatense, el Fuerte de Sancti Spiritu, que no tardaría en sucumbir bajo la hostilidad de los timbúes.

La flota de Caboto, con 130 hombres a bordo, encontró distinto recibimiento al Norte, cerca de la Ciudad de Corrientes, en el punto que denominaron Puerto de Santa Ana, donde señoreaban indios de filiación guaraní.

Su cacique, Yaguarón, les ofreció hospitalidad y, lo que es más, la confirmación de que, en alguna parte no lejana, existían efectivamente, metales preciosos a juzgar por los adornos que estos indios exhibían.

En realidad, sus planchas y orejeras de plata procedían de Potosí y fueron traídas por un sobreviviente de la expedición de Solís, Alejo García. Este había conducido, en 1524, una multitudinaria expedición de indios guaraníes con afán migratorio, desde Brasil hasta la precordillera andina, donde luego establecerían su nuevo asentamiento los chiriguanos (guaraníes).

Las noticias que aquí recibieron sobre aquel “rey blanco” eran tan imprecisas como los anteriores relatos oídos en las costas brasileñas. Sin embargo, su búsqueda se convirtió en objetivo primordial para los expedicionarios y sirvió para acicatear la futura alianza de aquellos españoles con los carios guaraníes, también deseosos de hallar aquel Eldorado, que ellos denominaban “kandire” y, al mismo tiempo, para que esta región mereciera el interés de la Corona española.

El 21 de Mayo de 1534 se concedió a Pedro de Mendoza asiento como Adelantado de la Gobernación del Paraguay o Río de la Plata. Esta fue la primera expedición a aquel territorio organizada y no casual. En ella participaron 13 naves, ocupadas por un número aproximado de 1.000 individuos, “hermosa y lucida gente, y muy bien armada y proveída” a decir de Fernández de Oviedo(2).

(2) Andrés Millé. “Crónica de la Orden Franciscana en la Conquista del Perú, Paraguay y Tucumán”, p. 61. // Citado en “Relaciones Interétnicas y Proceso de Formación Social en la Cuenca del Alto Paraná (Corrientes en los siglos XVI y XVII)” (1985), tesis doctoral que presenta la licenciada Teresa Cañedo Argüelles Fábrega, bajo la dirección del profesor, doctor Alfredo Jiménez Núñez. Departamento de Antropología y Etnología de América, Universidad de Sevilla.

Su preparación constituyó un auténtico júbilo en Andalucía, donde las banderas de alistamiento ondeaban por doquier invitando a la prometedora conquista. La Corona, por su parte, perseguía un doble objetivo: por un lado, descubrir y conquistar la que al fin dio en llamarse “sierra de la plata”; por otro, impedir que los portugueses rebasaran la Línea de Tordesillas, ahora que había interesantes objetivos que defender al oeste de la misma.

Estos temores no eran infundados, ya que el Consejo de Indias había dado a conocer a la Corona una carta escrita el 2 de Octubre de 1530 por el embajador de España en Portugal, Lope Hurtado de Mendoza. En ella daba cuenta de que en Portugal se preparaba “con gran prisa”, la Armada de Martín Alfonso de Souza, la cual llevaba, además, dos bergantines “hechos para entrar allá por los ríos(3).

(3) Enrique de Gandía. “Derechos del Paraguay sobre el Chaco Boreal”, p. 177. // Citado en “Relaciones Interétnicas y Proceso de Formación Social en la Cuenca del Alto Paraná (Corrientes en los siglos XVI y XVII)” (1985), tesis doctoral que presenta la licenciada Teresa Cañedo Argüelles Fábrega, bajo la dirección del profesor, doctor Alfredo Jiménez Núñez. Departamento de Antropología y Etnología de América, Universidad de Sevilla.

El 3 de Febrero de 1536 Pedro de Mendoza arribó a la desembocadura del río Paraná, fundando allí mismo el Puerto de Santa María de los Buenos Aires. Significaba aquél el punto de partida de la colonización rioplatense la cual se efectuaría en dos direcciones: primero, de Sur a Norte, en una etapa de exploración hasta que 3.000 kilómetros más arriba quedara consolidada la fundación de Asunción entre los carios guaraníes; luego, a la inversa, de norte a sur cuando Asunción estuvo en disposición de asumir una auténtica tarea de conquista y colonización.

