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Destrucción de Buenos Aires

Es notable que, cuando en 1541 Domingo de Irala, el caudillo de esta primera colonización, ordenó despoblar Buenos Aires y concentrar los recursos humanos y económicos en Asunción, el pequeño puerto ya contara con ciertas tradiciones.

La futura capital argentina demostró su vocación carnívora desde sus remotos comienzos: durante la gravísima hambruna de 1536 unos soldados no vacilaron en comer carne humana, la de tres infelices ajusticiados por el delito de matar un caballo.

Los libros llevados por Mendoza en su equipaje, obras de Erasmo y de Virgilio, autores favoritos del humanismo, abrieron una inquietud cultural que tardaría siglos en florecer plenamente.

Las cinco míseras capillas construidas por los frailes misioneros, con fondos del Adelantado, dos de ellas sobre la playa para que los tripulantes pudieran oír Misa desde los barcos, testimoniaron el fervor religioso de la incipiente población. Y unos cuantos potros y yeguas traídos por la Armada, sueltos en la pampa enorme y vacía, sentaron las bases de la riqueza pecuaria bonaerense.

Curiosamente, esos primitivos porteños, sobrevivientes de la expedición del Adelantado, se aferraron como pudieron a su escuálida aldea; cuando Irala ordenó la despoblación, no quisieron obedecerlo, ni siquiera al saber que en la lejana Asunción 700 mujeres guaraníes prometían ocios tentadores a los colonos.

Fue preciso quemar el puerto; Irala bajó expresamente para ello y dejó en la costa un mástil y unos mensajes dentro de calabazas, indicando a los viajeros la ruta a seguir hasta “la madre de ciudades del Río de la Plata”.

En la Isla San Gabriel quedaran unas provisiones.

Esta actitud de Irala ha sido, hasta hoy, objeto de controversias, principalmente en lo que se refiere a la decisión de despoblar el puerto de Buenos Aires. Irala decretó su desmantelamiento en 1541, despreciando su valor estratégico como vía de salida al mar, tan necesaria para Asunción que estaba, literalmente, encajonada entre selvas.

Las expediciones desde el Atlántico a través de Brasil le habían sugerido la fundación de este puerto en la costa atlántica, cerca de la isla de Santa Catalina, por considerar esta ruta más viable que la navegación del Paraná, cuyo litoral asediaban indígenas hostiles.

Sin embargo, los intentos de establecer allí un puerto, fracasaron. Primero, la armada de los Sanabria que, enviada desde España en 1547, quedó desmantelada en la isla de San Gabriel optando, al fin, sus supervivientes, por integrarse en la población asunceña. Luego, la expedición de Jaime de Rasquín, en 1558.

Esta fue organizada con intención de poner cortapisas a las pretensiones francesas sobre aquella costa, pero tampoco lograría un puerto para Asunción.

Por otro lado estaba la conveniencia de concentrar en un solo punto y, lo que es más, bajo una sola autoridad, a todo el contingente humano disperso por la Gobernación.

Sea como fuere, la consolidación de Buenos Aires, si no era ya una realidad estaba en camino de serlo, habiéndose puesto bien a prueba el valor y la tenacidad de sus abandonados pobladores que, tras cinco años de soledad y penurias habían logrado dar auténtica vida al primitivo reducto militar:

Estaban tan fuertes, reformados de rozas, ganado de puercos y gallinas, y hortalizas, en tanta abundancia y cantidad, que en dicho puerto se pudieran mantener y proveer... cualquier gente y navíos de España(1).

(1) Enrique de Gandía. “Despoblación del Puerto de Buenos Aires”, volumen XIX, pp. 178 y sigtes.

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