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La técnica de poblar

El problema de los españoles no fue sólo luchar. Era necesario establecerse(1).

(1) Carlos Alberto Floria/César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”, tomo 1, capítulo 3.

Vinieron a poblar, y en aquellas vastedades sólo había un medio de hacerlo: fundar ciudades que sirvieran a la vez de punto de concentración y refugio, de base para la explotación de las tierras de alrededor, de centro de evangelización y de escala para nuevas “entradas” -como se llamaba entonces a las expediciones hacia regiones aún no dominadas-.

El primer ensayo fue el fracaso de la factoría. Ni alcanzó sus fines ni se compaginó con el espíritu español. Para poblar no bastaban los puertos ni los fortines; estos apenas eran útiles para sus fines militares.

Si bien la facultad de fundar ciudades era privativa del Rey y éste la otorgaba sólo a determinadas personas y funcionarios, en un principio las ciudades se fundaron al azar, según las exigencias de las circunstancias, sin plan ni mayor método, sin cuidar demasiado el fundador si había sido investido con tal facultad por la Corona.

Pero a los pocos años se fueron uniformando los pareceres y las normas. En 1573 se fijan las reglas que debe seguir toda fundación, con la minucia característica de la legislación indiana.

Sobre la base de las experiencias iniciales, con ciertos retoques y adecuaciones, se establecieron estas normas que, aunque teóricas y por lo tanto inaplicables muchas veces, fueron suficientes para uniformar muchos aspectos y establecer ciertos derechos.

La facultad de fundar se establecía en las “capitulaciones” o “instrucciones” e iban anexas por lo general a ciertos nombramientos: los Adelantados tenían que fundar tres ciudades y los Alcaldes Mayores dos.

Primero se establecieron las condiciones físicas del lugar donde debía levantarse la población: tierra sana y fértil, con agua y leña y pastos para los ganados, con “cielo claro y benigno” y sin excesos de calor. No podía ser puerto de mar ni alzarse en terreno ocupado por los indios y tenía que estar a más de cinco leguas de otra población española.

Esta reglamentación no tenía en cuenta la gran disparidad de las distintas regiones, lo que hizo decir al historiador Bayle que las Ordenanzas caían en los pueblos fundados en los desmontes de la selva como desfile militar en una lucha rabiosa cuerpo a cuerpo.

El fundador debía hacer la traza de la ciudad en plano ajedrezado, poniendo plaza amplia en lugar alto y a su alrededor la iglesia y las casas del gobierno civil; vecino a la iglesia el hospital cuando no fuera para contagiosos, luego se repartían las manzanas entre los pobladores y se fijaban los límites del ejido y los terrenos comunes.

Las calles debían tener no menos de 25 pies de ancho. Por cada poblador se entregaba un solar, salvo que se tratase de un personaje de rango, en cuyo caso se le solían dar dos o tres, equiparándole así al mismo fundador.

Terminado el reparto de los solares se establecía alrededor de ellos la “ronda”, espacio libre de unas 300 varas de ancho para evitar un asalto imprevisto a la ciudad.

Enseguida se determinaba el ejido, llamado también dehesa, tierras comunes de la ciudad, destinadas al esparcimiento de los habitantes y al pastaje de sus animales.

Con el correr de los años, los Cabildos fueron vendiendo estas tierras y separando algunas del uso común que se reservaron como propiedad municipal. Así fue ampliándose la traza de la ciudad y achicándose los ejidos, hasta que unos y otros fueron una sola cosa y señalaron los límites urbanos.

Para estimular y asegurar la fundación de las ciudades, la Corona acompañó estas normas con una serie de privilegios y obligaciones: hidalguía para el fundador y quienes le acompañaron en la fundación, heredamientos perpetuos, retención de encomiendas, etc.

Paralelamente el dominio de los solares sólo se adquiría en definitiva después de permanecer cuatro o cinco años en la ciudad. El poblador tenía obligación de construir su casa y plantar árboles, y en algunos lugares se agregaba la de casarse y constituir familia, todas medidas tendientes a evitar la despoblación de las nuevas ciudades.

Los fundadores siempre hicieron de la fundación un acto solemne, del que dejó cuidadosa constancia el escribano que los acompañaba. El fundador, jefe de la hueste, montaba a caballo y armado de todas sus armas, o de las que hubiere conservado de las peripecias de la entrada, anunciaba su propósito de fundar la ciudad y retaba a quien quisiere impedírselo.

Luego, desmontaba y cortaba pastos y ramas en señal de posesión de la tierra en nombre del Rey, se levantaba el Acta de la fundación, dándose nombre a la ciudad, y como regla general se designaban las autoridades del Cabildo que asumiría su Gobierno.

Esta regla conoció algunas excepciones: Asunción y Bogotá fueron ciudades sin Cabildo durante mucho tiempo, y Guatemala constituyó su Cabildo antes de ser fundada.

Enseguida se plantaba el rollo o palo de la Justicia, así llamado porque además de ser símbolo de la autoridad, en él eran ajusticiados los criminales.

Finalmente se procedía a la traza y reparto de tierras.

Pese a tantas precauciones para asegurar las nuevas fundaciones, muchas ciudades desaparecieron y otras fueron trasladadas a nuevos emplazamientos a causa de lo inapropiado del lugar o por los asaltos y amenazas de los indios.

Entre las tierras, luego argentinas, se pueden citar como ejemplo de ciudad desaparecida a Concepción del Bermejo, y como trasladadas a Santa Fe y Santiago del Estero.

Las ciudades crecieron lenta y pobremente; las casas iniciales eran meras chozas para protegerse de la intemperie. Luego se hicieron de barro o adobe y sólo más tarde se construyeron de ladrillo o, donde el material abundaba, de piedra. Todavía en 1700 la mayoría de las casas de Buenos Aires eran construidas con adobe.

Así se constituyó la ciudad con sus vecinos y pobladores. Originariamente la voz “vecino” sólo designaba al encomendero establecido en la ciudad. Así ésta podía tener veinte vecinos y más de mil pobladores.

A los demás habitantes establecidos se los denominaba ciudadanos y los forasteros recibían el nombre de estantes. Más tarde se llamó vecino a todo el que estaba afincado en la ciudad, es decir, a aquél que tenía en ella morada permanente y solar o finca propia.

Surge de lo dicho una característica típica de la ciudad indiana. Salvo los ensayos primerizos, la ciudad no resultaba de la libre agrupación de las gentes, ni de su reunión en torno a un punto fuerte o asiento militar, sino que era el resultado de un plan concertado.

La ciudad nace, no sólo como entidad física, sino también administrativa. Con la traza de los solares y antes de que se levanten las casas, se constituye el Cabildo, expresión de la autoridad municipal que regirá los destinos de la nueva población.

Pese a la pobreza, a veces extrema, de los medios, la ciudad se constituye completa, en aptitud de funcionar como ente social, administrativo y político.

La plaza, como el antiguo foro romano, constituyó el centro cuando no físico al menos espiritual de la ciudad. Ella fue el teatro de las primeras reuniones y alborotos del pueblo, escenario de sus fiestas y mercado de su primitiva vida económica.

Sobre ella, como símbolo del poder secular, se alzó el edificio del Cabildo; también, como emblema del poder eterno, se levantó la iglesia.

Esta vecindad no fue circunstancial. Puso en evidencia los dos centros de la vida ciudadana de aquellos misérrimos poblados y representó la unión de propósitos entre la Iglesia y la Corona.

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