La permanencia en Buenos Aires resultó ardua a causa de la escasez de víveres y la firme oposición que encontraron por parte de los indígenas que habitaban aquella zona. Pedro de Mendoza se vio obligado a despachar sendas expediciones, una a Brasil, en demanda de auxilios y, otra, Paraná arriba, en busca de mejores asentamientos.

Esta última, bajo el mando de Juan de Ayolas -en quien delegaría el Adelantado antes de regresar a España vencido por su enfermedad- fundó el 15 de Junio de 1536 el reducto de Corpus Christi, doce leguas al norte del río Carcarañá. En esta ocasión los vecinos timbúes, que nueve años antes habían destruido el Fuerte de Sancti Spiritu, acogieron amigablemente a los españoles.

Este radical cambio de actitud por parte de los indígenas da a entender la habilidad con que Ayolas supo establecer la comunicación con ellos. Los habitantes de Corundá (en la costa de la actual Ciudad de Santa Fe) le ofrecieron intérpretes que facilitarían los contactos posteriores. Así fundó Buena Esperanza y Candelaria, focos de vida efímera y sin otra importancia que la de servir de jalones al asentamiento definitivo de Asunción.

Antes de emprender su postrera expedición hacia Bolivia, en busca de la “sierra de la plata”, Ayolas delegó su autoridad en Domingo Martínez de Irala, a quien dejó asimismo en custodia a Tamatiá, la mujer que había recibido como obsequio de los indios payaguás. Esta conducta sirvió de guía a las primeras relaciones de parentesco entre españoles y carios, en Asunción, y serviría para sellar la alianza entre ambos pueblos.

El 15 de Agosto de 1537 otro fragmento de esta expedición, bajo el mando de Salazar de Espinosa, fundó finalmente la Ciudad de Asunción, a orillas del río Paraguay, en donde por votación de sus pobladores resultó electo como gobernador Domingo Martínez de Irala.

- Las autoridades coloniales

Al inicio, cuando la geografía conquistada aún era pequeña y los problemas relativamente pocos, las Indias se gobernaron desde el Consejo de Castilla. Con el tiempo, al aumentar el territorio conquistado se vio la necesidad de crear instituciones y organismos propios para dirigir las nuevas tierras. Así nacieron la Casa de Contratación y el Consejo Real y Supremo de Indias y, ya en el siglo XVIII, se agregó la Secretaría de Despacho Universal de Marina e Indias(4).

(4) Citado por Margarita Durán Estragó. “Historia del Paraguay” (Julio de 2010), capítulo IV: “Conquista y Colonización (1537-1680)”, pp. 64-66, Asunción. Ed. Taurus.

La Casa de Contratación, creada en 1503, se encargaba de administrar los negocios reales de ultramar. Tenía a su cargo el control y la regulación de la navegación, el comercio y la migración entre España y sus posesiones ultramarinas. Su importancia resultó fundamental debido al monopolio establecido por la Corona española y sus colonias.

Por su parte, el Real Consejo de Indias, creado el 1 de Agosto de 1524 contaba con facultades gubernativas, judiciales, militares, legislativas y de hacienda. Aconsejaba al rey en los asuntos de gobierno, administración y patronato. También proponía el nombramiento de las altas autoridades civiles y eclesiásticas de las Indias Occidentales, así como la modificación o la elaboración de nuevas leyes.

A su cargo corría todo el manejo administrativo y judicial del Imperio español. También preparaba los proyectos de resoluciones y los elevaba en consulta al rey, el cual con su aprobación los convertía en cédulas y provisiones. Para llevar a cabo todas esas funciones se componía de un presidente, un gran canciller, ocho consejeros, un fiscal, un secretario y dos escribanos, entre otros.

A medida que el poder español creció y se afianzó, aparecieron otras instituciones de carácter político y militar, con jurisdicción territorial sobre las tierras americanas. En el momento del “descubrimiento”, el cargo de Adelantado era honorífico y las personas que recibían dicha distinción lo hacían mediante capitulaciones de descubrimiento, conquista o población. El empleo era vitalicio y, a veces, hereditario por dos o más generaciones.

