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La hueste indiana

Ni la distancia, ni el escenario, ni la condición del enemigo, permitieron a los españoles la constitución de grandes ejércitos a que estaban acostumbrados(1).

(1) Carlos Alberto Floria/César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”, tomo 1, capítulo 3.

En América se trataba de grupos reducidos, a veces ridículamente minúsculos, que se reunían a la convocatoria de un caudillo o jefe de armas, para realizar una empresa determinada, bajo la promesa de participaciones en el botín y otras recompensas, como ser adjudicaciones de tierras, gratificaciones u honores.

Los salarios no existían o carecían de significado como motivación del enganche bajo la bandera del caudillo. Este corría con la tarea de equipar la gente y armarla, y el que concurría con armas o bagajes tenía su privilegio.

La mano de la autoridad real generalmente se limitaba a autorizar la expedición. La participación era totalmente voluntaria y el jefe se debía a su promesa tanto en el objeto de la expedición como en su duración.

Demetrio Ramos llama “hueste indiana” a esta forma peculiar de gente armada, para diferenciarla de la “hueste” medieval, con la que no tiene relación alguna(2).

(2) Demetrio Ramos. “Determinantes Normativos de la Hueste Indiana y su Origen Modélico” (1965), pp. 19 a 30, en la “Revista Chilena de Historia del Derecho”, Nro. 4, Santiago de Chile.

Afirma el investigador español que ésta se funda en el vasallaje y obligatoriedad, mientras que la “hueste indiana” era contractual y voluntaria y derivaba de la organización marinera del “fecho de mar” .

La recluta, la libertad del caudillo, el funcionamiento de la empresa, la licencia real, señalan el origen de la “hueste indiana” y las expediciones de 1501 a 1514 muestran la transformación de la gente de mar en “compañía” terrestre.

De aquí deriva el que las jerarquías fueran inicialmente confusas en estas fuerzas, que no existieran disposiciones expresas en un principio sobre el equipo militar ni se conocieran reglamentos u ordenanzas a los que estuvieran sometidos el jefe y su tropa.

El bagaje de la expedición dependía, dice Salas, de la experiencia o previsión del caudillo, y agreguemos que también de su crédito y de las perspectivas de la empresa propuesta.

La veteranía se media por el tiempo de servicio en tierra americana, pues las experiencias europeas poco contaban en el nuevo escenario, y los novatos en lides americanas recibían el despectivo nombre de chapetones.

Tampoco el arma de fuego, la gran invención bélica del ocaso medieval, tuvo demasiada significación en América. Su expresión más rotunda, la artillería, escaseó sobremanera y apenas algunas bombardas o falconetes acompañaban a las fuerzas equipadas con mayor opulencia, que fueron pocas.

El arma de fuego por excelencia de esta época y lugar fue el arcabuz, pero no deben exagerarse sus méritos. Su efecto fue principalmente psicológico sobre el indio que se veía víctima de un principio desconocido, pero su alcance no era mayor que el de las flechas nativas y su rapidez de tiro muy inferior a la que podía lograr con su arco un flechero indígena común.

En las armas blancas los europeos tenían ventaja en la calidad y liviandad de las mismas, a través del uso del hierro y el acero, y las espadas españolas no dejaron de producir sorpresa por su efectividad.

También las armas defensivas -corazas, escaupiles, cascos-, eran superiores en los conquistadores, pero a veces, en las zonas húmedas y calientes de los trópicos, se transformaron en un inconveniente.

Pero donde residió uno de los factores fundamentales de la supremacía blanca en la lucha fue en el caballo. Compañero habitual del guerrero europeo, apareció por primera vez ante los indígenas como un monstruo terrible en cuya presencia se desvanecía el coraje del nativo.

Aparte de su novedad, el caballo multiplicaba con su velocidad la fuerza del impacto de las lanzas y espadas tornándolas irresistibles para los cuadros indígenas. Como medio de movilidad fue un valioso auxiliar para superar los efectos de las distancias y las emboscadas.

También el perro, adecuadamente amaestrado, fue utilizado con éxito en la lucha contra el indio, y éste llegó a temerle justamente.

Debe añadirse por fin la sorpresa que estos hombres barbados y blancos, venidos del mar, produjeron en muchos de los pobladores de América, al punto que en México y Perú se los creyeron dioses.

Los conquistadores aprovecharon inicialmente este impacto, que unido a los causados por el caballo, el perro del guerrero, el estruendo de las armas de fuego y la eficacia del acero, pusieron a los indios en franca inferioridad psicológica frente al invasor y sellaron su destino militar.

Los españoles eran combatidos en cambio con armas conocidas o semiconocidas por ellos: flechas, lanzas, macanas, porras, hondas, etc. Sólo los venenos y las emboscadas perturbaron a los españoles, pero no llegaron a arredrar su espíritu.

Así se explica la rapidez de la conquista, más notoria aún cuando se combatía contra un Estado organizado, que se derrumbaba y desarticulaba en la derrota. Esta rapidez impidió a los indígenas reponerse de la sorpresa y adaptarse al nuevo tipo de guerra y armas que traían los españoles, para poder ofrecer una resistencia eficaz.

Solamente en el extremo Sur de América los araucanos tuvieron ocasión de realizar aquella adaptación, lo que transformó la lucha en una guerra sangrienta e inacabable, que subsistió ya entrado el siglo XIX.

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