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Motivaciones de la conquista

Después de haber examinado los primeros momentos de la colonización con sus errores y de ver cómo la élite de la nación española sometía a un verdadero examen de conciencia sus actitudes y tenía el valor de cuestionar en orden a los principios un poder que era incuestionable en el terreno de los hechos, se puede evaluar con mayor seguridad las motivaciones concretas que dieron impulso a la conquista y colonización de los territorios americanos(1).

(1) Carlos Alberto Floria/César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”, tomo 1, capítulo 3.

Pretender establecer una prioridad entre estos motivos o discutir la influencia de unos en detrimento de otros parece una empresa fútil. No fueron las mismas motivaciones las que guiaban al misionero y al hombre de guerra, al adelantado y al humilde colono, a quien se introducía en tierras ignotas en busca del oro de los césares y a quien se asentaba a cultivar en una zona no fronteriza.

La fe, la cultura, el temperamento y las innúmeras circunstancias locales graduaban aquellos motivos, jerarquizándolos o distorsionándolos. Al nombrarlos se hará aquí simplemente un inventario. Pero se señalará desde ya que tales motivaciones pueden reducirse básicamente a dos: La propagación de la fe y el deseo de un cambio.

Simultáneamente, estos dos términos reflejan mejor que cualesquiera otros los polos que constituyen la tensión espiritual del hombre español de ese siglo.

La difusión del cristianismo representa la raigambre espiritual del español -castellano o no-, su fuerza vital profunda y secular; el deseo de cambio, expresado en la vocación de aventura, el ansia de riqueza o la búsqueda de una promoción social está mostrando el pulso del siglo, el momento en que un orden social -el medieval- cede y se desintegra ante las nuevas formas de vida y pensamiento de la sociedad moderna.

El mundo occidental estaba en uno de sus trascendentales cambios en su marcha histórica a través del tiempo. Ese cambio, insensible a los ojos de la inmensa mayoría de sus contemporáneos, se traducía en una serie de tensiones y de expresiones de las cuales recogeremos aquéllas que se manifestaban con más vigor en el ámbito americano.

La propagación de la fe cristiana constituyó un mandato expreso del Papa donante. Pero más allá del imperativo jurídico existe un imperativo espiritual que se expresa a través de la Corona desde las Instrucciones para el segundo viaje de Colón en adelante en infinidad de leyes y en la obra concreta de los misioneros, la preocupación de las autoridades coloniales y la colaboración de numerosos laicos.

La unificación religiosa de España se va a expresar en las Indias por la prohibición de viajar y permanecer en ellas para todos los judíos y herejes.

En América no habrá más que un mundo cristiano, pujante y misionero, y un mundo  pagano, estático, que sufre el impacto de una cultura nueva y superior.

El espíritu de aventura, aunque estimulado por la “situación de cambio” del mundo occidental, era si se quiere el más tradicional modo de expresión de aquél cambio.

Mucho de aquél espíritu medieval del guerrero sobrevive en el aventurero que se encuentra con un mundo nuevo, pleno de exotismo, riesgos, misterios y leyendas.

El deseo de riquezas fue indudable, tanto en la Corona como en los individuos. Si en aquélla no oscureció el afán evangélico -al menos conscientemente-, en los individuos nos enfrentamos con una gama infinita.

El mismo poder alucinante de las tierras de las especias y de la leyenda de la sierra de la plata son la prueba del poder impulsor del objetivo económico. La riqueza sería, desde Colón en adelante, la gran compensación de tantas seguras desventuras.

El deseo de promoción social también incidió visiblemente en el trasplante a América de hombres y familias y en la intensa actividad desarrollada por ellos en el nuevo continente.

La Corona, preocupada por dominar a la nobleza, que en el pasado le había creado muchos problemas, procuró desde un principio evitar en América toda configuración feudal o parecida. La atribución de señoríos fue muy escasa e igualmente la de mayorazgos.

Los nobles, fuertes y prósperos en la propia tierra española, no desearon participar personalmente en la empresa americana, salvo -pasados los primeros años-, en forma provisoria y como altos dignatarios de la Administración real. Y aún entonces su poder emanaba del cargo y no de su condición de nobles, que sólo les daba lustre social.

Por ello, el acceso a la expectabilidad social fue más fácil en América que en España. Era fácil ser propietario, y aún terrateniente en ciertas regiones, y la expectabilidad social se basó principalmente en la obtención de la condición de “funcionario”. De ahí proviene la frecuencia de las “relaciones de méritos y servicios” y la extrema importancia que se les atribuía.

Dice el historiador estadounidense Clarence Haring, que los europeos sentían

una insatisfacción activa respecto de las instituciones políticas, religiosas y sociales del Viejo Mundo, y una tendencia a huir a tierras distantes, donde pudieran crear una sociedad de acuerdo a sus propios deseos”(2).

(2) Clarence Haring. “El Imperio Hispánico en América” (1966), 4ta. edición, p. 163, Buenos Aires. Ed. Solar-Hachette. // Citado por Carlos Alberto Floria/César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”, tomo 1, capítulo 3

Se cree que este sentimiento, típico en la colonización inglesa, se dio en mucha menor medida en el caso español, porque las tensiones del cuerpo social eran mucho menores: la monarquía era popular, la fe uniformemente compartida y la movilidad social apreciablemente mayor que en el resto de Europa.

Evidentemente, España cambiaba con Europa, aunque con su propio ritmo, y los cambios generan inquietudes, insatisfacciones y apetitos; pero como motivación concreta de tipo social, en la colonización se prefiere hablar de “deseo de promoción” y no de “descontento”.

Otros autores, como Tau Anzoátegui-Martiré, incluyen, entre las motivaciones señaladas, el interés científico y los fines políticos y fiscales. Pero éstas deben entenderse como motivaciones especialmente referidas a la acción oficial de la Corona y sus órganos, más que como causas motoras de los pobladores.

Para finalizar, se dirá que la inmensidad del territorio americano provocó diferenciaciones progresivas en la colonización de cada país, dando a la empresa, pese a las grandes líneas comunes, multitud de matices regionales que dificultan y tornan arriesgadas las generalizaciones.

Pero dentro de lo que éstas puedan ser admisibles, se puede afirmar que el carácter popular de la colonización fue una constante. América fue poblada, en términos generales, por hombres del pueblo, mezclándose con cierta frecuencia entre ellos hidalgos empobrecidos, y en menor cantidad segundones de casas nobles a los que el mayorazgo había cercenado la mayor parte de los beneficios de su condición.

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