Casi siempre iba acompañado del mando político, militar y judicial. En el Paraguay y en el Río de la Plata ejercieron el cargo de Adelantados Pedro de Mendoza (1534-1536), Alvar Núñez Cabeza de Vaca (1542-1544), Juan Ortiz de Zárate (1569-1576) y Juan de Torres de Vera y Aragón (1578-1592), los tres primeros por merced real y el último por derecho sucesorio.

En el Nuevo Mundo, los órganos de gobierno estaban encabezados por los virreyes -alter ego del rey- representantes del monarca. El primer virrey de las Indias fue Cristóbal Colón, cargo que fue perdiendo atribuciones con sus descendientes, pero que reapareció con todo su poder en 1535, al crearse el Virreinato de Nueva España.

Siete años después se estableció el Virreinato del Perú, del que dependió el Paraguay hasta la creación del Virreinato del Río de la Plata, en 1776. El virrey electo recibía el título de Gobernador, Presidente de la Audiencia virreinal, Capitán General del territorio de su jurisdicción y un poder general que le facultaba para actuar como el mismo rey.

Al frente de una provincia menor, no tan expuesta a acciones bélicas, se hallaba el gobernador. En esta situación se encontraba Paraguay, a pesar de constituir zona fronteriza con los dominios portugueses y de estar expuesta a los ataques de los indios del Chaco.

El nombramiento de gobernador provenía del rey y a él solo rendía cuenta de sus actos, aunque también se hallaba vinculado al virrey como representante del monarca. Los gobernantes eran residenciados (juzgados) al término de su mandato.

Para ello, el llamado Juez de Residencia realizaba un cuestionario sobre los problemas más comunes y los vecinos importantes lo llevaban a sumario secreto. A continuación, se llamaba a acusación de cargos y se corría vista a las partes. Si el gobernador resultaba culpable, podía ser castigado.

El principal órgano de la Administración de la Justicia fue la Real Audiencia, tanto en las Indias como en España. Las Audiencias en América eran Tribunales colegiados integrados por su presidente y los oidores o vocales.

Los autores clasifican las Audiencias en varios tipos: virreinales, establecidas en la capital del virreinato y presididas el mismo virrey; pretoriales, radicadas en la capital de las provincias mayores, a cuyo frente figuraba un presidente que era, a la vez, Capitán General y gobernador; subordinadas, como la de Charcas, a cuya jurisdicción perteneció Paraguay hasta 1785, año en que se instaló una Audiencia virreinal en Buenos Aires.

Los funcionarios auxiliares y subalternos de la Justicia eran los Corregidores y Alcaldes Mayores. El título completo era el de Corregidor y Justicia Mayor, al que a veces se agregaba una designación de orden militar, Capitán de Guerra o lugarteniente del Capitán General. Ocupaba un lugar inferior al de los gobernadores.

Los Corregidores de América se nombraban para gobernar un pueblo de indios (eran como unos capataces) mientras que el Corregidor que administraba un pueblo de españoles era gobernante de comarcas, que casi siempre formaban parte de un virreinato o provincia mayor, es decir, dependían del presidente de una Audiencia.

El Cabildo o Ayuntamiento fue la única institución municipal y representaba a las élites locales. El Cabildo de Asunción se creó el 16 de Septiembre de 1541, tras la llegada de los hombres emplazados en Buenos Aires. A partir de entonces el Fuerte de Asunción se convirtió en ciudad, dirigida por el gobernador Domingo Martínez de Irala.

Más tarde se crearon otros Cabildos de españoles, como los de Villa Rica y Curuguaty, y Cabildos de indios en las reducciones y pueblos de naturales.

Desde el punto de vista edilicio, Asunción siguió siendo la misma ranchería y, aunque llegó a ocupar más de una legua de oeste a este (alrededor de cinco kilómetros) y más de un tercio de legua de norte a sur, no tenía ninguna ordenación por cuadras y solares iguales, sino calles anchas y angostas que salían y cruzaban a las principales “como algunos lugares de Castilla”, según Ruy Díaz de Guzmán, y, antes que calles, eran surcos abiertos por los raudales.

Los cabildantes se reunían en la Iglesia Mayor y los acuerdos entre Irala y sus Oficiales reales se celebraban todos los lunes en la casa del gobernador.

En los territorios coloniales de las Indias, al igual que en la metrópoli, se registraron dos clases de cabildos: los ordinarios y los abiertos. Los primeros estaban integrados por los Alcaldes y los Regidores, presididos en las ciudades cabeceras de gobernación por el propio gobernador de la ciudad o su lugarteniente. Podían formar parte de ellos los Oficiales Reales, que eran considerados como regidores natos de la ciudad.

También tenía asiento, voz y voto el Alférez Real con lugar de Regidor más antiguo y con salario duplicado. Las atribuciones del Cabildo consistían en elaborar Ordenanzas de buen gobierno, que debían presentarse a la Audiencia para su estudio, y ésta al Consejo de Indias para su aprobación definitiva.

Integraban el Cabildo dos Alcaldes Ordinarios, de renovación anual, y un número variable de Regidores que podían ser vitalicios o de mando anual entre los cuales algunos, como el Alférez Real, el Alcalde Provincial de la Santa Hermandad, el Alguacil Mayor y el Fiel Ejecutor tenían funciones específicas de carácter político, policial o económico.

Los Alcaldes o Jueces de primero y segundo votos administraban Justicia. El de primer voto debía recaer en un encomendero y el de segundo voto en un vecino con “casa puesta”, o sea, propietario, descendiente de conquistadores, de buena conducta, que supiera leer y escribir y tener la confirmación de su cargo.

Otros cargos de perpetuidad eran los siguientes: los de Relatores o Actuarios, que podían ser pregoneros; los Escribanos, dedicados a labrar actas capitulares y dar fe de todo lo dicho en el acto; el Alguacil Mayor, encargado de controlar el orden público, los precios y la calidad de los productos; el Fiel Ejecutor, que controlaba los pesos y las medidas, además de encargarse del saneamiento, alumbrado y sanidad; el Depositario, que custodiaba los bienes municipales; y el Procurador, experto en leyes.

Para poder obtener alguno de estos cargos públicos se debía contar con cinco años de residencia y ser benemérito, es decir, descendiente de conquistadores.

El cabildo abierto sólo tuvo lugar en circunstancias excepcionales o en pueblos de exigua densidad de población. Era una reunión altos funcionarios de la Administración a los que se agregaban algunos vecinos para deliberar sobre asuntos de interés inmediato.

- Asunción. Primeros contactos y actuaciones

El trazado urbanístico de Asunción no respondió a ningún orden preestablecido como tampoco las pautas de conducta para con los habitantes de la zona, los carios-guaraníes, las cuales se iniciaron fuera de todo cauce institucional.

Las primeras relaciones hispano-guaraníes presentaron un cariz amistoso. Esta alianza, tan tempranamente sellada, respondía a múltiples circunstancias que el ambiente cultural favorecía desde ambos lados.

Los dos grupos, indios y españoles, iban en busca de un objetivo común, con distinto nombre: el “kandiré” y “eldorado”. Ambos requerían la mutua colaboración para hacer frente a sus inmediatas necesidades, unos de víveres y, otros, de ayuda frente a los grupos chaqueños hostiles, de la orilla opuesta. Por último, ninguno de los dos grupos oponía prejuicios insuperables al mestizaje.

Ya veíamos cómo los supuestos tesoros del “rey blanco” impulsaron hacia el Norte, desde el Puerto de Buenos Aires, las expediciones fluviales de exploración, remontando las cuencas del Paraná y Paraguay, salvado aquel dificultoso tramo en el que los españoles encontraron serias dificultades, tanto por la agresividad de grupos chaqueños y guaraníes como por la escasez de víveres; el contacto con los carios, en cambio, ofreció las bases idóneas para emprender con éxito el proceso colonizador.

Por su parte, la búsqueda del “kandire” era un deseo arraigado en la cultura guaraní y constituyó el objetivo de la expedición que, en 1525, había conducido Alejo García con 4.000 indios de diferentes comarcas o “guaras(5) hacia el Alto Perú, por lo que su difusión alcanzó una dilatada área de ocupación guaraní.

(5) Branislava Susnik. “El Guaraní Colonial”, p. 16. // Citado en “Relaciones Interétnicas y Proceso de Formación Social en la Cuenca del Alto Paraná (Corrientes en los siglos XVI y XVII)” (1985), tesis doctoral que presenta la licenciada Teresa Cañedo Argüelles Fábrega, bajo la dirección del profesor, doctor Alfredo Jiménez Núñez. Departamento de Antropología y Etnología de América, Universidad de Sevilla.

Otro elemento favorable para el éxito del contacto lo constituyó, sin duda, la suficiencia económica de los carios asunceños, cuyo cultivo intensivo de maíz y mandioca, así como sus abundantes cazaderos y zonas de pesca ofrecieron a los españoles atractivo suficiente para su asentamiento en aquel territorio después de los meses de penuria padecidos desde que partieron del desolado puerto de Buenos Aires.

Los carios les acogieron con hospitalidad no sin antes ver en el grupo recién llegado los futuros beneficios del pacto, pues sin duda lograrían con ellos la aniquilación de los asientos agaces y payaguáes cuyos asaltos, desde la otra orilla del río Paraguay, implicaban una seria y constante amenaza a sus cultivos y a sus aldeas.

Por último mencionábamos antes la escasez de prejuicios raciales que exhibieron los dos grupos en contacto. Esta actitud merece un estudio minucioso.

Algunos autores han visto en ella, así como en los meses de abstinencia impuestos por el viaje, una explicación fundamental a la rapidez con que se produjo el cruzamiento racial en América y especialmente en Paraguay, donde se ha hablado de una “conquista de mujeres”. Pero ésta es solamente una parte de la realidad.

Es cierto que aquí el proceso de unión se vio doblemente favorecido por la esencia misma de la cultura guaraní, que hacía de la mujer un factor clave a la hora de pactarse las relaciones intertribales. Hemos de tener en cuenta que la solidaridad orgánica de un grupo con otro se reafirmaba a través de la mujer, la cual los vinculaba al ser, para unos, esposa, y para otros, hermana.

Nos referimos al “cuñadazgo”, relación muy generalizada en diversas culturas(6) pero que en Paraguay revistió una especial relevancia a la llegada de los españoles pues, para los carios, pactar con estos significaba emparentar con un grupo de técnicas superiores, con su consiguiente aumento de poder frente a grupos enemigos

(6) Lucy Mair. “Introducción a la Antropología Social”, p. 91. // Citado en “Relaciones Interétnicas y Proceso de Formación Social en la Cuenca del Alto Paraná (Corrientes en los siglos XVI y XVII)” (1985), tesis doctoral que presenta la licenciada Teresa Cañedo Argüelles Fábrega, bajo la dirección del profesor, doctor Alfredo Jiménez Núñez. Departamento de Antropología y Etnología de América, Universidad de Sevilla.

Por su parte, los conquistadores, escasos y aislados, supieron aprovechar con tacto esta coyuntura, viendo también en la mezcla la oportunidad de ampliar sus alianzas y de establecer, en última instancia, su dominio efectivo sobre aquel territorio conquistado.

Es así cómo la mujer, desde su rol de procreadora, se convirtió en el primer nexo de unión entre los guaraníes y los españoles integrando a su vez en el nuevo orden colonial a toda su parentela que enseguida reconoció el estatus del “tovaja” o cuñado, para los españoles.

Bajo estas pautas se comenzó a canalizar la imbricación pacífica de ambas culturas, entendida ésta como una reciprocidad de servicios, es decir, el guaraní, sin renunciar a su cultura, se sometería a la dependencia de los españoles a cambio de que éstos les ayudaran en la defensa de sus comunidades y en la búsqueda del “kandire”.

Martínez de Irala, durante su primer período de Gobierno empezó por controlar las comunidades indígenas para valerse de ellas a modo de servicio personal y, con ello, se inició el proceso de aculturación guaraní que no tardaría en presentar su reacción negativa.

Efectivamente, habíamos dicho que la mujer guaraní fue la primera en integrarse al orden colonial. Esta se canalizó mediante tres vías: por entrega voluntaria de los carios y, en cuanto se impuso el dominio del conquistador, por rancheadas o capturas.

En este sentido parece que Domingo de Irala no había impuesto pautas de conducta determinadas; en términos generales cada conquistador se conducía por sí mismo y es así cómo en los primeros hogares hispano-guaraníes estos convivieron con un número de indias que osciló entre 10 y 50, hecho que inspiraría a tantos autores el apelativo tan poco afortunado de “Paraíso de Mahoma” para la recién fundada sociedad asunceña.

Una manera de mantenernos tenemos en esta tierra, la cual me parece muy perjudicial a nuestras conciencias y aún a la población de la tierra, y ésta ni Dios ni Vuestra Majestad no la puede excusar, la cual es para hacer sementeras.
Tenemos en nuestras casas muchas indias, y algunas muy parientas (...) y por tenerlas nosotros, los indios dejan de multiplicar (...) paréceme que bastarían tener dos o tres indias, según los cristianos tuviesen, para guisar de comer, y no la suma tan grande que de ellas tenemos (...) y lo peor es que se venden entre nosotros como si fuesen esclavas(7).

(7) Carta del factor Pedro de Orantes al rey, Asunción, 5 de Marzo de 1545. En: Roberto Levillier. “Correspondencia de los Oficiales Reales de Hacienda del Río de la Plata con con los Reyes de España”, volumen I, p. 80. // Citado en “Relaciones Interétnicas y Proceso de Formación Social en la Cuenca del Alto Paraná (Corrientes en los siglos XVI y XVII)” (1985), tesis doctoral que presenta la licenciada Teresa Cañedo Argüelles Fábrega, bajo la dirección del profesor, doctor Alfredo Jiménez Núñez. Departamento de Antropología y Etnología de América, Universidad de Sevilla.

Había surgido ya la primera unidad social hispano-guaraní, el “tejupa(8), o casa-hacienda, que albergaba al español con sus mujeres en calidad de sirvientas y concubinas y, enseguida, los hijos mestizos habidos de estas uniones.

(8) Branislava Susnik. “Los aborígenes del Paraguay”, volumen II, p. 57. // Citado en “Relaciones Interétnicas y Proceso de Formación Social en la Cuenca del Alto Paraná (Corrientes en los siglos XVI y XVII)” (1985), tesis doctoral que presenta la licenciada Teresa Cañedo Argüelles Fábrega, bajo la dirección del profesor, doctor Alfredo Jiménez Núñez. Departamento de Antropología y Etnología de América, Universidad de Sevilla.

Allí mismo acudían sus parientes indios, que se incorporaban al servicio del blanco bajo un régimen de dependencia todavía imprecisa, que aceptaban porque en aquellos “tejupa” vivían sus hermanas y sus hijas; en realidad, pues, trabajaban para sus parientes, aunque ellos seguían ligados a sus antiguas comunidades, cada día más débiles, a causa de la falta en su seno de mujeres en edad de procrear y de que sus mejores tierras, poco a poco, iban siendo acaparadas por los españoles:

La costumbre tan vieja que tenemos en servirnos de los indios por tener sus indias y parientas que, dejando aparte las fuerzas que a los dichos indios se les ha hecho tomándoles sus mujeres, hijas y parientas, así por algunos cristianos como por otros indios, para dar a los cristianos para, por esa vía, tener el dicho servicio, y otros malos tratamientos que sobre ello se han hecho, sino dándoles ellos con su voluntad y con su paga, es muy gran perjuicio al bien de esta tierra porque por tener los cristianos gran número de indias como tenemos, a los indios les faltan, y dejan de multiplicar, y la tierra se pierde como se ve por experiencia, que solía estar muy poblada y ahora está por muchas partes despoblada(9).

(9) Carta del factor Pedro de Orantes al rey, La Plata, 28 de Septiembre de 1556. En: Roberto Levillier. “Correspondencia de los Oficiales Reales de Hacienda del Río de la Plata con con los Reyes de España”, volumen I, p. 208. // Citado en “Relaciones Interétnicas y Proceso de Formación Social en la Cuenca del Alto Paraná (Corrientes en los siglos XVI y XVII)” (1985), tesis doctoral que presenta la licenciada Teresa Cañedo Argüelles Fábrega, bajo la dirección del profesor, doctor Alfredo Jiménez Núñez. Departamento de Antropología y Etnología de América, Universidad de Sevilla.

Otra parte de los varones adultos carios se incorporó a las expediciones de exploración en busca de la “sierra de la plata” pues en ellas veían la oportunidad, además, de capturar mujeres de tribus chaqueñas en sustitución de las propias:

Preguntando a los indios agaces que por qué daban sus mujeres a los indios carios, respondieron que porque decían los indios carios que ellos eran los recios, y que les diesen a ellos sus mujeres porque a nosotros pronto nos matarían, lo cual a su y merced en persona se lo dijeron estando en la frontera(10), con todo lo cual, las pequeñas rozas de las que se sustentaban los carios fueron progresivamente abandonadas.

(10) Probanza de Méritos y Servicios del factor Pedro de Orantes, Asunción, 4 de Julio de 1545. En: Roberto Levillier. “Correspondencia de los Oficiales Reales de Hacienda del Río de la Plata con con los Reyes de España”, p. 114. // Citado en “Relaciones Interétnicas y Proceso de Formación Social en la Cuenca del Alto Paraná (Corrientes en los siglos XVI y XVII)” (1985), tesis doctoral que presenta la licenciada Teresa Cañedo Argüelles Fábrega, bajo la dirección del profesor, doctor Alfredo Jiménez Núñez. Departamento de Antropología y Etnología de América, Universidad de Sevilla.

- Desgaste físico y mortandad indígena

Las movilizaciones y campañas de conquista llevadas a cabo por los españoles -con indios guaraníes a su servicio-, se hicieron cada vez más frecuentes y prolongadas, hasta tal punto que los indígenas comenzaron a sentir el desgaste físico y una gran mortandad.

Si al principio acudieron voluntariamente como acompañantes de los españoles, con el tiempo terminaron haciéndolo por la fuerza, lo que motivó la rebelión y el deseo de “echar de la tierra a los cristianos”, según relató Ulrico Schmidl (soldado alemán que integró la expedición de Pedro de Mendoza).

Son muchos los cronistas que hablan del enfrentamiento habido entre españoles y guaraníes al inicio de la conquista. Por ejemplo, Ulrico Schmidl cuenta en sus relatos que mientras Juan de Salazar mandaba construir el Fuerte de Asunción, el cacique Lambaré y su gente levantaban una defensa para proteger a sus hijas y mujeres.

Los españoles sitiaron a Lambaré hasta que los carios se rindieron después de tres días de resistencia ante los arcabuces enemigos y, en señal de sometimiento, entregaron a los españoles alimentos y mujeres.

Para evitar posibles levantamientos, como el que ocurrió en 1539, los españoles impusieron a los indígenas la carga del trabajo forzado, unido al sometimiento sexual de las mujeres por medio de la “alianza” con los caciques guaraníes.

De esta manera se desmonta lo que hasta ahora muchos consideran el encuentro romántico del español con la mujer guaraní, y de lo que se llamó “Paraíso de Mahoma”.

Más allá de los hechos anecdóticos, analizamos las causas de dicha unión y nos encontramos con una realidad diferente, ya que aquellas relaciones se mantenían por la fuerza de las armas y se hallaban asociadas a la reciprocidad guaraní.

Este primer período de conquista española fue sangriento y pleno de violencia. Las conjuras indígenas se sucedieron, como la que tuvo lugar el Jueves Santo de 1539, cuando ocho mil guaraníes se reunieron en Asunción para acabar con los blancos al término de la celebración litúrgica de ese día, pero una delación permitió a los españoles adelantarse y colgar a los cabecillas.

Otro alzamiento se produjo en la región del Jejuí, hacia 1543, cuando los guaraníes, al mando del cacique Taberé, se negaron a entregar víveres a los españoles en represalia por la muerte de otro cacique, Aracaré.

Según los cronistas de la época, esta reacción indígena fue aplacada con sangre por Domingo Martínez de Irala, lo que provocó que el descontento de los nativos se extendiera por casi todas las regiones boscosas del norte, los valles del sur y entre los carios de Asunción.

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